Evangelio según San Mateo

Capítulo 13

Las parábolas del reino de los cielos

Índice del capítulo

Texto bíblico

Parábola del sembrador

1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar.

2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa.

3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.

4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;

6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

9 El que tiene oídos para oír, oiga.

Propósito de las parábolas

10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?

11 El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.

12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.

14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis.

15 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane.

16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.

17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.

Jesús explica la parábola del sembrador

18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:

19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;

21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.

Parábola del trigo y la cizaña

24 Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo;

25 pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.

26 Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.

27 Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?

28 El les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?

29 El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo.

30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.

Parábola de la semilla de mostaza

31 Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo;

32 el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

Parábola de la levadura

33 Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.

El uso que Jesús hace de las parábolas

34 Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba;

35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; Declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo.

Jesús explica la parábola de la cizaña

36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

37 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.

38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.

39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.

40 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo.

41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad,

42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.

El tesoro escondido

44 Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

La perla de gran precio

45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas,

46 que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

La red

47 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces;

48 y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera.

49 Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos,

50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Tesoros nuevos y viejos

51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor.

52 El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.

Jesús en Nazaret

53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí.

54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?

55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?

56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?

57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.

58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.

Comentarios y análisis

Las parábolas del reino de los cielos

La parábola del sembrador

Mateo 13:1 a 9

1 a 2 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se sentó, y toda la gente estaba en la playa.

Jesús sale de la casa y se sienta junto al mar de Galilea. Pronto se reúne a Su alrededor una multitud tan numerosa que sube a una barca y se sienta en ella para enseñar, mientras la gente permanece en la orilla. Aquel lugar cotidiano se convierte en un espacio de revelación: desde una barca, el Hijo de Dios comienza a explicar cómo llega Su reino a los hombres y por qué Su palabra encuentra respuestas tan diferentes.

Las multitudes se acercan, pero la proximidad física a Jesús no significa que todos lo reciban de la misma manera. Algunos buscan comprender, otros esperan un milagro y otros escuchan sin permitir que Sus palabras transformen su vida. Esa diversidad de corazones aparecerá reflejada en la primera parábola.

3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.

Jesús comienza a enseñar mediante parábolas, relatos tomados de la vida cotidiana que comunican realidades espirituales. Sus oyentes conocen el trabajo del campo, las semillas y las dificultades de una cosecha. Partiendo de aquello que pueden reconocer, el Señor los invita a descubrir lo que ocurre cuando la palabra de Dios entra en la vida humana.

Un sembrador sale a sembrar. La escena parece sencilla, pero contiene una pregunta que acompañará todo el relato: ¿qué sucede con la semilla después de caer en la tierra? La atención se irá desplazando desde el acto de sembrar hacia las condiciones del terreno que la recibe.

4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.

Una parte de la semilla cae junto al camino, donde la tierra está endurecida por el paso continuo. La semilla permanece en la superficie y las aves la devoran antes de que pueda arraigar.

Jesús presenta así la primera posibilidad: escuchar sin que la palabra encuentre entrada en el corazón. La costumbre, los prejuicios o la resistencia interior pueden endurecer a una persona hasta hacer que la verdad pase por su vida sin penetrar en ella. La semilla es buena, pero queda expuesta porque no ha sido acogida.

5 a 6 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.

Otra parte cae en terreno pedregoso, donde una capa superficial de tierra cubre la roca. Allí brota pronto, pero sus raíces no pueden profundizar. Cuando sale el sol, la planta se quema y termina secándose.

La rapidez del crecimiento produce una apariencia prometedora que no corresponde a la profundidad real. Jesús prepara a Sus oyentes para comprender que el entusiasmo inicial, por intenso que sea, necesita convertirse en una fe arraigada. Cuando llegan las dificultades, se hace visible aquello que permanecía oculto bajo la superficie.

El sol no constituye una anomalía en la vida del campo; forma parte de las condiciones normales del crecimiento. Del mismo modo, las pruebas pertenecen al camino del discípulo y ponen de manifiesto la necesidad de permanecer unido a Cristo.

7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.

Otra semilla cae entre espinos. La planta comienza a crecer, pero los espinos se desarrollan junto a ella y terminan ahogándola.

En este terreno no falta toda receptividad, pero existen otras fuerzas que ocupan el espacio y consumen lo necesario para que la semilla fructifique. La imagen anuncia el peligro de una vida en la que se escucha a Dios mientras se permite que otras preocupaciones y deseos gobiernen el corazón.

