Víctor Hugo
Los miserables
cuando la misericordia transforma una vida
Índice del contenido
Primera parte. Fantine
Un hombre condenado por el hambre
En el año 1815, cuando Francia intentaba recuperar la tranquilidad después de las guerras napoleónicas, un hombre caminaba solitario por los caminos del sur del país. Sus ropas estaban gastadas, sus pasos eran pesados y su rostro reflejaba una dureza que parecía haberse formado durante muchos años de sufrimiento. Se llamaba Jean Valjean y acababa de salir del presidio de Tolón, donde había permanecido diecinueve años.
Su historia había comenzado mucho antes, en una humilde familia campesina. Trabajaba como podador y ayudaba a mantener a su hermana viuda y a sus siete hijos. Pero llegó un invierno especialmente cruel. El trabajo escaseó, los alimentos comenzaron a faltar y el hambre penetró en aquella casa donde los niños esperaban inútilmente algo que comer. Desesperado, Jean Valjean rompió el escaparate de una panadería y robó un pan.
Por aquel delito recibió una condena de cinco años de trabajos forzados. Sus repetidos intentos de fuga prolongaron el castigo hasta convertirlo en diecinueve años de cautiverio. Cuando finalmente recuperó la libertad, ya no era el mismo hombre. Había entrado en prisión impulsado por el hambre y salía de ella con el corazón endurecido por el odio.
Pronto descubrió que las puertas del presidio podían abrirse, pero las de la sociedad permanecían cerradas. Su pasaporte amarillo lo identificaba como antiguo condenado, y bastaba mostrarlo para que desaparecieran las sonrisas, se negaran los alojamientos y surgieran las sospechas. Nadie parecía dispuesto a reconocer en él otra cosa que su pasado.
Una tarde llegó a Digne, agotado por el hambre y el cansancio. Después de ser rechazado en distintos establecimientos, alguien le indicó la casa del obispo Myriel, un anciano conocido por su generosidad.
Jean Valjean llamó a aquella puerta sin demasiada esperanza. El obispo lo recibió como habría recibido a cualquier viajero necesitado. Lo invitó a compartir su mesa y le ofreció una cama limpia donde descansar. No le preguntó por sus delitos ni le exigió explicaciones. Aquella noche, el hombre acostumbrado a las cadenas descubrió que todavía existían personas capaces de mirar a los desgraciados sin despreciarlos.
Pero el resentimiento acumulado durante tantos años no desapareció de inmediato. Aprovechando la oscuridad, Valjean robó los cubiertos de plata del obispo y escapó.
A la mañana siguiente, unos gendarmes lo detuvieron y lo condujeron de nuevo ante su benefactor. Todo parecía anunciar su regreso a prisión. Sin embargo, el obispo sorprendió a los policías asegurando que él mismo había regalado aquellos objetos al viajero. Y, acercándose a Valjean, le entregó también dos candelabros de plata que, según dijo, había olvidado llevarse.
Cuando los gendarmes se marcharon, el obispo habló al antiguo presidiario de la necesidad de abandonar el mal y comenzar una vida nueva. La plata que había recibido debía servirle para convertirse en un hombre honrado.
Jean Valjean salió profundamente desconcertado. Nadie había respondido jamás de aquella manera a una ofensa suya. Poco después, todavía dominado por sus antiguos hábitos, arrebató una moneda a un niño llamado Petit-Gervais. Cuando comprendió lo que había hecho, trató inútilmente de encontrarlo para devolverle el dinero. Finalmente, vencido por el remordimiento, cayó de rodillas y lloró.
Aquellas lágrimas no podían borrar los años perdidos ni reparar inmediatamente sus faltas, pero anunciaban que algo había cambiado en su interior. La misericordia de un hombre había alcanzado un corazón que los castigos no habían conseguido transformar.
Una madre abandonada y una hija condenada a sufrir
Mientras Jean Valjean comenzaba una existencia nueva, otra vida avanzaba silenciosamente hacia la desgracia.
Fantine era una joven hermosa, llena de ilusiones, que había conocido en París a un estudiante llamado Félix Tholomyès. Creyó encontrar en él un amor verdadero, pero aquel hombre terminó abandonándola, dejándola sola con una hija pequeña. La niña se llamaba Cosette.
Sin familia que pudiera ayudarla y con escasos recursos, Fantine comprendió que necesitaba trabajar para mantener a su hija. Durante un viaje conoció a los Thénardier, matrimonio que regentaba una posada en Montfermeil. Al ver a sus hijas jugando alegremente, imaginó que serían capaces de cuidar también de Cosette.
Dejó a la pequeña bajo su protección y prometió enviarles dinero con regularidad. No podía saber que acababa de confiar su tesoro más querido a dos personas dominadas por la avaricia.
Los Thénardier comenzaron a exigir cantidades cada vez mayores, mientras reservaban para Cosette los trabajos más duros y las humillaciones más crueles. La niña, que apenas comprendía las razones de aquel maltrato, aprendió a caminar sin hacer ruido, a temer las voces de los adultos y a considerar cualquier pequeño descanso como un privilegio.
Fantine, entretanto, había encontrado trabajo en una fábrica de Montreuil-sur-Mer. Aquella empresa pertenecía a un hombre conocido por todos como el señor Madeleine, cuya actividad industrial había contribuido a mejorar la prosperidad de la ciudad.
