Evangelio de San Juan
Capítulo 4
Índice del capítulo
Texto bíblico
Jesús y la mujer samaritana
1 Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan
2 (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos),
3 salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea.
4 Y le era necesario pasar por Samaria.
5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.
6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.
8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.
10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con
qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;
14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. 19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.
20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.
23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.
24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.
26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?
28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?
30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.
32 El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.
33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer?
34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.
37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.
38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.
40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él,
42 y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.
Jesús sana al hijo de un noble
43 Dos días después, salió de allí y fue a Galilea.
44 Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra.
45 Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta.
46 Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.
47 Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.
48 Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.
49 El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.
50 Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. 51 Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive.
52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre.
53 El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa.
54 Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.
Comentarios y análisis
Jesús y la mujer samaritana
Jesús se dirige a Samaria
1 a 3 Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan, aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos, salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea.
El ministerio de Jesús comenzaba a ser conocido por todo el territorio. Muchos acudían a Él, recibían Su enseñanza y eran bautizados por Sus discípulos como señal pública de arrepentimiento y de adhesión al mensaje del reino de Dios.
Los fariseos observaban con inquietud aquel crecimiento. No se acercaban con un corazón dispuesto a reconocer la obra de Dios, sino con la preocupación de quienes veían amenazada su autoridad religiosa. Habían prestado atención anteriormente al ministerio de Juan el Bautista y ahora comprobaban que el número de quienes seguían a Jesús era todavía mayor.
El evangelista aclara que Jesús no bautizaba personalmente, sino que lo hacían Sus discípulos. De esta manera, nadie podría atribuirse una posición superior alegando que había sido bautizado directamente por Cristo. El valor del bautismo no dependía de la persona que lo administraba, sino de la fe, del arrepentimiento y de la realidad espiritual que representaba.
Más adelante, el apóstol Pablo corregiría una actitud semejante entre los creyentes de Corinto, algunos de los cuales se dividían según la persona que los había bautizado:
“Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre” (1 Corintios 1:14 a 15).
Jesús conocía lo que los fariseos habían oído y comprendía las intenciones que comenzaban a formarse contra Él. Su salida de Judea no fue una huida motivada por el temor, sino una decisión tomada conforme al tiempo establecido por el Padre. La oposición aún no debía alcanzar su punto culminante, porque la hora de Su entrega no había llegado.
El Señor nunca actuó impulsado por las circunstancias ni quedó sometido a las decisiones humanas. Cada desplazamiento, cada encuentro y cada palabra formaban parte del propósito soberano de Dios. Al abandonar Judea y dirigirse nuevamente a Galilea, parecía estar realizando un viaje ordinario; sin embargo, en el camino le esperaba una mujer cuya vida sería transformada y cuyo testimonio abriría las puertas de toda una ciudad al mensaje de salvación.
4 Y le era necesario pasar por Samaria.
Entre Judea, al sur, y Galilea, al norte, se encontraba la región de Samaria. El camino más directo atravesaba aquel territorio, aunque muchos judíos preferían rodearlo para evitar todo contacto con los samaritanos.
La enemistad entre ambos pueblos tenía profundas raíces históricas y religiosas. Los judíos consideraban que los samaritanos habían mezclado la adoración al Dios de Israel con prácticas y creencias extranjeras. Los samaritanos, por su parte, habían establecido su propio centro de culto en el monte Gerizim y rechazaban la autoridad religiosa de Jerusalén.
Por ello, la expresión “le era necesario pasar por Samaria” comunica algo más profundo que una simple necesidad geográfica. Jesús debía atravesar aquella región porque allí existía una necesidad espiritual que formaba parte de la misión que el Padre le había confiado.
El camino de Cristo siempre se dirige hacia quienes necesitan recibir la gracia. Las barreras levantadas por el prejuicio, la tradición, la nacionalidad o la religión no podían impedir que el Salvador se acercara a una persona necesitada.
Años después, antes de ascender al cielo, Jesús mostraría que Samaria estaba incluida expresamente en la extensión del evangelio:
“Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
El encuentro que estaba a punto de producirse junto al pozo anticipaba esa expansión. La salvación no quedaría limitada a Judea ni sería patrimonio exclusivo de un pueblo. Por medio de Jesucristo, la gracia de Dios alcanzaría a samaritanos, gentiles y personas de toda nación.
5 a 6 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Jesús llegó a las proximidades de Sicar, una población situada cerca del terreno que Jacob había entregado a su hijo José. La mención de aquel lugar conecta la escena con la historia de los patriarcas y con las promesas que Dios había dado antiguamente a Israel.
Allí se encontraba el conocido pozo de Jacob. Durante generaciones había proporcionado agua a personas y animales. Sin embargo, junto a aquella fuente natural se sentaría ahora Aquel que podía ofrecer el agua de la vida eterna.
El evangelista presenta con sencillez la verdadera humanidad de Jesucristo: estaba cansado del camino. El Hijo eterno de Dios había asumido plenamente la naturaleza humana. Conoció el cansancio, el hambre, la sed, el dolor y las limitaciones propias de la vida terrenal, aunque nunca conoció el pecado.
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
Jesús no contempló el sufrimiento humano desde la distancia. Caminó por caminos polvorientos, sintió el agotamiento físico y experimentó las necesidades de la existencia humana. Por eso puede comprender perfectamente nuestras debilidades y acercarse a nosotros con verdadera compasión.
Era aproximadamente la hora sexta, cerca del mediodía. El sol alcanzaba uno de sus momentos de mayor intensidad y no era la hora habitual para que las mujeres fueran a buscar agua. Normalmente acudían al amanecer o al atardecer, cuando la temperatura era más agradable y podían encontrarse unas con otras.
Pero aquel mediodía llegaría una mujer sola. Posiblemente deseaba evitar las miradas, los comentarios y el rechazo de los demás habitantes de la ciudad. Ella pensaba que solamente iba a llenar su cántaro, pero Cristo ya la esperaba.
Jesús aparece cansado y sentado junto al pozo, aparentemente necesitado de que alguien le proporcione agua. Sin embargo, Él era quien poseía aquello que aquella mujer necesitaba verdaderamente. Bajo la sed física se preparaba la revelación de una sed mucho más profunda: la necesidad del alma de ser perdonada, restaurada y reconciliada con Dios.
El Señor había llegado antes que ella. Este detalle refleja la iniciativa de la gracia divina. Antes de que la mujer buscara a Cristo, Cristo ya se había situado en su camino. Antes de que reconociera su necesidad espiritual, el Salvador ya conocía toda su historia y había preparado aquel encuentro.
Así obra también la gracia de Dios. Muchas veces, cuando una persona cree haber llegado casualmente a determinado lugar o circunstancia, descubre que el Señor ya estaba allí, dispuesto a hablarle, mostrarle su necesidad y ofrecerle una vida completamente nueva.
Jesús inicia el diálogo
7 a 8 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer.
