Evangelio según San Mateo
El sermón del monte 1/3
Capítulo 5
Índice del capítulo
Texto bíblico
Las bienaventuranzas
1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
La sal de la tierra
13 Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
La luz del mundo
14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Jesús y la ley
17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Jesús y la ira
21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.
22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
Jesús y el adulterio
27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.
28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
Jesús y el divorcio
31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.
32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.
Jesús y los juramentos
33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.
34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
El amor hacia los enemigos
38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.
39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;
40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;
41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.
42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.
44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Comentarios y análisis
Las bienaventuranzas
Mateo 5:1 a 12
1 a 2 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
Al ver a la multitud, Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar a Sus discípulos. La escena recuerda a Moisés recibiendo la ley en el Sinaí, pero aquí Jesús habla con autoridad propia: no se limita a transmitir un mandato, sino que revela cómo es la vida de quienes pertenecen al reino de los cielos.
La multitud también está presente. Aunque la enseñanza se dirige de manera especial a los discípulos, todos pueden escucharla. Así comienza el Sermón del Monte: con una invitación abierta a descubrir qué considera verdaderamente dichoso el Señor.
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Jesús llama bienaventurados a los pobres en espíritu. No elogia la miseria material ni la falta de carácter. Habla de quienes reconocen que no pueden alcanzar por sí mismos la justicia de Dios y acuden a Él con humildad. Son pobres ante Dios porque no pretenden presentarse como suficientes.
A ellos les pertenece el reino de los cielos. La entrada en ese reino no se compra con méritos ni se reclama como un derecho; se recibe de manos del Rey por gracia. Esta primera bienaventuranza abre el camino a las demás, pues quien cree no necesitar nada de Dios difícilmente buscará Su consuelo, Su justicia o Su misericordia.
4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
Los que lloran reciben una promesa de consuelo. Jesús conoce el dolor que produce vivir en un mundo herido por el pecado, y también el pesar de quien reconoce el suyo propio. Su bendición no convierte el sufrimiento en algo deseable; anuncia que Dios se acerca a quienes llevan su dolor ante Él.
El consuelo comienza ahora, cuando el Señor perdona, sostiene y da esperanza. Alcanzará su plenitud cuando desaparezca para siempre la causa de las lágrimas, conforme a la promesa: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos» (Apocalipsis 21:4).
5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
Los mansos no son personas incapaces de actuar. Han aprendido a poner su fuerza bajo la voluntad de Dios y a renunciar a la violencia como medio para imponerse. Jesús mismo mostrará esa mansedumbre al invitar a los cansados a acudir a Él: «Soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29).
Que heredarán la tierra sorprende a quienes esperan que el mundo pertenezca a los más poderosos. Jesús retoma la esperanza del salmo: «Los mansos heredarán la tierra» (Salmo 37:11). La herencia no será fruto de la fuerza con que la arrebaten, sino de la fidelidad de Dios, que les dará un lugar en Su reino.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Quienes tienen hambre y sed de justicia la desean con la urgencia de una necesidad vital. Anhelan vivir conforme a la voluntad de Dios y ver que Su justicia alcance también a un mundo donde abundan la opresión y el mal. No se conforman con aparentar rectitud: desean ser transformados por el Señor.
Jesús promete que serán saciados. Dios responde a ese anhelo al recibir al pecador que acude a Él, formar en los creyentes una vida obediente y llevar finalmente Su justicia a plenitud. La promesa sostiene a quienes todavía ven injusticias sin resolver: su hambre no quedará olvidada.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Los misericordiosos han comprendido cuánto necesitan ellos mismos la misericordia de Dios. Por eso miran al prójimo con compasión y procuran ayudar, perdonar y aliviar su carga. La misericordia no consiste en llamar bueno al mal, sino en tratar a las personas sin dureza ni desprecio.
Cuando Jesús dice que alcanzarán misericordia, no presenta la compasión como un precio que se paga para obtener el favor divino. Muestra la vida que nace en quien ha recibido ese favor. Como enseña Santiago, «la misericordia triunfa sobre el juicio» (Santiago 2:13).
8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Los de limpio corazón buscan a Dios con sinceridad. Jesús va más allá de la apariencia religiosa y se dirige al lugar donde nacen los deseos, las intenciones y las decisiones. Nadie purifica su corazón por esfuerzo propio; necesita que Dios obre en su interior. Por eso la oración de David sigue siendo apropiada: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10).
