Evangelio según San Mateo
El sermón del monte 3/3
Capítulo 7
Índice del capítulo
Texto bíblico
El juzgar a los demás
1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.
2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
La oración y la regla de oro
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
La puerta estrecha
13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Por sus frutos los conoceréis
15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
17 Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.
20 Así que, por sus frutos los conoceréis.
Nunca os conocí
21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
Los dos cimientos
24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.
25 Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
27 y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;
29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
Comentarios y análisis
El juicio sobre los demás y el examen del propio corazón
Mateo 7:1 a 6
1 a 2 No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
Después de enseñar a sus discípulos a vivir bajo el cuidado del Padre, Jesús dirige la atención hacia la manera en que miran a quienes los rodean. La confianza en Dios debe transformar también nuestras relaciones, especialmente cuando advertimos las faltas ajenas. Por eso, el capítulo comienza con una advertencia contra el juicio que se apresura a condenar y coloca al otro bajo una mirada severa, mientras deja sin examinar el propio corazón.
No juzgar no significa renunciar a distinguir entre el bien y el mal. A lo largo del mismo capítulo, Jesús enseñará a reconocer a los falsos profetas por sus frutos, lo que requiere discernimiento. Aquí reprende la actitud de quien se erige en juez de los demás, como si conociera plenamente sus intenciones y pudiera pronunciar sobre ellos una sentencia definitiva. Cuando alguien ocupa ese lugar, olvida que también él necesita misericordia y que su conocimiento de la vida ajena siempre es limitado.
La advertencia acerca de ser juzgados con el juicio que empleamos sitúa nuestras relaciones bajo la responsabilidad ante Dios. La medida que aplicamos a otros revela cómo entendemos la justicia y cuánto hemos permitido que la misericordia transforme nuestro interior. Santiago recoge esa misma seriedad cuando afirma: «juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia» (Santiago 2:13). Quien ha reconocido su propia necesidad de perdón está llamado a acercarse a las debilidades ajenas con una humildad que no minimiza el pecado, pero tampoco disfruta señalándolo.
Estas palabras nos invitan a detenernos antes de convertir una conducta en una definición completa de la persona. Podemos reconocer una acción injusta, poner límites y procurar que el daño sea reparado, sin atribuirnos el conocimiento absoluto de quien la cometió. El juicio definitivo pertenece a Dios, y recordar esto nos ayuda a hablar con verdad sin despojarnos de la compasión.
3 a 5 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
Para mostrar hasta qué punto puede deformarse nuestra mirada, Jesús introduce una imagen deliberadamente desproporcionada: alguien observa una pequeña partícula en el ojo de su hermano mientras lleva una viga en el suyo. La escena resulta imposible de imaginar sin percibir su absurdo, y precisamente por ello descubre con tanta fuerza una contradicción muy humana. Podemos desarrollar una extraordinaria sensibilidad para detectar lo que está mal en otros y, al mismo tiempo, permanecer casi ciegos ante aquello que necesita ser corregido en nosotros.
La pregunta de Jesús alcanza incluso la aparente buena intención de quien se ofrece a quitar la mota del ojo ajeno. Su propuesta parece servicial, pero la viga le impide ver con claridad y convierte su intervención en un peligro. El deseo de corregir necesita pasar primero por el examen del propio corazón, porque la soberbia, el resentimiento o la doblez pueden mezclarse con nuestras palabras y herir a quien pretendemos ayudar.
Al llamar hipócrita a quien actúa de ese modo, Jesús desenmascara la distancia entre la autoridad que aparenta y la realidad que se niega a reconocer. El problema no consiste simplemente en que sea imperfecto, pues entonces nadie podría ayudar a nadie. Consiste en presentarse como corrector mientras evita someter su propia vida a la verdad que exige al otro.
Por eso, el Señor establece un orden: primero hay que sacar la viga del propio ojo, y después será posible ver con claridad para ayudar al hermano. La corrección conserva su lugar, pero nace ahora de una conciencia humillada ante Dios. Pablo describe ese cuidado al enseñar: «restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1). Quien se sabe vulnerable puede acercarse al que ha caído con el propósito de restaurarlo, atento a la delicadeza que requiere una herida.
La imagen del ojo añade una ternura particular a la enseñanza. Retirar algo que impide ver exige cercanía, paciencia y cuidado; una mano brusca puede aumentar el daño. Así también, la verdad necesita ser comunicada con una disposición que procure el bien del otro. Cuando permitimos que Dios corrija primero nuestra mirada, aprendemos a acompañar sin superioridad y a hablar desde una humildad que también está dispuesta a escuchar.
6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.
Después de advertir contra el juicio hipócrita, Jesús añade una enseñanza que impide confundir la misericordia con la falta de discernimiento. Habla de lo santo y de las perlas, y presenta la imagen de unos animales que no reconocen su valor, los pisotean y pueden volverse contra quien se los ofrece. En el contexto de sus oyentes, los perros evocaban con frecuencia animales que vagaban por las calles, mientras que los cerdos eran considerados impuros. La comparación, de gran dureza, destaca el contraste entre el valor de lo ofrecido y una reacción que lo desprecia.
El versículo no identifica de manera exhaustiva qué representa cada elemento de la imagen. Dentro de la enseñanza de Jesús, puede entenderse como una llamada a tratar con discernimiento las realidades santas que Dios nos ha confiado, reconociendo que hay situaciones en las que una persona responde con burla persistente o abierta hostilidad. No se nos autoriza a despreciarla ni a considerarla fuera del alcance de la gracia; se nos enseña a reconocer cuándo insistir solo expone lo sagrado a la profanación y agrava el enfrentamiento.
