Evangelio según San Marcos
Capítulo 15
Índice del capítulo
Texto bíblico
Jesús ante Pilato
1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato.
2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices.
3 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho.
4 Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan.
5 Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba.
Jesús sentenciado a muerte
6 Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen.
7 Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta.
8 Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho.
9 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos?
10 Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes.
11 Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás.
12 Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos?
13 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale!
14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale!
15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.
16 Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía
17 Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas,
18 comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!
19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias.
20 Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle.
Crucifixión y muerte de Jesús
21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz.
22 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera.
23 Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó.
24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno.
25 Era la hora tercera cuando le crucificaron.
26 Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS.
27 Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda.
28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos.
29 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas,
30 sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.
31 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.
32 El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban.
33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
35 Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías.
36 Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle.
37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró.
38 Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.
40 También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé,
41 quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Jesús es sepultado
42 Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo,
43 José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
44 Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto.
45 E informado por el centurión, dio el cuerpo a José,
46 el cual compró una sábana, y quitándolo, lo envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
47 Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde lo ponían.
Comentarios y análisis
Jesús ante Pilato
Marcos 15:1 a 5
1 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato.
La noche de interrogatorios religiosos llega a su fin, pero la decisión contra Jesús ya está tomada. Apenas amanece, los principales sacerdotes, los ancianos, los escribas y todo el concilio vuelven a reunirse. No buscan ahora descubrir la verdad, sino dar forma legal a una sentencia que, en la práctica, ya habían decidido. Marcos transmite una sensación de urgencia: “muy de mañana” quieren llevar el proceso hasta sus últimas consecuencias.
Sin embargo, existe un obstáculo. El concilio judío puede acusar a Jesús de blasfemia, pero para conseguir Su ejecución necesita llevar el caso ante la autoridad romana. Por eso lo atan y lo entregan a Pilato. La acusación religiosa deberá convertirse ahora en una acusación política capaz de interesar al gobernador.
La escena encierra una profunda ironía. El verdadero Rey aparece atado ante los poderes de este mundo. Quienes creen tenerlo bajo su dominio no comprenden que todo sucede dentro del propósito soberano de Dios. Jesús ya había anunciado repetidamente que sería entregado a los gentiles y condenado a muerte, de manera que lo que parece únicamente una conspiración humana está conduciendo, sin que Sus enemigos lo sepan, hacia el cumplimiento del camino que Él mismo había anunciado.
Así había ocurrido también en la experiencia del Siervo sufriente: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7). Jesús no es llevado a la muerte porque haya perdido el control de los acontecimientos, sino porque ha decidido recorrer hasta el final el camino de obediencia al Padre.
2 Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices.
Pilato entra inmediatamente en el asunto que puede tener relevancia política: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”. La pregunta revela cómo ha sido presentada la acusación. Ante el concilio, el centro del conflicto había sido la identidad de Jesús como Mesías e Hijo del Bendito; ante Roma, esa confesión puede formularse como una pretensión de realeza capaz de ser interpretada como desafío a la autoridad imperial.
Jesús responde: “Tú lo dices”. No niega Su realeza, pero tampoco la explica en los términos políticos que Pilato podría imaginar. Su respuesta es deliberadamente sobria. Jesús es verdaderamente Rey, pero Su reino no nace de una insurrección armada ni depende del poder de Roma. La acusación contiene una verdad que quienes la presentan no comprenden: el hombre que está ante Pilato es realmente Rey, aunque Su corona será de espinas y Su trono visible, unas horas después, será una cruz.
Esta misma verdad aparece con mayor amplitud cuando Jesús declara ante Pilato: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). No significa que Su reino carezca de autoridad sobre el mundo, sino que su origen, naturaleza y poder proceden de Dios, no de los mecanismos de dominio humano.
Por eso la escena comienza a invertir silenciosamente las apariencias. Pilato parece ser quien juzga y Jesús quien está siendo juzgado; pero el relato mostrará que el verdadero interrogante no es solamente quién es Jesús, sino qué hará cada persona cuando se encuentre delante de Él.
3 a 5 Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan. Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba.
Entonces los principales sacerdotes multiplican las acusaciones. Marcos no las reproduce una por una; lo importante es el contraste entre la intensidad de quienes acusan y el silencio de Aquel que podría defenderse. Quieren asegurar la condena y presentan cuantos cargos consideran capaces de convencer a Pilato.
El gobernador se sorprende de que Jesús no responda. En un proceso romano, un acusado tenía razones poderosas para defenderse ante cargos que podían conducir a la muerte. De ahí la insistencia de Pilato: “Mira de cuántas cosas te acusan”. Sin embargo, Jesús permanece en silencio.
No se trata de impotencia ni de incapacidad para responder. Quien tantas veces había dejado sin respuesta a escribas, fariseos y autoridades podría desmontar también aquellas acusaciones. Su silencio expresa algo mucho más profundo: Jesús ha aceptado voluntariamente el camino que conduce a la cruz. No va a utilizar Su inocencia para apartarse de la misión que el Padre le ha confiado.
De nuevo resuena la profecía del Siervo: “como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca” (Isaías 53:7). Lo anunciado siglos antes toma ahora forma visible en el patio del gobernador. El Mesías inocente permanece callado mientras otros levantan contra Él acusaciones injustas.
Ese silencio también manifiesta la extraordinaria serenidad de Cristo. No hay desesperación, miedo ni intento frenético por conservar la vida. Jesús sabe quién es, sabe por qué ha venido y sabe hacia dónde se dirige. La cruz no lo sorprende; forma parte del camino que Él había anunciado a Sus discípulos: “el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles” (Marcos 10:33).