La promesa de que verán a Dios habla de una comunión real con Él, que comienza por la fe y llegará a su plenitud en Su presencia. Lo que ahora conocemos parcialmente será entonces contemplado sin la oscuridad que el pecado introduce en nuestra mirada.
9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Los pacificadores hacen más que evitar discusiones. Procuran sanar relaciones, hablar con verdad, renunciar a la venganza y buscar una reconciliación que no oculte la injusticia. Siguen así al Señor que vino a traer paz mediante Su propia entrega: «Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Colosenses 1:20).
Serán llamados hijos de Dios porque su conducta refleja el carácter de su Padre. No crean la paz mediante sus propias fuerzas ni pueden imponerla a quienes la rechazan, pero sí pueden dar testimonio de ella allí donde el Señor los ha puesto.
10 a 12 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
Jesús cierra las bienaventuranzas mirando de frente una realidad difícil: quienes viven conforme a la justicia del reino pueden ser perseguidos. Después habla directamente a Sus discípulos. Si los insultan, los persiguen o mienten contra ellos por causa de Jesús, no deben concluir que Dios los ha abandonado.
La bendición se refiere al sufrimiento por fidelidad a Cristo, no a cualquier oposición que una persona reciba. Jesús los llama a alegrarse porque su recompensa en los cielos es grande y porque los profetas también fueron perseguidos. El discípulo puede atravesar el rechazo sin perder la esperanza: el reino prometido al comienzo de esta enseñanza sigue siendo suyo al final.
La sal de la tierra y la luz del mundo
Mateo 5:13 a 16
13 Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús muestra la responsabilidad de quienes viven bajo el reino de los cielos. Sus discípulos son la sal de la tierra: su presencia debe ayudar a preservar el bien y dar testimonio de la verdad de Dios en medio de un mundo herido por el pecado.
La sal que pierde su sabor deja de cumplir su propósito. Del mismo modo, cuando los discípulos abandonan la fidelidad a Cristo y se amoldan a aquello que contradice Su enseñanza, su testimonio pierde fuerza. Jesús no los llama a apartarse de las personas, sino a vivir entre ellas de manera que su conducta conserve el sabor del reino.
14 a 15 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
Jesús también los llama la luz del mundo. La luz que reciben procede de Él, pues Cristo es la luz verdadera que vino al mundo. Sus seguidores la reflejan mediante una vida de fe, obediencia y amor: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas» (Juan 8:12).
Una ciudad situada en un monte no puede ocultarse, y nadie enciende una lámpara para cubrirla. Estas imágenes enseñan que la fe no está destinada a quedar escondida. Los creyentes (la iglesia, entendida como el conjunto de creyentes que pertenecen a Cristo) han de dar un testimonio visible, sin buscar protagonismo, para que la verdad y la bondad de Dios puedan reconocerse.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.
La luz resplandece por medio de las buenas obras de los discípulos, pero su propósito no es atraer admiración hacia ellos. Jesús ordena que esas obras conduzcan a glorificar al Padre que está en los cielos. El servicio, la misericordia, la integridad y el amor hacen visible el carácter de Dios cuando nacen de una vida rendida a Él.
Así, la sal y la luz expresan dos aspectos de una misma misión: los discípulos influyen en el mundo mediante una fidelidad que preserva el bien y un testimonio que lo ilumina. Su vida puede llevar a otros a dar gloria a Dios, conforme a la exhortación apostólica: «Para que seáis irreprensibles y sencillos… resplandecéis como luminares en el mundo» (Filipenses 2:15).
Jesús y el cumplimiento de la Ley
Mateo 5:17 a 20
17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
Después de enseñar quiénes son bienaventurados y qué misión tienen Sus discípulos en el mundo, Jesús aclara cómo deben entenderse Sus palabras frente a las Escrituras de Israel. No ha venido a abrogar la Ley o los Profetas, sino a cumplirlos. La Ley y los Profetas designan aquí el testimonio de las Escrituras que anunciaban la voluntad de Dios y preparaban el camino para Su obra.
Cumplir no significa limitarse a repetir cada mandato sin atender a su propósito. Jesús lleva la revelación a su plenitud: obedece perfectamente la voluntad del Padre y realiza lo que las Escrituras anunciaban. Por eso puede decir: «La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Juan 1:17). En Él, las promesas y el propósito de Dios llegan a su cumplimiento.