Mientras Jesús descansaba junto al pozo, llegó una mujer samaritana para sacar agua. Aparentemente, se trataba de una escena cotidiana: una mujer, un pozo y un viajero cansado. Sin embargo, aquel encuentro había sido preparado por Dios para transformar una vida y anunciar la salvación a toda una población.
Jesús tomó la iniciativa y le dijo: “Dame de beber”. El Señor comenzó la conversación partiendo de una necesidad humana sencilla y comprensible. Tenía sed y la mujer disponía del cántaro necesario para extraer el agua.
El que había creado los manantiales pidió agua. Aquel por quien todas las cosas fueron hechas se presentó ante ella en la humildad de Su condición humana. Cristo no se acercó con superioridad ni con una acusación, sino mostrando una necesidad que permitía a la mujer responder y entrar en diálogo con Él.
Los discípulos habían ido a la ciudad para comprar alimentos. Jesús se encontraba solo cuando la mujer llegó. No había multitudes, maestros religiosos ni testigos importantes. El Señor concedió toda Su atención a una sola persona.
Esto demuestra el valor que cada alma posee delante de Dios. Para Jesús, aquella mujer no era una desconocida más ni una persona insignificante. Él conocía su historia, sus heridas, sus pecados y su profunda necesidad de restauración.
Cristo no solamente predicaba ante grandes multitudes. También buscaba al individuo, escuchaba sus preguntas y conducía personalmente a cada ser humano hacia la verdad.
9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.
La mujer quedó sorprendida. Por la forma de hablar, por la vestimenta o por algún otro rasgo, reconoció que Jesús era judío. No podía comprender que un judío se dirigiera a una samaritana y, además, le pidiera beber de su recipiente.
Entre judíos y samaritanos existía una profunda enemistad. Los judíos consideraban impuros a los samaritanos por su mezcla religiosa y étnica, mientras que los samaritanos rechazaban la autoridad religiosa de Jerusalén y defendían el monte Gerizim como lugar legítimo de adoración.
A esa barrera se añadía la distancia social existente entre un maestro judío y una mujer desconocida. En aquel contexto, una conversación pública como aquella podía resultar impropia a los ojos de muchos.
Pero Jesús atravesó todas esas barreras. No permitió que el prejuicio nacional, la división religiosa, la condición social ni el pasado moral de aquella mujer impidieran Su acercamiento.
El amor de Dios no se somete a los límites establecidos por el orgullo humano. Cristo no confirmó el desprecio que separaba a ambos pueblos, sino que abrió un camino de gracia donde los hombres habían levantado muros de hostilidad.
“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14).
La mujer solo percibía las diferencias: “Tú eres judío y yo soy samaritana”. Jesús, en cambio, veía una persona necesitada de salvación. Ella pensaba en la enemistad entre dos pueblos; Cristo pensaba en la reconciliación del alma con Dios.
El don de Dios y la identidad de Cristo
10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
Jesús condujo inmediatamente la conversación desde el agua del pozo hacia la realidad espiritual. La mujer pensaba que Él era quien necesitaba recibir algo de ella, pero Cristo le mostró que, en realidad, era ella quien necesitaba pedirle a Él.
“Si conocieras el don de Dios”. La salvación es presentada como un don. No es un premio que el ser humano pueda ganar mediante sus méritos, esfuerzos religiosos o buenas obras. Es la gracia inmerecida que Dios ofrece por medio de Jesucristo.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).
La mujer había acudido con un cántaro vacío, pero su mayor vacío no se encontraba en aquel recipiente. Su alma necesitaba una vida que el agua natural no podía proporcionar.
Jesús le habló de “agua viva”. En el lenguaje cotidiano, esta expresión podía referirse al agua corriente de un manantial, en contraste con el agua acumulada en un depósito. Sin embargo, Cristo la utilizó para describir la vida espiritual que procede de Dios.
En las Escrituras, el agua aparece frecuentemente como imagen de purificación, restauración y vida. Dios había denunciado por medio del profeta Jeremías que Su pueblo lo había abandonado a Él, la fuente de agua viva, para buscar satisfacción en fuentes humanas incapaces de retener agua:
“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13).
La expresión “tú le pedirías” muestra que el don de Dios debe ser recibido. Cristo estaba dispuesto a dar, pero la mujer debía reconocer su necesidad y acudir a Él.
Esta es la invitación del evangelio: el pecador no es llamado a comprar la salvación, sino a pedirla con fe, reconociendo que únicamente Cristo puede concederla.
La mujer interpreta las palabras de forma natural
11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?
La mujer todavía comprendía las palabras de Jesús en un sentido material. Miró el pozo, observó su profundidad y comprobó que Jesús no llevaba ningún recipiente con el que pudiera sacar agua.
Con frecuencia, el ser humano comete el mismo error. Contempla su necesidad, observa sus limitaciones y concluye que no existe solución porque no puede ver los medios que Dios utilizará.
La fe comienza a crecer cuando dejamos de medir las posibilidades de Dios por los recursos humanos. Cristo puede obrar más allá de aquello que nuestros ojos perciben y nuestra razón alcanza a comprender.
La pregunta “¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” muestra que las palabras de Jesús habían despertado su curiosidad. Aunque todavía no comprendía su significado, deseaba saber más.
El Señor no rechazó su limitada comprensión. Continuó guiándola pacientemente, llevando su pensamiento desde el pozo natural hacia la fuente espiritual.
12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
La mujer apeló a la grandeza de Jacob, a quien los samaritanos también reconocían como patriarca. Aquel pozo representaba una herencia antigua y venerada. Jacob había bebido de él, también sus hijos y sus ganados, y ahora continuaba proporcionando agua a las generaciones posteriores.
La mujer ignoraba que estaba hablando con el Señor de Jacob. El patriarca había cavado o utilizado aquel pozo, pero Cristo era el Creador del agua, de la tierra y del propio Jacob.
A lo largo del Evangelio de Juan aparecen preguntas semejantes acerca de la grandeza de Jesús. Más adelante, los judíos le preguntarían:
“¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió?” (Juan 8:53).
La respuesta del evangelio es clara: Jesús es mayor que Jacob, mayor que Abraham, mayor que Moisés y mayor que todos los profetas, porque no es solamente otro mensajero de Dios. Él es el Hijo eterno enviado por el Padre.
La mujer valoraba profundamente la herencia recibida de sus antepasados, pero Cristo iba a mostrarle que las tradiciones del pasado no podían sustituir la vida espiritual que Dios ofrece en el presente.
El pozo de Jacob podía aliviar la sed del cuerpo durante unas horas. Jesús podía satisfacer la sed del alma para siempre.
El agua que sacia para siempre
13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed.
Jesús señaló el límite del agua natural: podía satisfacer temporalmente la sed, pero no podía eliminarla definitivamente. Quien bebiera de aquel pozo tendría que regresar una y otra vez.
Esta verdad física ilustraba una realidad espiritual. Las cosas de este mundo pueden proporcionar satisfacción durante un tiempo, pero no pueden llenar de manera permanente el corazón humano.