El crecimiento de los espinos suele ser gradual. También puede serlo el desplazamiento de Dios: una preocupación se vuelve dominante, un deseo reclama cada vez más atención y, poco a poco, la palabra queda sin espacio para orientar la vida.

8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

Finalmente, una parte de la semilla cae en buena tierra y produce fruto en distintas proporciones: ciento, sesenta y treinta por uno.

La parábola no termina en el fracaso de los terrenos anteriores, sino en la fecundidad de la semilla que encuentra acogida. La palabra de Dios puede transformar verdaderamente una vida y producir una cosecha abundante.

Las diferentes cantidades muestran que la fecundidad no se manifiesta de manera idéntica en todos. Jesús no invita a una competición entre discípulos, sino a reconocer la realidad del fruto. Allí donde Su palabra es recibida y arraiga, comienza a aparecer una vida transformada.

9 El que tiene oídos para oír, oiga.

La invitación a oír alcanza a todos los presentes, pero exige algo más que la capacidad de percibir sonidos. Jesús llama a escuchar con disposición para comprender y obedecer.

Cada oyente queda situado ante la parábola. No basta con observar los terrenos desde fuera; es necesario dejar que el relato ilumine la propia respuesta a Dios. La pregunta deja de ser qué clase de tierra existe en el campo y pasa a ser qué está ocurriendo en nuestro corazón cuando el Señor nos habla.

El propósito de las parábolas

Mateo 13:10 a 17

10 a 11 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.

Los discípulos se acercan a Jesús y le preguntan por qué habla a la multitud mediante parábolas. Ellos también necesitan explicación, pero su pregunta revela una actitud decisiva: desean comprender y buscan la respuesta junto al Maestro.

Jesús les dice que a ellos les ha sido dado conocer los misterios del reino de los cielos. Estos misterios son realidades del propósito de Dios que ahora se revelan por medio de Cristo. Entre ellas se encuentra la manera en que el reino está actuando: comienza en medio de la historia, encuentra oposición y avanzará hasta la consumación final.

Comprenderlo es un don de Dios, no un motivo de superioridad personal. Los discípulos reciben luz porque el Señor se la concede, y esa gracia los llama a permanecer atentos y humildes.

12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.

Jesús explica que quien tiene recibirá más, mientras que quien no tiene perderá incluso lo que posee. En este contexto, se refiere a la recepción de la verdad y a la respuesta que se le da.

Quien acoge la luz recibida queda dispuesto para comprender más. En cambio, quien rechaza persistentemente la palabra termina perdiendo incluso la comprensión que parecía tener. La escucha nunca es completamente indiferente: nuestra respuesta a Dios va formando una disposición de apertura o de resistencia.

Más adelante, Jesús enseñará que la fidelidad en lo recibido prepara para una responsabilidad mayor, como sucede en la parábola de los talentos, en Mateo 25:14 a 30.

13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.

Jesús habla en parábolas porque muchos ven sin reconocer y oyen sin comprender. Han presenciado Sus obras y escuchado Su enseñanza, pero continúan resistiéndose a lo que ambas revelan acerca de Él.

Las parábolas permiten acercarse a la verdad mediante imágenes familiares, pero también dejan al descubierto la actitud del oyente. Quien desea conocer puede preguntar, meditar y acercarse a Jesús; quien se conforma con la superficie puede marcharse habiendo oído solamente una historia.

La dificultad no se encuentra únicamente en la forma de la enseñanza. También nace de la resistencia del corazón ante lo que Dios está mostrando.

14 a 15 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane.

Jesús relaciona esta situación con la profecía de Isaías acerca de un pueblo que oye sin entender y mira sin percibir. El problema alcanza el corazón: se ha vuelto insensible y ha cerrado los ojos ante la verdad.

El pasaje reúne la responsabilidad humana y la seriedad del juicio divino. El endurecimiento no debe entenderse como si Dios rechazara caprichosamente a personas deseosas de convertirse. Mateo destaca que han cerrado sus ojos, resistiéndose a la luz que reciben.

La mención de la conversión y de la sanidad permite reconocer lo que está en juego. Dios llama a volver a Él, pero una religiosidad satisfecha consigo misma puede llegar a rechazar precisamente la palabra que necesita para ser sanada.

16 a 17 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron.