Nadie sabía que el respetado empresario era Jean Valjean. Después de su encuentro con el obispo, había cambiado de nombre y reconstruido su existencia mediante el trabajo. Su fortuna aumentaba, pero también su generosidad. Ayudaba a los pobres, protegía a los trabajadores y procuraba aliviar las desgracias que encontraba a su alrededor. Los habitantes, agradecidos, terminaron nombrándolo alcalde.
Parecía que el antiguo presidiario había dejado definitivamente atrás su pasado.
Pero Fantine no tuvo la misma fortuna. Cuando se descubrió que tenía una hija fuera del matrimonio, fue despedida de la fábrica sin que Madeleine conociera lo sucedido. Privada de ingresos y acosada por las exigencias de los Thénardier, comenzó a vender cuanto poseía.
Primero se desprendió de sus cabellos. Después, de sus dientes. Finalmente, cuando ya no encontró otra forma de obtener dinero, terminó ejerciendo la prostitución. Cada sacrificio nacía de una misma esperanza: que Cosette pudiera vivir mejor que ella.
Pero aquella esperanza se sostenía sobre una mentira. Mientras su madre se consumía intentando enviar dinero, la pequeña continuaba soportando malos tratos.
Una noche, Fantine fue detenida por el inspector Javert después de reaccionar contra un hombre que la había humillado públicamente. Javert era un funcionario severo, convencido de que la ley debía cumplirse sin permitir que los sentimientos alterasen su aplicación.
Cuando Madeleine conoció el caso, ordenó que Fantine fuera liberada y dispuso que recibiera asistencia médica. Escuchó su historia, descubrió la injusticia de su despido y prometió recuperar a Cosette.
Por primera vez después de tantos padecimientos, Fantine creyó que volvería a abrazar a su hija. Sin embargo, su salud estaba ya profundamente quebrantada.
Y mientras la joven agonizaba, el pasado de Jean Valjean regresaba para reclamarlo.
La verdad que exige sacrificarlo todo
Javert sospechaba desde hacía tiempo que el señor Madeleine ocultaba su verdadera identidad. Había observado en él una fuerza extraordinaria y ciertos rasgos que le recordaban al antiguo presidiario Jean Valjean.
Pero un día recibió una noticia inesperada: otro hombre, llamado Champmathieu, había sido identificado como Valjean y estaba siendo juzgado.
El alcalde comprendió inmediatamente la terrible situación. Si guardaba silencio, conservaría su libertad, su fábrica y el respeto de sus vecinos. Podría continuar ayudando a los necesitados y cumplir la promesa hecha a Fantine. Pero un inocente sería condenado por una identidad que no le pertenecía.
Aquella noche, Jean Valjean libró una batalla silenciosa consigo mismo. Todo cuanto había conseguido parecía depender de unas pocas palabras que nadie le obligaba a pronunciar.
Finalmente acudió al tribunal. Ante los jueces declaró quién era realmente.
La confesión puso fin a su vida como señor Madeleine. Había elegido perder su libertad antes que permitir la condena de otro hombre.
Cuando volvió junto a Fantine, la encontró gravemente enferma. La aparición de Javert, dispuesto a detenerlo, precipitó la angustia de aquella mujer que había depositado sus últimas esperanzas en el alcalde.
Fantine murió sin haber podido reencontrarse con Cosette. Jean Valjean contempló el cuerpo inmóvil de la joven madre y comprendió que todavía le quedaba una obligación que ninguna prisión podía borrar.
Había prometido salvar a su hija. Y aquella promesa se convirtió desde entonces en una de las razones más profundas de su existencia.
Segunda parte. Cosette
La niña que encontró un padre
La historia se detiene por un momento en la batalla de Waterloo, donde el destino de varios personajes había comenzado a entrelazarse sin que ellos pudieran sospecharlo. Entre los soldados caídos se encontraba el coronel Pontmercy, quien creyó deber su salvación a un hombre llamado Thénardier. En realidad, aquel individuo registraba a los muertos y heridos buscando objetos de valor. El equívoco habría de tener consecuencias muchos años después.
Mientras tanto, Jean Valjean había sido enviado nuevamente al presidio. Pero consiguió escapar después de salvar a un marinero que se encontraba en peligro, fingiendo haber desaparecido en el mar.
Libre otra vez, se dirigió a Montfermeil para cumplir su promesa. Era una noche de invierno. Cosette había recibido la orden de ir a buscar agua a una fuente alejada de la posada. La oscuridad le infundía terror, pero todavía temía más regresar sin haber obedecido.
La niña avanzaba con dificultad, arrastrando un cubo demasiado pesado para sus pequeños brazos. Entonces apareció un desconocido que tomó el cubo y comenzó a caminar junto a ella. Era Jean Valjean.
Cosette no sabía quién era aquel hombre. Apenas se atrevía a hablarle. Pero descubrió, sorprendida, que no le gritaba, que no la amenazaba y que parecía preocuparse por su cansancio.
Al llegar a la posada, Valjean comprobó la miserable existencia que llevaba. Mientras las hijas de los Thénardier disfrutaban de juguetes y atenciones, Cosette debía trabajar sin descanso.
