Evangelio de San Marcos

Capítulo 7

Índice del capítulo

Texto bíblico

Lo que contamina al hombre

1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén;

2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.

3 Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen.

4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.

5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?

6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, Mas su corazón está lejos de mí.

7 Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.

8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.

9 Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.

10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.

11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte,

12 y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre,

13 invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.

14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended:

15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.

16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola.

18 Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar,

19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos.

20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,

22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.

23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

La fe de la mujer sirofenicia

24 Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse.

25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies.

26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio.

27 Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos.

28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos.

29 Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija.

30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.

Jesús sana a un sordomudo

31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.

32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima.

33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua;

34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto.

35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien.

36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban.

37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.

Comentarios y análisis

Lo que contamina al hombre

1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén.

Marcos presenta a un grupo de fariseos y escribas que se acerca a Jesús desde Jerusalén, el principal centro religioso de Israel. Su llegada demuestra que la enseñanza y las obras del Señor habían adquirido una gran repercusión y despertaban la atención de las autoridades religiosas.

Los fariseos eran conocidos por su rigurosa observancia de la Ley y de las tradiciones religiosas, mientras que los escribas eran expertos en las Escrituras y en su interpretación. Sin embargo, su acercamiento a Jesús no parece nacido de una búsqueda sincera de la verdad, sino del deseo de examinar Su conducta y la de Sus discípulos.

Este versículo muestra que no toda cercanía física a Cristo implica una verdadera cercanía espiritual. Aquellos hombres estaban delante del Señor, escuchaban Sus palabras y observaban Sus obras, pero sus corazones permanecían condicionados por sus prejuicios y por su propia concepción de la religión.

La Escritura advierte que Dios no se deja impresionar por la apariencia externa, porque Jehová mira el corazón (1 Samuel 16:7). También enseña que el conocimiento religioso, cuando no está acompañado de humildad y amor, puede endurecer al ser humano, pues el conocimiento envanece, pero el amor edifica (1 Corintios 8:1).

La presencia de los escribas llegados desde Jerusalén introduce así una profunda oposición: por una parte, Jesús, que manifiesta la verdad, la gracia y la autoridad de Dios; por otra, unos hombres religiosos que se acercan no para ser transformados, sino para juzgar. El versículo nos recuerda que la verdadera relación con Cristo comienza con un corazón humilde, dispuesto a escuchar, aprender y obedecer.

2 Los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.

Los fariseos y escribas observan atentamente a los discípulos de Jesús y descubren que algunos comen sin haberse lavado las manos conforme al ceremonial religioso. Marcos aclara que la expresión manos inmundas significa no lavadas; no se refiere principalmente a suciedad física, sino a una impureza ritual según las tradiciones practicadas por aquellos dirigentes religiosos.

El problema no estaba en cuidar la higiene, sino en convertir una costumbre ceremonial en una medida para juzgar la condición espiritual de los demás. Su mirada no se detiene en la fe, la conducta o el corazón de los discípulos, sino en el incumplimiento de una práctica externa. De este modo, una tradición humana llegaba a ocupar un lugar que solamente correspondía a la Palabra de Dios.

La expresión “los condenaban” revela una actitud severa y acusadora. Aquellos hombres no preguntan con humildad ni buscan comprender, sino que emiten inmediatamente un juicio. Contemplan una falta exterior, pero no examinan la dureza de su propio corazón. La Escritura advierte: No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio (Juan 7:24).

El versículo muestra el peligro de identificar la santidad con la mera observancia de actos externos. Las prácticas religiosas pueden tener valor cuando expresan obediencia sincera, pero pierden su verdadero sentido cuando se emplean para sentirse superior o condenar a otros. Dios no se limita a mirar lo que el ser humano realiza exteriormente, pues el Señor pesa los corazones (Proverbios 21:2).

Los discípulos son censurados por una conducta visible, mientras que los acusadores no perciben su propia falta de misericordia. Así, Marcos pone de manifiesto que una religiosidad preocupada únicamente por las apariencias puede observar cuidadosamente las manos y, al mismo tiempo, descuidar por completo el corazón.

3 Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen.

Marcos explica el origen de aquella acusación. El lavamiento de manos no era simplemente una medida de higiene, sino una práctica ceremonial transmitida por los ancianos, es decir, por antiguos maestros y autoridades religiosas cuyas interpretaciones habían adquirido un gran peso entre el pueblo.

La expresión aferrándose a la tradición muestra que aquellas costumbres eran observadas con extrema firmeza. Con el paso del tiempo, numerosas normas humanas habían sido colocadas alrededor de la Ley con la intención de protegerla; sin embargo, el peligro surgía cuando estas tradiciones llegaban a considerarse tan obligatorias como el propio mandamiento de Dios.