Por eso Pilato queda maravillado. Está acostumbrado a hombres que suplican, protestan o intentan desesperadamente salvarse. Ante él encuentra, en cambio, a un acusado cuya dignidad y dominio propio no encajan con la situación. Pilato todavía no comprende quién tiene delante, pero comienza a percibir que Jesús no es un reo común.
La primera escena del juicio romano termina así con una paradoja que acompañará todo el relato de la pasión: el inocente permanece atado y en silencio, mientras quienes buscan Su muerte hablan sin descanso. Desde la perspectiva humana, Jesús parece indefenso; desde la perspectiva del Evangelio, está avanzando conscientemente hacia el cumplimiento de la obra para la cual vino. La verdadera grandeza de Cristo no se manifiesta aquí escapando del sufrimiento, sino permaneciendo fiel al Padre en medio de él.
Jesús y Barrabás ante Pilato
Marcos 15:6 a 15
6 a 8 Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho.
Durante la fiesta, Pilato acostumbraba poner en libertad a un preso que el pueblo solicitara. Marcos introduce esta costumbre precisamente en el momento en que Jesús está siendo juzgado, porque será el escenario en el que quedará expuesta una de las paradojas más profundas de toda la pasión: el inocente será condenado mientras un culpable queda libre.
Entre los presos se encontraba Barrabás, encarcelado junto con otros rebeldes que habían cometido homicidio durante una insurrección. No era, por tanto, un delincuente menor. Había participado en una revuelta violenta contra el orden establecido y estaba relacionado directamente con derramamiento de sangre. Aquello que las autoridades intentaban insinuar falsamente acerca de Jesús —una amenaza política para Roma— Barrabás lo había realizado verdaderamente.
Cuando la multitud comienza a pedir a Pilato que mantenga la costumbre de liberar a un preso, el gobernador percibe una oportunidad para resolver el problema sin enfrentarse directamente con los dirigentes religiosos. Jesús no le parece un peligro político real, y la posibilidad de presentarlo como candidato a la liberación puede permitirle evitar una condena que no considera justificada.
Sin embargo, mientras Pilato intenta administrar la situación mediante una solución política, el relato comienza a revelar algo mucho más profundo. Dos hombres aparecen ante el pueblo: uno es culpable y merece condenación; el otro es inocente y no ha cometido delito alguno. Muy pronto, el culpable saldrá libre y el inocente ocupará el lugar de la muerte.
Sin que Barrabás pueda imaginarlo, su liberación se convierte así en una imagen extraordinariamente concreta de lo que la cruz significa. Cristo no muere porque Barrabás sea inocente, sino precisamente porque Barrabás es culpable y, aun así, otro ocupa su lugar. En esta escena comienza a hacerse visible el principio expresado después por los apóstoles: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1 Pedro 3:18).
9 a 10 Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes.
Pilato pregunta a la multitud si desea que libere al “Rey de los judíos”. La expresión vuelve a colocar la identidad real de Jesús en el centro del relato. Pilato quizá la utiliza con cierta ironía política, pero Marcos permite que el lector escuche en aquellas palabras una verdad que va mucho más allá de la intención del gobernador: Jesús es realmente Rey.
Pilato comprende además que los principales sacerdotes lo han entregado por envidia. Esto resulta especialmente significativo. El gobernador romano, aun sin comprender quién es verdaderamente Jesús, percibe que las acusaciones no nacen de una preocupación sincera por la seguridad pública, sino de un conflicto mucho más profundo.
La presencia, autoridad y aceptación de Jesús habían puesto al descubierto la resistencia espiritual de quienes veían amenazada su posición. Había enseñado con una autoridad que no dependía de ellos, había denunciado la hipocresía religiosa y había atraído a multitudes. Ahora, aquella oposición acumulada desemboca en el deseo de eliminarlo.
La Escritura ya había mostrado cuán destructiva puede llegar a ser la envidia cuando se instala en el corazón. José fue entregado por sus propios hermanos movidos por ella, y siglos después Esteban recordaría que “los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él” (Hechos 7:9). También aquí los hombres actúan desde motivaciones torcidas, mientras Dios conduce soberanamente los acontecimientos hacia un propósito de salvación que ellos no alcanzan a comprender.
11 a 13 Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos? Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale!
Acepta conscientemente el camino hasta el final,Los principales sacerdotes no dejan que la decisión quede simplemente en manos de la multitud. La persuaden para que pida la liberación de Barrabás. La multitud, incitada por los principales sacerdotes, pide ahora la liberación de Barrabás.
Marcos no necesita explicar todos los mecanismos mediante los cuales aquella multitud fue influida. Lo esencial es mostrar cómo los dirigentes religiosos movilizan a la gente contra Jesús. La presión colectiva comienza a crecer y Pilato vuelve a preguntar qué debe hacer entonces con Aquel a quien llama “Rey de los judíos”.
La respuesta llega con una palabra terrible: “¡Crucifícale!”
La crucifixión era una de las formas de ejecución más crueles y humillantes utilizadas por Roma. No bastaba con matar al condenado; se buscaba exhibir públicamente su derrota, degradarlo y convertirlo en advertencia para los demás. Al pedir la crucifixión, la multitud no está solicitando simplemente la muerte de Jesús, sino una muerte destinada a cubrirlo públicamente de vergüenza.
Y, sin embargo, precisamente allí donde los hombres preparan la máxima humillación, Dios está preparando el centro de Su obra redentora. Jesús había dicho que el Hijo del Hombre había venido “para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Aquello que ahora parece una victoria del odio humano terminará siendo el lugar donde se manifieste el amor sacrificial de Cristo.
