Evangelio según San Mateo
Capítulo 10
Índice del capítulo
Texto bíblico
Elección de los doce apóstoles
1. Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.
2. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano;
3. Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
4. Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.
Misión de los doce
5. A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,
6. sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
7. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.
8. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
9. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos;
10. ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
11. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.
12. Y al entrar en la casa, saludadla.
13. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
14. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies.
15. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
16. He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
17. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
18. y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
19. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar.
20. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
21. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir.
22. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
23. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre.
24. El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor.
25. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?
A quién se debe temer
26. Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.
27. Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
28. Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
29. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
30. Pues aun vuestros cabellos están todos contados.
31. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
32. A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.
33. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Jesús, causa de división
34. No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
35. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra;
36. y los enemigos del hombre serán los de su casa.
37. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
38. y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.
39. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
Recompensas
40. El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
41. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
42. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
Comentarios y análisis
Jesús llama y envía a los doce
Mateo 10:1 a 4
1. Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.
Después de mostrar a Jesús recorriendo ciudades y aldeas, enseñando y atendiendo a las multitudes, Mateo nos conduce hacia un momento decisivo: el Señor llama a los doce discípulos y les concede autoridad para participar en Su obra. Al final del capítulo anterior, los había invitado a pedir al Señor de la mies que enviara obreros; ahora ellos mismos comienzan a responder a esa necesidad. La oración por quienes anunciarán el evangelio se convierte en una llamada que alcanza personalmente a quienes han orado.
La autoridad que reciben procede de Jesús. No nace de una capacidad espiritual independiente ni les permite disponer del poder de Dios según sus propios intereses. Son enviados para liberar y sanar, continuando las obras de misericordia que han visto realizar al Maestro. Antes de hablar en Su nombre, necesitan haber estado con Él y reconocer que cuanto puedan hacer dependerá de lo recibido.
Esta dependencia acompaña todo servicio cristiano. Aunque los dones y las responsabilidades sean diferentes, nadie puede convertirlos en una posesión que lo sitúe por encima de los demás. Jesús lo expresará con claridad cuando diga: «Separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5). La misión comienza en Su llamada y permanece sostenida por Su presencia.
2. Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano;
Mateo presenta aquí los nombres de los doce apóstoles. La palabra apóstol significa enviado, y describe la responsabilidad que Jesús les confía como testigos y representantes de Su misión. El número doce recuerda a las doce tribus de Israel y sitúa su elección dentro de la historia del pueblo al que Dios había dado Sus promesas.
Simón Pedro aparece primero, seguido de Andrés, su hermano, y de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo. Algunos habían compartido la vida familiar y el trabajo antes de seguir a Jesús. El Señor los reúne ahora en una relación nueva, donde esos vínculos quedan incorporados a una vocación que ninguno habría podido diseñar por sí mismo.
Que Pedro encabece la lista refleja el lugar destacado que ocupa entre los discípulos y en el relato evangélico. Esa precedencia, sin embargo, no lo presenta como alguien libre de debilidad. El mismo hombre que hablará con valentía necesitará ser corregido y restaurado. La responsabilidad espiritual no elimina la necesidad de aprender ni permite dejar de depender de la gracia.
3. Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
La lista continúa con Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo y Lebeo, por sobrenombre Tadeo, según la lectura de Reina-Valera 1960. De algunos conocemos episodios concretos; de otros, los Evangelios conservan muy poca información. Todos, sin embargo, están presentes en la llamada de Jesús, que no mide el valor de una persona por la cantidad de atención que recibirá después.
Mateo sigue siendo identificado como el publicano. Su antigua ocupación no desaparece del relato, pero tampoco impide que sea recibido y enviado por Cristo. El hombre que había estado sentado a la mesa de los tributos pertenece ahora al grupo encargado de anunciar el reino. Su presencia permite reconocer hasta qué punto la misericordia de Jesús abre una vida nueva.
Entre los doce no encontramos una uniformidad de temperamentos ni de historias. El Señor forma una comunidad en la que distintas personas aprenden a caminar bajo Su autoridad. Esa convivencia requerirá paciencia, corrección y un amor que todavía deberán aprender.
4. Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.