La riqueza, el reconocimiento, los placeres, las relaciones humanas y los logros personales pueden ofrecer momentos de alegría, pero no poseen la capacidad de reconciliar al ser humano con Dios ni de concederle vida eterna.
La mujer había intentado probablemente satisfacer su necesidad de amor, aceptación y seguridad mediante relaciones humanas. Sin embargo, continuaba regresando con su cántaro vacío, no solamente al pozo, sino también a una vida que no había logrado saciarla.
14 Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
Frente a la limitación del agua del pozo, Jesús presentó la plenitud del agua que Él concede. No habló de algo que la mujer pudiera encontrar por sí misma, sino de algo que Cristo personalmente le daría.
El agua viva representa la vida espiritual que Dios comunica por medio de Cristo y que obra interiormente mediante el Espíritu Santo. No se trata de una experiencia externa y pasajera, sino de una transformación que alcanza lo profundo del ser humano.
Jesús afirmó que quien bebiera de esa agua “no tendrá sed jamás”. Esto no significa que el creyente deje de necesitar diariamente la comunión con Dios, sino que ya no necesita buscar en otras fuentes aquello que solamente Cristo puede proporcionar.
El alma reconciliada con Dios encuentra en Cristo el perdón, la paz, la esperanza y la vida eterna. Las circunstancias pueden cambiar, las pruebas pueden llegar y las emociones pueden fluctuar, pero la fuente permanece dentro del creyente.
Cristo no dijo que pondría junto a la persona un recipiente de agua, sino que el agua llegaría a ser “en él una fuente”. La vida recibida de Dios no queda inmóvil. Brota, renueva y produce fruto.
“El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él” (Juan 7:38 a 39).
La mujer comienza a desear el agua ofrecida
15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Las palabras de Jesús despertaron un deseo sincero en la mujer. Ella pidió el agua, aunque todavía la comprendía principalmente como una solución a su necesidad física.
Su petición mostraba interés, pero aún necesitaba comprender la verdadera naturaleza del don ofrecido. Deseaba recibir los beneficios del agua viva sin haber reconocido todavía el pecado y la necesidad de una transformación interior.
La petición “Señor, dame esa agua” constituye, sin embargo, un importante avance. La mujer que al principio había respondido con desconfianza comenzaba ahora a reconocer que Jesús poseía algo que ella necesitaba.
Todavía no comprendía completamente, pero ya estaba escuchando. Cristo había despertado en ella una sed diferente: el deseo de descubrir el don de Dios.
Así actúa el Señor en el corazón humano. Primero despierta la necesidad, después revela el pecado y finalmente conduce a la persona hacia el conocimiento de quién es Él.
La mujer había llegado al pozo buscando agua para el cuerpo. Poco a poco, Jesús la estaba preparando para reconocer que su verdadera necesidad era recibir la vida que solamente Él podía darle.
Cristo revela la verdad de su vida
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
La petición de Jesús produjo un cambio inesperado en la conversación. Hasta ese momento habían hablado del agua, del pozo y de la vida eterna. Ahora Cristo dirigió Su palabra hacia la realidad personal de la mujer.
La gracia de Dios no oculta el pecado ni lo considera irrelevante. Lo descubre para sanarlo, lo lleva a la luz para perdonarlo y lo confronta para liberar a la persona de aquello que la mantiene esclavizada.
17 a 18 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
La respuesta de la mujer fue breve: “No tengo marido”. Sus palabras eran verdaderas, aunque incompletas. Tal vez intentaba evitar una explicación dolorosa o vergonzosa. Sin embargo, Jesús mostró que conocía todo aquello que ella no había contado.
Jesús reconoció primero la verdad que ella había dicho: “Bien has dicho”. Incluso en medio de una respuesta limitada, el Señor destacó aquello que era sincero. Después reveló el resto de su historia.
“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).
Esta es una de las expresiones más hermosas de la gracia: Cristo conoce lo peor de cada persona y, sin aprobar su pecado, se acerca para salvarla.
La mujer descubrió que estaba delante de alguien que podía ver su pasado sin que nadie se lo hubiera contado. Aquella revelación despertó en ella una nueva comprensión acerca de Jesús.
La pregunta acerca del lugar de adoración
19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.
Al comprobar que Jesús conocía su vida, la mujer concluyó que debía de ser profeta. Había comenzado considerándolo simplemente un judío; después lo llamó Señor y ahora reconocía en Él a un hombre enviado por Dios.
Su comprensión avanzaba gradualmente. Todavía no sabía que se encontraba ante el Mesías, pero ya percibía que Sus palabras poseían una autoridad sobrenatural.
20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
La mujer planteó entonces la antigua controversia entre samaritanos y judíos. Los samaritanos adoraban en el monte Gerizim, situado cerca de aquel lugar, mientras que los judíos afirmaban que Jerusalén era el sitio escogido por Dios para el templo.
No obstante, Jesús no rechazó la pregunta. La utilizó para revelar una verdad que superaba tanto la posición samaritana como la comprensión limitada de los judíos.
La salvación procede de los judíos
21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.
Jesús pidió a la mujer que creyera en Su palabra. La expresión “la hora viene” señala una transformación decisiva que se produciría mediante Su muerte, resurrección y la venida del Espíritu Santo.
Jesús es el verdadero punto de encuentro entre Dios y el ser humano. Por medio de Él, los creyentes pueden acercarse al Padre desde cualquier lugar.
“Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre” (Efesios 2:18).
La adoración cristiana nace de esa relación. No depende de un edificio, de una región ni de una ceremonia externa, sino de la comunión con Dios recibida por medio del Hijo.
22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.
Los samaritanos aceptaban solamente una parte de la revelación del Antiguo Testamento y habían desarrollado una forma de culto separada de Jerusalén. Por eso, su conocimiento de Dios era incompleto y estaba deformado por tradiciones humanas.
Los judíos, en cambio, habían recibido la ley, los profetas, las promesas y el culto establecido por Dios. A ellos les había sido confiada la revelación que preparaba la llegada del Mesías.
“Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo” (Romanos 9:4 a 5).
La afirmación “la salvación viene de los judíos” significa principalmente que el Salvador prometido vendría del pueblo de Israel. Jesús había nacido dentro de la descendencia de Abraham y de David, conforme a las promesas de Dios.
Cristo corrigió el error de la mujer sin despreciarla. El amor verdadero no oculta la verdad ni presenta todas las creencias como equivalentes. Jesús mostró misericordia, pero también afirmó con precisión dónde se encontraba la revelación que Dios había dado.
Los verdaderos adoradores
23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.
Jesús habló de “los verdaderos adoradores”, lo que implica que también existe una adoración aparente, vacía o equivocada. No toda expresión religiosa es agradable a Dios. La verdadera adoración debe corresponder a la naturaleza y a la revelación del propio Dios.
Adorar “en espíritu” significa que la adoración nace del interior de una persona vivificada y guiada por el Espíritu Santo. No se limita a palabras, movimientos, ritos o emociones externas. Procede de un corazón sincero que ha sido reconciliado con Dios.