14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aun más: ¡Crucifícale!
Pilato formula entonces la pregunta que deja al descubierto la injusticia de todo el proceso: “Pues ¿qué mal ha hecho?”
La pregunta queda prácticamente suspendida en el aire. No aparece ningún delito capaz de justificar aquella sentencia porque no existe. Pilato no recibe argumentos; recibe un clamor todavía mayor: “¡Crucifícale!”
El proceso deja así de avanzar mediante pruebas y razones. Cuanto menos fundamento existe para condenar a Jesús, más intenso se vuelve el grito que exige Su muerte. La justicia es desplazada por la presión de la multitud.
La inocencia de Cristo adquiere aquí una importancia decisiva. Jesús no está muriendo por delitos propios. Su sufrimiento no constituye el castigo merecido por Su conducta, sino que el inocente está avanzando voluntariamente hacia una muerte que tendrá significado vicario. La profecía había anunciado acerca del Siervo: “aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca” (Isaías 53:9).
Precisamente porque Él no tiene pecado puede ofrecerse por los pecadores. La cruz no será la muerte de un culpable que paga por sus propias transgresiones, sino la entrega del Justo en favor de los injustos.
15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.
Finalmente, Pilato decide satisfacer a la multitud. Libera a Barrabás y entrega a Jesús para ser crucificado después de haberlo azotado.
La decisión revela el fracaso moral del gobernador. Pilato sabe que Jesús ha sido entregado por envidia, ha preguntado qué mal ha hecho y no ha encontrado una respuesta convincente, pero aun así sacrifica la justicia para conservar el control de la situación. Reconocer la inocencia de Jesús no basta cuando se carece del valor necesario para actuar conforme a esa verdad.
Barrabás desaparece entonces del relato como hombre libre. No ha hecho nada para merecer su liberación. Su expediente sigue siendo el de un rebelde y homicida, pero otro hombre ha sido entregado mientras él recupera la libertad.
La escena posee una fuerza teológica extraordinaria porque permite contemplar casi físicamente la sustitución que alcanzará su plenitud en la cruz. Barrabás, el culpable, queda libre; Jesús, el inocente, es entregado a la muerte. Uno sale porque otro ocupa el lugar de condenación.
Después viene el azote. Antes incluso de la crucifixión, Jesús es sometido a una brutal flagelación romana que debilita Su cuerpo y anticipa el sufrimiento que todavía ha de venir. El camino hacia el Gólgota entra así en su fase definitiva.
Pero Marcos no presenta a Jesús simplemente como una víctima arrastrada por decisiones ajenas. Detrás de la cobardía de Pilato, de la manipulación de los sacerdotes y del clamor de la multitud continúa desarrollándose el propósito redentor de Dios. El Hijo está siendo entregado para que los culpables puedan ser puestos en libertad.
Por eso Barrabás no es solamente un personaje secundario de la historia. Su salida de la prisión mientras Cristo es conducido hacia la cruz ofrece una imagen silenciosa pero poderosa del Evangelio: el culpable vive porque el inocente toma su lugar. Y aquello que Barrabás experimenta físicamente aquella mañana anuncia lo que Cristo realizará espiritualmente para todos los que reciben por fe la salvación que procede de Su sacrificio.
Los soldados se burlan de Jesús
Marcos 15:16 a 20
16 a 18 Entonces los soldados le llevaron dentro del atrio, esto es, al pretorio, y convocaron a toda la compañía. Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!
Después de que Pilato entrega a Jesús para ser crucificado, los soldados lo conducen al interior del pretorio y reúnen alrededor de Él a toda la compañía. El juicio ha terminado, pero antes de llevarlo al lugar de la ejecución deciden convertir al condenado en objeto de burla. La acusación que pesa sobre Jesús les proporciona el motivo: si aquel hombre pretende ser “Rey de los judíos”, ellos representarán ante Él una grotesca ceremonia real.
Lo visten entonces de púrpura, color asociado a la dignidad y al poder, y colocan sobre Su cabeza una corona tejida con espinas. Después comienzan a saludarlo: “¡Salve, Rey de los judíos!”. Para los soldados, todo aquello es una parodia. Delante de ellos no ven más que a un prisionero azotado, debilitado y aparentemente indefenso, y precisamente por eso les resulta ridícula cualquier idea de realeza.
Sin embargo, mientras ellos juegan a coronarlo, el lector conoce una realidad que permanece oculta a sus ojos: aquel hombre humillado es verdaderamente Rey. La burla se convierte así, sin que quienes la realizan lo sepan, en una proclamación involuntaria de la verdad. Lo visten como rey porque Él es Rey; colocan una corona sobre Su cabeza porque toda autoridad le pertenece; se inclinarán ante Él en burla, aunque llegará el día en que toda criatura reconocerá Su señorío, como anuncia la Escritura: “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla” (Filipenses 2:10).
Incluso la corona de espinas parece adquirir dentro de la escena una resonancia mucho más profunda. Desde la caída, las espinas habían quedado asociadas a las consecuencias del pecado, cuando Dios dijo a Adán: “Espinos y cardos te producirá” (Génesis 3:18). Marcos no detiene el relato para explicar este simbolismo, pero mientras Jesús avanza hacia la cruz llevando las espinas sobre Su cabeza, resulta difícil no contemplar en ellas una imagen de la maldición que vino al mundo por el pecado y que Él está camino de cargar sobre Sí.