La misión de anunciar el evangelio permanece, pero su cumplimiento requiere sabiduría. Más adelante, Jesús indicará a sus discípulos que, cuando no sean recibidos ni escuchados en un lugar, pueden marcharse y continuar su camino (Mateo 10:14). La fidelidad no exige prolongar indefinidamente toda discusión, como si la conversión dependiera de nuestra capacidad para vencer la resistencia del interlocutor.
De este modo, el discípulo aprende a unir la humildad con la prudencia. Antes de corregir, deja que Dios examine su corazón; al hablar, procura el bien de quien lo escucha; y, cuando encuentra un rechazo que se vuelve deliberadamente profanador o agresivo, puede retirarse sin odio y seguir orando. La misericordia conserva abierta la disposición a amar, mientras el discernimiento ayuda a reconocer cómo y cuándo ofrecer la palabra recibida.
La confianza al pedir y la bondad del Padre
Mateo 7:7 a 12
7 a 8 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
Después de enseñar a sus discípulos a examinar su propio corazón y a tratar a los demás con discernimiento, Jesús los invita a dirigirse a Dios con confianza. Vivir conforme a lo que acaban de escuchar requiere una ayuda que no pueden encontrar únicamente en sus propias fuerzas. Por eso, las palabras pedir, buscar y llamar abren ante ellos el camino de la oración, donde la necesidad humana puede presentarse sin temor ante la bondad del Padre.
Las tres imágenes transmiten una actitud de dependencia activa. Quien pide reconoce que necesita recibir; quien busca orienta sus pasos hacia aquello que desea encontrar; quien llama espera que una puerta le sea abierta. Jesús anima a perseverar en esa relación con Dios, sin interpretar la espera como una señal de abandono. La oración encuentra así su lugar dentro de una vida que sigue acercándose al Padre, también cuando todavía no comprende su respuesta.
La amplitud de la promesa expresa la disposición de Dios a escuchar. Sin embargo, estas palabras pertenecen al mismo sermón en el que Jesús ha enseñado a pedir que se cumpla la voluntad del Padre y a buscar primero su reino. Por ello, no presentan la oración como una garantía de obtener cualquier cosa que deseemos. La confianza del discípulo descansa en que será escuchado por Aquel que conoce sus necesidades y sabe distinguir lo que verdaderamente le hace bien.
A medida que persevera, el creyente puede descubrir que también sus peticiones necesitan ser transformadas. Santiago advierte que algunas nacen de deseos encaminados únicamente a la propia satisfacción (Santiago 4:3). Acercarnos a Dios con sinceridad permite que su palabra ilumine lo que buscamos, de modo que la oración vaya formando en nosotros un corazón dispuesto a recibir su ayuda y a seguir su dirección.
9 a 11 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Para dar fundamento a esa confianza, Jesús lleva a sus oyentes al ámbito familiar. Un hijo pide pan o pescado, alimentos que responden a una necesidad real, y espera recibirlos de manos de su padre. La posibilidad de que este le entregue una piedra o una serpiente introduce una escena contraria al cuidado que debería caracterizar esa relación. El niño se acerca con hambre y confianza; aprovechar su petición para engañarlo o hacerle daño sería una traición a esa confianza.
Jesús parte de la capacidad humana de cuidar a los hijos, aun dentro de nuestra condición pecadora. Al decir que sus oyentes, siendo malos, saben dar buenas dádivas, reconoce la presencia del pecado sin negar que puedan realizar actos de amor verdadero. Su razonamiento conduce desde esa bondad limitada hasta la del Padre celestial: si personas imperfectas procuran alimentar a sus hijos, mucho más podemos confiar en la bondad de Dios cuando acudimos a Él.
La comparación ilumina el carácter de Aquel a quien oramos. Dios no recibe nuestras necesidades con crueldad ni convierte nuestra vulnerabilidad en ocasión para engañarnos. Su respuesta procede de un conocimiento y de un amor que superan los nuestros. Esto no elimina el dolor de las peticiones que parecen quedar sin respuesta, pero nos permite atravesarlo sin concluir apresuradamente que el Padre ha dejado de ser bueno.
Jesús habla de las cosas buenas que el Padre concede, y esa expresión orienta nuestra esperanza hacia su sabiduría. A veces pedimos algo cuyo alcance desconocemos; otras veces necesitamos una ayuda distinta de la que habíamos imaginado. La fe aprende a presentar con libertad lo que desea y a descansar, aun entre lágrimas, en el cuidado de Dios. Santiago expresa el origen de esa bondad al afirmar: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto» (Santiago 1:17).
En una enseñanza paralela, Lucas recoge la promesa de que el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan (Lucas 11:13). Esa referencia amplía nuestra comprensión de los dones divinos: el cuidado de Dios alcanza las necesidades materiales y llega hasta lo más profundo de nuestra vida, donde necesitamos su presencia para aprender a amar, obedecer y perseverar. El Padre nos sostiene mientras va formando en nosotros la vida que Jesús describe.
12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
La confianza en la bondad del Padre desemboca en una manera concreta de tratar al prójimo. Jesús invita a hacer por los demás aquello que desearíamos que ellos hicieran por nosotros. Con estas palabras, recoge el sentido de la enseñanza bíblica sobre nuestras relaciones y nos coloca ante una responsabilidad que puede comprenderse en las situaciones más ordinarias de la vida.
