Evangelio según San Marcos
Capítulo 16
Índice del capítulo
Texto bíblico
La resurrección
1 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle.
2 Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol.
3 Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
4 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.
5 Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.
6 Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.
7 Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.
8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.
Jesús se aparece a María Magdalena
9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.
10 Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando.
11 Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
Jesús se aparece a dos de sus discípulos
12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo.
13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron.
Jesús comisiona a los apóstoles
14 Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.
15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
16 El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
17 Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas;
18 tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
La ascensión
19 Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.
20 Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.
Comentarios y análisis
El sepulcro vacío y el anuncio de la resurrección
Marcos 16:1 a 8
1 a 3 Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?
Ha pasado el sábado. Durante aquellas horas, el cuerpo de Jesús ha permanecido en el sepulcro y las mujeres que habían observado dónde fue colocado han tenido que esperar. Ahora, cuando el día de reposo ha terminado, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé compran especias aromáticas con la intención de ir a ungir el cuerpo de Jesús.
Su propósito revela tanto su amor como la realidad con la que están afrontando aquel amanecer. Ellas esperan encontrar un cadáver. Habían visto morir a Jesús, habían observado Su sepultura y ahora regresan para ofrecerle el último cuidado que todavía podían darle.
Muy de mañana, el primer día de la semana, cuando ya ha salido el sol, emprenden el camino hacia el sepulcro. Marcos conduce así al lector desde la oscuridad con la que había terminado el capítulo anterior hacia una nueva mañana, aunque las mujeres todavía no saben que aquella luz exterior anticipa algo infinitamente mayor.
Mientras avanzan, una preocupación domina su conversación: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
La pregunta resulta completamente natural. Ellas habían visto cómo José de Arimatea había hecho rodar una piedra sobre la entrada, y Marcos añade que era muy grande. Su deseo de servir a Jesús las ha puesto en camino, pero ahora toman conciencia de un obstáculo que no pueden superar por sí mismas.
La escena conserva todavía toda la lógica de la muerte. Hay un sepulcro, un cuerpo al que desean ungir y una piedra demasiado pesada para ellas. Nada en sus planes parece contemplar todavía la posibilidad de la resurrección.
Y precisamente ahí comienza a revelarse el contraste entre lo que ellas esperan encontrar y lo que Dios ya ha hecho.
4 a 5 Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande. Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.
Cuando levantan los ojos, descubren que la piedra ha sido removida.
Marcos no describe en este momento cómo ocurrió ni detiene la narración para explicar el hecho. Simplemente coloca a las mujeres delante de una realidad inesperada: el obstáculo que las preocupaba ya no está.
La piedra removida no significa que Jesús necesitara que alguien le abriera la tumba para poder salir. Su función dentro del relato es otra: permite a las mujeres entrar y comprobar que el lugar donde habían visto colocar el cuerpo ahora está vacío.
Entran entonces en el sepulcro y encuentran a un joven sentado al lado derecho, vestido con una larga ropa blanca. La reacción inmediata es de temor y asombro. Habían salido de casa preocupadas por una piedra y ahora se encuentran delante de algo que supera completamente todo lo que habían imaginado.
El mensajero celestial comprende su turbación y comienza precisamente por tranquilizarlas. Ellas han venido buscando a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Esa identificación es fundamental: el que ha resucitado es el mismo Jesús que fue crucificado. No se está anunciando la aparición de otro ser ni una supervivencia simbólica de Su enseñanza. El que murió es el que ahora vive.
6 Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.
Entonces llega el anuncio que transforma por completo la escena: “Ha resucitado, no está aquí.”
Las mujeres habían venido a completar los cuidados de una sepultura; descubren que ya no hay cuerpo que ungir.
El mensaje no niega la muerte anterior. El mensajero recuerda expresamente que buscan a Jesús nazareno, el que fue crucificado. La resurrección no borra la cruz ni la convierte en una apariencia. Jesús murió realmente, pero la muerte no pudo retenerlo.
Por eso inmediatamente se les invita a mirar el lugar donde había sido puesto. El sepulcro vacío se convierte en testimonio visible de que algo decisivo ha ocurrido.
Aquí comienzan a cumplirse aquellas palabras que Jesús había repetido durante Su camino hacia Jerusalén. Había anunciado que sería entregado, muerto y que después resucitaría. Ahora, aquello que los discípulos no habían conseguido comprender empieza a hacerse realidad ante los ojos de estas mujeres.
La cruz, que parecía haber confirmado la derrota de Jesús, no tuvo la última palabra.
La piedra, que parecía haber cerrado definitivamente Su historia, estaba removida.
El sepulcro, que debía contener Su cuerpo, estaba vacío.
La resurrección aparece así no como un añadido posterior a la historia de Jesús, sino como la respuesta de Dios a todo lo sucedido en la cruz. El Crucificado vive.
7 Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.
Pero las mujeres no han recibido aquella noticia únicamente para conservarla. El mensajero les da inmediatamente una misión: deben ir y decir a los discípulos, “y a Pedro”, que Jesús irá delante de ellos a Galilea y que allí lo verán, tal como Él mismo les había dicho.
La mención particular de Pedro resulta profundamente significativa.
Pedro había negado tres veces conocer a Jesús. La última vez que Marcos lo había mostrado de manera destacada, había terminado llorando después de comprender la gravedad de lo que había hecho. Ahora, en el primer mensaje relacionado con la resurrección, su nombre aparece incluido expresamente.
No se dice que Pedro haya dejado de ser discípulo ni que su fracaso lo haya colocado fuera del alcance de la gracia. El Resucitado sigue llamándolo.