La ironía, por tanto, crece mientras continúa la escena. Los soldados creen estar despojando a Jesús de toda dignidad, cuando cada uno de sus gestos termina señalando, sin quererlo, quién es realmente.
19 Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias.
La burla se vuelve entonces más violenta. Los soldados toman una caña y golpean con ella Su cabeza, haciendo aún más dolorosa la corona de espinas; después escupen sobre Él y, poniéndose de rodillas, continúan simulando delante del prisionero el homenaje que se ofrecería a un soberano.
La humillación ya no consiste solamente en palabras. Jesús recibe golpes, desprecio y escupitajos sin responder a quienes lo maltratan. Y mientras soporta aquella violencia vuelve a aparecer ante los ojos del lector la figura del Siervo anunciado por Isaías: “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos” (Isaías 50:6).
Lo que el profeta había descrito siglos antes parece desarrollarse ahora delante del pretorio. Jesús no responde a la violencia con violencia ni intenta recuperar mediante la fuerza la dignidad que aquellos hombres creen arrebatarle. Permanece sometido al camino que ha aceptado recorrer porque Su misión no consiste en salvarse a Sí mismo, sino en avanzar hasta el lugar donde entregará Su vida.
Por eso Su silencio no transmite debilidad. Cuanto más intentan humillarlo, más evidente se hace el dominio con el que soporta el sufrimiento. Los soldados pueden golpear Su cuerpo, escupir sobre Su rostro y convertir Su realeza en motivo de burla, pero ninguna de aquellas acciones puede modificar quién es. La escena continúa mostrando la misma paradoja que atraviesa todo el relato de la pasión: quienes parecen ejercer el poder sobre Jesús no comprenden que Él está entregándose voluntariamente.
20 Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle.
Cuando finalmente se cansan de la burla, los soldados le quitan el manto de púrpura y vuelven a ponerle Sus propias ropas. La falsa ceremonia ha terminado. Ya no queda nada que represente un juego ante sus ojos, y llega el momento de cumplir la sentencia: lo sacan para crucificarlo.
El movimiento de la escena cambia entonces de manera definitiva. Jesús había entrado en el pretorio como un condenado entregado a los soldados y ahora sale de allí después de haber sido azotado, coronado de espinas, golpeado, escupido y públicamente ridiculizado. Pero mientras aquellos hombres creen haber reducido Su supuesta realeza a una caricatura, el Evangelio ha ido mostrando precisamente lo contrario. Cada paso de la humillación lo ha acercado al momento para el cual había venido.
La multitud de soldados queda atrás y comienza el camino hacia el lugar de la crucifixión. Jesús no se aparta de él. Mucho antes había explicado a Sus discípulos que el Hijo del Hombre “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45), y ahora aquellas palabras dejan de ser únicamente una enseñanza para convertirse en una realidad visible.
Así, la escena que comenzó con una coronación burlona termina con Jesús saliendo hacia la cruz. Los soldados creen haber representado una farsa acerca de un rey derrotado, pero en realidad han acompañado, sin saberlo, los primeros pasos de la verdadera entronización del Mesías: una realeza que no se abrirá camino mediante la violencia, sino mediante la obediencia, el sufrimiento y la entrega de Su propia vida por los pecadores.
Jesús camino al Gólgota y la crucifixión
Marcos 15:21 a 32
21 Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz.
Jesús sale del pretorio y comienza el camino hacia el lugar de la crucifixión. Después de la flagelación, de los golpes y de la humillación sufrida, Su cuerpo está profundamente debilitado. En ese trayecto los soldados obligan a un hombre que pasaba por allí, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, a llevar la cruz.
Marcos menciona su nombre y también el de sus hijos, un detalle que sugiere que aquella familia era conocida entre los primeros creyentes. Simón no había salido aquella mañana buscando participar en la pasión de Jesús. Venía del campo y se encontró de pronto incorporado por la fuerza al cortejo que conducía al condenado hacia la muerte.
Sin embargo, mientras carga la cruz detrás de Jesús, la escena adquiere una profundidad que Simón probablemente todavía no alcanza a comprender. El Maestro había enseñado: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34). Ahora un hombre está haciendo literalmente aquello que Jesús había expresado como imagen del discipulado: camina tras Él llevando una cruz.
El relato no dice qué pensó Simón durante aquel trayecto, pero sí permite contemplar algo esencial. Jesús continúa avanzando hacia el lugar donde dará Su vida, y junto a Él aparece inesperadamente un hombre común, obligado a compartir durante unos momentos el peso visible de aquel camino.
22 a 23 Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó.
El cortejo llega finalmente al Gólgota, nombre que Marcos explica como “Lugar de la Calavera”. El trayecto ha terminado. Ya no queda otro escenario antes de la cruz.
Allí ofrecen a Jesús vino mezclado con mirra. Probablemente se trataba de una bebida destinada a disminuir en alguna medida el sufrimiento del condenado. Jesús, sin embargo, no la toma.
La decisión encaja con la manera en que ha recorrido toda la pasión. No busca evitar artificialmente la realidad de aquello que está a punto de sufrir. Marcos no explica por qué Jesús rechazó la bebida. En el contexto de la pasión, su negativa puede leerse como parte de su decisión de afrontar el camino hacia la cruz, aunque el relato no permite precisar su motivo.
El sufrimiento que viene no será accidental ni inconsciente. Jesús sabe dónde está y sabe qué está haciendo. Había anunciado repetidamente Su muerte, y ahora se encuentra exactamente en el lugar hacia el cual aquellas palabras habían apuntado.