El versículo indica que esta práctica estaba ampliamente extendida. Muchos creían que comer sin realizar previamente aquel lavamiento ceremonial podía producir impureza religiosa. De este modo, un acto externo adquiría una importancia espiritual que Dios no le había concedido expresamente en Su Palabra.

La tradición no es necesariamente mala cuando ayuda a recordar y practicar la verdad; pero se vuelve peligrosa cuando ocupa el lugar de la voluntad divina. La Escritura enseña: Toda palabra de Dios es limpia; Él es escudo a los que en Él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso (Proverbios 30:5 y 6).

El problema fundamental no estaba, por tanto, en lavarse las manos, sino en aferrarse a una norma humana como si de ella dependiera la pureza delante de Dios. La verdadera obediencia no nace de la repetición mecánica de ceremonias, sino de un corazón que honra al Señor y se somete sinceramente a Su Palabra.

4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.

Marcos amplía la explicación mostrando hasta qué punto aquellas prácticas ceremoniales habían penetrado en la vida cotidiana. Al regresar de la plaza, donde podían haber estado en contacto con personas o cosas consideradas impuras, realizaban lavamientos antes de comer. No se trataba únicamente de limpieza física, sino de una purificación ritual destinada a evitar cualquier posible contaminación religiosa.

La misma preocupación se extendía a los vasos, jarros, utensilios de metal y otros objetos domésticos. La vida espiritual quedaba así rodeada por una extensa red de normas externas, minuciosas y repetidas. El problema no estaba en la limpieza ni en el orden, sino en atribuir a estas prácticas humanas una autoridad espiritual que Dios no les había otorgado.

La expresión otras muchas cosas deja ver que el sistema religioso había acumulado numerosas obligaciones. Lo que quizá comenzó como una precaución terminó convirtiéndose en una carga. La Escritura advierte contra esa clase de religiosidad cuando dice: ¿Por qué… os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques? (Colosenses 2:20-21).

Este versículo muestra cómo la preocupación excesiva por la pureza exterior puede desviar la atención de la pureza interior. Se podían lavar cuidadosamente los utensilios y, sin embargo, conservar pensamientos de orgullo, dureza o condenación. Dios desea limpieza, pero ante todo la del corazón, pues Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10).

Marcos presenta así una religiosidad cargada de observancias visibles, pero expuesta al peligro de olvidar lo esencial. Cuando las normas externas ocupan el centro, la obediencia puede convertirse en formalismo; y cuando el corazón deja de ser examinado, la apariencia de santidad puede sustituir a la verdadera transformación.

5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?

La pregunta de los fariseos y escribas revela con claridad el centro de su preocupación. No acusan a los discípulos de quebrantar un mandamiento expreso de Dios, sino de no vivir conforme a la tradición de los ancianos. Para ellos, aquella costumbre había adquirido tal autoridad que apartarse de ella parecía una falta religiosa.

Además, dirigen la pregunta a Jesús, responsabilizándolo de la conducta de Sus discípulos. En el mundo antiguo, el comportamiento de los seguidores reflejaba la enseñanza de su maestro. Por eso, más que pedir una explicación sincera, intentan cuestionar la autoridad de Cristo y presentar Su enseñanza como contraria a la religión establecida.

La expresión “no andan conforme” se refiere a la manera habitual de vivir. Los acusadores no se limitan a señalar un acto aislado, sino que censuran el modo de conducirse de los discípulos. Sin embargo, su criterio de evaluación no es la Palabra de Dios, sino una norma recibida de generaciones anteriores.

La Escritura enseña que toda práctica religiosa debe ser examinada a la luz de la voluntad divina: ¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido. Y pasarán por la tierra fatigados y hambrientos (Isaías 8:20 y 21). La antigüedad de una costumbre no garantiza por sí sola que sea verdadera ni que posea autoridad espiritual.

El versículo nos muestra el peligro de medir la fe de los demás mediante tradiciones humanas. Una costumbre puede ser respetable y útil, pero nunca debe colocarse al mismo nivel que el mandamiento de Dios. La verdadera obediencia no consiste simplemente en seguir lo que siempre se ha hecho, sino en caminar fielmente conforme a la verdad revelada por el Señor.

6 Respondiendo Él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí.

Jesús responde con firmeza y llama hipócritas a quienes aparentaban honrar a Dios exteriormente, pero mantenían su corazón alejado de Él. La hipocresía consiste precisamente en mostrar una piedad que no corresponde con la realidad interior.

El Señor aplica a aquellos dirigentes religiosos las palabras del profeta Isaías. Su culto era correcto en apariencia: hablaban de Dios, defendían prácticas religiosas y cuidaban las formas; sin embargo, faltaba lo esencial, una verdadera comunión con Él, como declara Isaías: Dice, pues, el Señor: Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí (Isaías 29:13).