La noticia de la resurrección contiene así, desde su primer anuncio, una dimensión de restauración. Jesús no solamente ha vencido la muerte; vuelve a reunir a aquellos discípulos que habían huido y ofrece esperanza incluso al que lo había negado.
Además, la referencia a Galilea enlaza directamente con la promesa que Jesús había hecho antes de Su arresto: “Después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea” (Marcos 14:28). Ahora el mensajero no introduce un plan nuevo, sino que confirma que Jesús está haciendo exactamente lo que había anunciado.
Incluso después de la dispersión de los discípulos y del fracaso de Pedro, la palabra de Jesús permanece firme.
8 Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.
Las mujeres salen entonces del sepulcro y huyen, porque están dominadas por el temblor y el espanto. Marcos no presenta una reacción tranquila ni inmediatamente triunfal. Lo que acaban de presenciar ha sobrepasado por completo su capacidad de asimilación.
Habían llegado preparadas para llorar ante un muerto y han recibido el anuncio de que está vivo.
Por eso su temor no debe entenderse simplemente como incredulidad. Es la conmoción de quienes se encuentran de improviso ante una acción de Dios que rompe todos sus esquemas. La muerte pertenecía al orden conocido; un sepulcro vacío y el anuncio de la resurrección las sitúan ante una realidad completamente nueva.
Marcos concluye este momento diciendo que no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo. En el contexto inmediato, la expresión describe su reacción inicial al salir del sepulcro: quedan sobrecogidas por lo que acaban de ver y escuchar.
Y aquí el relato alcanza uno de sus momentos más poderosos.
El capítulo anterior había terminado con unas mujeres observando dónde colocaban el cuerpo de Jesús. Ahora esas mismas mujeres regresan al mismo lugar y descubren que la tumba está vacía. La continuidad es perfecta: quienes fueron testigos de la sepultura se convierten ahora en las primeras receptoras del anuncio de la resurrección.
Todo lo que parecía definitivo comienza a invertirse:
- La muerte no ha retenido a Jesús.
- La piedra no ha podido encerrarlo.
- El fracaso de los discípulos no ha cancelado Su promesa.
- La negación de Pedro no ha agotado Su misericordia.
- Y las mujeres que llegaron al sepulcro pensando en cómo atender a un muerto salen de allí llevando, aunque todavía temblorosas, la noticia de que el Crucificado ha resucitado.
La mañana que había comenzado con una pregunta sobre quién removería una piedra termina abriendo ante ellas una realidad que transforma toda la historia: Jesús vive, y la muerte ya no puede ser considerada la última palabra.
Jesús se aparece a María Magdalena
Nota textual: Marcos 16:9 a 20, conocido como el final largo de Marcos, figura en numerosos manuscritos y en la Reina-Valera 1960, pero no aparece en algunos manuscritos antiguos importantes, que terminan en 16:8. Por ello, su pertenencia al texto original de Marcos es objeto de debate. Se incluye y comenta aquí como parte del texto de la edición utilizada, teniendo presente esta cuestión.
Marcos 16:9 a 11
9 Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.
Después del temor y la conmoción con que las mujeres habían salido del sepulcro, el relato dirige ahora la atención hacia María Magdalena. Marcos señala que, habiendo resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, se apareció primeramente a ella, aquella de quien había expulsado siete demonios.
La mujer que había acudido al sepulcro esperando encontrar el cuerpo de Jesús se convierte así en la primera persona mencionada aquí como testigo de Su aparición después de la resurrección. Su pasado hace todavía más significativa la escena. María había conocido personalmente el poder liberador de Cristo y había permanecido cerca de Él hasta los momentos finales de Su sufrimiento; ahora recibe también el privilegio de verlo vivo.
Marcos recuerda que Jesús había expulsado de ella siete demonios, no para devolverla al pasado del que había sido liberada, sino para mostrar hasta qué punto la gracia de Cristo había transformado su vida. La mujer que había conocido una profunda esclavitud aparece ahora como testigo de la victoria definitiva del Señor sobre la muerte.
La resurrección comienza así a entrar en la experiencia concreta de quienes habían seguido a Jesús. Ya no se trata únicamente de un sepulcro vacío ni del anuncio recibido por las mujeres. El Resucitado se deja ver.
10 Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando.
María parte entonces para comunicar la noticia a quienes habían estado con Jesús. Los encuentra en una situación completamente distinta de la realidad que ella acaba de contemplar: están tristes y llorando.
Han visto caer todas sus expectativas. Aquel a quien habían seguido, escuchado y reconocido como Mesías ha muerto. Sus esperanzas parecen haber terminado con Él, y el grupo que antes caminaba detrás del Maestro aparece ahora reunido alrededor del duelo.
María entra precisamente en medio de ese dolor llevando una noticia que contradice todo aquello que ellos creen definitivo.
Jesús vive.
El contraste es profundo. Mientras los discípulos lloran por un muerto, María viene a hablarles de un Viviente. La resurrección ya ha ocurrido, pero ellos continúan interpretando la realidad desde la cruz y el sepulcro.
Esta escena refleja también algo que el propio Jesús había intentado enseñarles repetidamente. La muerte formaba parte del camino, pero no era su término. Ellos habían escuchado los anuncios de la resurrección, aunque el dolor del momento les impide ahora unir aquellas palabras con la noticia que María trae.
11 Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.
Cuando escuchan que Jesús vive y que María lo ha visto, no lo creen.