La enumeración termina con Simón el cananista y Judas Iscariote. El sobrenombre de Simón no significa que fuera cananeo; se relaciona con la idea de celo, y Lucas lo llama el Zelote. Aunque no permite reconstruir con certeza toda su trayectoria anterior, señala una identidad que contrasta con la de Mateo, vinculado a la recaudación de impuestos.
Judas aparece acompañado por la noticia de que entregaría a Jesús. Mateo permite que el lector perciba desde el comienzo la gravedad de lo que sucederá: alguien llamado a estar cerca del Señor acabará traicionándolo. La pertenencia visible al grupo y la participación en sus actividades no sustituyen la fidelidad del corazón.
El capítulo volverá sobre esta cuestión cuando distinga entre recibir al Señor y rechazarlo. Por ahora, la lista nos deja ante doce hombres reales, con historias y fragilidades diferentes, a quienes Jesús confía una misión que solo podrá vivirse correctamente en dependencia de Él.
El anuncio del reino y la sencillez de los enviados
Mateo 10:5 a 15
5 a 6. A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Jesús envía a los doce con una indicación concreta: en esta primera misión deben dirigirse a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La restricción expresa el orden de esta etapa de Su ministerio, en la que el anuncio se presenta primero al pueblo que había recibido las promesas. No significa que los demás pueblos carezcan de valor ante Dios ni que queden excluidos definitivamente de Su misericordia.
El propio Evangelio ya ha mostrado la fe de un centurión, y terminará con el mandato de hacer discípulos a todas las naciones (Mateo 28:19). Por ello, estas instrucciones deben leerse dentro del desarrollo completo de la misión. Lo que ahora comienza en Israel se abrirá después, de manera explícita, al mundo entero.
La expresión ovejas perdidas recuerda la compasión de Jesús por las multitudes, a las que había visto desamparadas y dispersas. Los enviados deben acercarse a ellas con la disposición del Pastor que busca y cuida. Su tarea nace de una necesidad humana que el Señor conoce y quiere atender.
7. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado.
El centro de su anuncio es la cercanía del reino de los cielos. No van a ofrecer una enseñanza separada de Jesús, sino a proclamar que Dios está actuando y que Su gobierno reclama una respuesta. La llegada del reino alcanza la vida de quienes escuchan y los llama a volverse hacia el Señor.
En Mateo, reino de los cielos designa el reinado de Dios; no se refiere únicamente a un lugar al que se llegará después de morir. En las palabras y las obras de Jesús, ese reinado ya se hace presente, aunque su manifestación plena todavía pertenece al cumplimiento futuro de las promesas divinas.
Los discípulos anuncian, por tanto, una esperanza que exige atención en el presente. Quien escucha queda invitado a recibir al Rey y a dejar que Su voluntad comience a orientar su existencia.
8. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
El anuncio va acompañado de obras que atienden el sufrimiento: sanar, limpiar a los leprosos, resucitar muertos y expulsar demonios. Estas acciones muestran la autoridad y la misericordia de Jesús actuando mediante los enviados. El reino no se presenta como un discurso indiferente al dolor de las personas.
Se trata de una comisión apostólica concreta. El pasaje no permite convertir cada una de estas señales en una capacidad garantizada de todo creyente ni suponer que cualquier enfermedad persistente revela falta de fe. Los discípulos reciben aquello que Jesús decide confiarles y deben ejercerlo bajo Su autoridad.
La instrucción de dar gratuitamente protege la misión frente al deseo de enriquecerse con la necesidad ajena. Lo recibido por gracia no puede transformarse en mercancía. En las instrucciones que siguen, Jesús reconoce el derecho de quienes sirven a recibir sustento, pero ese cuidado legítimo nunca autoriza a vender el poder de Dios, el perdón o las promesas de bendición.
9 a 10. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
Para esta misión, Jesús les pide que no se procuren dinero ni las provisiones y el equipo que enumera. Los envía con una sencillez que los llevará a depender del cuidado de Dios y de la hospitalidad de quienes reciban su mensaje, sin hacer de sus propios recursos la garantía del camino.
Las instrucciones corresponden a una situación particular. No establecen que todo servicio cristiano, en cualquier época y circunstancia, deba realizarse sin planificación o recursos. Lucas 22:35 a 36 muestra que Jesús dará posteriormente indicaciones diferentes ante una nueva situación. La fidelidad consiste en obedecer al Señor, comprendiendo el contexto de lo que manda.