Jesús declara bienaventurados los ojos y los oídos de los discípulos porque están contemplando y escuchando lo que muchos profetas y justos desearon conocer.

Aquellos hombres del pasado vivieron sostenidos por las promesas de Dios. Ahora los discípulos tienen delante al Mesías que las cumple. La grandeza de su privilegio procede de la identidad de Jesús y del momento de la historia de la salvación en que les ha sido dado vivir.

Pedro explicaría después que los profetas investigaron acerca de la gracia destinada a los creyentes, anunciando los sufrimientos de Cristo y las glorias que vendrían tras ellos, según 1 Pedro 1:10 a 12. Recibir este testimonio también nos llama a escuchar con gratitud y responsabilidad.

Jesús explica la parábola del sembrador

Mateo 13:18 a 23

18 a 19 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

Jesús invita a los discípulos a escuchar la explicación. La semilla representa la palabra del reino, y el terreno junto al camino corresponde a quien la oye sin comprenderla. Entonces viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón.

Esta falta de comprensión no debe confundirse con tener pocos conocimientos o dificultades para aprender. Una persona sencilla puede recibir profundamente a Dios, mientras otra muy instruida puede cerrarse a Él. En el contexto del capítulo, Jesús viene mostrando la importancia de una escucha dispuesta a acoger la verdad.

La acción del maligno revela que existe una oposición espiritual a la palabra. Por eso, escuchar requiere atención, oración y disposición para guardar lo recibido, en lugar de dejarlo abandonado en la superficie de la vida.

20 a 21 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.

El terreno pedregoso representa a quien recibe inmediatamente la palabra con alegría, pero no tiene raíz y permanece solo por un tiempo. Cuando llega la aflicción o la persecución por causa de la palabra, tropieza y abandona.

La alegría inicial puede acompañar una respuesta sincera, pero necesita profundidad. Seguir a Cristo implica aprender a confiar en Él cuando Su palabra deja de coincidir con lo cómodo o con lo socialmente aceptado.

La dificultad aparece precisamente por causa de la palabra. Jesús no oculta a Sus discípulos que la fidelidad puede traer oposición. Por eso los llama a una relación con Él capaz de sostenerlos cuando las circunstancias cambien, como expresa Juan 15:4 al invitarlos a permanecer en Él.

22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

El terreno con espinos representa a quien escucha, pero permite que las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahoguen la palabra.

Jesús conoce las necesidades humanas y no condena la responsabilidad por el alimento, el trabajo o la familia. Advierte del momento en que esas preocupaciones se convierten en una fuerza que gobierna el corazón y desplaza la confianza en Dios.

Las riquezas engañan cuando prometen una seguridad y una plenitud que no pueden proporcionar. Si toda la vida se organiza alrededor de conservarlas o aumentarlas, la palabra puede seguir siendo escuchada sin llegar a dirigir las decisiones. Por eso Jesús ya había enseñado que nadie puede servir a Dios y a las riquezas, en Mateo 6:24.

23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.

La buena tierra representa a quien oye y comprende la palabra, y por ello produce fruto. La comprensión verdadera va penetrando en la vida y se manifiesta en una respuesta a Dios.

Ese fruto incluye arrepentimiento, obediencia, amor, misericordia y perseverancia. No compra la salvación, sino que expresa la acción de la palabra recibida con fe. Como enseñará Jesús en Juan 15:5, la fecundidad del discípulo depende de permanecer en Él.

Las distintas proporciones de la cosecha vuelven a dirigir la atención hacia la fidelidad. El Señor conoce las circunstancias y los dones de cada persona; a todos nos llama a recibir Su palabra de tal manera que transforme nuestra manera de vivir.

La parábola del trigo y la cizaña

Mateo 13:24 a 30

24 a 26 Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.

Jesús presenta otra escena del campo. Un hombre siembra buena semilla, pero un enemigo introduce cizaña entre el trigo y se marcha. Cuando las plantas crecen y aparece el fruto, también se hace visible la cizaña.

El mal aparece como una intrusión en el campo que el propietario había sembrado bien. La parábola distingue así la obra del sembrador de la acción del enemigo y prepara la explicación posterior acerca de la presencia simultánea de los hijos del reino y los hijos del maligno en el mundo.

Durante un tiempo, la diferencia no resulta plenamente visible. El desarrollo de las plantas permite reconocer lo que había quedado oculto. Jesús introduce de este modo la necesidad de discernimiento y la limitación de los juicios apresurados.