Aquella noche le compró una hermosa muñeca. La niña quedó maravillada. Nunca había recibido un regalo semejante. Casi no se atrevía a tocarlo, temerosa de que aquella felicidad desapareciera tan repentinamente como había llegado.
Después de negociar con los Thénardier, Valjean consiguió llevársela. Ambos abandonaron la posada y comenzaron una vida nueva.
Durante el camino, Cosette fue perdiendo lentamente el miedo. Aquel hombre silencioso, de mirada grave y maneras bondadosas, parecía dispuesto a protegerla de todo aquello que durante años la había hecho sufrir.
Jean Valjean, por su parte, descubrió sentimientos desconocidos. Había vivido entre la pobreza, la prisión y la soledad; ahora una niña confiaba en él y esperaba de sus manos alimento, protección y cariño.
La pequeña que había perdido a su madre encontró un padre. Y el hombre que había creído perdido su lugar entre los seres humanos encontró una familia.
Un refugio entre los muros del convento
Jean Valjean llevó a Cosette a París, donde procuró establecer una vida tranquila y discreta. La niña comenzó a descubrir la felicidad de los días ordinarios. Dormía sin miedo, comía sin esperar reproches y podía dedicar sus horas a jugar y aprender.
Pero la tranquilidad no duró demasiado. Javert continuaba persiguiendo al antiguo condenado y pronto comenzó a sospechar de aquel hombre que vivía discretamente con una niña.
Una noche, Valjean comprendió que la policía estaba a punto de alcanzarlos. Tomó a Cosette y huyó por las calles oscuras, buscando desesperadamente un lugar donde esconderse.
Después de una peligrosa persecución, consiguió penetrar en el recinto de un convento. Allí encontró a Fauchelevent, un anciano jardinero al que había salvado años atrás cuando estuvo a punto de morir aplastado bajo un carro.
El viejo reconoció inmediatamente a su benefactor y decidió ayudarlo. Gracias a su intervención, Jean Valjean pudo permanecer en el convento como ayudante de jardinero, mientras Cosette recibía educación entre las religiosas.
Los años transcurrieron apaciblemente. La pequeña fue dejando atrás los recuerdos de Montfermeil. Su rostro perdió aquella expresión temerosa que parecía haberse instalado para siempre en él. Creció rodeada de cuidados, estudios y afecto.
Valjean encontraba una inmensa felicidad contemplando aquella transformación. Sin embargo, comprendió que no podía mantenerla eternamente apartada del mundo. Cosette necesitaba conocer la vida, descubrir sus propios sentimientos y alcanzar un porvenir que no estuviera limitado por los temores de su padre adoptivo.
Finalmente abandonaron el convento. Al otro lado de sus muros los esperaba París, con sus jardines, sus calles iluminadas, sus alegrías y sus miserias; una ciudad donde el destino preparaba nuevos encuentros que cambiarían para siempre la existencia de ambos.
Tercera parte. Marius
El joven que buscaba su propio camino
Marius Pontmercy había crecido en un ambiente muy diferente del que había conocido Jean Valjean. Su abuelo materno, el señor Gillenormand, era un hombre acomodado, orgulloso de sus convicciones monárquicas y acostumbrado a ejercer una autoridad indiscutible sobre su familia.
El joven había sido educado lejos de su padre, antiguo oficial de los ejércitos napoleónicos, a quien apenas conocía. Cuando aquel murió, Marius comenzó a descubrir que detrás de la ausencia paterna existía una historia de amor y sacrificio que su abuelo nunca le había permitido comprender plenamente.
El descubrimiento despertó en él una admiración creciente por su padre y por las ideas que este había defendido. Poco a poco comenzó a alejarse de las convicciones políticas de Gillenormand, hasta que las diferencias entre ambos se hicieron insoportables.
Marius abandonó la comodidad familiar. Conoció entonces las dificultades de una existencia sostenida por el trabajo y el estudio. Se acercó a jóvenes republicanos que discutían apasionadamente sobre el futuro de Francia y soñaban con una sociedad más libre y justa. Entre ellos destacaba Enjolras, cuya juventud parecía consumirse en una dedicación absoluta a los ideales revolucionarios.
Marius escuchaba sus debates, compartía algunas esperanzas y continuaba buscando un sentido para su propia vida. Pero un día, mientras paseaba por los jardines de Luxemburgo, vio a una joven que acompañaba a un hombre de cabellos blancos.
Era Cosette. Al principio apenas reparó en ella. Después comenzó a buscarla con la mirada. Finalmente, aquellos paseos se convirtieron en el momento más esperado de sus jornadas.
Cosette también empezó a advertir su presencia. No intercambiaban palabras. A veces bastaba una mirada para que el día pareciera diferente. En aquel jardín, entre los árboles y los senderos frecuentados por paseantes indiferentes, nacía silenciosamente una historia de amor.
Los caminos del amor y de la desgracia
Marius ignoraba quién era la joven. No conocía su nombre ni sabía dónde vivía. Jean Valjean, entretanto, comenzaba a observar con inquietud aquellas miradas.
Había dedicado tantos años a proteger a Cosette que apenas podía imaginar una existencia en la que ella dejara de necesitarlo. El amor de la niña había llenado un vacío que creía imposible de reparar, y ahora el paso de los años lo enfrentaba a una separación inevitable.