18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
Jesús afirma con solemnidad que ni la letra más pequeña ni el rasgo más diminuto de la Ley desaparecerán antes de que todo se cumpla. Con ello declara la firmeza de la Palabra de Dios: nada de lo que el Señor ha revelado es insignificante ni puede desecharse según la conveniencia humana.
La llegada de Jesús no vuelve inútil la Escritura; revela hacia dónde conducía y cómo alcanza su propósito en Él. En otra ocasión afirmó: «Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley» (Lucas 16:17). Su enseñanza invita a leer las Escrituras con reverencia, reconociendo su cumplimiento en la obra del Mesías.
19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
Quien desprecia incluso uno de los mandamientos y enseña a otros a hacer lo mismo se coloca en contradicción con el reino que Jesús anuncia. En cambio, quien los practica y enseña será llamado grande en el reino de los cielos. Jesús no está animando a una obediencia de apariencia ni a una acumulación de reglas; está mostrando que la enseñanza de Dios merece ser recibida con seriedad y vivida con fidelidad.
La obediencia verdadera nace de atender al Señor y transmitir Su voluntad sin rebajarla. Por eso Jesús dirá más adelante que quien le ama guarda Sus mandamientos (Juan 14:15). La vida del discípulo no compra el acceso al reino: manifiesta, con hechos, que ha recibido y toma en serio la palabra del Rey.
Este respeto por la Ley debe entenderse a la luz de su cumplimiento en Cristo y del nuevo pacto. Los sacrificios y las disposiciones rituales encuentran en Él su propósito, como explica Hebreos 10:1 a 14. Los creyentes reciben las Escrituras como Palabra de Dios y aprenden a vivir bajo la enseñanza del Señor, sin convertir la observancia de la Ley mosaica en condición para alcanzar la salvación.
20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
La justicia que caracteriza a los discípulos debe superar la de los escribas y fariseos. Jesús no censura aquí el deseo de obedecer a Dios, sino una religiosidad que puede cuidar minuciosamente las formas y, al mismo tiempo, descuidar la justicia, la misericordia y la fidelidad. Más adelante denunciará precisamente ese desequilibrio: «Dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23).
La justicia del reino llega al corazón y transforma la vida entera. No consiste en aparentar perfección ante las personas, sino en vivir delante de Dios con una obediencia sincera que nace de la fe. Así prepara Jesús lo que enseñará en las secciones siguientes: la voluntad divina no se limita a evitar el mal exterior, sino que alcanza los pensamientos, los deseos y las relaciones.
La ira y la reconciliación
Mateo 5:21 a 26
21 a 22 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
Jesús comienza a mostrar qué significa la justicia del reino en la vida cotidiana. Toma el mandamiento que prohíbe matar y lleva la atención hasta la raíz que puede conducir a la violencia: la ira que se alberga contra el hermano. El pecado no comienza únicamente cuando la mano hace daño; también puede crecer en el corazón, alimentado por el desprecio y el rencor.
Las expresiones de insulto que Jesús menciona revelan cómo esa ira se convierte en palabras que degradan al otro. El discípulo no debe considerar inocente el desprecio solo porque no haya llegado a la agresión física. Santiago describe ese peligro al enseñar que «la lengua es un fuego» (Santiago 3:6): las palabras pueden herir profundamente y alimentar divisiones.
Jesús no equipara sin matices toda emoción de enojo con el asesinato. Señala el peligro de una ira que se convierte en hostilidad y condena al prójimo desde el corazón. La justicia que Él pide comienza cuando reconocemos ese peligro y buscamos la paz antes de que el resentimiento gobierne nuestras acciones.
23 a 24 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
Por eso Jesús lleva la enseñanza hasta el momento del culto. Si alguien recuerda, al presentar su ofrenda, que su hermano tiene algo contra él, debe dejar la ofrenda y buscar primero la reconciliación. El culto a Dios no puede separarse de la manera en que tratamos al prójimo.
La prioridad no significa que Dios rechace la adoración, sino que no acepta una devoción usada para ocultar la falta de amor. La reconciliación requiere humildad: acercarse, reconocer el daño y procurar reparar la relación, siempre que sea posible. El apóstol Juan expresa esta misma coherencia al escribir: «El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20).
25 a 26 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
Jesús concluye con la imagen de dos personas que van camino al tribunal. Les aconseja resolver pronto el conflicto, antes de que la disputa llegue ante el juez y termine en una consecuencia más grave. La enseñanza subraya la urgencia de buscar la paz mientras todavía hay oportunidad.