El Gólgota aparece así como el punto hacia el que todo el relato ha ido avanzando. Desde el arresto en Getsemaní, pasando por el concilio, Pilato, la flagelación y las burlas de los soldados, cada escena ha ido estrechando el camino hasta llegar aquí.
24 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno.
Marcos describe entonces el momento con una sobriedad impresionante: “Cuando le hubieron crucificado”.
No ofrece una descripción detallada del procedimiento. No necesita hacerlo. Sus primeros lectores conocían suficientemente la brutalidad de una crucifixión romana. El evangelista dirige la atención no hacia una recreación física del tormento, sino hacia el significado de lo que está sucediendo.
Mientras Jesús queda suspendido en la cruz, los soldados reparten Sus vestidos y echan suertes para decidir qué parte corresponde a cada uno. En medio del sufrimiento del condenado, ellos se ocupan de Sus pertenencias como si Su muerte fuese ya un hecho consumado.
Sin saberlo, también aquí están dando cumplimiento a la Escritura: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Salmo 22:18).
La escena resulta estremecedora precisamente por su normalidad. A los pies de la cruz, los soldados continúan con una tarea habitual mientras sobre ellos está muriendo el Hijo de Dios. La indiferencia humana y el propósito divino aparecen simultáneamente: ellos sortean unas ropas; Dios está llevando adelante Su obra de redención.
25 a 27 Era la hora tercera cuando le crucificaron. Y el título escrito de su causa era: EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron también con él a dos ladrones, uno a su derecha, y el otro a su izquierda.
Era la hora tercera cuando crucificaron a Jesús. Sobre la cruz colocan la inscripción que expresa la causa de Su condena: “EL REY DE LOS JUDÍOS”.
La acusación pretende identificar el delito por el cual Roma lo ejecuta, pero vuelve a aparecer la ironía que ha acompañado todo el relato. Pilato había preguntado si era el Rey de los judíos; los soldados se habían burlado de Él como rey; ahora el título queda escrito públicamente sobre Su cabeza.
Una vez más, aquello que pretende ridiculizarlo termina proclamando la verdad.
A cada lado de Jesús crucifican también a dos ladrones, uno a Su derecha y otro a Su izquierda. El lugar que ocupa es, ante los ojos de quienes observan, el de un criminal entre criminales.
28 Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los inicuos.
Nota textual: Algunos manuscritos antiguos no incluyen este versículo en Marcos. Su frase «fue contado con los inicuos» cita Isaías 53:12 y aparece también en Lucas 22:37.
La imagen recuerda la profecía del Siervo: “fue contado con los pecadores” (Isaías 53:12). Aquel que no había cometido maldad aparece ahora públicamente identificado con los culpables.
El contraste es profundo. Jesús no comparte su culpa, pero sí acepta compartir el lugar de condenación reservado para ellos. El Santo entra hasta el fondo en el espacio destinado a los pecadores, precisamente porque ha venido para salvarlos.
29 a 30 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: ¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.
Quienes pasan junto a la cruz comienzan entonces a insultarlo. Mueven la cabeza en señal de desprecio y recuerdan de manera distorsionada Sus palabras acerca del templo: “¡Bah! tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, y desciende de la cruz.”
La burla vuelve a concentrarse en una idea: si realmente posee poder, debería utilizarlo para salvarse.
Pero precisamente ahí se encuentra el profundo error de quienes lo insultan. Jesús podría buscar Su propia liberación, pero entonces no realizaría la misión para la cual ha llegado hasta allí. No ha venido a salvarse a Sí mismo, sino a salvar a otros.
Lo que ellos presentan como prueba de impotencia es, en realidad, expresión de Su obediencia. Permanece en la cruz no porque carezca de poder para descender, sino porque ha decidido no abandonar el camino del sacrificio.
La misma lógica que había aparecido durante Su ministerio alcanza ahora su forma definitiva: “el Hijo del Hombre vino… para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Si desciende de la cruz, evita Su propio sufrimiento; permaneciendo en ella, lleva adelante la salvación.
31 a 32 De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciendo, se decían unos a otros, con los escribas: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban.
Los principales sacerdotes y los escribas se unen también a la burla. Entre ellos dicen: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar.”
Sin saberlo, pronuncian una de las afirmaciones más reveladoras de toda la escena. Ellos la expresan como sarcasmo, pero sus palabras encierran una verdad profunda. Jesús efectivamente salvó a otros, y precisamente porque ha venido a salvar a otros no utiliza Su poder para escapar de la cruz.
Añaden todavía otra provocación: si es el Cristo, el Rey de Israel, que descienda ahora de la cruz para que ellos vean y crean.
Pero la fe que exigen no nace de reconocer quién es Jesús, sino de imponerle sus propias condiciones. Quieren decidir cómo debe demostrar Su identidad. Si actúa según sus expectativas, entonces prometen creer.
Jesús, sin embargo, permanece en la cruz. No convertirá el sufrimiento en un espectáculo destinado a satisfacer la incredulidad. Su verdadera identidad no quedará demostrada evitando la muerte, sino atravesándola y siendo vindicado después por Dios.
Incluso los que están crucificados junto a Él participan inicialmente en los insultos. Así, la escena parece cerrarse sobre Jesús desde todos los lados: los transeúntes se burlan, los dirigentes religiosos se mofan y también los condenados cercanos se suman al desprecio.
Y, sin embargo, en medio de ese rechazo absoluto, Jesús continúa allí.
Desde que salió del pretorio, cada paso lo ha conducido más profundamente hacia la entrega: Simón cargó detrás de Él la cruz, el Gólgota apareció ante Sus ojos, rechazó la bebida que podía aliviar Su conciencia, fue crucificado entre delincuentes y ahora escucha cómo todos convierten Su aparente impotencia en motivo de burla.
