Evangelio según San Mateo
El sermón del monte 2/3
Capítulo 6
Índice del capítulo
Texto bíblico
Jesús y la limosna
1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha,
4 para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Jesús y la oración
5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.
8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Jesús y el ayuno
16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro,
18 para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Tesoros en el cielo
19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
La lámpara del cuerpo
22 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz;
23 pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
Dios y las riquezas
24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
El afán y la ansiedad
25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo?
28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;
29 pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.
30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?
31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?
32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.
Comentarios y análisis
La ayuda al necesitado
Mateo 6:1 a 4
1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.
Jesús continúa hablando de la justicia que debe caracterizar a Sus discípulos, pero ahora dirige la atención a sus motivaciones. Practicar lo recto delante de otras personas para obtener su admiración convierte la devoción en una representación. El problema no está en que alguien vea una buena obra, sino en hacerla con el propósito de ser visto y alabado.
La mirada decisiva es la del Padre. Quien sirve para recibir reconocimiento humano ya ha recibido aquello que buscaba; quien obra con sinceridad delante de Dios puede confiar en que el Padre conoce su entrega, incluso cuando nadie más la advierte.
2 a 4 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Jesús aplica esta enseñanza a la ayuda que se ofrece a quienes tienen necesidad. No condena la generosidad visible en sí misma, sino el afán de anunciarla para ganar prestigio. La imagen de la trompeta expresa, con fuerza, el deseo de convertir la misericordia en espectáculo. El discípulo está llamado a ayudar sin usar el sufrimiento ajeno para construir su propia reputación.
La instrucción de que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha invita a dar con discreción y sencillez, sin llevar una cuenta de los méritos ni buscar aplausos. La generosidad verdadera reconoce que todo cuanto tenemos procede de Dios y responde con amor a la necesidad del prójimo. Pablo expresa esa disposición al enseñar: «Dios ama al dador alegre» (2 Corintios 9:7).
El Padre, que ve en lo secreto, conoce la intención y el bien realizado aunque nadie lo celebre. La recompensa que el Padre promete no permite comprar Su favor ni obliga a esperar prosperidad material. Jesús asegura que Dios ve y reconoce la entrega sincera, aunque nadie más la advierta, y llama al discípulo a confiar en Él sin convertir el bien realizado en una reclamación de beneficios
La oración y el perdón
Mateo 6:5 a 15
5 a 6 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Jesús continúa enseñando a Sus discípulos a vivir delante del Padre sin convertir la devoción en una exhibición. No condena la oración pública ni que otros nos oigan orar; censura hacerlo para ser visto y admirado. Frente a esa ostentación, invita a buscar un lugar apartado y hablar con Dios en secreto. El sitio importa menos que la intención: orar es acudir sinceramente al Padre, no representar una escena ante los demás.
El Padre ve lo que permanece oculto y conoce a quienes se acercan a Él con fe. La oración secreta cultiva una relación real con Dios, sin depender del reconocimiento ajeno.
7 a 8 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
Jesús también advierte contra las palabras amontonadas como si su cantidad pudiera obligar a Dios a responder. No prohíbe perseverar ni presentar repetidamente una necesidad; enseña que la oración no es una fórmula mágica. El Padre sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, de modo que podemos acudir a Él con confianza y sencillez.
El discípulo ora porque depende de Dios y desea comunión con Él, no porque crea que puede controlarlo mediante una repetición mecánica.
9 a 13 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
Jesús ofrece a Sus discípulos un modelo que comienza poniendo a Dios en el centro. Llamarlo Padre nuestro expresa confianza y pertenencia, y el plural recuerda que la oración también une a los creyentes como pueblo de Dios. Primero se pide que el nombre del Padre sea honrado, que Su reino venga y que Su voluntad se cumpla; después se presentan las necesidades cotidianas, el perdón y la protección frente a la tentación y el mal.
Pedir que venga Su reino expresa el deseo de que Dios sea reconocido y obedecido en nuestra vida, y también la esperanza de que Su reinado se manifieste plenamente cuando Cristo vuelva. La oración abre así el corazón tanto a la obediencia presente como al cumplimiento futuro de las promesas de Dios.