La reacción resulta sorprendente, pero al mismo tiempo profundamente humana. Los discípulos no aparecen predispuestos a inventar una resurrección ni esperando cualquier noticia que confirme lo que desean creer. Al contrario, el primer anuncio encuentra resistencia.
Han sufrido demasiado y la muerte les parece demasiado definitiva.
María afirma haberlo visto vivo, pero ellos todavía no consiguen atravesar con la fe el muro levantado por aquello que han presenciado durante los últimos días. El recuerdo de la cruz pesa más, en ese momento, que la palabra de una testigo.
Así, la resurrección no entra en la historia de los discípulos como una conclusión evidente que ellos mismos elaboran, sino como una realidad que irrumpe contra sus propias expectativas.
Jesús había anunciado que resucitaría, el sepulcro había sido encontrado vacío y ahora María declara que lo ha visto; aun así, quienes habían caminado con Él necesitan todavía ser conducidos desde el duelo hacia la fe.
El relato avanza, por tanto, desde el sepulcro vacío hasta el testimonio personal, pero los discípulos permanecen todavía encerrados en la tristeza. La noticia de la resurrección ha llegado hasta ellos, aunque aún no ha transformado su manera de comprender lo sucedido.
Jesús se aparece a dos discípulos
Marcos 16:12 a 13
12 Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo.
“Este breve relato suele relacionarse con el encuentro que Lucas narra en el camino de Emaús. Marcos no identifica el lugar ni desarrolla la escena; Lucas ofrece los detalles que comentamos a continuación”. Además, Lucas 24:33 a 35 cuenta que, al regresar los dos, encontraron a un grupo que ya afirmaba que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Por eso suavizaría la afirmación de que todos los demás seguían resistiéndose a creer: Marcos 16:13 lo dice en su relato breve, pero Lucas ofrece una escena más compleja.
El camino hacia Emaús puede contemplarse también como una imagen espiritual muy profunda. Los dos discípulos se alejan de Jerusalén abatidos, confundidos y sin comprender todavía el sentido de la cruz. Lucas mismo muestra que su esperanza había quedado quebrada cuando confiesan: “nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Lucas 24:21).
Su alejamiento físico refleja así, de manera significativa, el estado interior de unos hombres que han perdido la dirección porque todavía no comprenden lo que Dios está haciendo. La Escritura utiliza repetidamente la imagen del camino para expresar la orientación espiritual de la vida. “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12), mientras que el salmista pide a Dios: “Enséñame, oh Jehová, tu camino” (Salmo 86:11). El problema de aquellos discípulos no era simplemente geográfico; era que todavía necesitaban que el Señor les mostrara nuevamente cómo interpretar el camino que tenían delante.
Y es precisamente entonces cuando Jesús sale a su encuentro. No los abandona a su confusión, sino que se acerca y camina con ellos. Esta iniciativa armoniza con la manera en que Dios se revela en toda la Escritura: Él busca al que se ha extraviado. Jesús había dicho que el pastor deja las noventa y nueve para ir tras la oveja perdida hasta encontrarla (Lucas 15:4), y también había declarado que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
La manera en que Jesús los restaura resulta igualmente significativa. No comienza simplemente corrigiendo su dirección física, sino corrigiendo primero su comprensión espiritual mediante la Palabra. Lucas explica que, comenzando desde Moisés y siguiendo por los profetas, les mostró en las Escrituras lo que se refería a Él (Lucas 24:27). Antes de hacerlos volver a Jerusalén, hace volver su corazón a la verdad.
Esto concuerda con otro principio bíblico: la Palabra de Dios ilumina el camino. El salmista declara: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Los discípulos caminaban físicamente hacia Emaús, pero espiritualmente necesitaban luz para comprender hacia dónde los estaba conduciendo Dios.
Cuando finalmente reconocen a Jesús, ellos mismos describen lo que había sucedido dentro de ellos: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino?” (Lucas 24:32). La transformación comienza dentro antes de hacerse visible fuera. La presencia de Cristo y la comprensión de las Escrituras cambian primero su corazón, y después cambian también su dirección.
Por eso, en cuanto lo reconocen, se levantan y regresan a Jerusalén (Lucas 24:33). El movimiento exterior expresa ahora el cambio interior. Habían salido tristes y desorientados; vuelven con esperanza y con una noticia que comunicar. La Biblia muestra repetidamente ese mismo movimiento espiritual mediante la idea de volver a Dios: “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros” (Malaquías 3:7).
Así, sin afirmar que Lucas presente expresamente el viaje a Emaús como una parábola, la escena permite reconocer un simbolismo plenamente coherente con el conjunto de la Escritura: el corazón desorientado puede comenzar a caminar alejándose, pero Cristo sale a buscarlo, se acerca, le abre la Palabra, enciende de nuevo su corazón y lo conduce a volver.
El camino de Emaús se convierte de este modo en una imagen de restauración: primero alejamiento y tristeza; después el encuentro con Cristo; luego la comprensión de la Palabra; finalmente, el regreso con una esperanza renovada.
13 Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron.
Después de reconocer a Jesús, los dos no continúan simplemente su camino. Regresan a Jerusalén para comunicar a los demás lo que les ha ocurrido.
Lucas añade un detalle que permite comprender la fuerza de su reacción: “levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén” (Lucas 24:33). Aquellos que habían salido de la ciudad abatidos regresan ahora llevando una noticia que transforma por completo su tristeza: Jesús está vivo.