Al afirmar que el obrero es digno de su alimento, Jesús reconoce que los enviados pueden recibir lo necesario para vivir. La gratuidad del anuncio y el sustento de quien lo proclama son compatibles: el mensaje no se vende, mientras la comunidad puede cuidar de quienes dedican sus fuerzas a servir.
11. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.
Al llegar a una ciudad o aldea, deben buscar una casa que los reciba y permanecer allí. La persona digna no es alguien sin pecado o merecedor de la gracia por sus propios méritos, sino alguien dispuesto a ofrecer una acogida adecuada a los enviados y a su mensaje.
Permanecer en aquella casa evita que recorran distintos alojamientos buscando mayor comodidad o ventajas. La misión necesita sencillez y estabilidad, para que las relaciones no queden subordinadas al provecho personal.
En esa hospitalidad, el anuncio comienza a tomar forma dentro de la vida cotidiana. Una puerta abierta, una mesa compartida y un lugar donde descansar pueden convertirse en parte del servicio al evangelio.
12 a 13. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
Los discípulos deben entrar saludando con paz. La paz bíblica expresa un deseo de bienestar profundo bajo el cuidado de Dios y acompaña la presencia de quienes llegan en nombre de Jesús.
Si la casa recibe el mensaje, esa paz encuentra acogida; si lo rechaza, los enviados no pierden por ello lo que han ofrecido sinceramente. La imagen de una paz que vuelve a ellos les permite continuar sin cargar con la obligación de producir una respuesta favorable en todos.
La fidelidad del mensajero no se mide exclusivamente por la reacción del oyente. Puede hablar con verdad, actuar con amor y, aun así, ser rechazado. La respuesta de cada persona conserva su propia responsabilidad ante Dios.
14 a 15. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.
Cuando no sean recibidos ni escuchados, deben marcharse y sacudir el polvo de sus pies. El gesto expresa una ruptura y sirve como testimonio de la seriedad del rechazo. No los autoriza a humillar a las personas ni a responder con violencia, pero les permite reconocer que hay lugares donde deben dejar de insistir y continuar la misión.
La comparación con Sodoma y Gomorra sitúa esa decisión ante el juicio de Dios. Haber recibido una oportunidad tan cercana de escuchar el anuncio del reino entraña una responsabilidad que no debe minimizarse. La mayor luz recibida hace más grave su rechazo deliberado.
Jesús reserva para Dios el juicio definitivo. Los discípulos deben ofrecer el mensaje y advertir con fidelidad; no reciben autoridad para ejecutar castigos contra quienes no los acepten.
La misión en medio de la persecución
Mateo 10:16 a 23
16. He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
La imagen de ovejas entre lobos prepara a los discípulos para una misión vulnerable. Jesús no oculta que encontrarán hostilidad ni les promete que su buena intención será comprendida por todos. Los envía sabiendo que necesitarán una confianza capaz de mantenerse en medio del peligro.
Por eso une dos disposiciones: la prudencia de las serpientes y la sencillez de las palomas. La prudencia permite reconocer amenazas y actuar con discernimiento; la sencillez conserva la integridad, sin recurrir al engaño o la maldad para defenderse.
Estas cualidades se necesitan mutuamente. Una confianza ingenua puede exponer innecesariamente a otros al daño, mientras una cautela dominada por el temor puede volvernos desconfiados y manipuladores. Jesús enseña a caminar con los ojos abiertos y el corazón limpio.
17 a 18. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
La advertencia se vuelve concreta: habrá tribunales, azotes y comparecencias ante gobernadores y reyes. El horizonte de las palabras se extiende más allá del breve viaje por las poblaciones de Israel y anticipa situaciones que los discípulos encontrarán posteriormente.
La persecución puede surgir en ambientes religiosos y políticos. Quienes anuncien a Cristo conocerán la presión de poderes que se sienten amenazados por Su autoridad. El libro de los Hechos mostrará cómo estas palabras se cumplen en la experiencia de los primeros testigos.
Sin embargo, Jesús señala que esas comparecencias podrán convertirse en oportunidades de testimonio. La injusticia de la persecución permanece, pero no consigue impedir que Dios abra, incluso allí, un espacio para que Su verdad sea escuchada.