Al pedir el pan de cada día, el discípulo reconoce que depende de Dios para lo necesario. Al pedir perdón por sus deudas, confiesa su pecado y acude a la misericordia divina. Y al suplicar ayuda ante la tentación, reconoce que necesita la guía y el poder de Dios para permanecer fiel. Al pedir que no nos meta en tentación, el discípulo no está afirmando que Dios lo induzca a pecar, pues Santiago 1:13 enseña que Dios no tienta a nadie al mal. Suplica que el Padre lo guarde de caer en la tentación y lo sostenga cuando sea probado, reconociendo su propia fragilidad y su necesidad de ser librado del mal.
Esta oración no es una fórmula que deba repetirse sin reflexión, sino una guía para ordenar los deseos, las peticiones y la vida delante del Padre. Su petición de perdón recuerda la promesa: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1:9).
14 a 15 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Jesús vuelve sobre el perdón y muestra que no podemos recibir la misericordia de Dios mientras cultivamos deliberadamente un corazón implacable. Perdonar no significa negar el daño, llamarlo justo ni renunciar a buscar protección; significa dejar la venganza en manos de Dios y estar dispuestos a abandonar el rencor.
Quien ha comprendido cuánto necesita el perdón del Padre aprende a tratar con misericordia a quienes le han ofendido. El perdón que ofrecemos no compra el perdón de Dios; muestra que Su gracia está obrando en nosotros.
El ayuno delante de Dios
Mateo 6:16 a 18
16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
Jesús aplica al ayuno la misma enseñanza que dio acerca de la ayuda al necesitado y la oración: la devoción no debe convertirse en un espectáculo. Algunos desfiguraban el rostro para que los demás advirtieran que estaban ayunando y los admiraran por su piedad. El problema no era el ayuno, sino hacerlo para recibir reconocimiento humano.
El ayuno puede expresar humildad, búsqueda de Dios y dependencia de Él, pero pierde su sentido cuando se usa para alimentar la reputación personal. Jesús llama a examinar no solo lo que hacemos, sino también el motivo que nos mueve.
17 a 18 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Por eso, el discípulo debe cuidar su aspecto habitual, sin adoptar señales de tristeza para llamar la atención sobre su ayuno. La imagen de ungirse la cabeza y lavarse el rostro describe una conducta cotidiana, no una ceremonia especial. Jesús no prohíbe compartir con otros una necesidad de oración cuando sea apropiado; enseña a no exhibir el sacrificio para obtener elogios.
El ayuno verdadero se vive delante del Padre, que ve en lo secreto. Su valor no depende de que otros lo conozcan, sino de que se realice con sinceridad y búsqueda de Dios. El profeta también relacionó el ayuno con una vida que se aparta de la injusticia y socorre al necesitado: «Desatar las ligaduras de impiedad… y dejar ir libres a los quebrantados» (Isaías 58:6). Así, la devoción genuina transforma el corazón y se hace visible en una vida de misericordia.
Los tesoros y el señorío de Dios
Mateo 6:19 a 24
19 a 21 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Jesús enseña a Sus discípulos dónde depositar sus tesoros. Las riquezas de la tierra pueden deteriorarse, perderse o ser robadas; por eso no pueden ofrecer seguridad definitiva. Atesorar en el cielo significa vivir orientados hacia Dios, valorando lo que permanece: Su reino, la obediencia a Su voluntad y el bien hecho al prójimo.
Jesús no declara malo todo bien material. Advierte contra convertirlo en el fundamento de la vida y la esperanza. Lo que consideramos nuestro tesoro acaba ocupando el corazón: si nuestra seguridad depende de acumular, nuestros pensamientos y deseos quedarán sujetos a ello. La exhortación apostólica lo expresa así: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2).
22 a 23 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
La imagen del ojo como lámpara del cuerpo continúa la enseñanza sobre aquello que dirige la vida. Un ojo sano permite que entre la luz; un ojo enfermo oscurece la mirada. En este contexto, la imagen señala la disposición interior con que una persona mira sus bienes y el mundo: una mirada generosa y sencilla recibe la luz de Dios, mientras que la codicia y la envidia oscurecen el corazón.