El movimiento de la escena recuerda lo sucedido con María Magdalena. Quien se encuentra con el Resucitado siente inmediatamente la necesidad de comunicarlo. El anuncio comienza así a extenderse de testigo en testigo.
Pero Marcos vuelve a colocar delante del lector la misma dificultad: “ni aun a ellos creyeron”. La incredulidad de los demás discípulos se hace ahora todavía más llamativa. Primero habían rechazado el testimonio de María Magdalena; ahora reciben también el testimonio de dos compañeros que han encontrado a Jesús durante el camino, y aun así se resisten a creer.
Marcos deja el relato detenido precisamente ahí: los testimonios de la resurrección se multiplican, pero el corazón de los discípulos continúa resistiéndose a creer aquello que Jesús mismo les había anunciado.
Jesús se aparece a los once y reprende su incredulidad
Marcos 16:14
14 Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.
Después del testimonio de María Magdalena y del anuncio de los dos discípulos que habían encontrado a Jesús en el camino, la incredulidad de los demás sigue sin ceder. El relato llega entonces a un momento decisivo: Jesús mismo se aparece a los once mientras están sentados a la mesa.
Hasta ahora habían recibido testimonios acerca de la resurrección; ahora se encuentran directamente delante del Resucitado. La escena posee una fuerza especial precisamente porque Jesús no comienza felicitándolos por su fe. Marcos dice que les reprocha su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.
El problema, por tanto, no era falta absoluta de información. Habían escuchado el testimonio de María Magdalena y después el de otros dos discípulos, pero se habían resistido a aceptarlo. La expresión “dureza de corazón” señala una dificultad más profunda que la simple sorpresa: su interior permanecía cerrado ante una verdad que ya había sido anunciada por Jesús y confirmada por testigos.
Eso no significa que los discípulos hubieran dejado de amar al Señor. Habían quedado devastados por Su muerte y necesitaban ser restaurados, pero Marcos no suaviza su responsabilidad. Jesús había dicho que resucitaría, y aun así ellos habían tratado la muerte como si fuera la última palabra.
La reprensión del Señor tiene, por tanto, un carácter formativo: corrige una fe que todavía depende demasiado de lo que puede ver y comprender de inmediato. La Escritura presenta repetidamente la incredulidad como una resistencia a confiar en la Palabra de Dios cuando las circunstancias parecen contradecirla. “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29) expresa después ese mismo principio: la fe verdadera aprende a descansar en el testimonio que Dios ha dado.
La aparición de Jesús cambia completamente la posición de los discípulos. Hasta ese momento habían oído hablar de la resurrección; ahora están delante de Aquel cuya resurrección habían rechazado creer. Su incredulidad queda expuesta no mediante un argumento, sino mediante la presencia viva de Cristo en medio de ellos.
El Evangelio de Juan añade un detalle que ayuda a comprender mejor la naturaleza de esta aparición: “estando las puertas cerradas… vino Jesús, y puesto en medio” (Juan 20:19). Jesús se presentó en medio de ellos estando cerradas las puertas; Juan no explica de qué modo ocurrió, Unas horas antespero no aparece como una presencia puramente espiritual ni como una visión. El propio Señor insiste en la realidad corporal de Su resurrección cuando dice: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).
La resurrección de Jesús es, por tanto, real y corporal. Es el mismo Jesús que fue crucificado, con plena continuidad de identidad, pero ahora vive en una condición glorificada. Su cuerpo ya no está sujeto a la corrupción, al deterioro ni a la muerte, y manifiesta capacidades que pertenecen a esa nueva condición de gloria. No es otro cuerpo distinto ni una existencia sin cuerpo: es el cuerpo resucitado y transformado del mismo Señor.
Pablo explicará después este misterio utilizando el lenguaje de la transformación. El cuerpo es sembrado en corrupción y resucita en incorrupción, sembrado en deshonra y resucita en gloria (1 Corintios 15:42 a 44). La esperanza cristiana no consiste, por tanto, en abandonar para siempre la existencia corporal, sino en la resurrección y glorificación del cuerpo.
Y precisamente porque Cristo ha resucitado de esa manera, Su resurrección se convierte también en garantía para los creyentes. Pablo afirma que el Señor “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21). Cuando Cristo vuelva, los muertos en Él resucitarán primero, y quienes pertenezcan verdaderamente al Señor participarán de esa misma transformación gloriosa (1 Tesalonicenses 4:16 a 17).
La escena, por tanto, no muestra únicamente que Jesús ha vencido la muerte. Muestra también qué clase de victoria ha obtenido: una victoria que alcanza al cuerpo mismo y abre para los creyentes la esperanza de una resurrección real, personal y corporal. Conservaremos nuestra identidad, pero ya no sujetos a la corrupción y a la muerte, sino transformados conforme al cuerpo glorioso de Cristo.
Y, sin embargo, antes de que los discípulos puedan comprender toda la grandeza de esa esperanza, deben enfrentarse primero a su propia incredulidad. El Señor que está delante de ellos es la prueba viva de que aquello que habían considerado imposible ya ha sucedido.
Así, el versículo reúne dos realidades que recorren toda la relación de Jesús con Sus discípulos: la firmeza con la que corrige su falta de fe y la gracia con la que vuelve a buscarlos después de su fracaso. Los once están ahora frente al Resucitado, contemplando no solo la victoria de Cristo sobre la muerte, sino también el comienzo de la esperanza que un día alcanzará plenamente a todos los que son Suyos.