Cada persona conoce desde dentro la necesidad de ser escuchada, tratada con justicia y acompañada en su fragilidad. Jesús nos invita a dejar que ese conocimiento nos ayude a reconocer las necesidades ajenas. Cuando deseamos paciencia para nuestros errores, podemos aprender a ofrecerla; cuando anhelamos un trato honrado, comprendemos la importancia de actuar con integridad; cuando sufrimos por la indiferencia, descubrimos cuánto puede significar nuestra atención para otra persona.
El amor toma la iniciativa sin esperar a recibir primero el trato que desea. La enseñanza va más allá de evitar el daño, pues impulsa a procurar activamente el bien. Tampoco autoriza a imponer nuestras preferencias a los demás: tratar al prójimo con el cuidado que querríamos recibir incluye escucharlo y comprender su situación particular.
Al afirmar que esto resume la ley y los profetas, Jesús sitúa esta conducta dentro del propósito de las Escrituras para la vida compartida. El mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18) adquiere aquí una expresión cotidiana que alcanza nuestras palabras, decisiones y gestos. El discípulo que se acerca al Padre esperando bondad aprende a ofrecer esa misma bondad en sus encuentros con los demás, y su oración continúa dando fruto cuando se levanta para escuchar, ayudar, perdonar y actuar con justicia.
La puerta estrecha y el camino de la vida
Mateo 7:13 a 14
13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
Después de enseñar cómo deben relacionarse sus discípulos con el Padre y con el prójimo, Jesús los conduce hacia una decisión personal. Sus palabras han ido describiendo una vida transformada desde el corazón, y ahora invita a entrar en ella. La imagen de una puerta seguida de un camino permite comprender que escuchar el Sermón del Monte supone encontrarse ante una llamada que reclama respuesta. Entrar por la puerta estrecha significa acoger la invitación de Jesús y disponerse a caminar conforme a su enseñanza.
La estrechez de la puerta expresa la seriedad de ese paso. A lo largo del sermón, el Señor ha mostrado cuánto necesita ser renovado en nosotros: la ira que desprecia al hermano, los deseos que utilizan al otro, la religiosidad que busca admiración y el afán que convierte las riquezas en nuestro refugio. Ahora comprendemos que seguirlo alcanza precisamente esas zonas de la existencia. No podemos recibir su palabra como una enseñanza hermosa y mantener deliberadamente el corazón cerrado a su autoridad.
Frente a esa entrada aparece otra puerta, ancha, que conduce a un camino espacioso y muy transitado. Su amplitud sugiere la facilidad de avanzar sin someter los propios deseos a la voluntad de Dios. Por él pueden caminar tanto quienes rechazan abiertamente al Señor como quienes conservan una apariencia religiosa mientras evitan la obediencia. Las advertencias que siguen mostrarán que incluso invocar el nombre de Jesús puede coexistir con una vida que no hace la voluntad del Padre.
La multitud que recorre ese camino no garantiza que su dirección sea buena. Jesús enseña a mirar más allá de la aceptación social y de la comodidad inmediata, porque el destino del camino revela su verdadera importancia. La perdición de la que habla sitúa la advertencia ante el juicio de Dios; no se refiere únicamente a las consecuencias dolorosas de una mala decisión durante esta vida. Su llamada tiene la gravedad de quien advierte de un peligro real y ofrece una entrada hacia la vida.
Esta imagen recuerda la exhortación dirigida a Israel: «escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia» (Deuteronomio 30:19). En aquel contexto, elegir la vida significaba amar al Señor, escuchar su voz y permanecer unido a Él. También aquí la invitación de Jesús nos conduce a una relación de confianza y obediencia, en la que nuestras decisiones van tomando la dirección de la palabra recibida.
14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Al describir el camino que lleva a la vida, Jesús no oculta su estrechez. Seguirlo puede exigir renuncias, suscitar oposición y llevar al discípulo a actuar de manera distinta de quienes lo rodean. Perdonar cuando se desea devolver el daño, conservar la integridad cuando la mentira promete ventajas o buscar primero el reino cuando domina el temor requiere una confianza que se aprende caminando junto al Señor.
Sin embargo, la dificultad no convierte por sí misma un camino en verdadero. Jesús no invita a buscar sufrimientos ni a multiplicar cargas humanas para demostrar fidelidad. La dirección la establece su enseñanza, y la esperanza se encuentra en la vida a la que conduce. Una práctica puede ser rigurosa y, aun así, alimentar el orgullo; la senda de Jesús va formando la humildad, la misericordia y la obediencia sincera que han recorrido todo el sermón.
Tampoco presenta la salvación como un premio que el ser humano conquista mediante su esfuerzo. La Escritura sitúa la obediencia dentro de la obra de la gracia: «somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras» (Efesios 2:10). Es Dios quien nos renueva, y esa renovación se expresa en una manera de vivir. La puerta estrecha nos recuerda que recibir su gracia implica entregarnos a su dirección, permitiendo que transforme aquello que por nosotros mismos no sabemos corregir.
Cuando Jesús afirma que pocos encuentran ese camino, sus palabras buscan despertar a quienes lo escuchan. No ofrece una cifra con la que calcular cuántas personas serán salvas ni concede a un grupo el derecho de considerarse superior a los demás. La advertencia alcanza personalmente a cada oyente y le impide descansar en la idea de que seguir a la mayoría basta para estar en lo cierto. Nadie puede responder a esta llamada en nuestro lugar.