27 a 28 Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? El les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?

Los siervos preguntan al dueño de dónde ha salido la cizaña, puesto que él había sembrado buena semilla. El propietario responde que un enemigo lo ha hecho.

La pregunta expresa el desconcierto ante la presencia del mal allí donde se esperaba una buena cosecha. Jesús no ofrece aquí una explicación completa de todo el misterio del sufrimiento, pero deja claro que la acción del enemigo se opone a la obra del sembrador.

Los siervos quieren intervenir inmediatamente y arrancar la cizaña. Su intención parece razonable, aunque todavía no han considerado el daño que podrían causar al trigo.

29 El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo.

El dueño les impide arrancarla porque, al hacerlo, podrían llevarse también el trigo. Su respuesta revela un conocimiento del campo y un cuidado por la cosecha que los siervos necesitan aprender.

La parábola pone un límite a la pretensión humana de realizar ahora una separación definitiva y perfecta entre los justos y los malvados. El celo por eliminar el mal puede causar graves daños cuando se une a un juicio falible y a medios violentos.

Esto no elimina el discernimiento ni la corrección dentro de la comunidad de creyentes, que Jesús abordará en Mateo 18:15 a 17. Nos impide apropiarnos del juicio final y tratar de establecer el reino de Dios mediante la eliminación de quienes consideramos enemigos.

30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.

El trigo y la cizaña crecerán juntos hasta la siega. Entonces llegará la separación ordenada por el dueño: la cizaña será quemada y el trigo recogido en su granero.

La espera no significa aprobación del mal. El propietario no ha perdido el control ni ha olvidado la diferencia entre ambas plantas; ha establecido el momento adecuado para la separación.

Esta paciencia sostiene la esperanza del creyente. Aunque durante un tiempo el mal parezca prosperar, no permanecerá para siempre. La historia avanza hacia un juicio en el que Dios manifestará Su justicia y preservará plenamente a los Suyos.

La semilla de mostaza y la levadura

Mateo 13:31 a 35

31 a 32 Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.

Jesús compara el reino de los cielos con una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. Su pequeñez inicial contrasta con el tamaño que alcanza la planta, hasta ofrecer ramas donde se posan las aves.

La descripción pertenece al lenguaje agrícola cotidiano de Sus oyentes; no pretende establecer una clasificación botánica universal. Jesús dirige la atención hacia la diferencia entre un comienzo diminuto y un desarrollo que supera lo que aquel comienzo parecía anunciar.

Así estaba sucediendo con Su ministerio. El reino se manifestaba en un Maestro rechazado por muchos y acompañado de un grupo reducido de discípulos. Sin embargo, la obra de Dios no podía medirse por aquella apariencia inicial.

La imagen de las aves acogidas entre las ramas recuerda escenas proféticas como Ezequiel 17:22 a 24, donde Dios hace crecer un árbol bajo el cual encuentran abrigo las aves. La parábola abre la mirada hacia la amplitud que alcanzará el reino por la acción del Señor.

33 Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.

Jesús compara también el reino con la levadura que una mujer mezcla con una gran cantidad de harina hasta que toda la masa queda fermentada.

La transformación comienza de manera discreta y avanza desde dentro. La levadura no ocupa al principio el espacio visible de la harina, pero termina afectando al conjunto de la masa.

Aunque en otros pasajes la levadura representa una influencia corruptora, aquí Jesús la emplea para ilustrar la acción penetrante del reino. Las imágenes bíblicas deben comprenderse según el contexto en que aparecen.

La parábola anima a confiar en una obra de Dios que puede desarrollarse sin manifestaciones espectaculares. Su acción alcanza progresivamente ámbitos de la vida que antes parecían ajenos a Su gobierno. Esto no elimina el juicio anunciado en las demás parábolas ni enseña por sí solo que todas las personas serán salvas.

34 a 35 Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba; para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; Declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo.

Mateo señala que Jesús utiliza parábolas al dirigirse a aquellas multitudes y relaciona esta enseñanza con el Salmo 78:2.

Al hablar de cosas escondidas desde la fundación del mundo, el evangelista destaca que Jesús está dando a conocer aspectos del propósito divino que no habían sido revelados de esta manera. En Sus relatos cotidianos se abre una ventana hacia la actuación de Dios en la historia.