La gran comisión y las señales que acompañarán a los creyentes
Marcos 16:15 a 18
15 Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
Después de confrontar la incredulidad de los once, Jesús no los aparta de Su obra. Al contrario, aquellos mismos hombres que habían dudado, huido y necesitado ser restaurados reciben ahora una misión que extenderá el Evangelio mucho más allá del pequeño grupo reunido alrededor de Él.
Jesús les dice: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.”
La escena cambia de dimensión. Hasta ese momento, el relato había estado concentrado en Jerusalén, en el sepulcro y en el círculo cercano de los discípulos; ahora la mirada se abre hacia todo el mundo. La resurrección no es una noticia destinada a permanecer guardada entre quienes conocieron personalmente a Jesús. Debe ser anunciada.
El Evangelio que ellos han de proclamar tiene ahora su centro plenamente revelado: Jesucristo murió y ha resucitado. La cruz que parecía derrota y el sepulcro que parecía el final se convierten en el corazón de la buena noticia que deberá llegar a todos.
La universalidad del mandato resulta especialmente significativa. Jesús no limita el anuncio a Israel ni a un determinado grupo humano. La expresión “a toda criatura” comunica la amplitud de la misión: el mensaje de salvación debe atravesar fronteras, pueblos y culturas.
Los discípulos que anteriormente se habían resistido a creer el testimonio de otros serán ahora enviados precisamente para dar testimonio de aquello que ellos mismos han visto y recibido.
16 El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.
Jesús añade entonces: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” El centro de la frase está en la respuesta de fe al Evangelio. La salvación se recibe creyendo en Cristo, y el bautismo aparece como la expresión visible y pública de esa fe. No se presenta como una obra humana que compre la salvación, sino como el paso natural de quien ha creído y se identifica abiertamente con el Señor.
La segunda parte del versículo ayuda a comprenderlo con precisión. Jesús no dice “el que no fuere bautizado será condenado”, sino “el que no creyere”. La condenación queda vinculada a la incredulidad, porque rechazar el Evangelio significa rechazar al mismo Cristo que ofrece la salvación.
Esta enseñanza armoniza con el resto del Nuevo Testamento. Pablo explica que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). La fe recibe la salvación; el bautismo manifiesta públicamente esa nueva pertenencia a Cristo.
Para aquellos discípulos que acababan de ser reprendidos precisamente por su incredulidad, las palabras adquieren un peso especial. Ellos han experimentado personalmente lo difícil que puede resultar creer cuando la realidad visible parece decir lo contrario. Ahora deberán anunciar a otros que la respuesta decisiva ante Cristo es precisamente creer en Él.
17 a 18 Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
Jesús continúa explicando que ciertas señales acompañarán a los que creen. En Su nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, podrán enfrentar peligros extraordinarios y pondrán las manos sobre enfermos que recibirán sanidad.
La expresión importante es “en mi nombre”. Las señales no presentan a los creyentes como poseedores de poderes propios, sino como personas mediante las cuales actúa la autoridad de Cristo. El centro sigue siendo Jesús, no los milagros.
El libro de los Hechos mostrará cómo varias de estas señales acompañan efectivamente la expansión inicial del Evangelio. Los discípulos expulsan espíritus malignos, se hablan lenguas que no habían aprendido y ocurren sanidades en el nombre de Jesús. De esta manera, Dios confirma públicamente el mensaje que está comenzando a extenderse.
El caso de las serpientes encuentra también un ejemplo muy concreto cuando Pablo, después de un naufragio, es mordido por una víbora y no sufre daño (Hechos 28:3 a 6). El pasaje no invita a buscar deliberadamente situaciones peligrosas para demostrar la fe. La propia Escritura enseña que no debemos tentar a Dios. Las señales descritas aquí manifiestan Su protección y poder cuando Sus siervos se encuentran realmente ante esos peligros durante el cumplimiento de la misión.
Lo mismo debe decirse de la referencia a beber algo mortífero. Jesús no está ordenando realizar pruebas temerarias ni utilizar sustancias peligrosas como demostración espiritual. El sentido del pasaje apunta a la protección soberana de Dios en medio de la misión, no a provocar artificialmente el peligro.
La imposición de manos sobre los enfermos aparece también dentro de ese mismo contexto. Los discípulos no reciben una capacidad independiente para sanar a voluntad; actúan en dependencia del Señor, y las sanidades se convierten en señales que acompañan la proclamación del Evangelio.
Así, después de haberlos confrontado por su incredulidad, Jesús coloca delante de ellos una misión inmensa. Los hombres que habían permanecido encerrados y temerosos tendrán que salir al mundo. Los que habían dudado del testimonio de otros deberán convertirse ellos mismos en testigos. Y quienes hasta entonces habían dependido de la presencia visible de Jesús aprenderán a servir bajo Su autoridad y en Su nombre.
La escena avanza, por tanto, desde la corrección hacia el envío. El Resucitado no deja a Sus discípulos detenidos en sus errores anteriores, sino que los incorpora nuevamente a Su propósito. La noticia de que Jesús vive ya no puede quedar encerrada entre ellos: debe comenzar a recorrer el mundo.
La ascensión del Señor y la predicación de los discípulos
Marcos 16:19 a 20
19 Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.
Después de encomendar a Sus discípulos la misión de llevar el Evangelio por todo el mundo, Jesús culmina Su presencia visible entre ellos de una manera completamente distinta a como había terminado Su vida terrenal después de Su resurrección. Aquel que había sido crucificado, sepultado y después visto vivo es recibido arriba en el cielo y se sienta a la diestra de Dios.