El ser humano puede realizar actos religiosos mientras su corazón permanece lejos del Señor. Dios no busca solamente palabras correctas, sino una entrega interior auténtica.
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8).
Adorar “en verdad” significa hacerlo conforme a la revelación que Dios ha dado de Sí mismo, cuyo centro perfecto es Jesucristo. No podemos adorar a Dios según nuestra imaginación, preferencias o tradiciones, sino según la verdad revelada en Su Palabra.
Jesús añadió que “el Padre tales adoradores busca que le adoren”. Esta expresión revela la iniciativa divina. Dios no busca edificios majestuosos, ceremonias impresionantes ni formas externas de grandeza. Busca personas cuyos corazones se rindan ante Él con sinceridad y verdad.
24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Jesús fundamentó Su enseñanza en la propia naturaleza de Dios: “Dios es Espíritu”. Dios no está limitado por un cuerpo material, un lugar determinado ni las dimensiones del mundo creado.
Él está presente en todas partes y no puede ser encerrado en templos construidos por manos humanas.
“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas” (Hechos 17:24).
Esto no significa que reunirse en un lugar concreto carezca de valor. Los creyentes necesitan congregarse, orar juntos, recibir enseñanza y animarse mutuamente. Sin embargo, ningún edificio contiene a Dios ni garantiza por sí mismo una adoración verdadera.
La iglesia, entendida como el conjunto de los creyentes, puede adorar al Padre en cualquier lugar porque Su presencia no depende de una estructura material.
La expresión “es necesario” muestra que adorar en espíritu y en verdad no es una alternativa entre muchas. Es la única adoración que corresponde a la naturaleza de Dios.
Jesús se revela como el Mesías
25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.
A pesar de las limitaciones de la enseñanza samaritana, la mujer esperaba la llegada del Mesías. Sabía que vendría alguien enviado por Dios que revelaría plenamente la verdad.
La mujer no imaginaba que aquel a quien esperaba ya se encontraba delante de ella. Había comenzado viendo a Jesús como un judío desconocido, después como Señor y más tarde como profeta. Ahora estaba preparada para recibir la revelación más importante.
26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
Jesús se reveló abierta y directamente: “Yo soy, el que habla contigo”. Él era el Mesías esperado, el Cristo prometido y Aquel que podía declarar todas las cosas.
El Mesías se dio a conocer a una persona necesitada que comenzaba a abrir su corazón a la verdad. La gracia de Dios alcanza a quienes el mundo considera indignos y los convierte en receptores de la revelación divina.
La expresión “Yo soy” posee también una profunda resonancia en el Evangelio de Juan. Jesús no solamente declaró que era el Mesías, sino que Sus palabras anticipaban las afirmaciones mediante las cuales revelaría Su naturaleza y Su relación única con el Padre.
La mujer había dicho: “Sé que ha de venir el Mesías”. Jesús respondió, en esencia: el Mesías ya ha venido y está hablando contigo.
La mujer deja su cántaro y anuncia a Cristo
27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?
Los discípulos regresaron de la ciudad precisamente cuando Jesús acababa de revelarse a la mujer como el Mesías. Al verlo conversando con ella, quedaron sorprendidos.
Su asombro no se debía solamente a que fuera samaritana, sino también a que Jesús, reconocido como Maestro, estuviera hablando públicamente y a solas con una mujer desconocida. Aquella conversación atravesaba varias barreras sociales, culturales y religiosas que normalmente mantenían separadas a personas como ellos.
Sin embargo, ninguno se atrevió a interrogar al Señor. Aunque no comprendían plenamente Su manera de actuar, comenzaban a reconocer que Jesús obraba con una sabiduría y una autoridad superiores a las costumbres humanas.
Cristo no permitió que los prejuicios de Su tiempo determinaran el valor de una persona. Para Él, aquella mujer no era simplemente una samaritana, una mujer de vida desordenada o alguien despreciado por la sociedad. Era un alma necesitada de salvación.
Los discípulos veían una conversación extraña. Jesús veía el comienzo de una cosecha espiritual.
28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
La mujer dejó su cántaro junto al pozo. Aquel recipiente representaba el motivo por el que había acudido hasta allí. Había venido a buscar agua, pero acababa de encontrar algo infinitamente más importante.
La mujer que posiblemente había acudido sola para evitar a los habitantes de la ciudad regresó ahora hacia ellos. El encuentro con Cristo comenzó a vencer su temor, su vergüenza y su aislamiento.
Cuando una persona conoce verdaderamente al Salvador, nace en ella el deseo de compartirlo. No necesita poseer todavía un conocimiento completo de toda la doctrina. Su testimonio comienza con la realidad sencilla y poderosa de lo que Cristo ha hecho en su vida.
El cántaro quedó junto al pozo, pero la mujer llevó consigo el agua viva. Había llegado preocupada por una necesidad material y regresaba convertida en mensajera del Mesías.
29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?
La mujer invitó a los habitantes de Sicar a comprobar personalmente quién era Jesús. No les exigió que aceptaran únicamente su testimonio, sino que les dijo: “Venid, ved”.
Esta invitación recuerda las palabras pronunciadas anteriormente por Felipe cuando Natanael dudaba acerca de Jesús: “Ven y ve” (Juan 1:46).
El testimonio de la mujer estaba centrado en el conocimiento sobrenatural que Cristo tenía de su vida: “Me ha dicho todo cuanto he hecho”. Jesús no había enumerado literalmente cada acción de su pasado, pero había revelado aquello que resumía su situación y demostraba que conocía toda su historia.
La mujer formuló su conclusión como una pregunta: “¿No será éste el Cristo?”. Su expresión invitaba a los demás a investigar y descubrir por sí mismos la identidad de Jesús.
No se presentó como maestra ni intentó explicar todo lo que había oído. Simplemente habló de su encuentro y dirigió a las personas hacia Cristo.
El testimonio cristiano no debe concentrar la atención en quien habla, sino en Jesús. La mujer no dijo: contemplad cuánto he cambiado, sino: venid y conoced al hombre que me ha mostrado quién soy y que puede ser el Mesías.
30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
Las palabras de la mujer despertaron interés entre los habitantes. Aquellos que probablemente conocían su historia comprendieron que algo extraordinario debía de haber sucedido para que hablara públicamente con tanta convicción.
Salieron de la ciudad y comenzaron a dirigirse hacia Jesús. El testimonio de una sola persona abrió el camino para que muchos tuvieran un encuentro con el Salvador.
Ella no podía convertir los corazones ni conceder vida eterna. Su misión consistía en conducir a las personas hasta Cristo. Solo Él podía hablarles, revelarles la verdad y darles salvación.
El alimento de Cristo
31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.
Mientras los samaritanos se dirigían hacia el pozo, los discípulos insistían en que Jesús comiera. Habían ido a la ciudad precisamente para comprar alimentos y sabían que estaba cansado y hambriento después del viaje.
Ellos pensaban en el alimento que habían comprado. Jesús estaba contemplando el fruto espiritual que comenzaba a producirse en Samaria.