La promesa de la vida sostiene la seriedad de la decisión. Quien entra no conoce de antemano todas las dificultades de la senda, pero puede confiar en Aquel que lo invita a recorrerla. Al continuar escuchando a Jesús, irá descubriendo que esa elección se hace concreta en la verdad de sus frutos y en una obediencia que permanece cuando llegan las pruebas. Así comienza a caminar, dejando que la palabra del Señor oriente sus pasos hacia la vida que Él promete.
Los falsos profetas y el fruto que revela su verdadera condición
Mateo 7:15 a 20
15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
Después de invitar a sus discípulos a entrar por la puerta estrecha, Jesús les advierte de un peligro que pueden encontrar en el camino: la presencia de personas que aparentan hablar de parte de Dios y, sin embargo, conducen a otros lejos de su voluntad. La necesidad de discernimiento se vuelve especialmente importante cuando el engaño adopta un lenguaje religioso y se presenta con una apariencia digna de confianza.
La imagen de los falsos profetas vestidos de ovejas muestra que el peligro puede llegar sin señales evidentes de amenaza. Quienes se acercan parecen pertenecer al rebaño y compartir su fe, pero Jesús descubre una realidad interior distinta: son lobos rapaces. La apariencia de cercanía a Dios puede ocultar una intención que utiliza y daña a las personas. Por eso, la confianza espiritual necesita apoyarse en algo más sólido que una impresión favorable, unas palabras emocionantes o una personalidad convincente.
La advertencia tiene antecedentes en la historia de Israel. Por medio de Jeremías, Dios denunció a quienes anunciaban mensajes atribuidos a Él sin haber sido enviados: «No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban» (Jeremías 23:21). El problema era grave porque presentaban sus propias palabras revestidas de autoridad divina, comprometiendo así la confianza de quienes deseaban escuchar a Dios.
Jesús prepara a sus discípulos para reconocer esa posibilidad sin vivir bajo una sospecha permanente. Su advertencia tampoco permite calificar de falso profeta a cualquiera que cometa un error o discrepe de nuestra interpretación. Habla de una falsedad que afecta a la pretensión de representar a Dios y que puede quedar encubierta bajo una apariencia piadosa. Ante ella, el discernimiento protege a los creyentes y cuida su fidelidad al Señor.
16 a 18 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
Para enseñarles a reconocer lo que la apariencia puede esconder, Jesús vuelve a las imágenes de la naturaleza. Nadie se acerca a un espino esperando recoger uvas, ni busca higos en los abrojos. Cada planta produce conforme a su condición, y el fruto permite identificar aquello que las hojas quizá no habían dejado reconocer. De la misma manera, la vida y la enseñanza de quien afirma hablar en nombre de Dios terminan mostrando la dirección de su corazón.
Los frutos incluyen su conducta, el contenido de lo que enseña y los efectos que ese ministerio va produciendo en quienes lo reciben. Conviene observar si conduce a la verdad, a la humildad y a la obediencia a Cristo, o si alimenta la codicia, la manipulación y la dependencia de una figura humana. El crecimiento de un grupo, la popularidad de un predicador o la intensidad de una experiencia no bastan para acreditar su fidelidad. El criterio de Jesús requiere mirar qué está madurando realmente en las personas.
En ocasiones, reconocer esos frutos requiere tiempo, porque la apariencia inicial puede ocultar la verdadera orientación de una vida. Sin embargo, cuando una enseñanza contradice claramente las Escrituras o una conducta causa un daño manifiesto, no es necesario prolongar la exposición al engaño antes de actuar con prudencia.
Los discípulos mismos mostrarán debilidades y necesitarán corrección. Jesús dirige la atención hacia la relación profunda entre el árbol y lo que produce, de modo que aprendamos a reconocer una orientación persistente de vida, junto con la disposición o la resistencia a arrepentirse cuando el pecado queda al descubierto.
Al afirmar que el árbol bueno da buenos frutos y el malo produce frutos malos, el Señor muestra que la autenticidad espiritual nace de una realidad interior. Una imagen cuidadosamente construida puede sostenerse durante un tiempo, pero no sustituye la transformación del corazón. Pablo describirá el fruto del Espíritu como «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22 a 23). Estas cualidades ayudan a reconocer una vida trabajada por Dios, cuyo carácter se manifiesta especialmente en el trato cotidiano con los demás.
La enseñanza también invita a escuchar con atención lo que se atribuye al Señor. Juan exhortará a los creyentes: «no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios» (1 Juan 4:1). La confianza cristiana puede examinar lo que oye a la luz de la verdad revelada. Quien sirve fielmente a Cristo debe estar dispuesto a que sus palabras sean contrastadas con las Escrituras y su conducta sea corregida por ellas.
19 a 20 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.
La imagen del árbol adquiere una gravedad mayor cuando Jesús habla de aquel que no da buen fruto y acaba siendo cortado y echado al fuego. La advertencia sitúa la falsedad religiosa ante el juicio de Dios. El daño causado en su nombre no queda oculto para siempre ni pierde importancia porque haya sido acompañado de palabras piadosas.