Pero el lector ya conoce la respuesta que quienes lo rodean todavía no comprenden: Jesús permanece en la cruz porque Su misión no consiste en librarse de ella, sino en cumplir allí la obra para la cual vino. Precisamente cuando parece no poder salvarse a Sí mismo, está avanzando hacia el acto mediante el cual ofrecerá salvación a los demás.
Tinieblas, clamor y muerte de Jesús
Marcos 15:33 a 41
33 Cuando vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
Cuando llega la hora sexta, algo extraordinario envuelve la escena: las tinieblas cubren toda la tierra hasta la hora novena. El relato venía desarrollándose entre burlas, violencia y desprecio humano, pero ahora el escenario parece cambiar de dimensión. Durante tres horas, desde aproximadamente el mediodía hasta las tres de la tarde, la oscuridad acompaña el sufrimiento de Jesús.
Marcos no explica directamente la causa de aquellas tinieblas, pero dentro del lenguaje bíblico la oscuridad aparece con frecuencia asociada al juicio y a la intervención solemne de Dios. El profeta Amós había anunciado: “Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro” (Amós 8:9).
La escena del Gólgota adquiere así una gravedad que va mucho más allá de una ejecución romana. Mientras Jesús permanece en la cruz, el mundo visible parece quedar cubierto por una señal de juicio.
Hasta este momento los hombres habían llenado la escena con sus voces, sus insultos y sus burlas. Ahora la oscuridad parece imponer un silencio distinto. La crucifixión continúa, pero el relato comienza a conducir al lector hacia el misterio más profundo de lo que está ocurriendo: el inocente está cargando con aquello que corresponde al pecado.
34 Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Cerca de la hora novena, después de horas de oscuridad, Jesús clama con gran voz: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”, palabras que Marcos traduce: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
El clamor procede del Salmo 22, que comienza precisamente con esas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1). Jesús no pronuncia una frase aislada sin contexto; lleva a Sus labios el comienzo de un salmo que describe el sufrimiento del justo perseguido y que, a lo largo de su desarrollo, termina abriéndose hacia la vindicación de Dios.
Pero eso no disminuye la intensidad del momento. El clamor expresa la profundidad real del sufrimiento que Jesús está experimentando. Aquel que había vivido en perfecta comunión con el Padre está atravesando ahora, en la cruz, el horror relacionado con el juicio que el pecado merece.
Marcos no intenta explicar filosóficamente lo que ocurre dentro de la relación eterna entre el Padre y el Hijo. Nos deja ante el clamor mismo. Jesús sigue llamando a Dios “Dios mío”, incluso mientras expresa la experiencia terrible del abandono. No hay pérdida de fe en Sus palabras; hay dolor extremo dentro de una confianza que todavía se dirige a Dios.
Aquí alcanza una profundidad extraordinaria aquello que había comenzado a anunciarse desde la liberación de Barrabás. El inocente no solo ocupa externamente el lugar reservado a los culpables, sino que entra en la realidad del juicio que corresponde al pecado. Pablo expresará después este misterio diciendo que Dios “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).
La cruz ha llegado a su punto más profundo. Jesús no está representando el sufrimiento humano desde fuera; está entrando en él hasta experimentar el abandono y la oscuridad que el pecado produce.
35 a 36 Y algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: Mirad, llama a Elías. Y corrió uno, y empapando una esponja en vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber, diciendo: Dejad, veamos si viene Elías a bajarle.
Algunos de los que están cerca oyen Su clamor y creen que está llamando a Elías. La confusión probablemente surge de la pronunciación aramea de “Eloi”, que algunos interpretan como una referencia al profeta.
Uno de ellos corre entonces, empapa una esponja en vinagre, la coloca en una caña y le da de beber, mientras los demás quieren observar si Elías vendrá a bajarlo.
Incluso en este momento final continúa la incomprensión que ha acompañado todo el relato. Jesús acaba de expresar uno de los clamores más profundos de toda la Escritura, pero quienes están alrededor interpretan Sus palabras de forma superficial y convierten la escena nuevamente en una expectativa curiosa: quieren ver si ocurre algún prodigio.
El que había sido desafiado anteriormente a descender de la cruz sigue allí. Nadie viene a retirarlo. No habrá una intervención que interrumpa el sacrificio, porque el camino que Jesús está recorriendo debe llegar hasta el final.
También el detalle de la bebida recuerda el lenguaje de los Salmos: “En mi sed me dieron a beber vinagre” (Salmo 69:21). Una vez más, mientras los hombres actúan movidos por sus propias razones, la Escritura va encontrando cumplimiento alrededor del Crucificado.
37 Mas Jesús, dando una gran voz, expiró.
Entonces Jesús, dando una gran voz, expira.
Marcos narra Su muerte con una brevedad que aumenta la fuerza del momento. No describe largas palabras ni detalla las reacciones inmediatas de todos los presentes. El mismo Jesús que había sido arrestado, juzgado, azotado, burlado y crucificado llega ahora al final del camino.
La expresión “dando una gran voz” resulta significativa. Jesús no parece deslizarse simplemente hacia la muerte por agotamiento sin conciencia. Aun en Sus últimos instantes hay una fuerza en Su clamor que llama la atención del centurión situado frente a Él.
El Evangelio ha conducido hasta aquí todo el recorrido iniciado mucho antes. Jesús había anunciado repetidamente que el Hijo del Hombre sería entregado y moriría. Ahora aquello que los discípulos apenas habían comprendido se ha cumplido.