La afirmación se refiere a esta enseñanza a las multitudes. El propio Evangelio recoge otros momentos en que Jesús habla de manera directa, como sucede ampliamente en el sermón del monte.

Jesús explica la parábola de la cizaña

Mateo 13:36 a 43

36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo.

Jesús despide a la multitud y entra en casa. Allí los discípulos le piden que les explique la parábola de la cizaña.

El movimiento recuerda lo sucedido con la parábola del sembrador. Los discípulos no comprenden todo de inmediato, pero permanecen junto a Jesús y preguntan. Su ejemplo muestra que reconocer una dificultad puede convertirse en el comienzo de un conocimiento más profundo.

La fe aprende a escuchar y también a buscar explicación. Acercarse al Señor con humildad permite que aquello que parecía oscuro comience a iluminarse.

37 a 38 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.

Jesús identifica al sembrador con el Hijo del Hombre y al campo con el mundo. La buena semilla representa a los hijos del reino, mientras que la cizaña representa a los hijos del maligno.

Es importante conservar la explicación que Él mismo ofrece: el campo es el mundo. Aunque la parábola puede ayudar a reflexionar sobre situaciones presentes entre los creyentes, no conviene reducirla a una descripción de una institución religiosa.

En la parábola del sembrador, la semilla representaba la palabra; aquí representa a personas. Jesús utiliza una misma imagen con un significado diferente, y Su propia explicación debe guiar la lectura.

La expresión «hijos del maligno» describe una pertenencia espiritual manifestada en la respuesta a Dios. No establece diferencias étnicas ni autoriza a considerar a ningún pueblo como maldito por su origen.

39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.

El enemigo que siembra la cizaña es el diablo, la siega representa el fin del siglo y los segadores son los ángeles.

Jesús sitúa así el relato dentro del conflicto espiritual que atraviesa la historia y de su desenlace bajo la autoridad divina. El enemigo actúa, pero no determina el final de la cosecha.

La separación definitiva será realizada por los agentes que Dios envíe. Los discípulos reciben el encargo de anunciar la verdad y vivir conforme a ella; la ejecución del juicio final pertenece al Señor.

40 a 42 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

La recogida y quema de la cizaña representa el juicio que tendrá lugar al final. El Hijo del Hombre enviará a Sus ángeles para apartar de Su reino todo lo que causa tropiezo y a quienes practican la maldad.

La enseñanza revela la autoridad de Jesús. Aquel que ahora habla desde la humildad de Su ministerio terreno es también quien ejercerá el juicio. Como afirma Juan 5:22, el Padre ha confiado al Hijo esa autoridad.

El horno de fuego y el lloro y crujir de dientes expresan la gravedad del destino de quienes permanecen en la maldad. Son imágenes solemnes que anuncian juicio y pérdida, y no deben convertirse en motivo de satisfacción frente al sufrimiento ajeno. Su advertencia nos llama al arrepentimiento y a proclamar con seriedad la reconciliación con Dios.

43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.

Después de la separación, los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. La imagen recuerda Daniel 12:3 y presenta la gloria futura de quienes pertenecen a Dios.

El relato alcanza así su horizonte de esperanza. La presencia actual del mal no define el destino final de los hijos del reino. Llegará el día en que su vida quedará libre de toda corrupción y participará plenamente de la gloria que Dios les concede.

Jesús vuelve a llamar a escuchar. La promesa futura debe ser recibida ahora con fe, perseverancia y una vida orientada hacia el Padre.

El tesoro escondido y la perla de gran precio

Mateo 13:44 a 46

44 Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.

Jesús compara el reino con un tesoro escondido en un campo. Un hombre lo encuentra y, lleno de alegría, vende cuanto tiene para comprar aquel terreno.

La alegría ilumina toda la escena. El hombre ha descubierto algo cuyo valor cambia la manera de considerar sus demás posesiones. Lo que antes podía parecer imprescindible ocupa ahora otro lugar ante la riqueza encontrada.

La parábola no enseña que la salvación pueda comprarse mediante renuncias o bienes materiales. Presenta el valor incomparable del reino y la respuesta entera que suscita cuando es reconocido. La gracia se recibe como un don, pero quien descubre a Cristo es llamado a confiarle toda su vida.

Pablo expresó una experiencia semejante al considerar sus antiguas ventajas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo, según Filipenses 3:7 a 8.

45 a 46 También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.