Estas palabras recuerdan la predicación de Juan el Bautista, que había utilizado la misma imagen para llamar al arrepentimiento (Mateo 3:10). Dentro del Sermón del Monte, anuncian que la verdadera condición de una vida será puesta al descubierto ante Dios. La autoridad espiritual implica responsabilidad ante Aquel a quien se afirma representar, y ninguna apariencia puede sustituir la fidelidad que Él conoce.
Jesús no encomienda a sus discípulos ejecutar ese juicio final. Les enseña a reconocer el engaño para no entregarse a él. Pueden apartarse de una enseñanza falsa, señalar un daño y proteger a quienes están siendo perjudicados, dejando en manos de Dios la sentencia definitiva. La mansedumbre enseñada en el sermón sigue acompañando el discernimiento, sin impedir que se actúe con firmeza cuando sea necesario.
Al repetir que los reconocerán por sus frutos, el Señor deja a sus seguidores un criterio que podrán llevar consigo. Cuando escuchen a alguien invocar el nombre de Dios, habrán de observar cómo su enseñanza se relaciona con la verdad de Cristo y qué clase de vida la acompaña. Esa atención les ayudará a caminar con prudencia y los llevará también a presentar su propio corazón ante el Padre, deseando que cuanto dicen creer vaya tomando forma en una vida sincera y fecunda.
La verdadera obediencia y el reconocimiento del Señor
Mateo 7:21 a 23
21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
Después de advertir que los falsos profetas serán reconocidos por sus frutos, Jesús profundiza en una realidad todavía más inquietante: una persona puede dirigirse a Él con palabras de reverencia y permanecer ajena a la voluntad del Padre. La repetición del título Señor expresa insistencia y puede transmitir fervor, pero Jesús descubre la distancia que llega a existir entre lo que los labios confiesan y la dirección que sigue la vida.
Reconocer la autoridad de Jesús implica recibir su palabra y disponerse a obedecerla. A lo largo del sermón, esa obediencia ha ido tomando una forma concreta en la reconciliación, la pureza del corazón, la sinceridad, el amor al enemigo y la confianza en el Padre. Ahora, al acercarse al final de su enseñanza, el Señor muestra que todo ello reclama una respuesta que alcance la existencia. Sus palabras pueden ser admiradas y repetidas sin llegar a gobernar las decisiones de quien las escucha.
Cuando habla de entrar en el reino de los cielos, la mirada se extiende hacia la participación definitiva en el reino de Dios. La advertencia afecta a quienes suponen que una confesión religiosa basta para asegurar esa entrada, aunque su vida permanezca deliberadamente cerrada a la voluntad divina. Jesús llama a abandonar esa falsa seguridad y a reconocer la seriedad de la relación que se afirma tener con Él.
Esta enseñanza no significa que la salvación pueda comprarse mediante una conducta irreprochable. El mismo sermón ha enseñado a pedir perdón y a acudir al Padre desde nuestra necesidad. La obediencia de la que Jesús habla pertenece a una fe viva, que recibe la gracia y permite que esta transforme el corazón. Quien confía en Él puede tropezar y necesitar restauración, pero no convierte su misericordia en una excusa para rechazar su autoridad. Como escribe Juan: «Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Juan 2:3). El conocimiento del Señor va dejando una huella reconocible en la manera de vivir.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
La escena se desplaza entonces hacia aquel día, expresión que aquí señala el momento del juicio. Jesús presenta a muchos recordando actividades extraordinarias que aseguran haber realizado en su nombre: profecías, expulsiones de demonios y milagros. Su defensa se apoya en aquello que, a sus ojos y probablemente a los de otros, parecía demostrar una cercanía indudable con Dios.
La repetición de en tu nombre hace más solemne la escena. Estas personas relacionaban su actividad con Jesús y esperaban que esa vinculación externa garantizara su reconocimiento. Sin embargo, las manifestaciones extraordinarias no constituyen por sí solas una prueba suficiente de comunión con Cristo. Una obra que impresiona al público no permite conocer plenamente el corazón de quien la realiza.
El pasaje recoge lo que esas personas alegan, pero no explica el origen ni la autenticidad de cada una de las obras mencionadas. No corresponde deducir de estas palabras que todos los hechos fueran necesariamente fingidos, ni que Jesús confirme como genuina cada afirmación. Su enseñanza se concentra en algo más profundo: incluso una trayectoria religiosa aparentemente poderosa resulta insuficiente como fundamento de seguridad ante Dios cuando falta la obediencia a su voluntad.
Pablo expresará también la insuficiencia de los dones cuando están separados del amor: «Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia […] y no tengo amor, nada soy» (1 Corintios 13:2). Esta concordancia ayuda a comprender por qué Jesús conduce nuestra atención más allá de lo espectacular. La acción del Espíritu forma un carácter que aprende a amar, y ese fruto no puede ser sustituido por la admiración que despierte una capacidad excepcional.
La advertencia invita especialmente a quienes sirven a otros a cuidar su propia relación con el Señor. Enseñar, predicar o participar activamente en la comunidad de creyentes puede ocupar mucho espacio en la vida sin que se conserve una disposición humilde para escuchar a Dios. Por eso, el servicio necesita seguir naciendo de la comunión con Cristo, donde también quien enseña se deja corregir y quien acompaña reconoce su necesidad de ser sostenido.