El Rey que pudo haber sido liberado ha permanecido en la cruz hasta el final.
El Justo que pudo defender Su inocencia ha aceptado la condena.
El que había dicho que venía “para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45) acaba de entregarla.
38 Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
En ese mismo momento, el velo del templo se rasga en dos, de arriba abajo.
Mientras Jesús muere fuera de Jerusalén, dentro del templo ocurre algo que transforma profundamente el significado de Su muerte. El velo separaba el espacio santísimo del resto del santuario, marcando de manera visible la distancia entre la santidad de Dios y el ser humano pecador.
Ahora ese velo se rompe.
Marcos subraya que se rasga “de arriba abajo”, una expresión que dirige la atención hacia una acción que procede de Dios. Lo que el hombre no podía abrir por sí mismo queda abierto en el momento de la muerte de Cristo.
La carta a los Hebreos desarrollará después la dimensión teológica de esta realidad al hablar de la confianza para entrar en la presencia de Dios “por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo” (Hebreos 10:20).
La muerte que desde fuera parece derrota comienza inmediatamente a revelar su significado. Jesús ha entregado Su vida y, precisamente en ese instante, el símbolo de separación se rasga. La cruz abre el acceso a Dios.
No porque el pecado haya dejado de importar, sino porque el sacrificio que responde a él acaba de ser ofrecido.
39 Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.
Frente a Jesús se encuentra un centurión romano que ha observado cómo ha muerto. Al contemplar la manera en que expira, declara: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.”
La confesión resulta extraordinaria dentro del Evangelio de Marcos. Desde el comienzo del libro el lector sabe quién es Jesús, pero a lo largo del relato los personajes han luchado por comprender Su identidad. Ahora, precisamente cuando Jesús acaba de morir en la cruz, un gentil pronuncia una confesión que toca el centro del Evangelio.
El hombre que acaba de ser ejecutado como criminal es reconocido como Hijo de Dios.
El centurión no llega a esa conclusión contemplando a Jesús descender milagrosamente de la cruz. La pronuncia contemplando cómo muere en ella.
Aquí se responde, de manera inesperada, al desafío de quienes decían que creerían si Jesús descendía. Marcos conduce al lector en la dirección contraria: la verdadera identidad de Jesús comienza a ser reconocida precisamente porque permanece en la cruz hasta la muerte.
Aquello que parecía incompatible con Su condición de Hijo —el sufrimiento, la debilidad visible y la muerte— se convierte en el lugar donde Su identidad se revela de una manera nueva.
40 a 41 También había algunas mujeres mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé, quienes, cuando él estaba en Galilea, le seguían y le servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
A cierta distancia, varias mujeres observan todo lo ocurrido. Entre ellas Marcos menciona a María Magdalena, María la madre de Jacobo el menor y de José, y Salomé.
Habían seguido y servido a Jesús cuando estaba en Galilea, y junto a ellas había otras muchas mujeres que habían subido con Él a Jerusalén. Mientras gran parte de los discípulos varones han desaparecido de la escena, ellas permanecen allí contemplando el final.
No pueden impedir la crucifixión ni acercarse para cambiar lo sucedido. Simplemente permanecen como testigos.
Su presencia será decisiva para la continuación del relato. Las mismas mujeres que ven dónde y cómo muere Jesús aparecerán después relacionadas con Su sepultura y con el descubrimiento de la tumba vacía. Marcos comienza así a preparar, en medio mismo de la muerte, los testigos que conectarán la cruz con lo que todavía está por suceder.
La escena termina, por tanto, de una manera muy distinta a como había comenzado. Al mediodía las tinieblas habían cubierto la tierra; después se escuchó el clamor del Crucificado; finalmente Jesús murió. Pero inmediatamente el velo del templo se rasgó, un centurión confesó que aquel hombre era Hijo de Dios y unas mujeres permanecieron mirando.
La muerte es real y el dolor no ha sido suavizado. Jesús ha llegado verdaderamente hasta el final del camino que comenzó mucho antes de entrar en Jerusalén. Sin embargo, alrededor de Su muerte empiezan ya a aparecer señales que impiden interpretarla simplemente como el triunfo de Sus enemigos. El velo abierto anuncia acceso a Dios, la confesión del centurión anticipa que Su identidad será reconocida también entre los gentiles, y las mujeres que permanecen como testigos enlazarán muy pronto esta muerte con la noticia que transformará por completo la historia.
José de Arimatea y la sepultura de Jesús
Marcos 15:42 a 47
42 a 43 Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir, la víspera del día de reposo, José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
La tarde comienza a caer sobre Jerusalén. Jesús ha muerto, pero todavía queda algo decisivo por resolver: qué ocurrirá con Su cuerpo. Marcos señala que era la preparación, es decir, el día anterior al sábado, y eso introduce una urgencia inmediata. Antes de que comenzara el reposo sabático al ponerse el sol, la sepultura debía quedar resuelta.
Es entonces cuando aparece José de Arimatea.
Hasta este momento no había ocupado ningún lugar visible en el relato, pero Marcos lo presenta como un miembro noble del concilio que también esperaba el reino de Dios. Su aparición resulta especialmente significativa porque el mismo cuerpo dirigente que había llevado a Jesús ante Pilato había participado en Su condena; ahora, desde dentro de ese ambiente, surge un hombre dispuesto a actuar de una manera completamente distinta.
José entra osadamente a Pilato y pide el cuerpo de Jesús.