Por temor a perderla, dejó de acudir con ella a los jardines. Marius se desesperó al descubrir que ambos habían desaparecido. Mientras intentaba encontrarlos, su propia vida se cruzó con la de una familia miserable que habitaba cerca de su alojamiento.
Eran los Thénardier. Habían perdido su antigua posada y sobrevivían mediante engaños y pequeñas actividades delictivas. El matrimonio continuaba dominado por la codicia, mientras sus hijos padecían las consecuencias de aquella existencia.
Entre ellos estaba Éponine, una joven de aspecto descuidado que había conocido mejores días durante su infancia. Ahora vivía sumida en la pobreza y contemplaba a Marius con un amor silencioso que él apenas advertía.
Su antigua compañera de juegos, Cosette, había encontrado protección y cariño. Éponine, en cambio, había descendido junto a sus padres hacia una vida de privaciones. El destino parecía haber intercambiado sus lugares.
La situación se complicó cuando Thénardier preparó una emboscada contra un supuesto benefactor que acudía a ayudar a su familia. El visitante era Jean Valjean.
Marius, que observaba desde una habitación contigua, descubrió que los delincuentes pretendían extorsionar y posiblemente asesinar al hombre que acompañaba a la joven de quien estaba enamorado.
Al mismo tiempo reconoció en el jefe de aquella familia al individuo cuyo nombre su padre le había pedido honrar, convencido de que le había salvado la vida en Waterloo.
Atrapado entre el recuerdo paterno y la necesidad de impedir un crimen, Marius vivió momentos de profunda angustia. Finalmente intervino la policía, dirigida por Javert, aunque Jean Valjean consiguió escapar antes de ser identificado.
Marius perdió nuevamente su rastro. La joven del jardín parecía haberse desvanecido de su existencia, mientras los acontecimientos políticos de París comenzaban a adquirir una intensidad cada vez mayor.
Cuarta parte. El idilio de la calle Plumet y la epopeya de la calle Saint-Denis
Un amor nacido entre las sombras
Cosette había dejado de ser aquella niña que temblaba ante las órdenes de los Thénardier. Era ahora una joven hermosa, sensible y llena de ilusiones, aunque conservaba la dulzura que había aprendido junto a Jean Valjean.
Marius, incapaz de olvidarla, continuaba buscándola. Fue Éponine quien terminó indicándole dónde vivía.
La muchacha sabía que aquella revelación favorecería el amor de Marius por otra mujer. Sin embargo, el deseo de verlo feliz pudo más, al menos por un momento, que la tristeza de su propio corazón.
En una casa de la calle Plumet, protegida por un jardín silencioso, Cosette y Marius consiguieron finalmente encontrarse. Las primeras palabras fueron tímidas. Durante meses habían imaginado aquel instante, pero ahora que estaban frente a frente parecía difícil expresar cuanto sentían.
Pronto desapareció la incertidumbre. Los encuentros comenzaron a repetirse, y el jardín se convirtió para ambos en un pequeño mundo apartado de las preocupaciones de París. Allí hablaban de su amor, de sus esperanzas y de una felicidad que hasta entonces ninguno de los dos se había atrevido a considerar posible.
Cosette descubría una alegría nueva. Marius, que había conocido la soledad y las dificultades materiales, encontraba en aquella joven una razón para esperar el porvenir.
Pero Jean Valjean empezaba a temer que su refugio hubiera dejado de ser seguro. Los movimientos sospechosos alrededor de la casa y el recuerdo de sus perseguidores despertaron nuevamente su inquietud. Decidió trasladarse y comenzó a considerar la posibilidad de abandonar Francia.
Cuando Cosette comunicó a Marius que podían marcharse, la felicidad de ambos quedó amenazada. El joven intentó conseguir el consentimiento de su abuelo para casarse, pero encontró una respuesta que hirió profundamente sus sentimientos. Desesperado, creyó que estaba a punto de perder para siempre a la mujer que amaba.
Y mientras aquella tristeza se apoderaba de él, París avanzaba hacia una nueva tragedia.
La noche de las barricadas
En junio de 1832, la ciudad se encontraba agitada por el descontento político.
La muerte del general Lamarque, respetado por los sectores republicanos, desencadenó manifestaciones que terminaron convirtiéndose en una insurrección contra la monarquía de Luis Felipe.
Los jóvenes amigos de Marius levantaron una barricada en las cercanías de la calle Saint-Denis. Entre ellos se encontraba Enjolras, convencido de que la libertad y la justicia merecían incluso el sacrificio de la propia vida. Junto a él combatían estudiantes, trabajadores y hombres que habían conocido las privaciones de una sociedad profundamente desigual.
Marius llegó a la barricada con el corazón desgarrado. El amor que había llenado de esperanza sus días parecía condenado a desaparecer. No encontraba ya un lugar al que dirigirse ni una felicidad que conservar.
Éponine también llegó hasta allí. Había seguido al joven al que amaba, aun sabiendo que él apenas comprendía la profundidad de sus sentimientos.
Durante los primeros enfrentamientos, una bala dirigida a Marius alcanzó a Éponine cuando trataba de protegerlo. La muchacha cayó gravemente herida.
Marius la sostuvo mientras sus fuerzas se extinguían. En aquellos últimos momentos ella le confesó su amor y le entregó una carta de Cosette que había retenido.