19 a 20. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
Ante la posibilidad de ser interrogados, los discípulos reciben una promesa de ayuda: el Espíritu del Padre los sostendrá en aquello que deban decir. No necesitan afrontar ese momento como si todo dependiera de su habilidad para elaborar una defensa perfecta.
La promesa se refiere especialmente al testimonio bajo persecución. No justifica la negligencia en el estudio de las Escrituras ni permite afirmar que cualquier palabra pronunciada espontáneamente procede del Espíritu. El mismo Nuevo Testamento exhorta a estar preparados para responder con mansedumbre y reverencia (1 Pedro 3:15).
Jesús quiere librarlos de una ansiedad que les haga olvidar la presencia de Dios. Cuando sus recursos parezcan insuficientes, el Padre no los dejará solos ante quienes intenten silenciar su fe.
21 a 22. El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
La oposición puede alcanzar incluso las relaciones familiares. Jesús describe una ruptura dolorosa en la que personas cercanas llegan a entregar a sus propios parientes. La fidelidad a Cristo no siempre será comprendida dentro del hogar, y algunos discípulos conocerán esa herida.
Ser aborrecidos por Su nombre significa sufrir por pertenecer a Él. El pasaje no convierte cualquier rechazo en prueba de fidelidad: también podemos ser rechazados por nuestra dureza, imprudencia o conducta injusta. La advertencia se refiere a la hostilidad provocada por la relación con Jesús.
La promesa al que persevere hasta el fin sitúa la esperanza más allá de la presión presente. Perseverar no compra la salvación mediante una resistencia meritoria; expresa la continuidad de una fe que permanece aferrada al Señor. La ayuda divina no vuelve innecesaria esa perseverancia, sino que permite vivirla.
23. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre.
Jesús permite huir a otra ciudad cuando llegue la persecución. Los discípulos no están obligados a buscar el peligro ni a permanecer en él para demostrar valentía. Retirarse puede ser una forma prudente de conservar la vida y continuar anunciando el evangelio.
La afirmación de que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre ha recibido distintas interpretaciones entre los cristianos. Algunos la relacionan con una manifestación cercana de Su autoridad y juicio; otros, con Su venida final y con la continuidad de la misión a Israel. El versículo, por sí solo, no permite resolver con certeza todos los detalles de esa referencia.
Dentro del discurso, su fuerza es clara: la persecución no debe paralizar el anuncio, y la misión permanece bajo la autoridad del Hijo del Hombre. Los enviados pueden seguir avanzando, sabiendo que la historia no está finalmente en manos de sus perseguidores.
El discípulo ante el rechazo y el cuidado del Padre
Mateo 10:24 a 33
24 a 25. El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?
Jesús recuerda que el discípulo no está por encima de su maestro ni el siervo por encima de su señor. Quienes lo siguen no deben esperar una aceptación que Él mismo no recibe. Aprender de Cristo incluye reconocer que el rechazo puede formar parte del camino.
La acusación de Beelzebú, asociada al poder demoníaco, muestra hasta dónde llega la hostilidad de Sus adversarios: atribuyen al mal la obra de Aquel que actúa por el Espíritu de Dios. Si tratan así al Señor de la casa, sus seguidores tampoco estarán libres de falsas acusaciones.
Esta cercanía al Maestro puede sostenerlos cuando sean malinterpretados. El sufrimiento no pierde su dureza, pero el discípulo descubre que Jesús conoce desde dentro la experiencia de ser despreciado mientras hace el bien.
26 a 27. Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse. Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
A partir de esa advertencia, Jesús los anima a no dejarse dominar por el temor. Lo encubierto será manifestado, y las apariencias no conservarán para siempre su capacidad de ocultar la verdad. Dios conoce lo que ahora parece quedar sin respuesta.
Lo que reciben en la cercanía del Maestro debe ser anunciado abiertamente. La enseñanza escuchada en privado está destinada a alcanzar a otros. La imagen de proclamar desde las azoteas expresa esa publicidad, propia de un mensaje que no debe quedar encerrado en un pequeño círculo.
Esta llamada no elimina la prudencia enseñada anteriormente. Invita a no silenciar la verdad por miedo, mientras se busca con sabiduría cómo comunicarla. La fidelidad puede requerir valor y también una cuidadosa atención a las circunstancias.
28. Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
Jesús distingue entre quienes pueden matar el cuerpo y Aquel que posee autoridad sobre el destino último de la persona. Los perseguidores tienen un poder real y terrible, pero limitado. No pueden apropiarse de la vida eterna que Dios concede.
En este contexto, Aquel a quien debemos temer es Dios, el Juez que tiene autoridad sobre el alma y el cuerpo. El temor del Señor expresa reverencia y reconocimiento de esa autoridad suprema. Permite ordenar las demás amenazas sin negar su gravedad.
La referencia al infierno sitúa la advertencia ante el juicio definitivo. El versículo enseña la seriedad de ese juicio, aunque no resuelve por sí solo todas las cuestiones acerca de su naturaleza. Su propósito aquí es mostrar que ninguna presión humana debe ocupar el lugar de Dios en nuestra obediencia.
29 a 31. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
Después de hablar del juicio, Jesús dirige la mirada hacia unos pajarillos de escaso valor comercial. Ninguno cae sin el conocimiento y el gobierno del Padre. La pequeñez de esas criaturas hace más cercana la promesa: si Dios no las pierde de vista, tampoco olvidará a Sus discípulos.
Hasta los cabellos de su cabeza están contados. La imagen expresa un conocimiento personal y completo, que alcanza detalles inadvertidos para otros. Los enviados pueden ser despreciados por los hombres y, al mismo tiempo, permanecer plenamente conocidos y amados por Dios.
Ese cuidado no constituye una garantía de que evitarán toda herida o muerte; Jesús acaba de advertirles de ambas posibilidades. Les asegura que ni siquiera en el sufrimiento quedan fuera de la presencia del Padre. Su valor ante Él permanece cuando el mundo parece negarlo.
32 a 33. A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
La confianza en el Padre debe expresarse en el reconocimiento público de Jesús. Confesarlo significa asumir la relación con Él y no esconderla cuando esa pertenencia tenga un coste. El Señor vincula esa confesión con Su propio reconocimiento del discípulo ante el Padre.
La advertencia acerca de negarlo descubre la gravedad de rechazar deliberadamente esa relación. No basta una cercanía exterior si, ante la presión, se decide abandonar al Señor como alguien de quien ya no se quiere formar parte.
La historia de Pedro ayudará a comprender que una caída, aun siendo grave, puede ir seguida de arrepentimiento y restauración. Su negación no fue tratada como algo insignificante, pero tampoco quedó fuera de la misericordia de Cristo. La advertencia nos llama a ser fieles y, cuando caemos, a volver sinceramente a Él.
La fidelidad a Jesús y el coste del discipulado
Mateo 10:34 a 39
34. No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
La afirmación de que Jesús no ha venido a traer paz, sino espada, puede sorprender después de tantas enseñanzas sobre la misericordia. Dentro del pasaje, la espada representa la división que puede producirse cuando las personas responden de manera distinta a Su llamada.
Jesús no ordena ejercer violencia para extender la fe. El mismo Señor ha llamado bienaventurados a los pacificadores y enseñará a Pedro a guardar su espada (Mateo 26:52). La ruptura descrita es una consecuencia del conflicto que provoca Su presencia, no un mandato para atacar a quienes no creen.
La paz que Cristo ofrece no se obtiene ocultando la verdad para evitar cualquier desacuerdo. Su llamada puede descubrir tensiones que antes permanecían encubiertas y obligar a tomar decisiones dolorosas.
35 a 36. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa.
La división alcanza al padre y al hijo, a la madre y a la hija, y a otros miembros del hogar. Jesús retoma una imagen presente en Miqueas 7:6, donde las relaciones más cercanas aparecen heridas por la desconfianza.
El vínculo familiar no garantiza una respuesta compartida ante Dios. Alguien puede recibir a Cristo y encontrar oposición precisamente entre quienes más ama. El Señor prepara al discípulo para esa posibilidad sin enseñarle a despreciar a su familia.
La fidelidad deberá vivirse, en ocasiones, dentro de una convivencia difícil. El creyente está llamado a conservar el amor y procurar la paz, mientras reconoce que no puede renunciar a Cristo para satisfacer todas las exigencias de quienes lo rodean.
37. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
Jesús reclama una lealtad superior incluso al amor por los padres o los hijos. Esta exigencia revela la singularidad de Su persona: se presenta como digno de ocupar el primer lugar en la vida de quienes lo siguen.
