Federico García Lorca

Poesía inspirada en sus obras

Índice de poemas

De la herida a la esperanza

«Verde que te quiero verde»,
susurra el viento en la rama;
verde de sueño imposible,
verde de esperanza humana.

Por los caminos de Andalucía,
entre olivares y luna,
Lorca escuchó que la tierra
llora, canta y se pregunta.

«La luna vino a la fragua»
vestida de blanca muerte
;
pero sobre aquella noche
Dios permanece presente.

Porque la luna lorquiana,
que tantas tragedias guía,
no puede apagar la aurora
que el Creador encendía.

«Empieza el llanto
de la guitarra»;

cada cuerda lleva dentro
una profunda nostalgia.

Llora por amores rotos,
por el deseo encerrado,
por quienes buscan la vida
y encuentran el paso cerrado.

Y cuando el poder ordena
con voz de hierro: «¡Silencio!»,
Dios escucha los gemidos
que se esconden en el pecho.

Porque no hay dolor humano
que ante Dios quede olvidado;
Él escucha cada llanto
y sostiene al quebrantado.

«Los caballos son negros»,
la noche tiembla cerrada;
avanzan sombríos y fieros
sobre la tierra callada.

Pero ninguna violencia,
ninguna fuerza o espada,
podrá apartar de Su amparo
a un alma herida y cansada.

Lorca cantó a los humildes,
al gitano perseguido,
a la mujer silenciada
y al que vivió incomprendido.

Y escribió con sangre y luna,
con agua, caballo y viento,

porque sabía que el alma
también puede morir dentro.

«A las cinco de la tarde»,
la muerte detuvo el día;
la hora quedó clavada
como una eterna agonía.

«A las cinco de la tarde»,
la sangre tiñó la arena;
pero Dios recoge el llanto
y consuela toda pena.

En Nueva York vio una aurora
levantarse entre aguas muertas,
sin mañana ni esperanza,
bajo torres desiertas.

Vio multitudes sin rostro,
vidas vendidas por cifras,
corazones encerrados
entre máquinas y prisas.

Pero existe otra mañana
que no compra la riqueza:
es la luz viva de Cristo,
que vence toda tristeza.

No nace entre rascacielos
ni en el poder del dinero;
nace en un alma rendida
ante el amor verdadero.

La guitarra puede llorar,
la luna anunciar la herida,
la sangre cubrir la tierra,
la muerte cerrar la salida;

pero sobre el llanto humano
se alza una voz soberana:
«Yo soy el camino»,
dice Cristo a nuestra alma.

Él abre todas las puertas
que el miedo mantuvo cerradas;

rompe las viejas cadenas
y hace libres nuestras almas.

Lorca convirtió la pena
en palabra estremecida;
hizo del dolor un canto
y de la herida, poesía.

Su verso sigue diciendo
que no hay belleza sin alma,
que el silencio impuesto mata
y que la libertad clama.

Pero la esperanza en Dios
da nueva fuerza al cantar;
no solo recuerda al muerto:
¡le anuncia un nuevo despertar!

Porque después de la sangre,
después del dolor y el duelo,
queda la eterna esperanza
del Dios que gobierna el cielo.

Y cuando el hombre calle
y concluya nuestra historia,
Cristo habrá vencido a la muerte:
y con Él reinaremos en Su gloria.

Juan Cid.