Su vida, tan pobre en afecto y tan llena de desgracias, terminaba al lado de alguien cuya felicidad habría deseado compartir. Éponine murió mientras la violencia continuaba creciendo alrededor de la barricada.
Entre los combatientes se encontraba también Gavroche, un niño de las calles, hijo abandonado de los Thénardier. Su existencia había transcurrido entre el hambre y la intemperie, pero conservaba una alegría extraordinaria. Era capaz de burlarse de las desgracias y de encontrar motivos para cantar incluso cuando los adultos parecían haber perdido toda esperanza.
Aquella noche, el muchacho recorría la barricada llevando mensajes, ayudando a los heridos y animando a los combatientes.
Quinta parte. Jean Valjean
El último combate y la misericordia de Jean Valjean
Jean Valjean había descubierto que Marius se encontraba entre los insurgentes. Durante un instante, una idea oscura atravesó su corazón. Si el joven desaparecía, Cosette no lo abandonaría para formar una nueva familia.
Pero aquella tentación no consiguió dominarlo. Había aprendido a amar demasiado profundamente para buscar su felicidad en la desgracia de otro.
Se dirigió a la barricada. Allí encontró a los jóvenes rodeados de peligros y participó en su defensa, aunque sin dejarse arrastrar por el deseo de matar.
La lucha se prolongó mientras las tropas gubernamentales estrechaban el cerco. Pronto comenzó a faltar munición. Gavroche salió entonces de la barricada para recoger cartuchos entre los cuerpos de los soldados caídos. Avanzaba despreocupadamente bajo el fuego enemigo, como si la muerte no pudiera alcanzar a un niño tan pequeño. Pero las balas terminaron por encontrarlo. Su cuerpo cayó sobre el suelo de París.
La ciudad que nunca le había ofrecido un hogar acababa de recibir su vida.
También descubrió que Javert había sido capturado mientras espiaba a los insurgentes. Los revolucionarios estaban dispuestos a ejecutarlo. Jean Valjean pidió encargarse personalmente del prisionero.
Javert comprendió que su vida había quedado en manos del hombre al que llevaba tantos años persiguiendo. Ambos se alejaron hasta un lugar apartado. Durante unos instantes permanecieron frente a frente, unidos por una historia de persecuciones, arrestos, huidas y sufrimientos.
Valjean podía terminar allí con su enemigo. Sin embargo, le quitó las ataduras y lo dejó marchar. Javert quedó profundamente desconcertado.
Toda su existencia había girado alrededor de una convicción inquebrantable: quienes cometían delitos pertenecían al mundo del mal y debían ser sometidos a la ley. Ahora el hombre al que consideraba criminal acababa de salvarle la vida.
Mientras el inspector se alejaba, Jean Valjean regresó a la barricada. La derrota estaba próxima. Las tropas avanzaban y los defensores iban cayendo uno tras otro.
Marius resultó gravemente herido. Jean Valjean consiguió alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde. Lo levantó con enorme esfuerzo y buscó una salida entre las calles ocupadas por los soldados.
No podía escapar por la superficie. Entonces descubrió una entrada a las alcantarillas de París. Cargó con el joven inconsciente y descendió hacia la oscuridad.
El aire era irrespirable. El barro dificultaba cada paso y las aguas inmundas amenazaban con hacerle perder el equilibrio. Avanzaba lentamente, sosteniendo sobre sus hombros al hombre por quien Cosette habría estado dispuesta a entregar su felicidad.
No sabía cuánto faltaba para encontrar una salida ni si conseguiría regresar alguna vez a la luz. Solo sabía que debía continuar. Tras una larga marcha, agotado y casi sin fuerzas, llegó hasta una salida cerrada por una reja. Allí encontró inesperadamente a Thénardier, quien, creyendo que Valjean transportaba el cadáver de una víctima, aceptó abrirle a cambio de dinero.
Antes de permitirle salir, arrancó un trozo de la ropa de Marius, pensando que aquel fragmento podría servirle algún día. Cuando Jean Valjean salió finalmente de las alcantarillas, encontró a Javert esperándolo.
El antiguo presidiario pidió que le permitiera llevar al joven herido hasta su familia. Javert accedió. Marius fue conducido a casa de su abuelo, donde comenzó una lenta recuperación.
Después, el inspector permitió que Valjean regresara a su vivienda. Pero algo había cambiado definitivamente en Javert. El hombre que durante años había obedecido la ley sin vacilaciones descubría ahora que sus certezas no podían explicar la misericordia que había recibido. Jean Valjean había perdonado su vida y había arriesgado la propia para salvar a un desconocido.
Javert no encontraba una respuesta capaz de reconciliar aquellas acciones con la imagen que tenía del antiguo condenado. Incapaz de resolver el conflicto de su conciencia, terminó arrojándose al Sena.
Mientras tanto, Jean Valjean regresó a su soledad, llevando consigo el recuerdo de los jóvenes muertos y la esperanza de haber salvado al hombre que Cosette amaba.
La felicidad de Cosette y el sacrificio de un padre
Marius sobrevivió a sus heridas. Durante semanas permaneció entre la vida y la muerte, mientras su abuelo contemplaba con angustia la fragilidad de aquel joven al que tanto había amado, aunque durante años apenas hubiera sabido demostrarlo.