La expresión “de labios me honra” describe una religión hecha de palabras, declaraciones y ceremonias. Pero Dios no se conforma con una confesión externa cuando el corazón no le pertenece y la Escritura dice: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4:23).

Jesús pone así de manifiesto que la verdadera adoración no depende únicamente de lo que se dice o se hace delante de los demás, sino de la sinceridad interior. Puede haber lenguaje religioso sin obediencia, conocimiento sin amor y apariencia de santidad sin una relación viva con Dios.

Este versículo invita a examinar si nuestras palabras expresan realmente lo que hay en el corazón. El Señor no rechaza la alabanza de los labios, pero desea que nazca de una vida rendida, sincera y cercana a Él.

7 Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.

Jesús continúa citando al profeta Isaías y declara que aquella adoración era vana. No carecía de palabras, ceremonias ni apariencia religiosa, pero resultaba vacía porque no estaba fundada en una obediencia sincera a Dios.

La expresión “en vano me honran” indica un culto que no alcanza su verdadero propósito. Aquellos hombres creían honrar al Señor, pero habían permitido que las normas humanas ocuparan el lugar que correspondía únicamente a Su Palabra. La actividad religiosa puede ser abundante y, sin embargo, no agradar a Dios cuando el corazón y la enseñanza se apartan de Su voluntad.

El problema más grave consistía en enseñar como doctrinas los mandamientos de los hombres. Una opinión, una costumbre o una interpretación humana se presentaban como si poseyeran autoridad divina. De esta manera, las conciencias quedaban sometidas a obligaciones que Dios no había establecido.

La Escritura advierte: Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres (Colosenses 2:8). También declara que Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para corregir, para instruir en justicia (2 Timoteo 3:16), mostrando que la autoridad doctrinal pertenece a la Palabra revelada y no a las invenciones humanas.

Este versículo nos enseña que no toda práctica presentada como religiosa procede necesariamente de Dios. La verdadera adoración debe estar acompañada por una doctrina fiel, un corazón sincero y una vida sometida a la verdad divina. Cuando los mandamientos humanos sustituyen a la Palabra, la religión puede conservar su forma exterior, pero pierde su esencia espiritual.

8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.

Jesús señala con claridad el verdadero problema: aquellos dirigentes religiosos habían dejado en segundo plano el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas. La gravedad no estaba simplemente en conservar ciertas costumbres, sino en darles tanta importancia que terminaran desplazando la voluntad divina.

La expresión “os aferráis” describe una adhesión firme y persistente. Aquellos hombres defendían con celo sus prácticas ceremoniales, pero ese mismo celo no estaba dirigido con igual fuerza hacia la obediencia sincera a Dios. Así podía cuidarse minuciosamente lo exterior mientras se descuidaba lo esencial.

Los lavamientos de jarros y vasos representan una religiosidad centrada en normas visibles y repetidas. Estas prácticas podían parecer piadosas, pero no tenían poder para transformar el corazón. La Escritura recuerda que Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios (1 Samuel 15:22), porque Dios valora más la sumisión verdadera que la mera observancia externa.

Jesús no condena toda tradición por el simple hecho de ser antigua o humana, sino aquella que ocupa el lugar de la Palabra de Dios. Cuando una costumbre se convierte en norma absoluta y termina sustituyendo la voluntad divina, deja de servir a la fe y comienza a deformarla.

El versículo invita a examinar cuidadosamente nuestras prácticas religiosas. Debemos preguntarnos si nos acercan a una obediencia más profunda o si, por el contrario, nos permiten conservar una apariencia piadosa mientras dejamos de lado lo que Dios realmente ha mandado.

9 Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.

Jesús profundiza en Su denuncia y muestra que el problema no consistía solo en añadir costumbres humanas, sino en permitir que estas llegaran a invalidar el mandamiento de Dios. La tradición había dejado de ser una ayuda secundaria y se había convertido en una autoridad capaz de desplazar la voluntad divina.

La expresión “bien invalidáis” tiene un tono de firme ironía. Aquellos hombres se consideraban fieles defensores de la religión, pero en realidad estaban anulando lo que Dios había ordenado. Su celo exterior no garantizaba obediencia verdadera, porque una práctica puede parecer piadosa y, al mismo tiempo, contradecir el propósito del Señor.

La Escritura advierte contra toda alteración de la Palabra divina: No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella (Deuteronomio 4:2). También declara: Para siempre, oh Señor, permanece tu palabra en los cielos (Salmos 119:89), mostrando que ninguna costumbre humana puede colocarse por encima de ella.

Este versículo enseña que la tradición debe permanecer siempre subordinada a la Palabra de Dios. Cuando una costumbre impide obedecer, amar o actuar con justicia, deja de ser una expresión legítima de fe. La verdadera fidelidad no consiste en conservar lo antiguo por el simple hecho de ser antiguo, sino en permanecer sometidos a lo que Dios ha revelado.

