Poesía de la vida

Índice de poemas

La paz que el mundo no puede dar

El mundo busca la paz
entre tratados y banderas
,
mientras la tierra se estremece
con guerras, llantos y fronteras.

La busca en voces de poder,
en discursos y promesas,
pero el odio sigue ardiendo
y el dolor llena las mesas.

Hay pueblos rotos por la guerra,
madres llorando a sus hijos,
corazones sin consuelo,
caminos de sangre y exilios.

Hay conflictos entre naciones,
entre hermanos y familias,

hay almas llenas de angustia,
hay noches largas y frías.

El mundo habla de paz,
pero no sana el corazón;
puede firmar muchos pactos,
pero no quitar el rencor.

Porque la paz que el mundo ofrece
depende del hombre y su razón;
tiembla cuando llega el miedo,
se rompe ante la ambición.

Pero Cristo dijo con ternura:
“Mi paz os dejo, mi paz os doy”;
no como el mundo la entrega,
sino como regalo de Dios.

La Paz de Cristo no nace
de victorias ni de poder;
nace en un corazón rendido
que aprende a amar, perdonar y creer.

Es paz en medio del llanto,
luz cuando todo oscurece,
fuerza cuando el alma cae,
consuelo cuando se padece.

Es paz para el perseguido,
para el pobre y el herido
,
para el que sufre en silencio,
para el mundo dividido.

Es paz que mira al enemigo
no con odio, sino con perdón;
paz que derriba los muros
y transforma el corazón.

¡Oh Cristo, Príncipe de Paz,
Luz eterna del Padre amado!
Ven a este mundo cansado,
herido, confuso y quebrantado.

Mira las guerras de la tierra,
mira el hambre y la aflicción;
mira al hombre que se pierde
lejos de tu salvación.

Haznos instrumentos humildes
de tu amor y tu verdad;
que donde haya odio pongamos perdón,
y donde haya tinieblas, claridad.

Que donde haya sangre y venganza
florezca tu compasión;
que donde reine la soberbia
nazca humilde adoración.

Porque solo en Ti descansa
la esperanza de la creación;
solo tu paz vence al mundo
y restaura la razón.

Y cuando vuelvas glorioso,
con poder, justicia y resplandor,
caerá toda soberbia humana
ante tu trono, oh Señor.

Callarán guerras y reinos,
cesará el llanto y el dolor;
no habrá más muerte ni clamor,
porque reinará tu amor.

Las espadas serán inútiles,
los imperios caerán sin voz;

y toda nación sabrá
que la paz verdadera es Dios.

Entonces cielo y tierra unidos
proclamarán con una sola voz:
¡Grande es Cristo el Señor, Rey de reyes,
Príncipe de Paz, Hijo de Dios!

Toda rodilla se doblará,
todo corazón verá tu esplendor;
porque Tú eres la Paz perfecta,
el Alfa y Omega, el Salvador.

Y en tu Reino eterno, Señor,
sin guerra, pecado ni dolor,
la creación descansará para siempre
en la paz gloriosa de tu amor.

         Juan Cid.

Oración por los damnificados de Venezuela

Padre celestial, Dios de amor, misericordia y consolación:

Hoy nos acercamos a Ti con el corazón entristecido por el sufrimiento del pueblo venezolano, especialmente por quienes han sido afectados por los terremotos. Te rogamos por las familias que han perdido a sus seres queridos, por los heridos, por quienes han quedado sin hogar y por todos los que viven momentos de angustia, incertidumbre y temor.

Señor, extiende Tu mano poderosa sobre cada persona perjudicada. Protege a quienes permanecen en zonas de peligro, libra a la población de nuevas tragedias y guarda especialmente a los niños, ancianos, enfermos y personas más vulnerables.

Fortalece y guía a los equipos de rescate, médicos, bomberos, voluntarios y autoridades. Concédeles sabiduría, resistencia y los medios necesarios para encontrar a quienes puedan estar atrapados, atender a los heridos y llevar alimento, agua, medicinas y refugio a todos los necesitados.

Padre misericordioso, mueve el corazón de las naciones para que Venezuela reciba pronta y generosa ayuda. Que el mundo no permanezca indiferente ante el dolor de sus habitantes, sino que responda con solidaridad, compasión y amor verdadero.

Sostén a quienes lo han perdido todo. Cuando el temor los invada, sé Tú su refugio; cuando les falten las fuerzas, sé Tú su fortaleza; cuando la tristeza oscurezca su camino, haz resplandecer sobre ellos la luz de Tu esperanza.

Recuérdales, Señor, que aun en medio de los escombros, del dolor y de la incertidumbre, Tú permaneces cercano. Que puedan sentir Tu presencia consoladora y confiar en que no los abandonarás, sino que los sostendrás, protegerás y conducirás a través de esta dolorosa prueba.

Pon paz donde hay angustia, consuelo donde hay llanto, unidad donde hay necesidad y esperanza donde parece que todo se ha perdido. Levanta al pueblo venezolano y ayúdalo a reconstruir no solamente sus hogares y ciudades, sino también sus corazones y sus vidas.

“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1).

Confiamos a Venezuela en Tus manos y te suplicamos que guardes a sus habitantes de todo mal. Que Tu misericordia los cubra, Tu poder los sostenga y Tu amor nunca los abandone.

En el nombre glorioso de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Amén.

Juan Cid.