Lentamente recuperó las fuerzas. La noticia de que Cosette continuaba esperándolo llenó su corazón de alegría. Cuando finalmente pudieron reencontrarse, ambos comprendieron que las desgracias sufridas habían fortalecido el amor que los unía.
El señor Gillenormand terminó por aceptar el matrimonio. Jean Valjean, aunque entristecido por la separación que se aproximaba, decidió asegurar el porvenir de Cosette. Puso a su disposición una importante fortuna, procedente de los beneficios legítimos que había acumulado durante los años en que había sido empresario.
La boda se celebró entre la alegría de quienes creían haber dejado definitivamente atrás el sufrimiento. Cosette, aquella niña abandonada que había conocido el hambre y los malos tratos, comenzaba una vida rodeada de amor y seguridad.
Marius había recuperado la felicidad después de haber estado tan cerca de la muerte. Pero Jean Valjean contemplaba aquel porvenir con una mezcla de alegría y tristeza.
Había deseado proteger a Cosette desde el día en que la encontró caminando sola entre las sombras. Ahora debía aceptar que su misión había cambiado y que la joven ya no dependería exclusivamente de él.
Después del matrimonio, decidió hablar a solas con Marius. Le reveló que había sido presidiario, que había vivido durante años bajo una identidad distinta y que Cosette no era su hija biológica.
No quería comenzar aquella nueva etapa familiar sosteniendo una mentira. Marius escuchó con creciente inquietud. Aunque sabía que Jean Valjean había sido generoso con Cosette, desconocía que también le había salvado la vida en las barricadas. Su confesión despertó sospechas que el joven no supo vencer.
Comenzó a considerar peligrosa la influencia de aquel antiguo condenado. Poco a poco fue limitando sus encuentros con Cosette. Jean Valjean comprendió lo que estaba sucediendo. Al principio continuó visitando a la joven, aunque cada encuentro resultaba más breve y doloroso. Después dejó de acudir.
Cosette, absorbida por su felicidad matrimonial, no alcanzaba a comprender las verdaderas razones del alejamiento.
El anciano regresó a su habitación. Había conocido muchas formas de sufrimiento, pero ninguna parecía comparable a aquella soledad que llegaba precisamente cuando creía haber cumplido su deber.
Ya no tenía a Cosette a su lado. Los días comenzaron a transcurrir lentamente. Su salud se debilitó y el cansancio fue apoderándose de su cuerpo. En aquella habitación silenciosa conservaba todavía los dos candelabros que el obispo Myriel le había entregado tantos años atrás.
Habían acompañado su transformación, sus huidas, sus sacrificios y sus alegrías. Ahora parecían esperar con él el final del camino.
La verdad que llegó demasiado tarde
Mientras Jean Valjean se consumía en la soledad, Thénardier continuaba buscando nuevas maneras de conseguir dinero. Un día acudió a Marius con la intención de revelar supuestos delitos cometidos por el antiguo presidiario.
Creía poseer pruebas de que Jean Valjean había asesinado a un hombre durante los acontecimientos de las barricadas. Como demostración, mostró el fragmento de tela que había arrancado de la ropa de aquel cuerpo transportado a través de las alcantarillas.
Marius reconoció inmediatamente el tejido. Era parte de su propia vestimenta. En un instante comprendió lo sucedido.
El hombre que lo había sacado de las barricadas, que lo había conducido durante horas por los túneles de París y que había salvado su vida era Jean Valjean. Aquel a quien había apartado de Cosette era precisamente quien había permitido que ambos pudieran casarse.
La vergüenza se apoderó de él. Comprendió que había juzgado a un hombre por su pasado sin conocer la grandeza de sus acciones presentes.
Corrió a buscar a Cosette y le reveló la verdad. Ambos se dirigieron apresuradamente a la habitación de Jean Valjean. Pero el anciano estaba muriendo.
Su cuerpo, debilitado por la enfermedad y la tristeza, apenas conservaba fuerzas. Sin embargo, cuando vio entrar a Cosette, su rostro se iluminó.
La joven se acercó emocionada. Volvía a estar junto al hombre que la había recogido cuando era una niña abandonada y que durante tantos años había cuidado de ella.
Marius pidió perdón. Jean Valjean no mostró resentimiento. Parecía que el amor había terminado por borrar de su corazón el deseo de reprochar a los demás el sufrimiento que le habían causado.
Habló con Cosette, le recordó cuánto la había amado Fantine y quiso dejarle el recuerdo de aquella madre que había sacrificado cuanto poseía por ella.
También les pidió que se amaran y fueran felices. Junto a su lecho permanecían los candelabros del obispo. La vida de Jean Valjean parecía cerrarse donde había comenzado su transformación: en el recuerdo de una misericordia que lo había rescatado del odio.
Había sido un hombre pobre, un presidiario, un fugitivo, un empresario respetado y un padre lleno de ternura. Había sufrido injusticias, cometido errores y realizó sacrificios que muy pocos llegaron a conocer.
Pero, cuando se aproximaba su último instante, ya no parecía necesitar el reconocimiento de los hombres. Cosette y Marius permanecieron a su lado.
Jean Valjean murió serenamente. Fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise, bajo una lápida sin nombre.
Su tumba no proclamaba sus méritos ni recordaba los sufrimientos que había soportado. El hombre que había dedicado la mayor parte de su vida a proteger a otros desaparecía del mundo sin buscar honores.