Jesús invita a examinar qué guía nuestras decisiones. La luz no consiste en poseer mucho, sino en mirar con rectitud y usar lo recibido conforme a la voluntad de Dios.
24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
La enseñanza culmina con una afirmación decisiva: nadie puede servir a dos señores. Jesús nombra a Dios y a las riquezas, usando la palabra mamón, que designa los bienes materiales y aquí aparece como un amo que reclama lealtad. El problema no es tener recursos, sino permitir que estos gobiernen la vida y compitan con Dios por nuestra confianza y obediencia.
Servir a Dios implica reconocer que los bienes son una responsabilidad y no el señor de nuestra existencia. El corazón necesita decidir dónde deposita su seguridad, porque no puede entregarse plenamente a Dios mientras se somete a la codicia. Pablo advierte también contra quienes ponen su esperanza en las riquezas, que son inciertas, y exhorta a confiar en Dios (1 Timoteo 6:17).
La confianza en el Padre y el afán de cada día
Mateo 6:25 a 34
25 a 26 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
Después de mostrar que el corazón no puede servir a Dios y a las riquezas, Jesús se acerca a una preocupación que acompaña la vida cotidiana: cómo conseguir el alimento, la bebida y el vestido. Sus palabras enlazan con lo anterior, porque la dependencia de los bienes puede manifestarse tanto en el deseo de acumularlos como en el temor constante de que lleguen a faltar. Al invitar a sus discípulos a no vivir dominados por el afán, Jesús les enseña a sostener su vida en la confianza en el Padre, incluso cuando todavía no saben cómo se resolverán sus necesidades.
La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Con esta consideración, el Señor dirige la mirada hacia el don que precede a todos los demás: la existencia misma. Quien les ha dado la vida conoce también aquello que necesitan para conservarla. Esta confianza no elimina el trabajo ni vuelve innecesaria la previsión; permite que ambas cosas encuentren su lugar sin convertirse en una inquietud que ocupe por completo el corazón.
Entonces Jesús invita a mirar las aves del cielo. No siembran, no siegan ni almacenan en graneros, y, sin embargo, encuentran sustento dentro de la creación que Dios sostiene. Las aves buscan alimento y se mueven para conseguirlo; su ejemplo no propone la inactividad, sino que abre los ojos a una providencia que los discípulos pueden reconocer a su alrededor. Al decir que vuestro Padre celestial las alimenta, Jesús acerca esa providencia a quienes lo escuchan: el Dios que cuida de sus criaturas es el Padre al que ellos pueden acudir.
La pregunta acerca de cuánto más valen ellos introduce una razón profunda para descansar en su cuidado. No promete una existencia libre de escasez, pero afirma que sus necesidades no pasan inadvertidas ante Dios. En medio de la incertidumbre, el discípulo puede saberse conocido y amado, y desde esa seguridad seguir trabajando, pedir ayuda y afrontar el día sin considerar que todo depende exclusivamente de sus propias fuerzas.
27 a 30 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?
Jesús conduce después a sus oyentes a reconocer los límites de la preocupación. Por mucho que alguien se angustie, no consigue añadir por ese medio una medida a su vida. La expresión del versículo 27 se ha traducido como una referencia a la estatura, aunque también puede entenderse en relación con la duración de la existencia. En cualquiera de las dos lecturas, el sentido de la pregunta permanece: el afán no concede el dominio sobre la vida que el corazón desea alcanzar. La inquietud puede consumir nuestras fuerzas sin darnos la capacidad de asegurar el mañana.
La mirada vuelve entonces al campo, donde las flores crecen sin hilar ni fabricar sus vestidos. Jesús se detiene en su hermosura y la compara con el esplendor de Salomón, el rey que la memoria de Israel asociaba con la riqueza y la magnificencia. Ni siquiera aquella grandeza humana podía igualar la belleza que Dios concede a una flor. Lo que parece pequeño y cotidiano contiene una señal de su cuidado que la preocupación suele impedirnos contemplar.