La segunda parábola presenta a un comerciante que busca buenas perlas y encuentra una de valor extraordinario. También él vende cuanto tiene para adquirirla.

El hombre del campo parece encontrarse con el tesoro de manera inesperada; el comerciante descubre la perla en medio de su búsqueda. Ambas historias convergen en el reconocimiento de un valor supremo que justifica una respuesta decisiva.

Las personas pueden llegar a escuchar el Evangelio por caminos muy diferentes. Algunas lo reciben en una circunstancia inesperada; otras atraviesan una larga búsqueda. En todos los casos, el encuentro con Cristo llama a reconocer que Su reino merece ocupar el centro de la vida.

La red y los tesoros del discípulo

Mateo 13:47 a 52

47 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces;

Jesús compara el reino con una red que se echa al mar y recoge peces de toda clase. La imagen resulta especialmente cercana a los discípulos que habían trabajado como pescadores.

La red reúne una pesca diversa antes de que se efectúe la separación. De forma semejante, el anuncio del reino alcanza ampliamente a las personas y reúne a muchos alrededor de su mensaje, pero la cercanía exterior no equivale por sí sola a una pertenencia verdadera.

La parábola dirige nuevamente la mirada hacia el final, cuando quedará manifiesta la realidad de cada uno delante de Dios.

48 a 50 y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Cuando la red está llena, los pescadores la sacan y separan los peces buenos de los malos. Jesús explica que al fin del siglo los ángeles apartarán a los malvados de entre los justos.

La escena confirma la enseñanza de la cizaña: durante el tiempo presente existe una convivencia que no continuará indefinidamente. Dios conoce la verdad de las personas y realizará una separación justa.

La repetición del lloro y crujir de dientes subraya la seriedad de la advertencia. Jesús, que anuncia la misericordia y recibe a los pecadores, también revela que el rechazo persistente de Dios tiene consecuencias. Escucharle exige recibir tanto Su invitación como Su advertencia.

51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor.

Jesús pregunta a los discípulos si han comprendido estas enseñanzas, y ellos responden afirmativamente.

Su respuesta expresa un avance real, aunque el resto del Evangelio mostrará que todavía necesitan aprender mucho. Han recibido luz suficiente para continuar el camino, pero aún tendrán que comprender cómo se cumplen estas enseñanzas mediante la muerte y la resurrección de su Maestro.

La comprensión espiritual crece en la relación con Cristo. Lo aprendido hoy prepara para reconocer con mayor profundidad lo que Él vaya mostrando después.

52 El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.

Jesús compara al escriba instruido en el reino con un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.

La imagen presenta a una persona que conoce las Escrituras y aprende a comprenderlas a la luz de Jesús. Las promesas antiguas conservan su valor y encuentran su cumplimiento en la revelación que el Hijo trae.

El discípulo llamado a enseñar debe alimentar a otros con ese tesoro. Esto requiere estudiar con fidelidad, comprender la relación entre los distintos pasajes y comunicar la verdad de una manera accesible. No se trata de sustituir la revelación recibida por ocurrencias personales, sino de mostrar su riqueza desde el cumplimiento que ha llegado en Cristo.

Jesús es rechazado en Su tierra

Mateo 13:53 a 58

53 a 54 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?

Terminadas las parábolas, Jesús se dirige a Su tierra y enseña en la sinagoga. Sus oyentes quedan asombrados por Su sabiduría y por las obras poderosas que se relacionan con Él.

Sin embargo, el asombro pronto se convierte en una dificultad. En vez de abrirse a lo que están viendo y escuchando, comienzan a preguntarse cómo puede poseer semejante autoridad alguien cuyo entorno familiar les resulta conocido.

Después de tantas enseñanzas sobre la recepción de la palabra, Mateo presenta una situación concreta en la que esa recepción tropieza con el prejuicio.

55 a 56 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?

Los vecinos identifican a Jesús como el hijo del carpintero, nombran a Su madre María y mencionan a Sus hermanos y hermanas. Creen conocer suficientemente Su procedencia y utilizan esa familiaridad para poner en duda lo que ahora se manifiesta en Él.

Mateo menciona a Santiago, José, Simón y Judas como hermanos de Jesús, y habla también de Sus hermanas. Las tradiciones cristianas han interpretado de distinta manera este parentesco, aunque la lectura más directa del lenguaje es la de hermanos dentro de Su familia. El pasaje no ofrece aquí una explicación más extensa de esa relación.