23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
La respuesta de Jesús alcanza el centro de aquella falsa seguridad: nunca los conoció. Estas palabras no expresan falta de información acerca de sus vidas, pues la escena muestra precisamente que nada permanece oculto ante Él. Conocer tiene aquí un sentido de relación y reconocimiento: quienes invocaban su nombre no pertenecían a Él en la comunión que pretendían demostrar mediante sus obras.
La palabra nunca acentúa la gravedad de ese descubrimiento. En las personas descritas, la actividad religiosa había sido tomada como prueba de una relación que Jesús declara inexistente. La frase no pretende resolver por sí sola todas las cuestiones acerca de la perseverancia del creyente; descubre la posibilidad de sostener durante mucho tiempo una identidad religiosa sin haberse entregado verdaderamente al Señor.
Jesús las identifica por su práctica de la maldad. El término empleado expresa una conducta contraria a la voluntad de Dios, una vida que desoye su autoridad mientras utiliza su nombre. No se trata simplemente de haber cometido pecados, pues todos necesitamos perdón, sino de una contradicción persistente entre la profesión de fe y el camino seguido. La advertencia guarda relación con quienes pueden reconocer verbalmente a Dios y negarlo mediante sus hechos (Tito 1:16).
La orden de apartarse recuerda las palabras del salmista: «Apartaos de mí, todos los hacedores de iniquidad» (Salmo 6:8). En labios de Jesús, dentro de esta escena de juicio, adquiere una solemnidad particular. Aquel que está enseñando en el monte se presenta como quien pronunciará el veredicto decisivo sobre los que comparezcan ante Él. Su autoridad alcanza mucho más que la de un maestro que ofrece consejos: la relación con su persona tiene consecuencias eternas.
Estas palabras deben despertar la conciencia sin empujar a la desesperación a quien lucha sinceramente contra su pecado. El creyente que reconoce sus faltas, busca perdón y desea obedecer no está haciendo la misma defensa que quienes presentan sus obras extraordinarias mientras perseveran en la maldad. Su esperanza descansa en la misericordia de Cristo, y precisamente por ello vuelve a Él para ser transformado.
Al escuchar esta advertencia, el discípulo aprende a presentarse ante el Señor sin esconderse detrás de sus logros. Puede dejar que su palabra examine lo que necesita cambiar y responder con una confianza humilde. Esa respuesta irá tomando forma en las decisiones cotidianas, allí donde la confesión de Jesús como Señor se convierte en una vida que escucha y pone en práctica lo que Él enseña.
Los dos cimientos y la respuesta a la palabra de Jesús
Mateo 7:24 a 27
24 a 25 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
Después de advertir que llamarlo Señor no sustituye la obediencia, Jesús concluye su enseñanza con una escena de la vida cotidiana. Dos personas construyen una casa, y la solidez de cada construcción dependerá del terreno sobre el que se asiente. Con esta imagen, el Señor reúne cuanto ha enseñado y coloca a sus oyentes ante la responsabilidad de responder. Han escuchado sus palabras; ahora necesitan decidir qué lugar tendrán en sus vidas.
El hombre prudente representa a quien escucha y pone en práctica lo recibido. Su sabiduría se manifiesta en haber comprendido que una casa necesita un fundamento capaz de sostenerla cuando lleguen las dificultades. Edificar sobre la roca significa aquí escuchar a Jesús y actuar conforme a su enseñanza. La comparación nace directamente de esa unión entre la palabra recibida y la obediencia que le sigue. Esta obediencia nace de la confianza en Cristo y se sostiene en Su gracia. El discípulo no encuentra seguridad en sus propios méritos, sino en el Señor cuya palabra recibe con fe y aprende a vivir.
A lo largo del sermón, Jesús ha mostrado en qué consiste esa respuesta. La casa se va asentando sobre la roca cuando el discípulo procura la reconciliación, guarda la sinceridad de su corazón, aprende a amar, perdona y busca primero el reino de Dios. Son decisiones que a menudo permanecen ocultas, como los cimientos de una vivienda, pero que van dando consistencia a toda la existencia.
Santiago recogerá esta misma llamada al escribir: «sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22). El peligro del autoengaño aparece cuando confundimos nuestra familiaridad con la enseñanza bíblica con la disposición a vivir conforme a ella. Podemos conocer las palabras del Señor y emocionarnos al escucharlas mientras dejamos intactas decisiones que esas mismas palabras nos invitan a revisar.
Entonces llega la tormenta. La lluvia cae, las corrientes golpean y el viento azota la casa. Jesús no concede a la vivienda bien fundada un clima distinto. La fidelidad no evita todas las pruebas, pero establece un fundamento para atravesarlas. Quien escucha y obedece también puede conocer el duelo, la escasez, la enfermedad o la oposición. La promesa de la imagen reside en la firmeza de aquello que sostiene su vida cuando sus propias fuerzas resultan insuficientes.
En el contexto de las advertencias anteriores, la tormenta puede entenderse también como una imagen de la prueba definitiva del juicio de Dios. La comparación no identifica expresamente cada elemento, pero subraya que solo el fundamento verdadero permite permanecer cuando la construcción es puesta a prueba.
26 a 27 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
La segunda persona también escucha. Jesús sitúa así la diferencia decisiva dentro del grupo de quienes han recibido su enseñanza: unos la ponen en práctica y otros la dejan sin respuesta. La casa construida sobre la arena puede parecer habitable mientras el tiempo permanece tranquilo. Nada se dice de que sea menos vistosa o de que haya requerido menos esfuerzo; el problema está en aquello que no puede sostenerla cuando llega la prueba.