Este contraste muestra que una persona puede encontrarse cerca de Cristo y, sin embargo, no percibir inmediatamente la profundidad de Su obra. Los discípulos estaban presentes, pero todavía necesitaban aprender a mirar las circunstancias desde la perspectiva del reino de Dios.
32 Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis.
Jesús respondió utilizando nuevamente una realidad natural para enseñar una verdad espiritual. Así como había hablado a la mujer acerca del agua viva, ahora habló a los discípulos de una comida desconocida para ellos.
Cristo no estaba negando Su necesidad física ni afirmando que el cuerpo careciera de importancia. Él mismo había pedido agua y más tarde comería. Sin embargo, existía una satisfacción superior: cumplir la voluntad del Padre.
La comunión con el Padre no elimina siempre el cansancio físico, pero concede una fortaleza espiritual que permite continuar sirviendo incluso en medio de la debilidad.
33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer?
Los discípulos interpretaron las palabras de Jesús literalmente. Pensaron que alguna persona podría haberle llevado alimentos mientras ellos estaban ausentes.
Su reacción refleja nuevamente la dificultad humana para comprender las realidades espirituales. Nicodemo había pensado en un segundo nacimiento físico y la mujer había imaginado agua natural. Ahora los discípulos pensaban en comida material.
El Evangelio de Juan muestra repetidamente este contraste entre las palabras de Jesús y la comprensión inicial de quienes lo escuchaban. Cristo utiliza aquello que es visible para conducir al ser humano hacia una verdad más profunda.
Los discípulos todavía no comprendían que Jesús estaba hablando de la misión que el Padre le había confiado.
34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.
Jesús explicó claramente el significado de Sus palabras. Su alimento consistía en hacer la voluntad del Padre y completar la obra que había venido a realizar.
La obediencia no era para Cristo una carga impuesta desde fuera, sino el deseo profundo de Su corazón. El Hijo vivía en perfecta comunión con el Padre y encontraba gozo en cumplir Su voluntad.
“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:8).
Jesús se presentó como el Enviado. Su ministerio no surgía de una ambición personal, sino del propósito eterno de Dios. Cada enseñanza, milagro, encuentro y desplazamiento formaban parte de la obra que debía completar.
Esa obra alcanzaría su cumplimiento supremo en la cruz. Allí Jesús cargaría con el pecado, ofrecería Su vida y declararía: “Consumado es” (Juan 19:30).
Para el creyente, servir al Señor no sustituye el cuidado necesario del cuerpo, pero ofrece un sentido que ninguna satisfacción material puede proporcionar.
Juan 4:35 a 38. Los campos están blancos para la siega
35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.
Jesús llamó la atención de los discípulos hacia lo que estaba sucediendo delante de ellos. Mientras pensaban en comida y en las necesidades inmediatas, los habitantes de Sicar se aproximaban para conocerlo.
La expresión acerca de los cuatro meses probablemente recogía una frase habitual relacionada con el tiempo que transcurría entre la siembra y la cosecha. En la agricultura era necesario esperar pacientemente hasta que el grano estuviera maduro.
Pero en aquel momento no había que esperar. La cosecha espiritual ya estaba preparada.
“Alzad vuestros ojos y mirad”. Los discípulos necesitaban cambiar la dirección de su mirada. Habían observado Samaria como un territorio hostil y a sus habitantes como personas religiosas equivocadas. Jesús veía corazones preparados para recibir el evangelio.
La obra de Dios requiere ojos espirituales. Donde el ser humano solo ve prejuicios, dificultades o indiferencia, Cristo puede ver personas cuyo corazón está siendo preparado.
Los campos blancos representan la urgencia de la misión. La cosecha madura no puede dejarse indefinidamente, porque existe un momento apropiado para recogerla.
Los creyentes, es decir, la iglesia, deben aprender a mirar a las personas con la compasión de Cristo y reconocer las oportunidades que Dios coloca delante de ellos.
36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega.
Jesús describió la misión mediante las labores de sembrar y recoger. Algunas personas anuncian la Palabra, otras continúan la enseñanza y otras presencian el momento en que alguien responde con fe.
Todos participan en una misma obra y comparten un mismo gozo.
El salario del segador no debe entenderse como la compra de la salvación ni como una recompensa puramente material. Expresa la alegría y la recompensa espiritual de participar en la obra de Dios y contemplar fruto para la eternidad.
El fruto recogido no es temporal. Se trata de personas que reciben vida eterna por medio de Jesucristo.
Quien sirve al Señor puede no ver inmediatamente el resultado de su labor. Una palabra, una enseñanza, una oración o un testimonio pueden permanecer durante mucho tiempo en el corazón hasta que otra persona recoja el fruto.
Por eso, nadie debe atribuirse toda la obra. El sembrador depende de Dios para que la semilla germine y el segador recoge aquello que otros han trabajado anteriormente.
“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3:6).
El verdadero gozo no consiste en recibir reconocimiento personal, sino en comprobar que la obra de Dios avanza y que las personas reciben vida eterna.
37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega.
Jesús confirmó una realidad que se observa tanto en la agricultura como en la misión espiritual: no siempre la misma persona inicia y concluye el trabajo.
Algunos siembran sin llegar a contemplar la cosecha. Otros recogen frutos que no comenzaron con su propio esfuerzo.
Esta verdad protege contra el orgullo y también contra el desaliento. Protege contra el orgullo porque nadie puede afirmar que todo el resultado le pertenece. Protege contra el desaliento porque una labor aparentemente infructuosa puede estar preparando una cosecha futura.
Los profetas habían anunciado la promesa del Mesías. Juan el Bautista había preparado el camino. La mujer samaritana acababa de sembrar su testimonio entre los habitantes de Sicar. Ahora los discípulos participarían en la cosecha.
En el reino de Dios, cada servicio fiel ocupa su lugar dentro de una obra mucho más amplia que una sola persona o generación.
38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
Los discípulos iban a recoger fruto en un terreno que no habían preparado por sí mismos. La historia de la revelación, la obra de los profetas y la reciente conversación de Jesús con la mujer habían abierto el camino.
Incluso entre los samaritanos existía cierta esperanza mesiánica. Dios había utilizado la revelación que conservaban, aunque fuera incompleta, para mantener en ellos la expectativa de Aquel que había de venir.
Los discípulos entrarían en una labor comenzada antes de su llegada. Esto les enseñaba a reconocer con humildad que su ministerio dependía de la obra previa de Dios.
Toda cosecha espiritual está precedida por una acción divina. Antes de que el creyente hable, el Espíritu Santo puede estar obrando en la conciencia, despertando preguntas, produciendo inquietud y preparando el corazón.
El servidor de Dios no crea la vida espiritual. Anuncia a Cristo y participa en aquello que Dios ya está realizando.
Muchos samaritanos creen en Jesús
39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho.
El testimonio de la mujer produjo un resultado extraordinario. Muchos samaritanos creyeron inicialmente en Jesús debido a lo que ella les había contado.