Sin embargo, la historia que Víctor Hugo había contado no terminaba verdaderamente en aquella sepultura.
Permanecía en la memoria de una niña rescatada de la crueldad, de un joven salvado de la muerte y de cuantos habían conocido la generosidad de aquel antiguo condenado.
Todo había comenzado con un hombre hambriento que robó un pan. Y todo había cambiado cuando otro hombre, pudiendo castigarlo, decidió responderle con misericordia. Entre aquellos dos acontecimientos se extendía una vida entera de luchas, caídas, arrepentimientos y sacrificios.
Jean Valjean había encontrado algo que el presidio nunca pudo enseñarle: que un corazón endurecido por el sufrimiento todavía puede aprender a amar. Y acaso por ello, al cerrar las páginas de Los miserables, permanece en nuestra memoria no tanto la oscuridad de sus desgracias como la luz que, en medio de ellas, fue capaz de abrirse camino.
Análisis literario y valoración espiritual
La novela admite una lectura histórica, social, moral y espiritual. Conviene distinguir estas dimensiones, pues Víctor Hugo no escribió un tratado de teología, sino una obra literaria en la que la conciencia, el sufrimiento y la misericordia ocupan un lugar esencial.
La grandeza literaria de una historia de sufrimiento
Los miserables pertenece a las grandes creaciones del Romanticismo europeo, pero supera ampliamente los límites de una novela sentimental. Víctor Hugo contempla la sociedad francesa a través de personas cuyas vidas parecen insignificantes ante la historia: una madre abandonada, una niña explotada, un antiguo presidiario y unos jóvenes dispuestos a morir por sus ideales.
La historia de Jean Valjean da unidad a aquella multitud de destinos. Su existencia atraviesa distintos ambientes sociales, desde el presidio y las fábricas hasta los conventos, los barrios pobres y las barricadas de París. A través de sus experiencias conocemos una nación dividida entre la riqueza y la miseria, el poder y la impotencia, las promesas de libertad y la persistencia del sufrimiento.
El escritor recurre a contrastes intensos. El hombre perseguido por la justicia demuestra una profunda humanidad; el funcionario que defiende la ley es incapaz de comprender el perdón; la niña humillada encuentra un hogar, mientras otra muchacha, que había disfrutado de privilegios infantiles, termina abandonada a la desgracia.
Estos contrastes no son simples recursos dramáticos. Permiten descubrir que la condición moral de una persona no puede determinarse únicamente por su posición social, sus antecedentes ni su apariencia exterior.
Hugo también introduce extensas reflexiones históricas, políticas y filosóficas. Algunas, como las dedicadas a Waterloo o a las alcantarillas parisinas, detienen considerablemente la acción. Sin embargo, responden a su propósito de convertir la novela en un amplio retrato de la civilización y sus contradicciones.
Su mayor logro consiste en que, después de tantos acontecimientos y personajes, el lector continúa recordando una sencilla escena: un anciano obispo entregando sus candelabros a un hombre que acaba de robarle.
En aquella escena se encuentra el origen de toda la transformación posterior.
La justicia humana y la misericordia
El conflicto entre Jean Valjean y Javert representa una de las cuestiones centrales de la obra: la relación entre justicia y misericordia.
La justicia necesita reconocer el mal, proteger a los inocentes y exigir responsabilidad. Sin embargo, cuando se convierte en una aplicación mecánica de las normas, corre el riesgo de olvidar que las personas pueden arrepentirse y cambiar.
Javert ha construido su vida sobre la seguridad de que la ley proporciona respuestas suficientes. Por eso, cuando Jean Valjean le perdona, descubre una realidad que no cabe en su concepción del mundo.
Desde la perspectiva bíblica, la misericordia no exige negar la justicia. El Salmo 85:10 presenta poéticamente la relación entre ambas, mientras Romanos 3:23 a 26 muestra que la reconciliación del pecador con Dios no se alcanza ignorando su pecado, sino mediante la obra redentora de Jesucristo.
La novela permite contemplar una imagen literaria de la misericordia, pero la enseñanza bíblica llega más lejos: el perdón divino tiene su fundamento en la gracia de Dios y en el sacrificio de Cristo, no simplemente en la bondad humana.
El arrepentimiento y la transformación de Jean Valjean
El antiguo presidiario no cambia porque la sociedad le ofrezca una recompensa, sino porque ha recibido una bondad que lo conduce a examinar su propia conducta.
Romanos 2:4 enseña que la benignidad de Dios conduce al arrepentimiento. Esta verdad encuentra una correspondencia significativa en el encuentro entre Valjean y el obispo Myriel.
Sin embargo, el arrepentimiento auténtico no se limita a sentir tristeza por el pasado. Debe manifestarse mediante una vida renovada.
En Efesios 4:28, Pablo exhorta a quien robaba a trabajar honradamente para poder compartir con quienes padecen necesidad. La trayectoria de Valjean recuerda esta transformación: quien había tomado lo ajeno llega a utilizar su trabajo y sus recursos para sostener a otros.
También su confesión ante el tribunal constituye una prueba decisiva. Está dispuesto a perder su libertad antes que consentir que un inocente sea castigado.
Aun así, debemos distinguir la renovación moral descrita por Hugo de la salvación anunciada por el Evangelio. Según Efesios 2:8 a 10, la salvación es por gracia, mediante la fe, y las buenas obras son fruto de esa gracia, no el medio por el cual el ser humano puede merecerla.