Escuchar sin obedecer deja la vida sin el fundamento que la palabra de Cristo ofrece. La arena representa aquí esa respuesta insuficiente, en la que se conoce la enseñanza, pero se construye al margen de ella. La admiración por Jesús, la costumbre religiosa o la aprobación de otros pueden acompañar esa vida sin corregir su fragilidad.
La misma tormenta alcanza esta casa. Al repetir la lluvia, las corrientes y los vientos, el relato concentra nuestra atención en el fundamento. La diferencia del desenlace procede de lo que cada constructor había hecho antes de que comenzara el temporal. Cuando las aguas golpean, queda al descubierto una realidad que durante la construcción podía haberse pasado por alto.
La caída es grande. Con esa sobriedad termina Jesús la comparación, dejando que sus oyentes perciban la gravedad de haber escuchado su palabra sin permitirle orientar sus vidas. No está enseñando que toda desgracia revele una falta de fe ni que el sufrimiento permita juzgar la condición espiritual de una persona. La imagen advierte del desenlace de una existencia que, aun conociendo su llamada, prescinde de ella como fundamento.
Mientras escuchamos la parábola, todavía estamos siendo invitados a edificar. La advertencia nos permite detenernos y examinar qué estamos haciendo con aquello que conocemos del Señor. Tal vez haya una reconciliación pendiente, una conducta que necesitamos abandonar o una responsabilidad que llevamos tiempo evitando. Allí, en ese lugar concreto donde su palabra nos alcanza, puede comenzar una respuesta renovada.
El Sermón del Monte llega así a una invitación que acompaña al lector cuando termina de escucharlo. Las palabras de Jesús permanecen disponibles para ser recibidas con fe y llevadas a la vida, paso a paso, con la ayuda de Dios. Quien vuelve a ellas para dejarse corregir y aprende a obedecer va asentando su existencia sobre un fundamento que no depende de la calma del momento, sino de la fidelidad del Señor en quien ha confiado.
El asombro ante la autoridad de Jesús
Mateo 7:28 a 29
28 a 29 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.
La voz de Jesús deja de escucharse, y Mateo dirige nuestra atención hacia quienes han recibido sus palabras. El sermón había comenzado con los discípulos acercándose al Maestro, pero su enseñanza ha alcanzado también a las multitudes. Ahora, al terminar, queda entre ellas un profundo asombro. Han escuchado hablar de Dios, de la justicia y de la vida humana con una autoridad que les resulta distinta de la que conocían.
Ese asombro nace de la manera en que Jesús enseña y de lo que afirma. A lo largo del sermón ha penetrado en las intenciones del corazón, ha mostrado la voluntad del Padre y ha llamado a sus oyentes a una obediencia que alcanza toda la existencia. Sus palabras no se limitan a comentar desde fuera la relación del ser humano con Dios. Jesús habla con autoridad para revelar lo que el Padre quiere y para reclamar una respuesta personal a su enseñanza.
Mateo destaca que no enseñaba como los escribas. Estos eran conocedores e intérpretes de la ley, y su labor tenía un lugar importante en la vida religiosa de Israel. La comparación no exige considerar ignorantes o insinceros a todos ellos. Señala la singularidad de Jesús, cuya autoridad se manifiesta de forma directa en expresiones como aquellas con las que ha ido profundizando en los mandamientos: pero yo os digo. Al escucharlo, las multitudes perciben que se encuentran ante alguien que habla desde una autoridad propia y excepcional.
El final del sermón ha hecho especialmente visible esa singularidad. Jesús ha situado ante sí a quienes comparecerán en el día del juicio y ha declarado que escuchar y practicar sus palabras equivale a construir sobre roca. Su persona ocupa un lugar decisivo en la relación con Dios y en el destino de quienes lo escuchan. La enseñanza conduce hacia Él, porque la respuesta a sus palabras forma parte de la respuesta a la voluntad del Padre.
El Evangelio de Juan permite comprender esa autoridad dentro de su relación con el Padre cuando recoge esta afirmación de Jesús: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7:16). Su autoridad expresa su unión y fidelidad al Padre que lo ha enviado. Por eso puede hablar con esa firmeza sin buscar prestigio personal, y puede exigir obediencia mientras invita a los cansados a acercarse a Él.
Sin embargo, Mateo deja a las multitudes en el asombro sin afirmar que todas hayan llegado a creer y obedecer. La admiración es una reacción verdadera, pero todavía necesita convertirse en respuesta. El lector acaba de escuchar la comparación de los dos cimientos y sabe que ambas personas habían oído las palabras de Jesús. Ahora comprende que también él puede quedar impresionado por la enseñanza y necesita decidir si permitirá que esta oriente su vida.
El relato se dispone a continuar, y pronto veremos a Jesús acercarse a personas heridas y necesitadas. La autoridad que ha resonado en el monte se manifestará también en sus obras. Quien lo ha escuchado queda invitado a seguir caminando tras Él, descubriendo cómo su palabra alcanza la vida concreta y aprendiendo a confiar en el Señor cuya voz acaba de oír.
Resumen teológico y espiritual
Mateo 7 conduce al discípulo hacia una fe que se deja examinar por la palabra de Jesús. Al terminar el Sermón del Monte, ya no basta con reconocer la belleza de lo escuchado: cada persona queda invitada a recibirlo como orientación de su propia vida. La autenticidad de la relación con Dios se manifiesta en una confianza que aprende a obedecer, incluso cuando esa obediencia descubre nuestras contradicciones y nos lleva a cambiar.