La persona que probablemente había sido conocida por su pasado se convirtió en instrumento para conducir a otros hacia Cristo. La gracia no solamente restauró su vida, sino que utilizó su historia redimida para alcanzar a toda una comunidad.
Esto no significa que su pasado pecaminoso fuera bueno, sino que el poder de Dios fue capaz de transformar aquello que había sido motivo de vergüenza en un testimonio de Su misericordia.
La mujer repetía: “Me dijo todo lo que he hecho”. Aquello que más la había impresionado era que Cristo la conocía completamente y, aun así, había hablado con ella y le había ofrecido el agua viva.
El testimonio personal posee una fuerza especial cuando es sencillo, sincero y está centrado en Jesús. No sustituye la verdad del evangelio, pero puede despertar en otros el deseo de conocerlo.
Los samaritanos no creyeron en la mujer como objeto de fe. Creyeron en Cristo por medio del testimonio que los condujo hasta Él.
40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días.
Los samaritanos no se limitaron a observar a Jesús desde lejos. Se acercaron y le pidieron que permaneciera con ellos.
Esta petición contrasta con la actitud que Jesús encontraría en otros lugares, donde algunas personas lo rechazarían o le pedirían que se marchara. Aquellos samaritanos, despreciados por muchos judíos, mostraron hambre espiritual y deseo de escuchar Su palabra.
Jesús aceptó quedarse durante dos días. El Señor que había cruzado Samaria y conversado con una mujer permaneció ahora enseñando a toda la población.
Su presencia entre ellos mostró que la gracia de Dios no estaba limitada por las divisiones históricas. El Mesías judío ofrecía salvación también a los samaritanos.
Aquellos dos días anticipaban la futura proclamación del evangelio en Samaria. Más adelante, muchos samaritanos recibirían la Palabra mediante el ministerio de Felipe y la confirmación de los apóstoles. “Así que había gran gozo en aquella ciudad” (Hechos 8:8).
Donde Cristo es recibido y Su evangelio transforma los corazones, nace un gozo que supera las antiguas enemistades y divisiones.
41 Y creyeron muchos más por la palabra de él,
El testimonio de la mujer había sido el comienzo, pero ahora muchos creyeron al escuchar personalmente a Jesús.
La fe de aquellos samaritanos no quedó apoyada únicamente en una experiencia ajena. Ellos mismos oyeron la palabra de Cristo y llegaron a una convicción personal.
La fe cristiana no consiste simplemente en repetir lo que otros han vivido. Se fundamenta en la persona y en la palabra de Jesucristo.
El Señor permaneció con ellos el tiempo suficiente para que pudieran conocer Su enseñanza. La fe verdadera necesita ser fortalecida mediante la Palabra.
La mujer había cumplido fielmente su misión: los había llevado hasta Cristo. A partir de ese momento, no dependían solamente de lo que ella pudiera contarles, porque ellos mismos estaban escuchando al Salvador.
42 Y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.
Los samaritanos expresaron una de las confesiones más importantes del Evangelio de Juan: Jesús es “el Salvador del mundo”.
Su fe había avanzado desde el testimonio inicial de la mujer hasta una convicción personal basada en las palabras del propio Cristo.
La expresión “Salvador del mundo” revela el alcance universal de la misión de Cristo. Él no vino únicamente para salvar a los judíos ni a un grupo concreto, sino para ofrecer salvación a personas de toda nación, pueblo y condición.
“Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo” (1 Juan 4:14).
Jesús salva al mundo no en el sentido de que todas las personas sean salvadas automáticamente, sino porque Su obra es suficiente y Su invitación se extiende a todos. Quienes creen en Él reciben perdón y vida eterna.
Resulta profundamente significativo que esta confesión fuera pronunciada por samaritanos. Aquellos que eran considerados alejados de la verdadera adoración reconocieron que Jesús no era propiedad exclusiva de una nación.
Una mujer llegó sola al pozo, cargando con su sed, su pasado y su aislamiento. Después de encontrarse con Cristo, regresó a la ciudad como testigo. Su palabra condujo a muchos hasta Jesús y la presencia del Señor produjo una abundante cosecha espiritual.
Así se manifiesta el poder del evangelio: Cristo busca a una persona, revela su necesidad, ofrece gracia, transforma su vida y la convierte en instrumento para que otros también lleguen a conocerlo.
Jesús sana al hijo de un noble
Jesús regresa a Galilea
43 a 44 Dos días después, salió de allí y fue a Galilea. Porque Jesús mismo dio testimonio de que el profeta no tiene honra en su propia tierra.
Después de permanecer dos días entre los samaritanos, Jesús continuó Su camino hacia Galilea. Aquella breve estancia había producido una cosecha espiritual extraordinaria. Muchos habían creído en Él, no por haber contemplado milagros, sino por haber escuchado Su palabra y reconocido que verdaderamente era el Salvador del mundo.
El contraste con Galilea resulta significativo. Jesús regresaba a la región donde había crecido y donde era conocido por muchos. Sin embargo, Él mismo había afirmado que “el profeta no tiene honra en su propia tierra”.
La familiaridad puede convertirse en un obstáculo para la fe. Quienes habían conocido a Jesús desde Su juventud podían pensar que sabían todo acerca de Él. Veían al hijo de José, al carpintero de Nazaret, pero no reconocían con facilidad al Hijo de Dios. “¿No es éste el carpintero, hijo de María?” (Marcos 6:3).
El problema no era la falta de información externa, sino la ausencia de una comprensión espiritual. Conocer detalles acerca de Jesús no equivale a reconocer Su verdadera identidad ni a someterse a Su autoridad.
Los samaritanos habían recibido a Cristo con humildad, a pesar de haberlo conocido durante muy poco tiempo. Muchos galileos, en cambio, corrían el peligro de reducirlo a aquello que sus ojos naturales habían contemplado.
La cercanía a las cosas de Dios no garantiza una fe verdadera. Una persona puede escuchar repetidamente la Palabra, conocer las expresiones cristianas y participar en actividades religiosas sin rendir realmente su corazón a Cristo.
La verdadera honra no consiste en admirar exteriormente a Jesús, sino en creer en Él, obedecer Su palabra y reconocerlo como Señor.
45 Cuando vino a Galilea, los galileos le recibieron, habiendo visto todas las cosas que había hecho en Jerusalén, en la fiesta; porque también ellos habían ido a la fiesta.
Los galileos recibieron a Jesús porque habían presenciado las señales realizadas por Él en Jerusalén durante la fiesta.
A primera vista, esta recepción podría parecer una contradicción con la afirmación anterior acerca de la falta de honra. Sin embargo, el texto sugiere que muchos lo recibían atraídos principalmente por Sus milagros.
Habían visto lo que Jesús podía hacer, pero eso no significaba necesariamente que hubieran comprendido quién era Él.