La dignidad de los pobres y los niños
Fantine y Cosette representan dos de las grandes preocupaciones de la novela: la vulnerabilidad de quienes carecen de protección y la responsabilidad de quienes pueden aliviar su sufrimiento.
La historia de Fantine recuerda que no basta con condenar determinadas conductas sin considerar las circunstancias de quienes han sido abandonados a la necesidad.
Las Escrituras insisten repetidamente en la obligación de atender al pobre, al huérfano y a quienes padecen injusticia. Santiago 1:27 presenta el cuidado de los huérfanos y las viudas como una expresión de la piedad verdadera; y Santiago 2:15 a 17 advierte contra una fe que se limita a las palabras mientras ignora las necesidades materiales del prójimo.
La acogida de Cosette por Jean Valjean constituye una manifestación de este amor mediante hechos concretos. No se contenta con compadecerse de la pequeña, sino que la rescata, la alimenta, la educa y asume la responsabilidad de protegerla.
Su conducta recuerda también las palabras de Jesucristo en Mateo 25:35 a 40, donde el Señor presenta el cuidado de los necesitados como una cuestión de profunda importancia espiritual.
El amor que aprende a renunciar
Una de las transformaciones más conmovedoras de Jean Valjean no consiste en abandonar el delito, sino en aprender a amar sin pretender poseer.
Durante muchos años, Cosette ha sido el centro de su existencia. Por eso, cuando aparece Marius, siente temor y tristeza. La posibilidad de perder su compañía despierta en él un egoísmo que debe vencer.
Finalmente, arriesga su vida para salvar precisamente al hombre que podría alejar a Cosette de su lado. Filipenses 2:3 a 4 exhorta a considerar los intereses de los demás y a no actuar movidos por la vanagloria o el egoísmo.
El amor verdadero no busca únicamente su propia satisfacción. También procura el bien de la persona amada, aun cuando hacerlo implique sacrificio. Esta enseñanza encuentra su expresión más elevada en Jesucristo, quien en Juan 15:13 habla del amor que llega hasta entregar la propia vida.
La conducta de Valjean puede recordarnos ese amor sacrificial, aunque su entrega humana no debe equipararse con la obra única y salvadora del Señor.
La esperanza que permanece después del sufrimiento
Los últimos momentos de Jean Valjean adquieren una especial profundidad porque se desarrollan en medio de la debilidad, la soledad y la proximidad de la muerte.
Había dedicado su vida a ayudar a otros, pero termina prácticamente abandonado debido a un juicio injusto sobre su pasado. Cuando Marius descubre la verdad y regresa junto a Cosette, el anciano recibe una última alegría. Ya no busca honores ni reconocimientos. Le basta saber que ambos se aman y que podrán continuar juntos.
En esta escena podemos reconocer el valor del perdón y de la reconciliación, pero también debemos recordar que la esperanza cristiana no termina en el consuelo de una muerte serena.
Jesucristo afirma en Juan 11:25 a 26 que Él es la resurrección y la vida. Y en Juan 14:6 se presenta como el único camino al Padre.
La esperanza definitiva del creyente no descansa en haber vivido generosamente, sino en la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte.
Por ello, aunque la novela de Hugo contiene imágenes hermosas de misericordia, arrepentimiento y sacrificio, la redención bíblica no debe confundirse con una superación moral conseguida exclusivamente mediante el esfuerzo humano.
Reflexión final: una misericordia que cambia el destino
Los miserables nos invita a contemplar el sufrimiento humano sin indiferencia y a preguntarnos qué responsabilidad tenemos hacia quienes han quedado marginados, empobrecidos o abandonados.
El obispo Myriel no podía imaginar las consecuencias de aquella noche en que abrió su casa a un desconocido. Tampoco conocía las vidas que, años después, serían protegidas por aquel hombre al que había mostrado misericordia.
Una acción bondadosa puede producir consecuencias mucho mayores de lo que alcanzamos a comprender. Sin embargo, para el creyente existe una verdad todavía más profunda. El amor de Dios no se manifiesta únicamente mediante ejemplos humanos de compasión, sino de manera suprema en Jesucristo. Como enseña 1 Juan 4:19, nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero.
La vida de Jean Valjean permite comprender literariamente cómo la misericordia puede despertar una conciencia endurecida y conducir a una existencia entregada al bien. Pero el Evangelio nos anuncia algo que ninguna obra humana puede conseguir por sí misma: una nueva vida mediante la gracia de Dios, el perdón de los pecados y la fe en Jesucristo.
Por eso, al cerrar la novela, podemos conservar no solo la emoción de sus personajes, sino también una pregunta dirigida a nuestra propia conciencia: si hemos recibido de Dios tanta misericordia, ¿cómo estamos manifestándola en nuestra relación con los demás?
Fuentes y bibliografía
Obra principal: Hugo, Víctor. Les Misérables. A. Lacroix, Verboeckhoven & Cie., 1862. Cinco partes.
Fuentes de consulta: Larousse: Les Misérables, para la estructura y significación literaria de la obra; Project Gutenberg: texto íntegro de la novela, para la consulta del original; y SparkNotes: estructura y desarrollo del argumento.
Fuente bíblica: Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
Juan Cid