Evangelio según San Mateo
Capítulo 28
La resurrección de Jesucristo y la misión de Sus discípulos
Índice del capítulo
Texto bíblico
La resurrección
1 Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro.
2 Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.
3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve.
4 Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.
5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.
6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos,
9 he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.
10 Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
El informe de la guardia
11 Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.
12 Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados,
13 diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.
14 Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.
15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.
La gran comisión
16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.
17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.
18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Comentarios y análisis
La resurrección de Jesucristo y la misión de Sus discípulos
El sepulcro abierto y el anuncio de la resurrección
Mateo 28:1 a 7
1 Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro.
Pasado el día de reposo, cuando comienza a amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María van a ver el sepulcro. Mateo había mostrado que ambas habían permanecido cerca de la tumba después de la sepultura, según Mateo 27:61. Regresan, por tanto, al lugar donde habían visto depositar el cuerpo de Jesús.
Su presencia une el relato de la muerte con el de la resurrección. El sepulcro que encuentran abierto es el mismo en el que Jesús había sido sepultado. La esperanza que está a punto de anunciarse nace precisamente allí donde habían contemplado la aparente victoria de la muerte.
Las mujeres llegan movidas por su vinculación con Jesús, sin que Mateo diga que esperaban encontrarlo resucitado. Dios las conduce desde el dolor hacia una noticia que supera sus expectativas. Su fidelidad en medio de la tristeza las sitúa como primeras destinatarias del anuncio y primeras mensajeras para los discípulos.
El primer día de la semana quedará especialmente relacionado con la resurrección del Señor. Más adelante, el Nuevo Testamento mostrará a los creyentes reunidos ese día para partir el pan, según Hechos 20:7. Aquí, sin embargo, el centro de la escena es el acontecimiento que transforma aquel amanecer: Jesús ha vencido a la muerte.
2 Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.
Se produce un gran terremoto, y un ángel del Señor desciende del cielo, se acerca al sepulcro, retira la piedra y se sienta sobre ella.
La intervención celestial anuncia que Dios está obrando. La piedra que cerraba la tumba y el dispositivo humano destinado a asegurarla no pueden impedir lo que el Señor ha determinado.
Mateo no describe el instante en que Jesús vuelve a la vida ni presenta al ángel como quien lo resucita. Cuando las mujeres reciben la explicación, la resurrección ya es una realidad. La apertura del sepulcro permite contemplar que Jesús ya no está allí.
El ángel sentado sobre la piedra ofrece una imagen de autoridad y de victoria. Aquello que había servido para cerrar la tumba queda bajo la presencia del mensajero celestial. El lugar de la muerte comienza a convertirse en un espacio de testimonio.
3 a 4 Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.
El aspecto del ángel es como un relámpago y su vestido es blanco como la nieve. Los guardias tiemblan de miedo y quedan como muertos.
La descripción transmite el temor que produce una manifestación celestial. Los hombres que custodiaban a un muerto quedan inmovilizados, mientras Aquel cuyo cuerpo vigilaban ha resucitado.
La escena muestra la impotencia del poder humano para retener al Hijo de Dios bajo el dominio de la muerte. El sello, la piedra y la vigilancia habían expresado la intención de asegurar definitivamente el sepulcro, pero ninguno de esos medios podía anular la promesa divina.
Pedro explicará después lo sucedido con estas palabras: «Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible ser detenido de ella» (Hechos 2:24). La resurrección manifiesta que la muerte no podía conservar su dominio sobre Jesús.
5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.
El ángel se dirige a las mujeres y les dice que no teman, porque sabe que buscan a Jesús, el que fue crucificado.
El mensaje reconoce al Señor mediante Su muerte. El Resucitado es el mismo Jesús que fue crucificado. La gloria no borra Su entrega ni convierte la cruz en un episodio ajeno a Su identidad.
Las mujeres no reciben una explicación abstracta acerca de la supervivencia del alma. Han ido al sepulcro de una persona concreta, cuyo cuerpo había sido depositado allí, y el anuncio se refiere a Él.
La invitación a no temer comienza a transformar el sentido de lo que contemplan. La manifestación celestial que ha aterrorizado a los guardias trae para ellas una noticia de consuelo. Dios conoce a quién buscan y las llama a escuchar.
6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.