La admiración por las señales no siempre conduce a una fe verdadera. Una persona puede desear la ayuda de Cristo sin amar Su verdad, buscar Sus beneficios sin rendirse a Su autoridad y sentirse atraída por lo extraordinario sin experimentar una transformación espiritual.
Anteriormente, el evangelista había advertido que muchos creyeron al contemplar las señales, pero Jesús conocía la verdadera condición de sus corazones: “Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos” (Juan 2:23 a 24).
Cristo no desprecia a quienes se acercan a Él por una necesidad. En muchas ocasiones utiliza el sufrimiento, la enfermedad o una situación imposible para atraer a las personas hacia Su presencia. Sin embargo, Su propósito no es solamente resolver un problema temporal, sino conducirlas a una fe profunda y duradera.
La súplica de un padre angustiado
46 Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.
Jesús regresó a Caná de Galilea, el lugar donde había realizado Su primera señal pública al convertir el agua en vino.
En Capernaum vivía un oficial del rey. Probablemente se trataba de una persona vinculada a la administración de Herodes Antipas. Su cargo le concedía influencia, reconocimiento y recursos materiales.
Sin embargo, ninguna posición social podía protegerlo del sufrimiento. Su hijo estaba gravemente enfermo.
La enfermedad había entrado en su hogar y había reducido toda su autoridad humana a la impotencia. Podía tener servidores, riqueza y contactos, pero no podía devolver la salud a su hijo.
El sufrimiento muestra con frecuencia los límites del poder humano. Aquello que parecía firme y seguro puede perder su importancia cuando la vida de una persona amada se encuentra en peligro.
Ante la enfermedad de su hijo, aquel oficial dejó de ser simplemente un hombre importante. Se convirtió en un padre angustiado que necesitaba desesperadamente la ayuda de Jesús.
47 Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.
Al escuchar que Jesús había regresado a Galilea, el oficial salió de Capernaum y se dirigió a Caná para buscarlo. El trayecto exigía tiempo, esfuerzo y una decisión personal.
No se limitó a enviar un mensaje por medio de sus servidores. Acudió él mismo ante Cristo y le rogó que fuera a sanar a su hijo.
La situación era extrema: el muchacho estaba a punto de morir. La urgencia dominaba cada una de sus palabras. Aquel padre no acudía para satisfacer una curiosidad religiosa, sino porque había llegado al límite de sus posibilidades.
Su petición mostraba una fe inicial. Creía que Jesús poseía poder para sanar. Sin embargo, pensaba que el Señor debía desplazarse físicamente hasta su casa y actuar antes de que el niño muriera.
Su comprensión del poder de Cristo todavía estaba limitada por la distancia y por la muerte. Pensaba que Jesús podía sanar si llegaba a tiempo, pero aún no sabía que Su autoridad no dependía de Su presencia física ni quedaba limitada por el espacio.
Aun así, Cristo recibió su súplica. El Señor no desprecia una fe débil cuando esta acude sinceramente a Él. La toma, la prueba y la conduce hacia una confianza más profunda.
Una fe que necesita superar las señales
48 Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.
La respuesta de Jesús no se dirigía únicamente al oficial, pues utilizó una expresión en plural. Alcanzaba también a los galileos que se encontraban presentes y cuya disposición hacia Él dependía en gran medida de los milagros que habían contemplado.
Cristo señaló una debilidad espiritual: muchos no estaban dispuestos a creer a menos que vieran señales extraordinarias.
Las señales tenían un propósito legítimo. Confirmaban la identidad y la misión de Jesús, manifestaban Su compasión y mostraban la llegada del reino de Dios. Sin embargo, no debían convertirse en el fundamento exclusivo de la fe.
Una fe que depende constantemente de ver prodigios permanece inmadura e inestable. Cuando no recibe aquello que espera, puede enfriarse, dudar o apartarse.
Jesús deseaba conducir al oficial desde una fe basada en lo visible hacia una confianza apoyada únicamente en Su palabra.
La fe verdadera no exige que Dios actúe siempre conforme a nuestras condiciones antes de creer. Descansa en Su carácter, confía en Su sabiduría y recibe Su palabra como suficiente. “Porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7).
Cristo no estaba rechazando la petición del padre. Estaba revelando y purificando la naturaleza de su fe.
El oficial había venido buscando un milagro visible. Jesús iba a enseñarle a creer antes de ver el resultado.
El hombre creyó la palabra de Jesús
49 El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera.
El padre insistió con la urgencia de quien veía acercarse la muerte. Sus palabras revelan amor, angustia y una comprensión todavía limitada del poder de Jesús.
Pensaba que si su hijo moría, la oportunidad habría terminado. Para él, el tiempo se agotaba y Cristo debía actuar inmediatamente.
Sin embargo, Jesús no estaba sometido ni a la distancia ni al paso de las horas. La vida del muchacho permanecía bajo Su autoridad, aunque el padre no pudiera verlo.
En medio del sufrimiento, el ser humano suele decirle a Dios cómo, cuándo y dónde debe actuar. La necesidad parece exigir una respuesta determinada.
50 Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.
Jesús no acompañó al oficial hasta Capernaum. No realizó ningún gesto visible, no pronunció una larga oración y no ofreció una señal inmediata que el padre pudiera contemplar. Simplemente declaró: “Ve, tu hijo vive”.
La palabra de Cristo era suficiente. La misma voz por medio de la cual fueron creadas todas las cosas poseía autoridad para detener la enfermedad y preservar la vida. “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmos 33:9).
El momento decisivo llegó cuando el hombre creyó la palabra de Jesús y emprendió el regreso.
Todavía no había visto a su hijo sano. No había recibido confirmación de sus servidores. No poseía ninguna evidencia visible aparte de la declaración de Cristo.
Su partida fue una expresión concreta de fe. Si no hubiera confiado en la palabra de Jesús, habría continuado insistiendo para que lo acompañara. Al regresar a su casa, demostró que aceptaba la promesa como verdadera.
La fe bíblica no es una emoción indefinida ni un pensamiento positivo. Es la confianza que recibe la palabra de Dios y actúa en obediencia antes de contemplar su cumplimiento.
El oficial había llegado creyendo que Jesús debía ir hasta su casa. Se marchó comprendiendo que la palabra de Cristo podía llegar donde Su cuerpo no estaba presente.
La confirmación de la palabra
51 Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive.
Mientras regresaba a Capernaum, los siervos del oficial salieron a su encuentro con la noticia que más deseaba escuchar: “Tu hijo vive”.
Las palabras de los servidores coincidían exactamente con la declaración de Jesús. Aquello que Cristo había pronunciado en Caná se había cumplido en Capernaum.
El padre había creído antes de recibir la confirmación. Ahora podía comprobar que su confianza no había sido puesta en vano.
Dios puede conceder confirmaciones que fortalecen la fe, pero la fe auténtica comienza descansando en Su palabra. El creyente no confía porque ya ha visto todos los resultados, sino porque conoce que Dios es fiel.
La expresión “tu hijo vive” debió de llenar el corazón de aquel padre de una alegría imposible de describir. El niño que estaba a punto de morir había sido preservado por la autoridad de Cristo.