10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.

Jesús apela directamente a la Ley dada por medio de Moisés para demostrar que el mandamiento de Dios era claro e inequívoco. Honrar al padre y a la madre no consistía únicamente en mostrarles respeto con palabras, sino también en reconocer su dignidad, atenderlos y asumir las responsabilidades necesarias hacia ellos.

Este deber ocupaba un lugar fundamental dentro de la voluntad divina: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor tu Dios te da (Éxodo 20:12). El honor debido a los padres no dependía de una tradición posterior, sino que procedía directamente de Dios.

Jesús recuerda también la severa condena establecida contra quien maldijera a su padre o a su madre. Igualmente el que maldijere a su padre o a su madre, morirá (Éxodo 21:17). Esta disposición mostraba la gravedad que tenía en Israel despreciar, insultar o rebelarse deliberadamente contra quienes Dios había colocado como autoridad familiar.

El versículo establece así un contraste entre el mandamiento divino y las interpretaciones humanas. Mientras algunas tradiciones podían buscar caminos para eludir las obligaciones familiares, la Palabra de Dios exigía una honra verdadera, expresada mediante respeto, gratitud y cuidado.

Honrar a los padres no significa justificar sus errores ni obedecer aquello que contradiga a Dios, pues la autoridad suprema pertenece al Señor. Significa reconocer el lugar que Él les concedió y tratarlos con dignidad. La obediencia auténtica nunca utiliza la religión como excusa para abandonar las responsabilidades de amor que Dios ha establecido.

11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán, que quiere decir, mi ofrenda a Dios, todo aquello con que pudiera ayudarte.

Jesús expone ahora la práctica concreta mediante la cual algunos evitaban cumplir el deber de ayudar a sus padres. Corbán era una expresión que indicaba que un bien había sido dedicado u ofrecido a Dios. Al declarar de este modo sus recursos, una persona podía presentarlos como reservados para un uso religioso y negarse a emplearlos en beneficio de su padre o de su madre.

La gravedad estaba en utilizar una fórmula piadosa para eludir una responsabilidad moral. Lo que parecía una muestra de devoción podía convertirse en una excusa para negar ayuda a quienes más la necesitaban. Así, una práctica religiosa exterior terminaba encubriendo falta de amor, gratitud y misericordia.

La verdadera consagración a Dios nunca conduce al abandono de los deberes que Él mismo ha establecido. La Escritura nos enseña: Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que incrédulo (1 Timoteo 5:8).

Jesús muestra que no todo lo que se presenta como ofrenda agrada necesariamente a Dios. Cuando una práctica religiosa permite evitar la justicia, el cuidado o la compasión, deja de ser obediencia verdadera. Dios no recibe con agrado aquello que se le ofrece mientras se desatiende deliberadamente a quienes Él manda amar.

12 Y no le dejáis hacer más por su padre o por su madre.

Jesús muestra la consecuencia directa de aquella tradición: la persona quedaba liberada, en apariencia, de ayudar a sus padres. No se trataba solo de una interpretación equivocada, sino de una práctica que impedía cumplir un deber claro de amor, honra y cuidado.

La expresión “no le dejáis” señala la responsabilidad de los maestros religiosos. Sus enseñanzas no solo orientaban la conciencia, sino que podían llegar a bloquear la obediencia verdadera. En lugar de conducir a las personas hacia la voluntad de Dios, las encerraban en una norma humana que justificaba el abandono de sus obligaciones familiares.

La Escritura enseña que la fe auténtica debe manifestarse en obras concretas de amor: Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad (1 Juan 3:18). También declara: El que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado (Proverbios 14:21).

Este versículo nos revela que una doctrina puede parecer religiosa y, sin embargo, producir frutos contrarios al corazón de Dios. Cuando una enseñanza impide socorrer, amar o cuidar, debe ser examinada a la luz de la Palabra. La verdadera obediencia nunca separa la devoción a Dios del amor responsable hacia los demás.

13 Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.

Jesús concluye Su denuncia afirmando que aquellas tradiciones llegaban a invalidar la Palabra de Dios. No se trataba de una simple diferencia de costumbres, sino de una alteración grave: una enseñanza humana había adquirido tanta autoridad que impedía obedecer lo que el Señor había mandado claramente.

La expresión “que habéis transmitido” muestra que estas normas pasaban de una generación a otra. Su antigüedad y aceptación general podían darles apariencia de verdad, pero ninguna tradición queda legitimada solamente por haber sido conservada durante mucho tiempo. Toda enseñanza debe permanecer sometida a la Palabra divina.

La Escritura declara: La palabra del Dios nuestro permanece para siempre (Isaías 40:8). También advierte: Mirad que nadie os engañe… según las tradiciones de los hombres (Colosenses 2:8). La autoridad de Dios es permanente; las ideas humanas, en cambio, deben ser examinadas y corregidas cuando contradicen Su voluntad.