El ángel anuncia que Jesús no está allí porque ha resucitado, tal como había dicho, y las invita a mirar el lugar donde había sido puesto.
La resurrección confirma la fidelidad de la palabra de Jesús. Él había anunciado Su muerte y Su resurrección, como recoge Mateo 16:21. Los discípulos no habían comprendido plenamente esas palabras, pero su incomprensión no había cambiado el propósito del Señor.
La invitación a contemplar el lugar vacío incorpora un elemento concreto al anuncio. La tumba ya no contiene el cuerpo, y la palabra del mensajero explica el significado de esa ausencia.
La resurrección es corporal, aunque la vida del Resucitado pertenece a una condición gloriosa que supera nuestra experiencia presente. Lucas recoge esta afirmación de Jesús ante Sus discípulos: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lucas 24:39).
Esta verdad sostiene el anuncio cristiano. Jesús ha entrado victoriosamente en una vida sobre la que la muerte ya no tiene dominio. Como explica Pablo: «Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere: la muerte no se enseñoreará más de él» (Romanos 6:9).
7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho.
Las mujeres reciben el encargo de ir pronto a comunicar a los discípulos que Jesús ha resucitado y que irá delante de ellos a Galilea.
La noticia de la resurrección lleva consigo una misión. Quienes acaban de recibir consuelo deben compartirlo con aquellos que permanecen en la tristeza y el desconcierto.
La referencia a Galilea recuerda la promesa que Jesús había hecho antes de Su detención: después de resucitar, iría delante de ellos a aquel lugar, según Mateo 26:32. El Señor no ha olvidado Su palabra ni ha abandonado a quienes lo dejaron durante la pasión.
Galilea es también la región donde había comenzado buena parte de Su ministerio y donde había llamado a varios de Sus discípulos. Ahora se convierte en lugar de reencuentro y de envío. La historia compartida con Jesús no termina en el fracaso de aquella noche; Su gracia abre un nuevo comienzo.
Jesús sale al encuentro de las mujeres
Mateo 28:8 a 10
8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos,
Las mujeres se alejan rápidamente del sepulcro con temor y gran alegría, y corren a comunicarlo a los discípulos.
Ambas emociones conviven en ellas. Han recibido una noticia inmensa y han presenciado una intervención celestial que todavía están asimilando. Su alegría no necesita esperar a que desaparezca toda conmoción para comenzar a obedecer.
La fe empieza a ponerse en movimiento mediante la respuesta al mensaje recibido. Las mujeres todavía tienen mucho que comprender, pero ya saben lo que deben anunciar.
Su prontitud contrasta con la quietud de la tumba y con la inmovilidad de los guardias. La noticia de la vida comienza a circular por medio de personas que habían acudido al lugar de la muerte.
9 he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.
Jesús sale a su encuentro y las saluda. Ellas se acercan, abrazan Sus pies y lo adoran.
El anuncio del ángel desemboca en el encuentro con el propio Señor. La esperanza cristiana se sostiene en Jesucristo vivo, y las mujeres tienen ahora delante a Aquel de quien acaban de recibir noticia.
El gesto de abrazar Sus pies expresa reconocimiento, afecto y reverencia, y confirma el carácter corporal del encuentro. Jesús puede ser tocado; no es simplemente una experiencia interior de las mujeres.
Mateo añade que lo adoran. El gesto adquiere especial profundidad dentro de un Evangelio en el que Jesús había afirmado que la adoración corresponde a Dios, según Mateo 4:10. El Resucitado recibe su homenaje sin apartarlas de Él, y el final del capítulo mostrará de nuevo a los discípulos adorándolo.
La resurrección descubre con nueva luz la identidad de Aquel a quien habían seguido. Su humanidad permanece real, y Su gloria reclama una respuesta que alcanza lo más profundo de la fe.
10 Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
Jesús repite la invitación a no temer y les manda comunicar a Sus hermanos que vayan a Galilea, donde lo verán.
La expresión «mis hermanos» contiene una extraordinaria ternura. Los discípulos habían huido, y Pedro lo había negado, pero Jesús no los define por su abandono. Los llama a reunirse con Él desde una relación que Su misericordia mantiene abierta.
Esto no vuelve irrelevante su fracaso. Revela que la restauración comienza en la iniciativa del Señor, que sale al encuentro de los Suyos y vuelve a convocarlos.