La hierba del campo tiene una existencia breve y, una vez seca, puede acabar alimentando el fuego de un horno. Si Dios reviste de belleza algo tan pasajero, sus discípulos tienen motivos para confiar en que sus propias necesidades le importan. La expresión hombres de poca fe descubre la fragilidad de una confianza que reconoce a Dios, pero que todavía tiembla cuando el futuro parece incierto. Jesús los llama a crecer en esa confianza, aprendiendo a mirar sus necesidades desde la relación que tienen con el Padre.
Estas palabras deben llegar también con ternura a quien atraviesa una angustia persistente. El pasaje no permite reducir todo sufrimiento emocional a una falta de fe. Su propósito es acercar al discípulo al cuidado de Dios, para que pueda presentar ante Él aquello que lo sobrepasa. Esa misma invitación reaparece cuando Pedro anima a los creyentes: «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5:7). La carga puede ser real y pesada, pero quien la lleva no está obligado a sostenerla en soledad.
31 a 32 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
Las preguntas sobre qué comer, qué beber o con qué vestirse vuelven a escucharse, ahora como expresión de una preocupación que amenaza con adueñarse de toda la existencia. Jesús conoce la importancia de esas necesidades. Precisamente por ello quiere que sus discípulos recuerden que el Padre sabe que tienen necesidad de todas estas cosas. No necesitan convencerlo de que su fragilidad merece atención ni vivir como si estuvieran abandonados en un mundo indiferente.
Cuando señala que los gentiles buscan afanosamente estas cosas, describe una manera de vivir que carece de la confianza en el Padre que Él está enseñando. La comparación invita a sus seguidores a permitir que el conocimiento de Dios transforme su relación con el porvenir. Si han aprendido a dirigirse a Él como Padre, también pueden aprender a llevar ante Él el temor que les produce la mesa de mañana.
Esta confianza encuentra una expresión concreta en la vida compartida de los creyentes. Quien sabe que el Padre conoce las necesidades humanas aprende también a prestar atención a las del prójimo. Santiago 2:15 a 16 recuerda que desear paz a una persona sin vestido o sin alimento resulta insuficiente cuando se omite la ayuda que necesita. Así, las palabras de Jesús nos enseñan a descansar en Dios mientras nos disponen a participar en su cuidado mediante la generosidad y el acompañamiento.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
En medio de estas preocupaciones, Jesús ofrece una orientación que ordena la existencia entera: buscar primero el reino de Dios y su justicia. Buscar el reino significa desear que Dios gobierne de verdad nuestras decisiones, nuestros vínculos y nuestra manera de utilizar lo que poseemos. Buscar su justicia supone vivir conforme a su voluntad, con esa obediencia sincera que el Sermón del Monte viene describiendo y que alcanza tanto los actos visibles como las intenciones del corazón.
La palabra primero señala la prioridad que debe dar forma a todo lo demás. El trabajo, el cuidado de la familia y la atención a las necesidades materiales quedan incluidos en una vida orientada hacia Dios. El discípulo busca el reino también cuando obtiene honradamente su sustento, cumple sus responsabilidades y comparte lo que tiene sin convertir la seguridad económica en el bien supremo.
La promesa de que las demás cosas serán añadidas se refiere, dentro del pasaje, a las necesidades que Jesús acaba de mencionar. No ofrece una garantía de riqueza ni presenta la obediencia como un medio para conseguir prosperidad. Invita a confiar en la provisión del Padre mientras se camina bajo su voluntad. Los mismos discípulos conocerían privaciones y persecuciones, de modo que estas palabras han de leerse junto con el conjunto de la enseñanza de Jesús, que nunca ocultó las dificultades de seguirlo.
Pablo describiría esa confianza desde su propia experiencia al afirmar que había aprendido a vivir tanto en abundancia como en escasez (Filipenses 4:12 a 13). Su seguridad descansaba en Cristo en ambas circunstancias. De ese modo, buscar primero el reino libera al creyente para obedecer a Dios sin exigir que todas las incertidumbres queden resueltas de antemano.
34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.