Jesús añade que hacían muchas cosas semejantes, indicando que el caso de Corbán no era una excepción aislada, sino la manifestación de un problema más amplio. Cuando la tradición ocupa el lugar de la verdad, puede afectar muchas áreas de la vida religiosa y convertir la obediencia en una apariencia sin verdadero amor.

Este versículo nos llama a distinguir cuidadosamente entre la Palabra de Dios y las costumbres humanas. Las tradiciones pueden ser útiles, pero nunca deben anular la verdad, justificar la falta de misericordia ni impedir una obediencia sincera al Señor.

14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended.

Jesús llama ahora a toda la multitud porque la enseñanza que va a comunicar no afecta únicamente a los fariseos y escribas, sino a todos los que desean comprender la verdadera voluntad de Dios. Sus palabras no están reservadas para unos pocos especialistas, sino abiertas a todo el pueblo.

La doble expresión “oídme todos, y entended” muestra que no basta con escuchar exteriormente. Es necesario prestar atención, reflexionar y recibir la verdad con un corazón dispuesto. Muchas personas pueden oír las palabras de Dios sin llegar a comprenderlas espiritualmente.

La Escritura insiste en esta actitud de atención: El que tiene oídos para oír, oiga (Mateo 11:15). También declara: Bienaventurado el hombre que me escucha (Proverbios 8:34).

Jesús prepara así a la multitud para una enseñanza esencial. Antes de corregir una idea profundamente arraigada, reclama escucha sincera y entendimiento. La verdad divina exige más que una reacción superficial: requiere humildad, discernimiento y disposición para dejarse corregir por el Señor.

15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre.

Jesús declara que la verdadera contaminación espiritual no procede de los alimentos ni del contacto exterior, sino de aquello que nace en el interior del ser humano. Con estas palabras dirige la atención desde las ceremonias externas hacia la realidad profunda del corazón.

La impureza moral no entra simplemente desde fuera, como si dependiera únicamente de objetos, comidas o lavamientos. Surge cuando el corazón alberga pensamientos, deseos y actitudes contrarios a la voluntad de Dios. Por eso, una persona puede cuidar rigurosamente su apariencia religiosa y, sin embargo, conservar dentro de sí orgullo, malicia o falta de amor.

La Escritura enseña: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso (Jeremías 17:9). También afirma: De la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34), mostrando que las palabras y las acciones revelan lo que realmente habita en el interior.

Jesús no desprecia la limpieza física ni el orden exterior, sino que establece una prioridad espiritual: el problema principal del ser humano no está en lo que toca o consume, sino en un corazón que necesita ser limpiado y transformado por Dios. La verdadera pureza comienza dentro y se manifiesta después en la vida.

16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.

Jesús concluye esta enseñanza con un llamado personal y solemne. No basta con que Sus palabras hayan sido pronunciadas ante la multitud; cada oyente debe decidir si está dispuesto a recibirlas verdaderamente.

Tener oídos para oír significa poseer una actitud interior de atención, humildad y obediencia. Muchos pueden escuchar externamente, pero solo comprende de verdad quien permite que la Palabra examine y transforme su corazón.

La Escritura repite esta invitación en diferentes ocasiones: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (Apocalipsis 2:7). También declara: El que es de Dios, las palabras de Dios oye (Juan 8:47).

Este versículo muestra que la verdad exige una respuesta. Jesús no obliga a nadie a escuchar, pero llama a cada persona a abrir su corazón. Oír espiritualmente es recibir la Palabra con sinceridad, discernir su significado y estar dispuesto a obedecerla.

17 y 18 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos sobre la parábola. Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar?

Cuando Jesús se aparta de la multitud y entra en casa, Sus discípulos le piden una explicación. Habían oído Sus palabras, pero todavía no alcanzaban a comprender plenamente su sentido. Esta escena muestra que incluso quienes caminan cerca del Señor necesitan detenerse, preguntar y dejarse enseñar con paciencia.

Jesús responde con una reprensión que no nace del rechazo, sino del deseo de conducirlos a una comprensión más profunda. La pregunta ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? revela que la cercanía a Cristo no elimina automáticamente la necesidad de crecer en discernimiento espiritual.

El Señor vuelve a insistir en que la contaminación moral no procede simplemente de lo que entra desde fuera. Los alimentos pasan por el cuerpo, pero no alcanzan por sí mismos el centro espiritual de la persona. La verdadera impureza no se origina en una realidad externa, sino en el corazón cuando este da lugar al pecado.

La Escritura enseña que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14), y también invita a buscar entendimiento: Dame entendimiento, y guardaré tu ley (Salmos 119:34).