La ascensión no significa simplemente que Jesús desaparezca de la vista de los discípulos. Marcos la presenta como exaltación. El que había sido humillado hasta la cruz ocupa ahora el lugar de honor y autoridad junto al Padre.
La expresión “a la diestra de Dios” no pretende describir una posición espacial como si Dios estuviera limitado físicamente, sino comunicar, mediante el lenguaje bíblico de la realeza, que Cristo comparte la autoridad y el gobierno divinos. El mismo Jesús había anunciado delante del concilio: “veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios” (Marcos 14:62). Aquello que Sus acusadores habían considerado una blasfemia aparece ahora como realidad cumplida.
La concordancia con el Salmo 110 permite comprender todavía mejor este lenguaje: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra” (Salmo 110:1).
A primera vista, alguien podría pensar que David está hablando simplemente de sí mismo o de otro rey de Israel. Sin embargo, Jesús mismo explicó que el sentido del salmo iba más allá de David. Durante Su ministerio preguntó cómo podía llamarse al Mesías “hijo de David” si David, hablando por el Espíritu Santo, lo llama “mi Señor”: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra” (Marcos 12:36).
La fuerza del argumento está precisamente ahí: David distingue entre sí mismo y Aquel a quien llama “mi Señor”. Si el Mesías fuera solamente un descendiente humano de David, resultaría difícil explicar por qué el propio David le atribuye una dignidad superior. Jesús muestra así que el Mesías es verdaderamente hijo de David según Su linaje humano, pero al mismo tiempo es mucho más que un descendiente de David: es el Señor exaltado por Dios.
Por eso, cuando Marcos afirma ahora que Jesús “se sentó a la diestra de Dios”, está mostrando el cumplimiento de aquello que el propio Jesús había explicado anteriormente. El Crucificado es el Mesías anunciado por David y ocupa ahora el lugar de autoridad y honor que el salmo había anticipado.
Lucas amplía la escena explicando que, mientras Jesús bendecía a Sus discípulos, fue llevado arriba al cielo (Lucas 24:50 a 51), y Hechos añade que una nube lo recibió mientras ellos miraban (Hechos 1:9). La nube, tan frecuentemente asociada en la Escritura con la manifestación de la presencia divina, refuerza la idea de que Jesús entra ahora plenamente en la gloria que le corresponde.
La ascensión no significa, por tanto, ausencia en el sentido de abandono. Es entronización. El Señor que había caminado físicamente junto a los discípulos continúa siendo su Señor, pero ahora ejerce Su autoridad desde la gloria del Padre.
20 Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.
Después de verlo ascender, los discípulos hacen precisamente aquello para lo que habían sido enviados: salen y predican en todas partes.
El contraste con las escenas anteriores es profundo. Aquellos hombres que habían permanecido encerrados por miedo, que habían dudado de los testimonios de la resurrección y que habían necesitado ser reprendidos por su incredulidad aparecen ahora convertidos en testigos que llevan el Evangelio más allá del pequeño círculo en el que habían vivido hasta entonces.
Sin embargo, Marcos añade un detalle esencial: “ayudándoles el Señor”. Jesús ha ascendido, pero no ha dejado de actuar.
Los discípulos predican, viajan, anuncian y afrontan la oposición, pero la misión no depende únicamente de sus fuerzas. El Señor glorificado continúa obrando con ellos. La ascensión cambia la forma de Su presencia, pero no pone fin a ella.
Esto resulta especialmente importante para comprender el cierre del Evangelio. Jesús había enviado a los discípulos a predicar a todo el mundo, pero no los envía solos. Desde la diestra de Dios, continúa sosteniendo y confirmando la obra que les ha confiado.
Marcos dice además que el Señor confirmaba la palabra “con las señales que la seguían”. De esta manera, lo anunciado en los versículos anteriores comienza a hacerse realidad: la predicación del Evangelio va acompañada por manifestaciones del poder de Dios que autentican el mensaje y muestran que el mismo Cristo resucitado sigue actuando.
El libro de los Hechos desarrollará ampliamente esta realidad. La predicación apostólica no se presenta como una empresa meramente humana, sino como la continuación de la obra de Jesús mediante Sus testigos y por el poder del Espíritu Santo.
El final de Marcos resulta así profundamente significativo. El Evangelio había comenzado anunciando “el principio del evangelio de Jesucristo”, y termina con ese Evangelio saliendo hacia el mundo.
Jesús ya no camina físicamente por los caminos de Galilea, pero Su obra no ha terminado. Los discípulos salen. La Palabra es predicada. El Señor actúa con ellos. Y aquello que comenzó con un pequeño grupo alrededor de Jesús empieza a extenderse mucho más allá de Jerusalén.
La historia que Marcos ha narrado llega formalmente a su final, pero la misión queda abierta. El Cristo crucificado y resucitado reina ahora desde la gloria, mientras Sus discípulos anuncian en la tierra la salvación que Él ha realizado.
El Evangelio termina así no con una despedida, sino con una continuidad: Jesús asciende, los discípulos salen y el Señor sigue obrando con ellos.
Resumen teológico y espiritual
Marcos 16 comienza donde parecía que todo había terminado. Jesús había muerto, Su cuerpo había sido depositado en un sepulcro y una gran piedra cerraba la entrada. Sin embargo, cuando las mujeres regresan al amanecer del primer día de la semana, descubren que aquello que parecía definitivo había sido vencido por Dios. El sepulcro está abierto y Jesús ha resucitado.