El amor familiar conserva su valor y sus responsabilidades. El pasaje no permite abandonar a los propios, desatenderlos o tratar sus necesidades con indiferencia. Enseña que esos vínculos, por preciosos que sean, no pueden exigir una obediencia contraria al Señor.
Cuando las demandas entran en conflicto, el discípulo necesita elegir con humildad y firmeza. Amar a Cristo por encima de todo puede conducirlo a amar mejor a su familia, porque aprende a hacerlo bajo la verdad, la paciencia y la misericordia que recibe de Él.
38. y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.
La cruz aparece aquí antes de la narración de la crucifixión de Jesús. Para los primeros oyentes era un instrumento de ejecución humillante, por lo que la imagen comunicaba una exigencia extrema: seguir al Señor podía llevarlos a perder honor, seguridad e incluso la vida.
Tomar la cruz significa aceptar el coste de permanecer fieles a Cristo. No se trata de buscar sufrimientos ni de considerar buena toda situación dolorosa. Tampoco exige soportar pasivamente un abuso cuando existen medios legítimos de protección.
La cruz está unida a seguir a Jesús. Su sentido nace de esa relación y de una obediencia que se mantiene aunque resulte costosa. Lucas expresará el carácter cotidiano de esta entrega al hablar de tomar la cruz cada día (Lucas 9:23).
39. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.
La paradoja final presenta dos maneras de orientar la existencia. Quien pretende conservar su vida a cualquier precio, hasta el punto de rechazar a Cristo, acaba perdiendo aquello que intentaba asegurar. Quien la entrega por causa de Jesús encuentra en Él una vida que la muerte no puede destruir.
El Señor no está despreciando la vida humana, sino mostrando dónde puede hallarse su plenitud definitiva. El deseo de seguridad se vuelve una prisión cuando exige renunciar a la verdad y apartarse de Dios.
Estas palabras se cumplirán de manera suprema en la propia entrega de Jesús. Él avanzará hacia la cruz confiando en el Padre, y Su resurrección revelará que la muerte no tiene la última palabra. El discípulo aprende a entregar su vida siguiendo a Aquel que puede sostenerla para siempre.
Recibir a los enviados y participar en la misión
Mateo 10:40 a 42
40. El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.
Después de las advertencias sobre el rechazo, Jesús habla de quienes recibirán a los enviados. La acogida no termina en ellos: al recibir a quienes representan fielmente al Señor, se recibe también a Cristo y al Padre que lo envió.
Esta unión confiere dignidad a la misión y, al mismo tiempo, responsabilidad al mensajero. No le concede autoridad ilimitada ni exige aceptar cualquier afirmación suya como si procediera de Dios. Representar a Jesús implica permanecer bajo Su palabra y someter a ella la propia conducta.
Para quien abre su casa o presta ayuda, esa acogida puede convertirse en una participación real en el anuncio del evangelio. La misión se sostiene también mediante personas que reciben, acompañan y cuidan.
41. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
Jesús menciona la recepción de un profeta y de un justo por reconocer la relación que tienen con Dios. Quien los acoge participa del bien al que sirven y no queda fuera de la mirada del Padre por desempeñar una tarea menos visible.
La recompensa no se presenta como un beneficio que pueda comprarse mediante favores a una persona religiosa. Su sentido está en la disposición sincera de quien reconoce la obra de Dios y desea colaborar con ella.
Así, la hospitalidad encuentra un lugar dentro de la fidelidad. La casa, los recursos y el tiempo de una persona pueden ponerse al servicio de aquello que el Señor está realizando mediante otros.
42. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
El discurso termina con un gesto pequeño: ofrecer un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo de Jesús. En este contexto, los pequeños son Sus seguidores, vistos desde una condición humilde y vulnerable.
Después de hablar de autoridad, persecución y entrega de la vida, Jesús se detiene en una ayuda al alcance de muchas personas. No exige una acción espectacular para reconocer un servicio hecho con amor. Una necesidad sencilla atendida por causa de Cristo tiene valor ante Él.