La carta a los Hebreos expresa esta cercanía al afirmar que Cristo «no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebreos 2:11). El Salvador glorificado no desprecia a quienes necesitan ser levantados por Su gracia.
Las mujeres reciben así un encargo confirmado por Jesús mismo. En un contexto donde su testimonio no siempre gozaba del mismo reconocimiento social que el de los hombres, el Señor las honra como mensajeras de Su victoria y del reencuentro prometido.
El intento de encubrir la resurrección
Mateo 28:11 a 15
11 Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.
Mientras las mujeres van a comunicar el mensaje, algunos guardias se dirigen a la ciudad e informan a los principales sacerdotes de lo sucedido.
El relato presenta dos movimientos simultáneos. Las mujeres llevan el anuncio recibido del cielo; los guardias comunican a las autoridades los acontecimientos que han presenciado.
Mateo no afirma que los soldados vieran el instante de la resurrección. Habían sido testigos de la manifestación celestial y de la apertura del sepulcro, y podían informar de que la tumba ya no retenía el cuerpo que custodiaban.
La noticia alcanza así también a quienes habían procurado asegurarla. La intervención de Dios exige una respuesta, y el desarrollo del relato mostrará cómo deciden afrontarla.
12 a 13 Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.
Los principales sacerdotes se reúnen con los ancianos y acuerdan entregar una cantidad considerable de dinero a los soldados. Deben decir que los discípulos llegaron durante la noche y robaron el cuerpo mientras ellos dormían.
La decisión revela una voluntad de encubrimiento. En lugar de investigar con honestidad lo ocurrido, construyen una explicación destinada a neutralizar el anuncio.
La versión contiene además una dificultad evidente: si estaban dormidos, no podían identificar por observación propia a quienes supuestamente se habían llevado el cuerpo. Mateo muestra que su difusión nace de un acuerdo interesado.
El dinero vuelve a aparecer vinculado al rechazo de Jesús. Antes había intervenido en la traición de Judas; ahora se utiliza para sostener una mentira. La verdad puede ser resistida cuando amenaza el poder, la reputación o los intereses personales.
14 Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.
Los dirigentes prometen intervenir ante el gobernador si el asunto llega a sus oídos y evitar que los soldados tengan problemas.
La explicación que deben divulgar compromete a los propios guardias, pues admite que no cumplieron su tarea. Para obtener su colaboración, los dirigentes les ofrecen protección.
La escena permite observar cómo una mentira necesita apoyarse en otras actuaciones para mantenerse. El encubrimiento crea dependencias y compromisos que arrastran a más personas.
El conocimiento religioso de quienes organizan el acuerdo aumenta la gravedad de su decisión. Habían asumido la responsabilidad de orientar al pueblo hacia Dios, pero ahora utilizan su influencia para impedir que se reciba el testimonio de Su obra.
15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.
Los soldados aceptan el dinero y hacen lo que se les ha indicado. Mateo añade que aquella versión continuaba difundiéndose cuando escribió su Evangelio.
El evangelista incorpora así a su relato una explicación contraria a la resurrección y expone el origen que le atribuye. La controversia no surge únicamente en tiempos posteriores; acompaña desde el comienzo a la proclamación cristiana.
La resurrección será anunciada en medio de la oposición, y los discípulos deberán aprender a testificar con fidelidad. La existencia de una versión alternativa no convierte todas las explicaciones en igualmente verdaderas; exige examinar el testimonio y la respuesta que cada una ofrece a los hechos narrados.
El encuentro del Resucitado con Sus discípulos
Mateo 28:16 a 17
16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.
Los once discípulos se dirigen a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Mateo los llama «los once», recordando la ausencia de Judas. La comunidad que llega al encuentro conserva las heridas de la pasión. No aparece como un grupo de hombres que haya demostrado una fortaleza extraordinaria, sino como discípulos convocados de nuevo por la fidelidad de su Maestro.
El monte recuerda otros momentos importantes del Evangelio, especialmente la enseñanza de Jesús en Mateo 5 a 7 y la transfiguración en Mateo 17. El texto no identifica con precisión el lugar, pero lo presenta como escenario de una revelación decisiva.
Los discípulos acuden porque confían suficientemente en la palabra recibida para obedecerla. Esa respuesta los conduce al encuentro desde el que serán enviados al mundo.
17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.