Estos versículos muestran la paciencia de Jesús con Sus discípulos y la necesidad de una enseñanza interior. Oír la verdad es el primer paso; comprenderla y permitir que transforme nuestra manera de pensar exige humildad, atención y comunión constante con el Señor.

19 y 20 Porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre.

Jesús explica que los alimentos entran en el organismo, cumplen su proceso natural y finalmente son eliminados. No penetran en el corazón, entendido aquí como el centro moral y espiritual del ser humano; por ello, no pueden convertirlo por sí mismos en impuro delante de Dios.

Marcos añade que, con esta enseñanza, Jesús declaraba limpios todos los alimentos. La pureza espiritual dejaba así de depender de distinciones ceremoniales externas y quedaba centrada en la verdadera condición interior de la persona. La Escritura confirma que todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias (1 Timoteo 4:4).

El contraste del versículo 20 es decisivo: lo que realmente contamina no es lo que entra en el cuerpo, sino lo que sale del ser humano cuando procede de un corazón dominado por el pecado. Las palabras, decisiones y acciones manifiestan aquello que permanece oculto en el interior, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34).

Jesús conduce así la mirada desde lo exterior hacia lo profundo. El problema esencial del ser humano no se encuentra en los alimentos, los objetos o las ceremonias, sino en un corazón que necesita ser limpiado y renovado por Dios. Por eso, la verdadera pureza comienza dentro y después se refleja en toda la vida.

21 a 23 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,

los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.

Jesús identifica con precisión el origen de la verdadera impureza: el corazón humano. No se refiere únicamente a los sentimientos, sino al centro interior donde nacen los pensamientos, los deseos, las decisiones y las intenciones. El pecado se manifiesta en las acciones, pero comienza mucho antes, en lo profundo de la persona.

La enumeración reúne pecados interiores y exteriores. Los malos pensamientos alimentan conductas como el adulterio, la inmoralidad, el homicidio y el robo; la avaricia, el engaño, la envidia, la soberbia y la insensatez revelan un corazón apartado de la voluntad de Dios. Jesús muestra así que la contaminación espiritual no depende de ceremonias externas, sino de todo aquello que brota de una naturaleza no sometida al Señor.

La Escritura declara: Engañoso es el corazón más que todas las cosas (Jeremías 17:9), y también: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida (Proverbios 4:23). Por eso, la solución no consiste únicamente en corregir la conducta visible, sino en recibir una transformación interior.

Cuando Jesús afirma que todas estas maldades de dentro salen, deja claro que el ser humano necesita más que normas externas: necesita un corazón nuevo. Solo Dios puede limpiar la raíz del pecado y producir una vida distinta, conforme a Su promesa: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros (Ezequiel 36:26).

La fe de la mujer sirofenicia

24 Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse.

Jesús se dirige a la región de Tiro y Sidón, territorio gentil situado fuera de los límites tradicionales de Israel. Su llegada a aquel lugar amplía el horizonte de Su ministerio y muestra que Su presencia no queda encerrada dentro de una frontera religiosa o nacional.

Al entrar en una casa, desea permanecer oculto, probablemente buscando recogimiento después de la intensa actividad y de los constantes enfrentamientos. Sin embargo, Su fama ya se había extendido tanto que no podía pasar inadvertido. Donde Cristo está presente, Su autoridad, Su compasión y Su poder terminan haciéndose visibles.

La frase no pudo esconderse no indica falta de poder, sino la imposibilidad práctica de que Su presencia permaneciera desconocida. Las obras del Señor habían dejado una huella profunda, y quienes sufrían acudían a Él con esperanza. La Escritura declara: No se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte (Mateo 5:14).

Este versículo presenta a Jesús entrando en un territorio considerado lejano y ajeno, pero Su gracia no reconoce las barreras levantadas por los hombres. Allí donde llega, incluso en los lugares menos esperados, Su presencia despierta fe, necesidad y esperanza.

25 y 26 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio.

La noticia de la presencia de Jesús llega hasta una madre afligida, cuya hija se encontraba bajo el poder de un espíritu inmundo. Al oír hablar del Señor, la mujer no permanece inmóvil ante su sufrimiento, sino que acude inmediatamente a Él y se postra a Sus pies. Su postura expresa humildad, reverencia y el reconocimiento de que solo Cristo posee autoridad para liberar a su hija.

Marcos destaca que era griega y sirofenicia de nacimiento, es decir, una mujer gentil, ajena al pueblo de Israel y a sus privilegios religiosos. Humanamente, podían existir grandes barreras entre ella y Jesús; sin embargo, su necesidad y su fe la impulsan a buscarlo. Esta escena demuestra que el dolor puede llevar al ser humano a atravesar prejuicios, distancias y diferencias para acudir al único que puede salvar.