Ese aprendizaje comienza en la manera de mirar al prójimo. Quien reconoce su necesidad de misericordia puede acercarse a las faltas ajenas sin superioridad, dispuesto a someter también su conducta a la verdad. La humildad hace posible una ayuda que procura restaurar y, al mismo tiempo, prepara para discernir aquello que puede causar daño. De este modo, la compasión y la prudencia maduran juntas: el creyente aprende a amar sin atribuirse el juicio definitivo sobre nadie y a proteger lo que Dios le ha confiado sin alimentar desprecio.
Una vida así necesita sostenerse en la bondad del Padre. La oración aparece como el lugar donde la fragilidad puede expresarse con confianza y donde los deseos van siendo educados por la voluntad divina. Pedir, buscar y llamar mantienen al discípulo en una relación de dependencia que le permite perseverar sin pretender controlar la respuesta. La certeza de ser escuchado descansa en el carácter del Padre, que conoce el bien de sus hijos. Al recibir ese cuidado, el creyente aprende también a reconocer las necesidades de otros y a tomar la iniciativa para atenderlas.
Desde esa confianza se comprende la seriedad del camino al que Jesús llama. La gracia alcanza a la persona para transformarla, y esa transformación compromete sus decisiones. Seguir al Señor puede exigir renuncias y traer oposición, pero la dificultad adquiere sentido por la dirección del camino: conduce a la vida. El discípulo aprende a valorar sus pasos desde esa promesa, sin tomar la aceptación de la mayoría como garantía de verdad ni convertir sus propios sacrificios en motivo de orgullo.
La advertencia acerca del engaño religioso muestra cuánto necesitamos conservar una conciencia humilde y atenta. La apariencia, la influencia y las manifestaciones extraordinarias pueden despertar admiración sin acreditar por sí mismas la fidelidad a Dios. El fruto que madura en la conducta y en la enseñanza permite reconocer mejor lo que una vida está cultivando. Esta llamada al discernimiento alcanza también al propio creyente, que necesita permanecer abierto a la corrección para que su servicio no se convierta en un refugio frente a lo que Dios quiere tratar en él.
Al presentar el juicio venidero, Jesús revela la hondura de su autoridad. La relación con Él tiene consecuencias eternas, y ninguna trayectoria religiosa puede sustituir la verdad que conoce del corazón. Esta solemnidad invita a abandonar la autosuficiencia y a buscar una comunión sincera con el Señor. Quien reconoce su pecado y vuelve a Él encuentra en esa advertencia una llamada al arrepentimiento, desde la cual puede seguir caminando sostenido por su misericordia.
Todo el capítulo desemboca así en la unión entre escuchar y poner en práctica la palabra de Cristo. La obediencia va dando consistencia a la vida en decisiones que muchas veces pasan inadvertidas, pero que adquieren profundidad con el tiempo. Cuando llegan las pruebas, el discípulo descubre cuánto necesita el fundamento sobre el que ha aprendido a descansar. Al terminar el sermón, permanece abierta la invitación a confiar en Jesús y a llevar su enseñanza al día que comienza, dejando que su autoridad transforme la admiración en seguimiento y su palabra encuentre un lugar cada vez más profundo en nuestra existencia.
Concordancias bíblicas de Mateo 7
Romanos 14:10 «Tú, pues, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo».
La conciencia de que todos responderemos ante el Señor nos invita a tratar al hermano con humildad. Pablo sitúa esta advertencia en el contexto de las diferencias entre creyentes y recuerda que esas diferencias no autorizan el desprecio.
1 Tesalonicenses 5:21 a 22 «Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal».
El discernimiento permite recibir lo verdadero y apartarse de lo dañino. Esta exhortación complementa la enseñanza de Jesús sobre una mirada que evita la condenación apresurada y permanece atenta ante el engaño.
Hebreos 4:16 «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
La confianza al orar encuentra su fundamento en el acceso a Dios que tenemos por medio de Jesucristo. Podemos presentar nuestra necesidad esperando misericordia y ayuda, sin tener que ocultar nuestra fragilidad.
Gálatas 6:9 «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos».
Tratar a los demás con el cuidado que deseamos recibir requiere perseverancia. El amor sigue procurando el bien aunque sus frutos tarden en hacerse visibles y no encuentre una respuesta inmediata.
Lucas 13:24 «Esforzaos a entrar por la puerta angosta».
En otro contexto, Jesús vuelve a utilizar la imagen de la puerta estrecha para subrayar la urgencia de responder a su llamada. La invitación reclama una decisión personal que no conviene aplazar ni sustituir por una familiaridad meramente exterior con Él.
2 Pedro 2:3 «Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas».
Pedro identifica una manifestación concreta de la falsedad religiosa: utilizar palabras engañosas para obtener provecho de las personas. Esta advertencia ayuda a reconocer el carácter depredador que Jesús describe mediante la imagen de los lobos vestidos de ovejas.
Bibliografía recomendada
D. A. Carson – The Expositor’s Bible Commentary: Matthew.
R. T. France – The Gospel of Matthew.
Craig S. Keener – A Commentary on the Gospel of Matthew.
Leon Morris – The Gospel According to Matthew.
William Hendriksen – Exposition of the Gospel According to Matthew.
John MacArthur – Matthew, en la serie MacArthur New Testament.
Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
Juan Cid