La resurrección constituye el centro de todo el capítulo. No aparece como una idea espiritual, una forma de mantener vivo el recuerdo de Jesús o una esperanza nacida del dolor de Sus discípulos. El que había sido crucificado y sepultado vive realmente. La muerte ha sido verdadera, pero también lo es Su victoria sobre ella.
Precisamente por eso resulta tan significativo que los primeros discípulos no aparezcan predispuestos a creer. Las mujeres llegan al sepulcro esperando encontrar un cadáver; los discípulos reciben el testimonio de María Magdalena y no lo creen; otros dos regresan después de encontrarse con Jesús y tampoco son creídos. El relato no presenta a un grupo tratando de convencerse de que Jesús continúa vivo, sino a personas que necesitan ser vencidas en su incredulidad por la realidad misma de la resurrección.
En ese contexto adquiere una profundidad especial el camino de Emaús. Dos discípulos se alejan de Jerusalén abatidos y sin comprender lo sucedido, pero Cristo sale a su encuentro. Camina con ellos, escucha su tristeza y les abre las Escrituras hasta que aquello que parecía una tragedia incomprensible comienza a adquirir sentido dentro del propósito de Dios. Cuando finalmente reconocen al Resucitado, cambian también de dirección y regresan.
La escena muestra espiritualmente cómo Cristo busca al discípulo desorientado y lo restaura mediante Su presencia y Su Palabra. El corazón que había perdido la esperanza vuelve a arder cuando comprende las Escrituras a la luz de Jesús. La transformación interior termina reflejándose exteriormente: quienes se alejaban regresan ahora llevando una noticia que comunicar.
Cuando Jesús se aparece finalmente a los once, confronta directamente su incredulidad y dureza de corazón. La reprensión manifiesta que la fe no puede depender únicamente de aquello que los ojos consideran posible. Cristo les había anunciado Su resurrección y varios testigos habían confirmado que estaba vivo, pero ellos continuaban resistiéndose a creer.
Sin embargo, esa corrección no los excluye de Su propósito. Los mismos hombres que habían dudado son enviados después a anunciar el Evangelio. La gracia de Cristo no solamente perdona el fracaso; restaura al discípulo y vuelve a confiarle una misión.
La aparición del Resucitado revela además la naturaleza de la esperanza cristiana. Jesús no ha vuelto simplemente a la misma existencia que tenía antes de morir, ni se presenta como un espíritu sin cuerpo. Es verdaderamente el mismo Señor, con una existencia corporal real, pero ahora glorificada y ya no sometida a la corrupción ni a la muerte.
Esa realidad convierte Su resurrección en promesa para los creyentes. La esperanza cristiana no consiste únicamente en que el alma continúe existiendo después de la muerte, sino en la resurrección y transformación del cuerpo. Así como Cristo resucitó corporalmente y vive glorificado, quienes verdaderamente pertenecen a Él esperan también participar de esa victoria cuando llegue el momento establecido por Dios.
Después de restaurar a Sus discípulos, Jesús abre ante ellos una misión que supera todo lo que habían conocido hasta entonces: el Evangelio debe llegar a todo el mundo. La noticia de la cruz y de la resurrección no pertenece únicamente al pequeño círculo que había acompañado a Jesús ni queda limitada a Israel. Lo que Dios ha realizado en Cristo debe ser anunciado a todos.
La respuesta decisiva ante ese Evangelio es la fe. Quien escucha la buena noticia queda llamado a confiar en Cristo, y el bautismo aparece como expresión visible de esa nueva pertenencia. El Evangelio no invita simplemente a admirar a Jesús, sino a creer en Él, reconocerlo como Señor y entrar en una vida nueva bajo Su autoridad.
Las señales que acompañan la misión muestran que los discípulos no son enviados dependiendo solamente de sus capacidades humanas. Cristo continúa actuando. El poder pertenece al Señor, no al mensajero, y las señales no sustituyen al Evangelio ni se convierten en su centro; lo acompañan y confirman mientras la Palabra avanza.
El capítulo culmina con la ascensión. Jesús, que había descendido hasta la humillación de la cruz, es recibido en el cielo y se sienta a la diestra de Dios. Marcos presenta así el movimiento completo de Su obra: humillación, muerte, resurrección y exaltación.
La diestra de Dios expresa Su autoridad y Su realeza. Jesús mismo había utilizado el Salmo 110 para mostrar que el Mesías no podía reducirse simplemente a un descendiente humano de David. David, hablando por el Espíritu, lo había llamado “mi Señor”. Ahora, al terminar el Evangelio, aquello que Jesús había enseñado se manifiesta plenamente: el Hijo de David es también el Señor exaltado.
Pero la ascensión no significa que Jesús deje de estar activo. Precisamente después de ser recibido en gloria, Marcos afirma que los discípulos salen a predicar “ayudándoles el Señor”. Cristo está en el cielo, pero continúa obrando con ellos.
Ese detalle da al final del Evangelio una extraordinaria profundidad. La historia de Jesús no termina cuando desaparece de la vista de los discípulos. Su presencia cambia de forma, pero Su obra continúa. Los creyentes anuncian, sirven y obedecen, mientras el Señor resucitado y exaltado sigue actuando con ellos.
Marcos 16 termina así con un movimiento completamente opuesto al comienzo del capítulo. Las mujeres habían caminado hacia una tumba preguntándose quién podría remover una piedra; al final, los discípulos están saliendo hacia el mundo. Al final, los discípulos salen hacia el mundo proclamando que Jesús vive.
- El temor comienza a convertirse en testimonio.