La mujer no pide para sí misma, sino que intercede por su hija. Su súplica nace del amor de una madre que hace suyo el sufrimiento de su hija y lo presenta ante Cristo. Su actitud recuerda que el justo por la fe vivirá (Habacuc 2:4), pues se acerca confiando en el poder del Señor aun sin pertenecer exteriormente al pueblo del pacto.

También se cumple el anuncio de que en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra (Génesis 22:18). La gracia de Dios, manifestada en Cristo, comienza a mostrar que no quedará limitada por fronteras nacionales, sociales o religiosas.

Estos versículos retratan una fe humilde, perseverante e intercesora. La mujer llega sin derechos que reclamar, pero con una necesidad profunda y una confianza sincera. Postrada a los pies de Jesús, reconoce que la liberación de su hija depende completamente de la misericordia y del poder del Señor.

27 a 30 Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.

La respuesta de Jesús parece inicialmente severa, pero utiliza una imagen doméstica para expresar el orden histórico de Su misión: el pan debía ofrecerse primero a los hijos, es decir, a Israel, el pueblo que había recibido las promesas y los pactos de Dios. La palabra perrillos no alude a animales salvajes, sino a los pequeños perros domésticos que permanecían cerca de la mesa. Aun así, la comparación coloca a prueba la humildad y la perseverancia de aquella mujer gentil.

Ella no se ofende, discute ni pretende ocupar un lugar que no le corresponde. Acepta las palabras del Señor y encuentra dentro de la misma imagen una razón para continuar confiando. Reconoce que los hijos tienen prioridad, pero también comprende que la abundancia del pan es tan grande que incluso las migajas bastan para alcanzar a quienes están debajo de la mesa.

Su respuesta revela una fe extraordinariamente humilde. No reclama méritos ni derechos; se apoya exclusivamente en la bondad y el poder de Cristo. Con una sola migaja de Su gracia sería suficiente para liberar a su hija, porque el menor acto de autoridad del Señor supera todo el poder de las tinieblas. La Escritura declara: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios (Salmo 51:17).

Jesús honra su respuesta y le anuncia que el demonio ya ha salido de la niña. La liberación ocurre a distancia, sin que el Señor necesite acudir físicamente a la casa, demostrando que Su autoridad no conoce límites geográficos. Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina (Salmo 107:20).

La mujer regresa confiando únicamente en la palabra de Jesús y encuentra a su hija libre y reposando en la cama. La escena comienza con angustia y postración, pero termina con paz y restauración. Su fe perseveró ante una respuesta difícil, se sostuvo en la misericordia de Cristo y recibió mucho más que unas migajas: recibió la completa liberación de su hija.

Jesús sana a un sordomudo

31 y 32 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis. Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima.

Jesús abandona la región de Tiro y continúa Su recorrido hasta llegar a Decápolis, una zona mayoritariamente gentil. El trayecto descrito por Marcos muestra un desplazamiento amplio y poco directo, como si el Señor recorriera deliberadamente distintos territorios, llevando Su presencia más allá de los lugares habituales de Israel.

En aquella región le presentan a un hombre sordo y con dificultad para hablar. Su condición lo aislaba profundamente: no podía oír con claridad ni expresarse con libertad. Otros lo conducen hasta Jesús y ruegan por él, mostrando una fe solidaria que no permanece indiferente ante el sufrimiento ajeno.

La petición es sencilla: desean que Jesús ponga Su mano sobre el enfermo. Para ellos, aquel gesto representaba cercanía, compasión y poder sanador. La Escritura declara: Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas (Salmo 147:3).

Estos versículos muestran que la gracia de Cristo alcanza también a quienes tienen dificultades para escuchar y comunicarse. El hombre no llega por sus propios medios, sino gracias a quienes lo acompañan. Así, la fe de otros puede convertirse en el puente que conduce a una persona necesitada hasta la presencia del Señor.

33 a 35 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien.

Jesús aparta al hombre de la multitud y lo atiende de manera personal. No realiza la sanidad como un espectáculo público, sino en un encuentro cercano, delicado y lleno de compasión. Sus gestos se adaptan a la condición del enfermo: toca sus oídos y su lengua para comunicarle, de una forma que pudiera comprender, aquello que estaba a punto de hacer.

Al levantar los ojos al cielo, Jesús manifiesta Su perfecta comunión con el Padre. El gemido revela que no contempla el sufrimiento humano con indiferencia, sino que participa profundamente de su dolor. Cristo no solo posee poder para sanar; también se acerca con ternura a quien sufre. En toda angustia de ellos él fue angustiado (Isaías 63:9).

La palabra Efata, conservada por Marcos en su forma original, significa Sé abierto. Es una orden breve, directa y llena de autoridad. Ante la voz de Jesús, aquello que permanecía cerrado se abre, la lengua queda libre y el hombre comienza a hablar correctamente.