La imagen también recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias y que no conviene aplazar la responsabilidad. El discípulo procura arreglar lo que está en sus manos, no alimentar la enemistad ni confiar en que el tiempo resolverá por sí solo el daño. Pablo exhortará de forma semejante: «Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres» (Romanos 12:18). La reconciliación no siempre depende de una sola persona, pero cada creyente puede dar el primer paso con verdad y humildad.
El adulterio y la pureza del corazón
Mateo 5:27 a 30
27 a 28 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
Jesús vuelve a tomar un mandamiento conocido y muestra que su alcance no se limita al acto exterior. La infidelidad puede comenzar antes, cuando una persona alimenta deliberadamente una mirada que convierte al prójimo en objeto de deseo. Así, Cristo dirige la atención al corazón, donde nacen las decisiones que después se hacen visibles.
No se trata de condenar una mirada fugaz o una tentación que se rechaza, sino de advertir contra el deseo cultivado con intención. La fidelidad que Dios quiere abarca la conducta y las motivaciones. Job expresó esa decisión interior diciendo: «Hice pacto con mis ojos» (Job 31:1). El discípulo pide al Señor un corazón limpio y aprende a mirar a los demás con dignidad y respeto.
29 a 30 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
Las imágenes del ojo y la mano derechos son deliberadamente enérgicas. Jesús enseña que hay que actuar con decisión frente a aquello que conduce al pecado. No está mandando a mutilarse el cuerpo; señala que ninguna pérdida temporal debe parecernos demasiado grande si nos ayuda a apartarnos de lo que destruye nuestra comunión con Dios y daña al prójimo.
Esa decisión puede requerir cortar hábitos, evitar situaciones o renunciar a aquello que alimenta la tentación. La lucha contra el pecado no se vence jugando con él, sino buscando la ayuda de Dios y tomando medidas concretas. Pablo exhorta a los creyentes: «Huid de la fornicación» (1 Corintios 6:18). Jesús llama a una pureza sincera, que comienza en el interior y se expresa en una vida fiel.
El matrimonio y el divorcio
Mateo 5:31 a 32
31 a 32 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.
Jesús aborda ahora el divorcio y confronta una interpretación que podía reducir el asunto a cumplir un trámite para despedir a la esposa. Su enseñanza devuelve al matrimonio su seriedad delante de Dios: no es una relación que pueda disolverse a la ligera, pues afecta profundamente a quienes la han contraído.
Al decir que el marido «hace que ella adultere», Jesús señala la gravedad de un repudio injustificado que rompe la convivencia y coloca a la mujer ante una nueva unión mientras el vínculo anterior sigue siendo considerado válido delante de Dios. No está afirmando que la mujer peque por el mero hecho de haber sido repudiada; denuncia las consecuencias del proceder de quien la despide.
La expresión que Jesús introduce como excepción se refiere a la inmoralidad sexual. A lo largo de la historia cristiana se ha debatido su alcance: algunos la entienden como una causa que permite el divorcio; otros consideran que señala una unión sexual ilícita. En cualquier caso, el pasaje no presenta el divorcio como algo trivial ni autoriza a usarlo para encubrir la infidelidad o el abandono del compromiso. Jesús está reprendiendo el repudio irresponsable y defendiendo la fidelidad matrimonial.
Esta enseñanza debe recibirse con reverencia y compasión, especialmente al acompañar a quienes han sufrido traición, violencia o abandono. No justifica que una persona permanezca expuesta al peligro ni convierte el dolor de una familia en motivo de condena. El propósito de Jesús es llamar a la fidelidad y proteger la dignidad del vínculo matrimonial. Su enseñanza coincide con el testimonio de las Escrituras sobre la permanencia del compromiso: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6).
La verdad en nuestras palabras
Mateo 5:33 a 37
33 a 36 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
Jesús enseña a Sus discípulos a hablar con verdad y sencillez. En su tiempo, algunos juramentos se consideraban vinculantes según las fórmulas utilizadas, como si una persona pudiera evitar la responsabilidad de sus palabras jurando por algo distinto del nombre de Dios. Jesús rechaza esa manera de hablar: la creación entera pertenece a Dios, de modo que invocarla no convierte una afirmación dudosa en verdadera.
Jesús no se limita a condenar el juramento falso; llama a Sus discípulos a una veracidad que haga innecesario reforzar continuamente sus palabras mediante juramentos. El cielo, la tierra y Jerusalén pertenecen a Dios, y ni siquiera nuestra propia vida está bajo nuestro dominio absoluto. Por eso, la palabra del creyente debe ser digna de confianza por su integridad.