- La incredulidad, en fe.
- La dispersión, en misión.
- La muerte, en vida.
- Y la aparente derrota de la cruz queda revelada finalmente como el camino hacia la victoria y la exaltación de Cristo.
Espiritualmente, el capítulo deja al creyente ante una esperanza inmensa: el Señor al que seguimos está vivo. Puede encontrarnos cuando caminamos desorientados, abrir nuestra comprensión mediante Su Palabra, restaurarnos después del fracaso, transformar nuestra incredulidad y enviarnos nuevamente a servir.
El Evangelio termina, por tanto, no invitándonos simplemente a recordar lo que Jesús hizo, sino a vivir bajo la certeza de que el Crucificado ha resucitado, reina a la diestra del Padre y continúa obrando con aquellos que anuncian fielmente Su Palabra.
Concordancias principales de Marcos 16
Mateo 28:18 a 20 “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra… id, y haced discípulos a todas las naciones.”
Mateo amplía la comisión que Marcos resume. La misión universal de los discípulos nace de la autoridad del Cristo resucitado: no salen por iniciativa propia, sino enviados por Aquel que posee toda potestad.
Lucas 24:46 a 48 “Así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día… y vosotros sois testigos de estas cosas.”
Lucas une inseparablemente la cruz, la resurrección y la misión. Los discípulos no deben anunciar una idea religiosa, sino dar testimonio de hechos que han presenciado y cuyo significado comprenden ahora a la luz de las Escrituras.
Hechos 1:8 “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y me seréis testigos.”
La misión de Marcos 16 no dependerá únicamente de la capacidad humana de los discípulos. El Espíritu Santo los capacitará para llevar el testimonio de Cristo desde Jerusalén hasta los confines de la tierra.
Hechos 2:32 “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
La predicación apostólica comenzó precisamente con la certeza central de Marcos 16: Jesús ha resucitado realmente. Los discípulos que inicialmente dudaron se convirtieron después en testigos públicos de aquello que habían visto.
Hechos 4:12 “En ningún otro hay salvación.”
La orden de predicar el Evangelio a toda criatura se comprende mejor cuando se reconoce la singularidad de Cristo. La salvación anunciada por los apóstoles no presenta muchos caminos equivalentes, sino a Jesús como el Salvador dado por Dios.
Romanos 6:4 “Somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo… para que andemos en vida nueva.”
Esta concordancia ayuda a comprender el bautismo mencionado en Marcos 16:16. El bautismo expresa públicamente la identificación del creyente con la muerte y resurrección de Cristo y el comienzo de una vida nueva.
1 Corintios 15:3 a 4 “Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado, y… resucitó al tercer día.”
Pablo resume el núcleo del Evangelio que los discípulos fueron enviados a proclamar. La muerte, sepultura y resurrección de Jesús constituyen acontecimientos inseparables dentro de la obra salvadora de Dios.
1 Corintios 15:20 “Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.”
La resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado. Al llamarlo “primicias”, Pablo enseña que Su victoria anticipa y garantiza la futura resurrección de quienes pertenecen a Él.
2 Corintios 5:17 “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es.”
El Evangelio anunciado después de la resurrección no ofrece solamente perdón del pasado. La unión con Cristo introduce al creyente en una vida nueva, transformada por la gracia de Dios.
Efesios 1:20 a 22 “Resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra… sobre todo principado y autoridad.”
Pablo desarrolla la realidad que Marcos presenta al final de su Evangelio. Cristo resucitado y ascendido ocupa una posición de autoridad suprema; Su misión continúa desde el lugar de exaltación que el Padre le ha concedido.
Colosenses 3:1 “Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.”
La exaltación de Cristo no es solamente una doctrina acerca de Jesús; transforma también la orientación de la vida del creyente. Saber que Cristo reina conduce a vivir con la mirada puesta en las realidades de Su reino.
Hebreos 7:25 “Viviendo siempre para interceder por ellos.”
La ascensión no significa que Cristo haya dejado de ocuparse de los Suyos. El Señor glorificado permanece activo, intercediendo por aquellos que se acercan a Dios por medio de Él.
Hebreos 2:14 “Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte.”
La resurrección de Marcos 16 revela que la muerte no pudo retener a Jesús. Aquello que parecía Su derrota se convirtió precisamente en el camino mediante el cual quebrantó el poder de la muerte.
1 Pedro 1:3 “Nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
La resurrección transforma la esperanza cristiana. El creyente no vive sostenido únicamente por recuerdos del pasado, sino por una esperanza viva fundamentada en que Cristo realmente venció la muerte.
Apocalipsis 1:17 a 18 “Yo soy… el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos.”
El Jesús que Marcos presenta resucitado y ascendido aparece en Apocalipsis como el Señor glorificado que vive eternamente. La muerte ocurrió realmente, pero ya no posee dominio sobre Él.
Apocalipsis 22:20 “Ciertamente vengo en breve.”
Marcos termina con Cristo exaltado y Sus discípulos llevando el Evangelio al mundo, pero la historia bíblica todavía mira hacia adelante. El mismo Señor que ascendió volverá, y la misión de los creyentes se desarrolla mientras esperan Su regreso.
Estas concordancias permiten contemplar Marcos 16 dentro del conjunto de la revelación bíblica: Cristo resucita, Sus discípulos se convierten en testigos, el Espíritu los capacita, el Evangelio alcanza a las naciones, el Señor reina desde la gloria y los creyentes esperan tanto su propia resurrección como el regreso de Cristo.
Bibliografía
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Juan Cid