El centro del relato está en la reacción de los vecinos: conocer datos acerca de Jesús les impide reconocer que todavía necesitan descubrir quién es verdaderamente. También una familiaridad religiosa puede convertirse en obstáculo cuando produce la impresión de que ya no queda nada que escuchar.

57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.

Sus vecinos se escandalizan de Él. Jesús responde recordando que un profeta suele encontrar deshonra en su propia tierra y en su casa.

La cercanía, que podría haber favorecido la acogida, se convierte en una barrera. Les resulta difícil aceptar que Dios esté obrando de una manera extraordinaria por medio de alguien a quien habían conocido en la vida ordinaria.

El rechazo no altera la identidad de Jesús ni invalida Su misión. Revela la resistencia de quienes pretenden medir lo que Dios puede hacer según sus expectativas previas.

58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.

Mateo concluye que Jesús no hizo allí muchos milagros a causa de la incredulidad de ellos.

La afirmación no significa que la incredulidad pudiera anular Su poder divino. Sus milagros no eran exhibiciones destinadas a satisfacer la curiosidad ni a imponerse sobre una resistencia deliberada. Eran señales de Su identidad y de la llegada del reino.

El capítulo termina mostrando en Su propia tierra la realidad anunciada por la parábola del sembrador. La palabra ha llegado, pero encuentra un corazón que se resiste a recibirla. Aquellos vecinos han oído a Jesús y conocen Su familia; todavía necesitan reconocerlo con fe.

Resumen teológico y espiritual

Mateo 13 nos introduce en la manera en que el reino de los cielos se hace presente por medio de Jesús. Su llegada no elimina inmediatamente toda oposición ni produce una respuesta uniforme. La palabra es anunciada, pero encuentra corazones endurecidos, entusiasmos sin profundidad, vidas dominadas por preocupaciones y personas que la reciben de manera fecunda. Al recorrer estas imágenes, Jesús nos enseña a escuchar y nos permite comprender por qué Su obra puede ser verdadera aunque no sea acogida por todos.

El reino comienza con una apariencia humilde. Como la semilla de mostaza y la levadura en la masa, posee una capacidad de crecimiento y transformación que no puede medirse únicamente por lo visible en sus comienzos. Esta enseñanza sostiene la confianza de quienes sirven al Señor sin contemplar resultados inmediatos. La fecundidad depende de Su acción, mientras los discípulos son llamados a sembrar, perseverar y permanecer atentos a Su palabra.

La convivencia del trigo y la cizaña muestra que el tiempo presente está marcado por la paciencia de Dios. El mal continúa actuando, pero no tendrá la última palabra. La separación definitiva pertenece al Hijo del Hombre, quien enviará a Sus ángeles y manifestará Su justicia. Esta certeza frena la pretensión de imponer el reino mediante la violencia y, al mismo tiempo, impide confundir la paciencia divina con indiferencia ante la maldad.

En medio de esa espera, el tesoro escondido y la perla revelan el valor incomparable de lo que Dios ofrece. Descubrir a Cristo transforma nuestras prioridades y abre una alegría capaz de sostener la entrega. La respuesta del discípulo nace del reconocimiento de ese valor: recibe por gracia una vida que merece ser acogida con todo el corazón.

El rechazo de Jesús en Su tierra lleva estas enseñanzas a una escena dolorosamente cercana. Es posible escuchar palabras verdaderas, conocer la historia de Jesús y admirar Su sabiduría sin llegar a confiar en Él. Por eso el capítulo invita a cada lector a acercarse con la humildad de los discípulos, que preguntan y desean comprender. Allí donde Su palabra encuentra acogida, comienza a crecer una vida que dará fruto y que, por la gracia de Dios, participará un día de la gloria del reino del Padre.

Concordancias principales comentadas

Isaías 55:10 a 11 Porque como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come; así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié».

La parábola del sembrador nos permite contemplar las diferentes respuestas humanas, mientras este pasaje afirma la eficacia del propósito de Dios. La resistencia de algunos oyentes no convierte Su palabra en un fracaso. El Señor obra mediante ella y cumple lo que se propone, aunque nosotros no podamos reconocer inmediatamente todos sus resultados.

Santiago 1:21 a 22 «Por lo cual, dejando toda inmundicia y superfluidad de malicia, recibid con mansedumbre la palabra ingerida, la cual puede hacer salvas vuestras almas. Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos».