37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
Jesús resume la enseñanza con una pauta sencilla: que el sí sea sí y el no sea no. La palabra del creyente debe ser confiable porque refleja la verdad, no porque se acompañe de promesas grandilocuentes. La enseñanza no resta seriedad a los compromisos que asumimos; exige que toda nuestra palabra sea honesta y que cumplamos lo prometido.
El apóstol Santiago recoge la misma enseñanza al exhortar: «Sea vuestro sí, sí; y vuestro no, no» (Santiago 5:12). Así, la justicia del reino se manifiesta también en la conversación diaria: hablar con claridad, cumplir lo prometido y no usar las palabras para engañar ni presionar al prójimo.
Renunciar a la venganza
Mateo 5:38 a 42
38 a 39 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;
Jesús cita la antigua norma de «ojo por ojo y diente por diente», que en la Ley limitaba el castigo para que no excediera el daño causado. Su propósito era frenar la venganza desmedida, no alentarla. Ahora Jesús enseña a Sus discípulos a renunciar a la represalia personal: no deben devolver mal por mal ni dejar que el deseo de desquitarse gobierne su respuesta.
La imagen de ofrecer también la otra mejilla expresa una disposición a soportar una ofensa sin responder con otra. No significa que la violencia sea justa ni que quien la padece deba quedar desamparado. Jesús llama a vencer la espiral de represalias y a buscar una respuesta que no reproduzca el mal. Pablo lo resume así: «No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal» (Romanos 12:21).
40 a 42 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
Jesús continúa con ejemplos concretos de generosidad y servicio. Ante una demanda injusta, una obligación impuesta o una petición de ayuda, llama a responder con un corazón libre de egoísmo. La túnica, la capa y la milla adicional ilustran una disposición que no se aferra a cada derecho como ocasión para enfrentarse al prójimo.
Esto no obliga a aprobar la injusticia ni a entregar a otros el poder de hacer daño. El propio Jesús, cuando fue golpeado durante el interrogatorio, pidió que se demostrara la falta si había hablado mal (Juan 18:23). La enseñanza de este pasaje combate la venganza y la dureza del corazón; anima a actuar con generosidad y sabiduría, sin devolver la ofensa ni renunciar a buscar protección y justicia.
Amar a los enemigos
Mateo 5:43 a 48
43 a 45 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
Jesús lleva la enseñanza hasta una de sus expresiones más exigentes: amar a los enemigos y orar por quienes persiguen a Sus discípulos. El mandamiento de amar al prójimo pertenecía a la Ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18). La frase «aborrecerás a tu enemigo» no constituye un mandamiento general de la Ley de Moisés. De hecho, Éxodo 23:4 a 5 manda ayudar al enemigo cuando su animal se extravía o cae bajo una carga. Jesús corrige una interpretación que restringía el amor al propio círculo y dejaba fuera a quienes eran considerados enemigos.
Amar al enemigo no significa aprobar su maldad ni sentir afecto espontáneo por quien hace daño. Significa renunciar a la venganza, desear que Dios obre con justicia y misericordia, y tratar al otro sin devolverle el mal. Orar por quien nos persigue es una forma concreta de no permitir que el odio gobierne el corazón.
Jesús señala la generosidad de Dios, que hace salir el sol y envía la lluvia sobre justos e injustos. El Padre concede bienes aun a quienes no lo reconocen, y Sus hijos están llamados a reflejar esa misericordia. Dios mostró Su amor hacia nosotros cuando todavía éramos pecadores: «Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).
46 a 47 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?
Jesús muestra que amar únicamente a quienes nos aman y saludar solo a los de nuestro propio círculo no expresa todavía la amplitud del amor al que llama a Sus discípulos. Los publicanos también amaban a quienes les correspondían, y los gentiles saludaban a sus propios hermanos. El amor del discípulo debe extenderse incluso a quienes le resultan hostiles.
Cristo no menosprecia el amor que existe entre familiares y amigos; nos llama a dejar que el amor de Dios ensanche nuestro círculo. Saludar y tratar con bondad a quien no puede ofrecernos beneficio, y aun a quien nos ha ofendido, hace visible una misericordia que no depende de recibir algo a cambio.
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Jesús concluye llamando a Sus discípulos a ser perfectos como su Padre celestial es perfecto. Aquí «perfectos» señala una integridad y plenitud de amor que abarca también al enemigo, no una afirmación de que el creyente alcance en esta vida una condición sin pecado. El amor del Padre no se detiene en quienes le corresponden; los discípulos deben crecer hacia esa misma amplitud y madurez.