La enseñanza termina acercándose al tamaño de un solo día. Jesús reconoce que cada jornada trae su propia dificultad, y por eso invita a no añadirle anticipadamente todas las cargas del futuro. No afanarse por el mañana permite atender con mayor fidelidad lo que hoy se nos ha confiado, empleando nuestras fuerzas en aquello que realmente podemos hacer.
Hay lugar para organizarse, ahorrar con prudencia y preparar lo necesario. El afán aparece cuando esa atención al porvenir se convierte en una exigencia de control que nunca alcanza descanso. El mañana permanece fuera de nuestro alcance, pero el Padre al que hoy acudimos seguirá siendo digno de confianza cuando lleguemos a él.
Así, el capítulo que enseñó a pedir el pan de cada día concluye invitando a vivir con esa misma dependencia cotidiana. El discípulo puede trabajar, cuidar a los suyos y presentar sus necesidades ante Dios, recibiendo cada jornada como el lugar donde aprender a obedecerlo. Cuando el futuro despierte temor, podrá volver a la oración que Jesús le ha enseñado y pedir al Padre el sustento y la fortaleza necesarios para caminar hoy en su presencia.
Resumen teológico y espiritual
Mateo 6 nos introduce en una vida que transcurre bajo la mirada del Padre, cuya presencia transforma tanto lo que hacemos como aquello que buscamos en lo más íntimo. Jesús va conduciendo al discípulo desde las acciones visibles de la piedad hasta las preocupaciones silenciosas del corazón, mostrando que nuestra relación con Dios alcanza la generosidad, la oración, el ayuno, los bienes y la incertidumbre del mañana. En todo ese recorrido, la sinceridad nace de sabernos conocidos por el Padre antes de recibir el reconocimiento de los demás.
Al dar, orar y ayunar, el creyente encuentra en la comunión con Dios el sentido de su entrega. Cuando necesita ser admirado, su devoción queda expuesta a convertirse en una representación que puede impresionar a otros mientras empobrece su vida interior. Jesús lo invita a recuperar ese espacio donde puede presentarse ante el Padre sin construir una imagen de sí mismo. La fidelidad en lo secreto va formando un corazón capaz de hacer el bien aunque nadie lo advierta, porque confía en que su vida tiene valor ante Dios. La recompensa del Padre expresa su respuesta a esa entrega sincera y no convierte la obediencia en una compra de favores.
En esa intimidad, la oración adquiere la sencillez de una conversación confiada y la profundidad de una vida que desea acomodarse a la voluntad divina. Al enseñarnos a decir Padre nuestro, Jesús nos permite acercarnos con confianza y, al mismo tiempo, nos sitúa junto a otros que también necesitan pan, perdón y protección. La oración ensancha así nuestros deseos: comenzamos buscando que el nombre de Dios sea honrado, que su reino venga y que su voluntad se cumpla, y desde ese horizonte presentamos nuestras necesidades. La comunión con el Padre va educando lo que esperamos de la vida, hasta que nuestras peticiones empiezan a expresar también nuestra disposición a obedecerlo.
Dentro de esa relación, el perdón recibido alcanza necesariamente la manera de tratar a quienes nos han ofendido. La misericordia divina nos descubre nuestra propia necesidad de gracia y nos llama a abandonar la voluntad de venganza. Perdonar puede requerir un camino doloroso y no elimina la responsabilidad del daño causado, pero abre el corazón a una obediencia que se resiste a vivir alimentando el rencor. Jesús concede a esta cuestión una seriedad especial porque nuestra relación con el Padre no puede quedar aislada de la relación con el prójimo.
Cuando la enseñanza se vuelve hacia las riquezas, queda al descubierto otra dimensión de esa misma entrega: aquello que consideramos nuestro tesoro termina orientando nuestros afectos y nuestras decisiones. Los bienes pueden servir al cuidado de la vida y a la generosidad, pero también pueden reclamar una confianza que solo corresponde a Dios. La libertad espiritual crece cuando el Padre ocupa el centro de nuestra seguridad, y desde esa confianza aprendemos a poseer sin quedar sometidos a lo que poseemos. La mirada se aclara cuando el deseo deja de estar dominado por la acumulación y puede reconocer el valor de lo que permanece ante Dios.