La promesa de que ese gesto no perderá su recompensa cierra el capítulo bajo la misma mirada del Padre que acompañaba a los enviados en el peligro. Dios conoce la confesión valiente y también el cuidado discreto. Quien no recorre los caminos anunciando puede, sin embargo, abrir una puerta, aliviar la sed y participar así en la misión del Señor.
Resumen teológico y espiritual
Mateo 10 nos permite acompañar a los discípulos en el paso de escuchar a Jesús a ser enviados por Él. La autoridad que reciben está orientada al anuncio del reino y al cuidado de las personas, y debe ejercerse con la sencillez de quienes saben que todo les ha sido concedido por gracia. La misión comienza dentro de una etapa concreta de la historia de Israel, pero las palabras del Señor abren ya un horizonte que alcanzará la vida posterior de Sus testigos.
Al avanzar por ese camino, los discípulos descubrirán tanto la hospitalidad como el rechazo. Jesús los prepara para ambas experiencias y les enseña a no confundir la fidelidad con la capacidad de obtener siempre una respuesta favorable. Pueden ofrecer paz, anunciar con claridad y atender al sufrimiento, mientras dejan a cada oyente ante su propia responsabilidad. Cuando encuentren hostilidad, necesitarán prudencia para proteger la vida y sencillez para conservar la integridad.
La persecución no quedará limitada a lugares lejanos. Puede alcanzar tribunales, autoridades y hogares, de modo que el seguimiento de Cristo tocará las zonas más sensibles de la existencia. En medio de esa vulnerabilidad, el Señor promete la ayuda del Espíritu y recuerda el cuidado personal del Padre. La fe no les dará dominio sobre sus circunstancias, pero les permitirá atravesarlas sabiendo que no han sido olvidados.
Desde esa confianza se comprende la lealtad que Jesús reclama. Ningún afecto, por legítimo y precioso que sea, puede ocupar el lugar que le corresponde a Él. Seguirlo puede exigir renuncias y llevar hasta la entrega de la propia vida, pero esa entrega se realiza ante Aquel que conduce a la vida verdadera. El discípulo no aprende a despreciar lo que ama; aprende a recibirlo y cuidarlo bajo la autoridad del Señor.
El capítulo termina ensanchando nuestra comprensión del servicio. Junto a quienes anuncian aparecen quienes reciben, acompañan y ofrecen un vaso de agua. La comunidad de creyentes participa en la misión mediante responsabilidades diferentes, y ninguna ayuda sincera queda perdida ante Dios. La misma fidelidad que sostiene una confesión en medio de la persecución puede expresarse en la hospitalidad de una casa y en la atención discreta a una necesidad.
Concordancias bíblicas principales
Romanos 10:15 «¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?»
El anuncio del evangelio nace de una misión recibida. Los mensajeros sirven a una palabra que les ha sido confiada y cuya autoridad procede de Dios.
1 Pedro 4:10 «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios».
Los dones recibidos deben ponerse al servicio de los demás. Esta disposición ayuda a comprender la autoridad de los discípulos como una responsabilidad para cuidar, no como una ocasión de dominio.
2 Timoteo 1:7 «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio».
La ayuda de Dios permite afrontar el temor conservando el amor y el dominio propio. La valentía cristiana necesita esa unión para mantenerse fiel sin volverse agresiva.
Hechos 5:41 «Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre».
Los apóstoles experimentaron el rechazo anunciado por Jesús. Su gozo nació de saberse unidos al Señor por quien habían sufrido, sin convertir la injusticia recibida en algo bueno por sí mismo.
Filipenses 3:8 «Estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor».
Pablo expresa la prioridad de Cristo en su vida. Todo lo demás adquiere su lugar desde una relación que considera más valiosa que cualquier ventaja que pudiera conservar apartándose de Él.
Hebreos 6:10 «Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún».
Dios recuerda el amor expresado en el servicio a los creyentes. Esta promesa ilumina el final de Mateo 10, donde la ayuda más sencilla conserva su valor ante el Señor.
Bibliografía recomendada
D. A. Carson, comentario sobre Mateo en The Expositor’s Bible Commentary.
R. T. France, The Gospel of Matthew.
Craig S. Keener, A Commentary on the Gospel of Matthew.
Leon Morris, The Gospel According to Matthew.
William Hendriksen, Exposition of the Gospel According to Matthew.
John MacArthur, Matthew, en la serie MacArthur New Testament Commentary.
Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
Juan Cid