Así culmina esta parte del Sermón del Monte. Jesús ha mostrado que la justicia del reino alcanza las palabras, los deseos, las relaciones y la manera de responder al mal. No se reduce a una apariencia religiosa: nace de un corazón transformado que aprende a reflejar el carácter misericordioso del Padre.
Resumen teológico y espiritual
Mateo 5 presenta la vida de quienes pertenecen al reino de los cielos. Jesús comienza proclamando bienaventurados a los pobres en espíritu, a los que lloran, a los mansos, a quienes anhelan la justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los pacificadores y a quienes sufren persecución por causa de la justicia. En ellos se ve que la bendición de Dios no depende del prestigio ni del poder, sino de una vida humilde que confía en Él y espera Su consuelo, Su justicia y Su reino.
A continuación, Jesús encomienda a Sus discípulos ser sal de la tierra y luz del mundo. Su fe debe hacerse visible mediante una vida que preserve el bien y dé testimonio de Dios. Los creyentes —la iglesia, entendida como el conjunto de quienes pertenecen a Cristo— no viven para atraer gloria hacia sí mismos, sino para que otros reconozcan la bondad del Padre.
Jesús declara que no vino a anular las Escrituras, sino a llevarlas a su cumplimiento. Por eso, la justicia que pide a Sus discípulos debe penetrar más profundamente que una obediencia de apariencia: alcanza la ira y el desprecio, llama a procurar la reconciliación, exige pureza en las intenciones, honra la fidelidad matrimonial y pide que nuestras palabras sean verdaderas y confiables. La voluntad de Dios no se limita a regular los actos exteriores; transforma el corazón del que los realiza.
Esa transformación también cambia la manera de responder a la ofensa. Jesús llama a renunciar a la venganza personal, a actuar con generosidad y a amar incluso a los enemigos, sin aprobar la maldad ni abandonar la búsqueda de justicia y protección. Así se manifiesta una semejanza creciente con el Padre, que muestra bondad incluso a quienes no le corresponden.
El capítulo conduce finalmente a una vida íntegra, cuyo amor no se encierra en quienes nos aman. La perfección a la que Jesús llama expresa esa madurez de un corazón formado por el carácter de Dios. Mateo 5 nos muestra, por tanto, que el reino de los cielos no es solo una esperanza futura: comienza a reflejarse ahora en quienes reciben la gracia de Cristo y aprenden a vivir bajo Su enseñanza.
Concordancias principales de Mateo 5
Isaías 61:3 «A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza».
El anuncio del consuelo prometido anticipa la bienaventuranza de quienes lloran y esperan la restauración de Dios.
1 Pedro 2:9 «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios».
Pedro relaciona la identidad del pueblo de Dios con la misión de anunciar Sus virtudes, en armonía con la imagen de los discípulos como luz del mundo.
Jeremías 31:33 «Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón».
Esta promesa ilumina la justicia que Jesús enseña: la voluntad de Dios no ha de quedarse en una observancia exterior, sino alcanzar el interior de la persona.
Efesios 4:31 a 32 «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo».
Pablo aplica a la vida de los creyentes la enseñanza de Jesús sobre abandonar la ira dañina y tratar al prójimo con bondad y perdón.
Hebreos 13:4 «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla».
La exhortación confirma la dignidad del matrimonio y el llamado a vivir con fidelidad.
Proverbios 12:22 «Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento».
La enseñanza de Jesús sobre un sí y un no confiables concuerda con el deseo de Dios de que Su pueblo hable con verdad.
Romanos 12:14 «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis».
Esta instrucción apostólica expresa en la vida diaria el llamado de Jesús a orar por quienes persiguen a Sus discípulos.
Romanos 12:17 «No paguéis a nadie mal por mal».
Pablo reafirma que el discípulo no debe responder a la ofensa con venganza, sino procurar lo bueno delante de todos.
Bibliografía
D. A. Carson – The Expositor’s Bible Commentary: Matthew.
R. T. France – The Gospel of Matthew.
Craig S. Keener – A Commentary on the Gospel of Matthew.
Leon Morris – The Gospel According to Matthew.
William Hendriksen – Exposition of the Gospel According to Matthew.
John MacArthur – Matthew, en la serie MacArthur New Testament.
Biblia Reina-Valera 1960.
Juan Cid