Esa libertad se hace especialmente necesaria cuando aparecen la escasez y el temor al futuro. Jesús conoce la fragilidad humana y nos invita a vivirla dentro del cuidado del Padre. La fe no nos concede el control de las circunstancias, pero nos permite afrontarlas sin sentir que estamos abandonados a nuestras propias fuerzas. Buscar primero el reino y la justicia de Dios significa seguir eligiendo su voluntad mientras trabajamos, atendemos nuestras responsabilidades y esperamos aquello que todavía no podemos asegurar.
A lo largo del capítulo, el discípulo aprende a vivir con una confianza que penetra progresivamente toda su existencia. En lo secreto encuentra al Padre; en la oración le entrega sus necesidades; en el perdón deja que su misericordia transforme sus relaciones; y en el uso de los bienes pone sus recursos al servicio de lo que ama. De esa comunión nace la posibilidad de recibir cada jornada con gratitud y responsabilidad, confiando a Dios el mañana mientras procura serle fiel en el presente.
Concordancias bíblicas de Mateo 6
Jeremías 17:10 «Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón».
Dios conoce las intenciones que acompañan nuestras acciones. Su mirada ilumina la enseñanza de Jesús sobre una devoción sincera, cuyo valor no depende de ser vista y elogiada por los demás.
Hebreos 13:16 «De hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios».
La generosidad forma parte de la adoración que agrada al Padre. Compartir nuestros recursos permite que el amor a Dios se haga concreto en el cuidado de quienes necesitan ayuda.
1 Juan 5:14 «Si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye».
La confianza al orar descansa en la disposición de Dios para escucharnos. Al pedir que se cumpla su voluntad, aprendemos a presentar nuestros deseos con la humildad de quien reconoce la sabiduría del Padre.
Colosenses 3:13 «Como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros».
El perdón recibido de Cristo se convierte en el fundamento de nuestra disposición a perdonar. Su misericordia transforma progresivamente nuestras relaciones y nos llama a renunciar al rencor y a la venganza.
Joel 2:12 «Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento».
El ayuno encuentra su sentido dentro de una búsqueda sincera de Dios. La privación exterior acompaña una entrega interior en la que el creyente reconoce su necesidad y vuelve su corazón al Señor.
2 Corintios 4:18 «No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas».
La esperanza en lo eterno ayuda a comprender la invitación a acumular tesoros en el cielo. Desde esa perspectiva, el discípulo aprende a valorar sus decisiones por lo que significan ante Dios, más allá de su beneficio inmediato.
Salmo 119:36 «Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia».
Esta oración reconoce que el corazón necesita ser orientado por Dios. Frente al poder de las riquezas para reclamar nuestra lealtad, el salmista pide aprender a desear y obedecer la palabra del Señor.
Proverbios 15:16 «Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación».
La abundancia material no asegura una vida en paz. Este proverbio ayuda a reconocer el valor de vivir en reverencia a Dios y a evitar que la búsqueda de seguridad económica termine gobernando la existencia.
Sofonías 2:3 «Mas buscad a Jehová todos los humildes de la tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre».
Buscar a Dios implica disponerse a vivir conforme a su voluntad. La prioridad del reino se expresa en una conducta justa y humilde que alcanza nuestras decisiones cotidianas y nuestro trato con los demás.
Lamentaciones 3:22 a 23 «Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad».
Estas palabras nacen en medio del sufrimiento y sostienen la esperanza en la fidelidad divina. Enlazan con la invitación de Jesús a afrontar cada jornada confiando en el Padre, cuya misericordia también nos encontrará cuando llegue el mañana.
Bibliografía recomendada
D. A. Carson – The Expositor’s Bible Commentary: Matthew.
R. T. France – The Gospel of Matthew.
Craig S. Keener – A Commentary on the Gospel of Matthew.
Leon Morris – The Gospel According to Matthew.
William Hendriksen – Exposition of the Gospel According to Matthew.
John MacArthur – Matthew, en la serie MacArthur New Testament.
Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
Juan Cid