Santiago ayuda a comprender la actitud de la buena tierra. Recibir la palabra con mansedumbre supone permitir que Dios cuestione nuestros deseos y corrija nuestra conducta. La escucha se vuelve fecunda cuando lo recibido comienza a orientar las decisiones y la manera de tratar a los demás.

Colosenses 2:6 a 7 «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él: arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis aprendido, creciendo en ella con hacimiento de gracias».

Frente a la planta que se seca por falta de raíz, Pablo describe una vida arraigada en Cristo. La firmeza espiritual crece al caminar con Él, recibir Su enseñanza y permanecer en la fe. Así, la alegría del comienzo va madurando en una confianza capaz de sostener al creyente durante las pruebas.

1 Timoteo 6:9 a 10 «Porque los que quieren enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores».

Esta advertencia ilumina el engaño de las riquezas representado por los espinos. El deseo de enriquecerse puede apoderarse progresivamente del corazón hasta desviar a una persona de la fe. El problema señalado es el amor al dinero y la confianza depositada en él, que terminan subordinando la obediencia a Dios a la búsqueda de ganancias.

2 Pedro 3:9 «El Señor no tarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza; sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento».

La espera hasta la siega encuentra aquí una luz complementaria. La paciencia de Dios abre un tiempo para el arrepentimiento y no debe interpretarse como olvido de Sus promesas. Mientras llega el juicio, los creyentes son llamados a anunciar la salvación con esperanza y a examinar su propia vida delante del Señor.

Zacarías 4:10 «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel».

En su contexto, estas palabras animaban al pueblo durante la reconstrucción del templo. Su relación con la semilla de mostaza permite reconocer un principio compartido: los comienzos modestos de una obra de Dios no justifican el desprecio ni el desánimo. Su alcance debe valorarse a la luz de la fidelidad del Señor.

Colosenses 1:13 a 14 «Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados».

El reino anunciado en las parábolas tiene una realidad presente para quienes pertenecen a Cristo. Dios los rescata del dominio de las tinieblas y los introduce bajo el gobierno de Su Hijo. Esta entrada se recibe por la obra redentora de Jesús, de modo que la entrega representada en el tesoro y la perla responde a una salvación que procede de la gracia divina.

Lucas 14:33 «Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo».

Estas palabras ayudan a comprender la respuesta de quienes venden cuanto tienen al descubrir el tesoro y la perla. Seguir a Jesús exige reconocer Su autoridad sobre toda la vida, incluidas nuestras posesiones. Esa disposición puede requerir renuncias concretas y nos llama siempre a dejar de considerar cualquier bien como más valioso que Él.

2 Timoteo 2:19 «Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo».

La convivencia del trigo y la cizaña puede producir desconcierto, pero el Señor conoce perfectamente a quienes le pertenecen. Esa certeza sostiene la confianza y también llama a la responsabilidad: invocar el nombre de Cristo debe ir acompañado del abandono de la maldad. La limitación de nuestro juicio nunca convierte el pecado en algo indiferente.

Hechos 17:31 «Por cuanto ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe a todos con haberle levantado de los muertos».

La separación anunciada mediante la siega y la red está vinculada a la autoridad de Jesucristo. Su resurrección confirma que la historia se dirige hacia un juicio establecido por Dios. Esta esperanza asegura que ninguna injusticia quedará fuera de Su conocimiento y llama a responder ahora al Salvador.

Apocalipsis 21:3 a 4 «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos. Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas».

La promesa de que los justos resplandecerán en el reino de su Padre encuentra aquí una visión de su plenitud. La salvación culmina en la comunión con Dios, donde la muerte y el sufrimiento han sido vencidos. Hacia ese destino camina el creyente mientras recibe la palabra, persevera en Cristo y espera el cumplimiento de Sus promesas.

Textos bíblicos citados según la Reina-Valera de 1909.

Bibliografía recomendada

D. A. Carson, comentario sobre Mateo en The Expositor’s Bible Commentary.

R. T. France, The Gospel of Matthew.

Craig S. Keener, A Commentary on the Gospel of Matthew.

Leon Morris, The Gospel According to Matthew.

William Hendriksen, Exposition of the Gospel According to Matthew.

John MacArthur, Matthew, en la serie MacArthur New Testament Commentary.

Santa Biblia, Reina-Valera 1960.

Juan Cid