Cuando ven a Jesús, lo adoran, aunque algunos dudan.
Mateo conserva este detalle sin disimularlo. La experiencia de los discípulos no aparece idealizada: delante del Resucitado conviven la adoración y la vacilación de quienes todavía están asimilando lo sucedido.
La palabra utilizada puede expresar duda o titubeo. No exige imaginar que aquellos hombres habían llegado a una negación definitiva de Jesús. El Evangelio muestra la dificultad humana de recibir una realidad que supera de manera tan profunda las expectativas anteriores.
Jesús se acerca a discípulos cuya comprensión todavía necesita madurar. La misión que les confiará no descansará en una autosuficiencia perfecta, sino en Su autoridad y en Su presencia.
Esta escena ofrece esperanza a quien cree y, al mismo tiempo, atraviesa preguntas o momentos de inseguridad. El camino del discípulo consiste en llevar esas dificultades ante Cristo y seguir escuchando Su palabra.
La autoridad universal de Jesucristo
Mateo 28:18
18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Jesús se acerca y declara que le ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra.
Esta afirmación es el fundamento de todo lo que sigue. La misión de los discípulos nace del señorío universal de Cristo. No serán enviados únicamente por el valor de sus convicciones personales ni por la fuerza de una organización humana.
El crucificado se manifiesta como el Rey glorificado. La sentencia de los hombres no ha determinado Su destino, y la resurrección confirma públicamente la victoria del propósito divino.
La referencia a una autoridad recibida debe comprenderse dentro de la misión del Hijo encarnado. Jesús no comienza a existir ni a ser divino después de resucitar. El Hijo eterno, que asumió nuestra humanidad y recorrió el camino de la obediencia, es exaltado como Mesías y Señor. Pablo describe esa exaltación al declarar: «Por lo cual Dios también le ensalzó a lo sumo, y dióle un nombre que es sobre todo nombre» (Filipenses 2:9).
La amplitud de Su autoridad recuerda la visión de Daniel: «Y fuéle dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron» (Daniel 7:14). Lo anunciado por el profeta encuentra su cumplimiento en Jesucristo.
Ningún pueblo, territorio o poder queda fuera de Su señorío. Esta certeza permitirá a los discípulos anunciar el Evangelio aun cuando encuentren resistencia. También establecerá un límite a cualquier pretensión de dominio personal: toda autoridad cristiana permanece sometida al Señor que envía.
Hacer discípulos de todas las naciones
Mateo 28:19
19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
Sobre el fundamento de Su autoridad, Jesús manda ir y hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El centro del encargo es hacer discípulos. La misión procura que las personas conozcan a Jesús, crean en Él y aprendan a vivir bajo Su señorío. La proclamación inicial es esencial, y debe abrir paso a un camino de formación, comunión y obediencia.
La expresión «todas las naciones» amplía el horizonte de los enviados. Durante Su ministerio terreno, Jesús había dirigido prioritariamente Su misión a Israel y había dado instrucciones particulares a los Doce en ese contexto, según Mateo 10:5 a 6. Ahora, desde Su victoria, los envía hacia todos los pueblos.
Esta apertura cumple la promesa hecha a Abraham: «Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3). La historia de la salvación alcanza su plenitud en Cristo y se anuncia a toda la humanidad. Ninguna cultura ni procedencia étnica constituye una barrera que impida a una persona ser recibida por la fe.
El bautismo forma parte expresa del mandato. La fe en Cristo está llamada a una confesión visible de pertenencia a Él, y el bautismo acompaña la entrada en la vida de Sus discípulos. No debe reducirse a una costumbre social desligada del Evangelio ni considerarse una autorización para vivir después al margen del Señor.
Pablo explica su significado en relación con la muerte y la resurrección de Jesús: «Porque somos sepultados juntamente con él a muerte por el bautismo; para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida» (Romanos 6:4).
La fórmula bautismal posee además una profunda importancia para comprender la revelación de Dios. Jesús habla de un solo nombre, en singular, y menciona al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los distingue personalmente y, al mismo tiempo, los reúne en el único nombre bajo el que se recibe al discípulo.
Este pasaje constituye uno de los fundamentos más importantes de la confesión cristiana de la Trinidad. Su comprensión se desarrolla junto con el conjunto de las Escrituras: un solo Dios, eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Hijo y el Espíritu no aparecen aquí como criaturas añadidas al nombre divino, sino dentro de la misma confesión bautismal que expresa la pertenencia del creyente a Dios.