Jesús no solo había respondido a una necesidad familiar. Estaba revelando que en Él reside el poder de dar vida.
52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre.
El oficial quiso conocer el momento exacto en que se había producido la recuperación.
Los siervos respondieron que la fiebre había desaparecido el día anterior, a la hora séptima, aproximadamente la una de la tarde según el modo judío de contar las horas.
La sanidad no había sido un proceso lento ni una mejoría casual. La fiebre había cesado en un momento concreto.
El padre comprendió que aquella era precisamente la hora en que Jesús le había dicho: “Tu hijo vive”.
La distancia entre Caná y Capernaum no había representado ningún obstáculo. La palabra de Cristo había actuado inmediatamente.
Jesús no necesitó tocar al niño ni entrar en la casa. Su autoridad alcanzó al enfermo en el mismo instante en que pronunció la palabra.
Este milagro revela que el poder de Cristo no se encuentra limitado por las condiciones físicas. Él gobierna sobre el espacio, la enfermedad y la vida.
53 El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa.
Al comprobar la coincidencia exacta, el oficial comprendió plenamente que la sanidad había sido realizada por Jesús.
El texto afirma nuevamente que creyó. Esto no significa que antes careciera completamente de fe. En el versículo 50 había creído la palabra de Jesús. Ahora su fe fue confirmada, fortalecida y conducida hacia una comprensión más profunda de la persona de Cristo.
Al principio creyó que Jesús podía sanar si acudía a su casa. Después creyó la palabra sin ver el resultado. Finalmente, al contemplar el cumplimiento, creyó en Jesús de una manera más completa.
Su fe no quedó limitada a una gratitud personal por la recuperación del hijo. Alcanzó también a toda su casa.
Probablemente el oficial relató lo sucedido, explicó las palabras de Jesús y mostró la correspondencia exacta entre la promesa y la sanidad. Su familia y quienes formaban parte de su hogar llegaron también a creer.
El sufrimiento que había amenazado con destruir aquella casa fue utilizado por Dios para llevarla al conocimiento de Cristo.
Esto no significa que toda enfermedad producirá necesariamente una sanidad física semejante. El milagro fue una señal particular de la autoridad de Jesús. Sin embargo, sí muestra que Dios puede utilizar las pruebas más dolorosas para conducir a personas y familias hacia una fe verdadera.
El oficial había salido de su casa como un padre desesperado y regresó como testigo de la fidelidad de Cristo.
La segunda señal en Galilea
54 Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.
El evangelista identifica esta sanidad como la segunda señal realizada por Jesús en Galilea. La primera había sido la conversión del agua en vino en Caná y la segunda fue la sanidad del hijo del oficial.
Ambas señales revelan distintos aspectos de la gloria de Cristo.
En la primera, Jesús transformó el agua en vino y mostró Su poder creador, Su abundancia y la alegría de la nueva obra que había venido a realizar.
En la segunda, pronunció una palabra a distancia y venció una enfermedad que conducía a la muerte.
Las señales del Evangelio de Juan no son simples demostraciones de poder. Son acontecimientos que señalan hacia la identidad de Jesús y llaman a creer en Él.
El verdadero centro del relato no es solamente que un muchacho fue sanado, sino que la palabra de Cristo demostró ser poderosa, fiel y digna de confianza.
El capítulo había comenzado con una mujer samaritana que llegó al pozo sin conocer a Jesús y terminó anunciándolo como el Mesías. Ahora concluye con un oficial que acudió buscando una sanidad y terminó creyendo juntamente con toda su casa.
En Samaria, muchos creyeron por haber escuchado la palabra de Jesús. En Galilea, el oficial aprendió igualmente a creer en Su palabra antes de contemplar el milagro.
Así, todo el capítulo conduce hacia una misma verdad: Jesucristo conoce el corazón humano, ofrece el agua viva, busca verdaderos adoradores y posee una palabra capaz de dar vida.
La mujer samaritana descubrió que Cristo podía sanar la sed de su alma. El oficial descubrió que Cristo podía vencer la enfermedad de su hijo. Ambos fueron conducidos más allá de su necesidad inmediata hasta el conocimiento personal del Salvador.
La fe verdadera no se limita a recibir aquello que Jesús puede dar. Descansa en quién es Él, escucha Su palabra y confía plenamente en Su autoridad.
Resumen teológico y espiritual
San Juan 4 presenta a Jesucristo como el Salvador que busca personalmente al ser humano, sin dejarse limitar por su origen, su pasado, su condición social o sus errores religiosos.
La mujer samaritana representa al alma sedienta que intenta encontrar satisfacción en fuentes incapaces de llenarla. Jesús le ofrece el agua viva, imagen de la nueva vida que Dios concede por medio de Cristo y comunica mediante el Espíritu Santo. Esta vida no produce un alivio pasajero, sino una transformación interior que conduce a la comunión con Dios y a la vida eterna.
Cristo conoce completamente el corazón humano. Su conocimiento descubre el pecado, pero no para humillar, sino para conducir al arrepentimiento, al perdón y a la restauración. En Él, la verdad y la gracia actúan juntas.
El capítulo enseña también que la verdadera adoración no depende de un lugar, de un edificio ni de una tradición externa. El Padre busca adoradores que se acerquen a Él en espíritu y en verdad, con un corazón sincero y conforme a la revelación de Jesucristo.
La mujer, después de encontrarse con el Señor, se convierte en testigo. Su experiencia muestra que quien ha recibido la gracia no debe guardarla para sí, sino dirigir a otros hacia Cristo. Los samaritanos creyeron primero por su testimonio y después por haber escuchado personalmente al Salvador.
Jesús es presentado como el Salvador del mundo. Su obra no queda limitada a un pueblo, sino que alcanza a todos los que creen en Él.
La enseñanza sobre la cosecha recuerda a los creyentes que la misión es urgente. Unos siembran, otros recogen, pero el crecimiento procede de Dios. Por eso no debe haber orgullo ni competencia en el servicio cristiano.
La sanidad del hijo del oficial muestra que la fe madura descansa en la palabra de Cristo aun antes de ver el resultado. Su autoridad no está limitada por la distancia, el tiempo ni las circunstancias.
El mensaje central de San Juan 4 es que Jesucristo conoce nuestra verdadera necesidad, ofrece vida eterna, busca adoradores sinceros y llama a confiar plenamente en Su palabra.
Quien recibe de Cristo el agua viva encuentra en Él la satisfacción del alma y se convierte en testigo de Su gracia ante los demás.
Concordancias principales
“A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed” (Isaías 55:1).
“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré” (Ezequiel 36:25).
“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42:1 a 2).
“Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3).
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
“Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).
“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).
Bibliografía
Morris, León. El Evangelio según Juan. Volumen 1.
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Hendriksen, William. Comentario al Evangelio según San Juan.
Keener, Craig S. Comentario del contexto cultural de la Biblia.
Bruce, F. F. El Evangelio de Juan: Introducción, exposición y notas.
Juan Cid