La sanidad es inmediata y completa. No existe un proceso lento ni una recuperación parcial: los oídos oyen y la lengua habla con claridad. Así se manifiesta el cumplimiento de la promesa profética: Entonces los oídos de los sordos se abrirán… y cantará la lengua del mudo (Isaías 35:5-6).

Estos versículos presentan a Cristo como el Señor que se acerca personalmente, comprende el dolor, toca la necesidad y pronuncia una palabra capaz de abrir lo que parecía definitivamente cerrado.

36 y 37 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. Y en gran manera se maravillaban, diciendo: Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.

Después de sanar al hombre, Jesús ordena que no difundan lo ocurrido. No buscaba fama humana ni deseaba que Su obra fuera reducida a la admiración por los milagros. Sin embargo, quienes habían contemplado aquella sanidad quedaron tan profundamente impresionados que no pudieron guardar silencio.

Marcos subraya que, cuanto más les pedía reserva, más extendían la noticia. Su reacción nace del asombro, aunque también muestra la dificultad de obedecer plenamente cuando la emoción domina sobre la palabra del Señor. Incluso una acción bienintencionada puede apartarse de la obediencia si no respeta lo que Cristo ha mandado.

La expresión “bien lo ha hecho todo” recuerda la perfección de la obra divina: Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera (Génesis 1:31). En Jesús se manifiesta nuevamente el poder creador de Dios, restaurando aquello que el sufrimiento había dañado.

El capítulo termina con una confesión espontánea de admiración: Jesús lo hace todo bien. Su poder no destruye, sino que restaura; Su compasión no humilla, sino que devuelve dignidad; y Su palabra abre aquello que parecía cerrado para siempre.

Resumen teológico y espiritual

San Marcos 7 presenta una enseñanza fundamental sobre la verdadera pureza delante de Dios. Jesús confronta a los fariseos y escribas porque habían elevado las tradiciones humanas al nivel de la Palabra divina, llegando incluso a invalidar mandamientos claros, como el deber de honrar y cuidar a los padres. El problema no estaba en conservar determinadas costumbres, sino en convertirlas en normas religiosas obligatorias y utilizarlas para juzgar a los demás.

Cristo muestra que la auténtica contaminación espiritual no procede de los alimentos, de los objetos ni de la falta de ciertos lavamientos ceremoniales, sino del corazón humano. De su interior nacen los malos pensamientos, la inmoralidad, la violencia, el engaño, la avaricia, la envidia, la soberbia y las demás manifestaciones del pecado. Por ello, el ser humano no necesita únicamente una corrección exterior, sino una profunda transformación interior que solo Dios puede realizar. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10).

El capítulo nos invita así a examinar si nuestra relación con Dios nace verdaderamente del corazón o se limita a palabras, costumbres y apariencias. Es posible honrar al Señor con los labios y permanecer interiormente lejos de Él. La verdadera adoración requiere sinceridad, obediencia y una vida rendida a Su voluntad. También nos advierte contra el peligro de medir la fe de los demás mediante tradiciones, hábitos o normas humanas. Toda enseñanza y práctica debe permanecer sometida a la Palabra de Dios y nunca sustituir el amor, la misericordia, la justicia ni la obediencia.

La mujer sirofenicia muestra que la gracia y el poder de Cristo trascienden las fronteras de Israel. Aunque era gentil, se acercó con humildad, perseverancia y fe, y recibió la liberación de su hija. Su actitud enseña a permanecer firmes en la oración incluso cuando la respuesta parece difícil de comprender. Ella no reclamó derechos ni méritos, sino que confió plenamente en la misericordia del Señor, sabiendo que una sola migaja de Su gracia era suficiente para vencer todo el poder del mal.

Finalmente, la curación del hombre sordo y tartamudo revela a Jesús como el Mesías prometido, capaz de restaurar por completo aquello que el sufrimiento había dañado. En Él se cumple la profecía: Entonces los oídos de los sordos se abrirán… y cantará la lengua del mudo (Isaías 35:5-6). Cristo se acerca de forma personal, compasiva y poderosa, abre los oídos, desata la lengua y devuelve dignidad y plenitud.

San Marcos 7 nos deja, por tanto, una enseñanza profunda: Dios no busca una religión apoyada únicamente en formas externas, sino corazones sinceros, limpios y obedientes. La fe verdadera escucha Su Palabra, rechaza todo aquello que la contradice, persevera con humildad y confía en que Cristo puede transformar el interior, liberar al oprimido y restaurar lo que parecía perdido. Por eso, la confesión final del capítulo resume perfectamente toda Su obra: Bien lo ha hecho todo, hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.

Estudio y comentarios: Juan Cid.

Bibliografía

Biblia de estudio teológico (RVR 1960).

The King James Version of the Bible.

William L. Lane, The Gospel According to Mark.


James R. Edwards, The Gospel According to Mark.


William Barclay, The Gospel of Mark.