La misión conserva así un carácter profundamente trinitario. Los discípulos son enviados por el Hijo resucitado para introducir a otros en una vida de relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Enseñar a obedecer y vivir en la presencia de Cristo
Mateo 28:20
20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Jesús completa el encargo mandando enseñar a los nuevos discípulos a guardar todo lo que Él ha ordenado.
La enseñanza cristiana procura una obediencia nacida de la fe. Transmitir información es necesario, pero el propósito alcanza la vida entera: aprender a amar, perdonar, decir la verdad, practicar la misericordia, vivir en pureza y confiar en el Padre.
La palabra «todo» impide reducir el mensaje a las enseñanzas que resultan más cómodas. La comunidad de creyentes —la iglesia— debe recibir y transmitir fielmente el conjunto de lo que Cristo ha dado, interpretándolo a la luz de Su persona, Su obra y el testimonio de las Escrituras.
La obediencia no compra la salvación. Es la respuesta de quienes han sido alcanzados por Su gracia y están aprendiendo a vivir unidos a Él. Jesús había expresado esa relación de manera sencilla: «Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15).
El mandato concluye con una promesa: Jesús estará con los Suyos todos los días, hasta el fin del mundo, entendido aquí como la consumación de esta era.
Su presencia alcanza los días de fecundidad y los de aparente esterilidad, los momentos de claridad y los de sufrimiento. Los discípulos no tendrán que sostener la misión contando únicamente con sus propios recursos.
Esta promesa devuelve al lector al comienzo del Evangelio. Allí Jesús fue presentado como Emanuel, «Dios con nosotros» (Mateo 1:23). Ahora, al final, el Resucitado asegura que Su presencia acompañará a quienes envía. Toda la historia queda abrazada por esa fidelidad divina.
La promesa no significa que Jesús los acompañará únicamente hasta una fecha para abandonarlos después. Señala Su presencia durante todo el tiempo de la misión, hasta que la historia alcance su consumación y los Suyos participen plenamente de la comunión con Él.
La última palabra del Evangelio de Mateo es una promesa de compañía. El Señor que ha vencido a la muerte envía a discípulos todavía frágiles y les entrega una certeza suficiente para comenzar: no caminarán solos.
Resumen teológico y espiritual
Mateo 28 proclama que Jesucristo ha resucitado y vive para siempre. Su muerte fue real, Su sepultura fue real y Su victoria alcanza precisamente esa muerte que parecía haber cerrado Su historia. El sepulcro vacío recibe su explicación mediante el anuncio celestial y los encuentros con el propio Señor. La fe cristiana queda fundada en la obra de Dios realizada en Jesús, cuya palabra se ha cumplido.
La resurrección ilumina el significado de la cruz. El condenado por los hombres es vindicado por el Padre, y Su entrega aparece como el camino de una victoria que abre esperanza para quienes creen en Él. Pablo expresa la trascendencia de esta verdad al afirmar: «Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados» (1 Corintios 15:17). El Evangelio anuncia, por tanto, una salvación inseparable del Salvador vivo.
La gracia del Resucitado se manifiesta en Su trato con los discípulos. Jesús los llama hermanos, los reúne y les confía Su misión después de su abandono. El fracaso no tiene la última palabra cuando el Señor restaura. Aquellos hombres deberán aprender, madurar y perseverar, pero podrán hacerlo sostenidos por una misericordia que ha tomado la iniciativa de buscarlos.
La autoridad universal de Cristo abre la misión hacia todos los pueblos. El mandato de hacer discípulos une el anuncio, el bautismo y la enseñanza de una vida obediente. La comunidad de creyentes es llamada a servir a ese propósito, ayudando a que otras personas conozcan al Señor y aprendan a seguirlo. Su tarea recibe una orientación precisa en la palabra de Jesús y una esperanza firme en Su victoria.
El nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sitúa esa vida nueva dentro de la comunión con el único Dios. La misión procede de Su amor y conduce hacia Él. Ningún discípulo es enviado a construir un reino propio, sino a testificar del Señor y a acompañar a otros en el camino de la fe.
El capítulo culmina en la presencia permanente de Jesucristo con los Suyos. Esa promesa sostiene la obediencia cotidiana, el testimonio y la perseverancia. El Señor resucitado sigue siendo Emanuel: Dios con nosotros. Por eso la misión puede avanzar en medio de la debilidad humana, y la esperanza puede mantenerse incluso ante la muerte.
Concordancias principales comentadas
Romanos 4:24 a 25 «Sino también por nosotros, a quienes será imputado, esto es, a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro, el cual fué entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación».
Pablo une la muerte y la resurrección de Jesús dentro de una misma obra salvadora. El creyente confía en Dios, que entregó a Su Hijo por nuestros pecados y lo levantó de entre los muertos. La justificación descansa en esa obra divina y no en una capacidad humana de reparar por completo la propia culpa.
1 Pedro 1:3 «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos».
La resurrección da origen a una esperanza viva porque su fundamento es un Salvador que vive. Esta esperanza alcanza el presente del creyente y sostiene su futuro. La misericordia de Dios abre una vida nueva que puede perseverar aun en medio del sufrimiento.
1 Corintios 15:20 a 22 «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados».
Cristo resucitado es presentado como las primicias de la cosecha futura. Su victoria anuncia la resurrección de quienes le pertenecen, como precisa el desarrollo del pasaje. La esperanza cristiana alcanza también al cuerpo y espera la derrota plena de la muerte.
Apocalipsis 1:17 a 18 «No temas: yo soy el primero y el último; y el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos, Amén. Y tengo las llaves del infierno y de la muerte».
El término traducido aquí como «infierno» corresponde a Hades, el ámbito de los muertos. Jesús se presenta como quien murió y vive eternamente, con autoridad sobre la muerte. Su victoria sostiene la invitación a no temer que las mujeres escucharon en el sepulcro.
Hechos 1:8 «Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra».
La palabra «virtud» significa aquí poder. La misión universal necesita la capacitación del Espíritu Santo y se desarrolla mediante el testimonio acerca de Jesús. Los discípulos son enviados más allá de sus fronteras habituales, sostenidos por una fuerza que procede de Dios.
2 Corintios 5:19 a 20 «Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios».
Hacer discípulos incluye anunciar la reconciliación que Dios ofrece en Cristo. La imagen de los embajadores recuerda que los mensajeros representan al Señor y deben transmitir fielmente Su palabra. Su tarea procura que otros respondan a la iniciativa salvadora de Dios.
2 Corintios 13:13 «La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la participación del Espíritu Santo sea con vosotros todos. Amén».
Esta bendición, numerada como 2 Corintios 13:14 en otras ediciones, reúne al Señor Jesucristo, a Dios y al Espíritu Santo en la vida de la comunidad. Complementa la fórmula bautismal de Mateo y muestra cómo la confesión trinitaria está vinculada a la experiencia de la gracia, el amor y la comunión.
2 Timoteo 2:2 «Y lo que has oído de mí entre muchos testigos, esto encarga a los hombres fieles que serán idóneos para enseñar también a otros».
La enseñanza recibida debe transmitirse con fidelidad a nuevas personas capaces de acompañar a otras. Esta continuidad desarrolla el mandato de enseñar a guardar lo que Jesús ordenó. La misión se extiende también mediante la formación paciente y responsable de los creyentes.
Hebreos 7:25 «Por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos».
El Salvador resucitado continúa viviendo e intercediendo por los Suyos. Su presencia no es un recuerdo conservado por la comunidad, sino la realidad de un Señor activo que sostiene a quienes se acercan a Dios por medio de Él.
1 Tesalonicenses 4:14 «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús».
La muerte y la resurrección de Cristo fundamentan el consuelo ante la pérdida de los creyentes. Quienes han muerto unidos a Él no quedan fuera de Su victoria. El Señor que promete acompañarnos todos los días guardará también la esperanza de los Suyos más allá de la muerte.
Textos bíblicos citados según la Reina-Valera de 1909.
Bibliografía recomendada
D. A. Carson, comentario sobre Mateo en The Expositor’s Bible Commentary.
R. T. France, The Gospel of Matthew.
Craig S. Keener, A Commentary on the Gospel of Matthew.
Leon Morris, The Gospel According to Matthew.
William Hendriksen, Exposition of the Gospel According to Matthew.
John MacArthur, Matthew, en la serie MacArthur New Testament Commentary.
Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
Juan Cid