El detalle de su valentía no debe pasar inadvertido. Acercarse al gobernador para solicitar el cuerpo de un crucificado significaba identificarse públicamente, de alguna manera, con aquel condenado. Mientras Jesús vivía y las multitudes lo seguían, declararse cercano a Él podía tener un coste; ahora, cuando ha sido ejecutado como supuesto enemigo de Roma y rechazado por las autoridades religiosas, ese coste podía ser todavía mayor.
Sin embargo, José da el paso.
La muerte de Jesús, que había provocado la huida y el temor de muchos, mueve ahora a este hombre a abandonar cualquier prudencia que pudiera mantenerlo oculto. El reino que esperaba parece haber quedado sepultado con el Rey, y aun así José decide honrarlo.
En ese gesto comienza también a adquirir sentido una antigua profecía acerca del Siervo sufriente: “se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte” (Isaías 53:9). La expresión puede resultar difícil a primera lectura, pero señala un contraste que ahora se hace visible: Jesús había sido ejecutado entre criminales y tratado como uno de ellos, pero Su cuerpo no terminará abandonado con los condenados. José de Arimatea, un hombre de posición reconocida, interviene para darle una sepultura digna. Así, incluso después de Su muerte, la historia de Jesús continúa mostrando sorprendentes correspondencias con aquello que Isaías había anunciado siglos antes.
44 a 45 Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José,
Pilato se sorprende cuando escucha que Jesús ya ha muerto. La crucifixión podía prolongarse durante muchas horas, e incluso durante más tiempo, por lo que el gobernador quiere asegurarse de que la ejecución ha terminado realmente.
Manda llamar al centurión y le pregunta si Jesús ya estaba muerto Solo después de recibir la confirmación oficial entrega el cuerpo a José.
Este pequeño episodio adquiere una importancia considerable dentro del relato. La muerte de Jesús no queda basada únicamente en la impresión de quienes estaban cerca de la cruz. El oficial romano encargado de la ejecución confirma ante Pilato que el condenado ha muerto, y sobre esa certificación el gobernador autoriza la entrega del cadáver.
Marcos evita así cualquier ambigüedad narrativa: Jesús ha muerto realmente.
Esto será fundamental para comprender lo que sucederá después. La esperanza cristiana no surgirá de alguien que simplemente sobrevivió a la crucifixión, sino del anuncio de que Aquel cuya muerte fue constatada y cuyo cuerpo fue sepultado apareció después vivo.
Mientras Pilato recibe la noticia y autoriza la entrega, la escena se aleja definitivamente del tumulto del Gólgota. La ejecución ha terminado y el cuerpo de Jesús pasa ahora a manos de un hombre que desea ofrecerle una sepultura digna.
46 el cual compró una sábana, y quitándolo, lo envolvió en la sábana, y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña, e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
José compra una sábana, baja el cuerpo de la cruz y lo envuelve en ella.
El movimiento debe imaginarse con toda su sobriedad. El cuerpo que pocas horas antes había sido golpeado, azotado y clavado en la cruz es retirado cuidadosamente y preparado para la sepultura. No hay multitudes alrededor celebrando Su ministerio ni discípulos proclamando todavía una victoria. Solo queda el silencio de la muerte y el cuidado de quienes se niegan a abandonar Su cuerpo.
José lo deposita entonces en un sepulcro que estaba cavado en una peña y hace rodar una piedra a la entrada.
La tumba queda cerrada.
Desde la perspectiva humana, todo parece haber terminado. Jesús había anunciado el reino de Dios, había sanado enfermos, expulsado demonios, perdonado pecados y despertado esperanzas en quienes lo seguían; ahora Su cuerpo está envuelto en una sábana y encerrado detrás de una piedra.
El silencio de la tumba parece contradecir todas aquellas expectativas.
Y, sin embargo, para el lector del Evangelio esa piedra no representa el final definitivo. Jesús había anunciado a Sus discípulos no solamente que sería muerto, sino también que “después de tres días resucitará” (Marcos 8:31). Ellos no habían comprendido plenamente aquellas palabras, y en este momento nada visible parece confirmarlas, pero la promesa permanece mientras la piedra cierra el sepulcro.
La sepultura, por tanto, no es un detalle secundario entre la cruz y la resurrección. Confirma la realidad de Su muerte y prepara el escenario preciso en el que la victoria sobre ella será manifestada.
47 Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde lo ponían.
María Magdalena y María madre de José observan dónde colocan el cuerpo.
Marcos vuelve así a las mujeres que habían permanecido a distancia contemplando la crucifixión. Ahora las vemos seguir también el proceso de la sepultura. Ellas saben dónde ha sido depositado Jesús porque han presenciado personalmente el lugar.
Este detalle sencillo unirá de manera directa la muerte con el relato que vendrá después. Las mujeres que vieron a Jesús morir saben dónde fue enterrado, y serán ellas mismas quienes regresen al sepulcro cuando haya pasado el sábado.
Por ahora, sin embargo, no hay todavía anuncio de resurrección dentro de la escena. Solo una tumba cerrada y dos mujeres que memorizan el lugar.
Así termina el capítulo.
Jesús ha recorrido todo el camino desde el juicio ante Pilato hasta el silencio del sepulcro. Fue entregado, azotado, ridiculizado, crucificado y finalmente declarado muerto. José de Arimatea ha recibido Su cuerpo, lo ha envuelto, lo ha colocado dentro de la roca y ha hecho rodar una piedra sobre la entrada, mientras las mujeres observan cuidadosamente dónde ha quedado.
Todo parece inmóvil.
Pero precisamente en ese silencio queda suspendida la promesa que Jesús había repetido durante Su camino hacia Jerusalén. La muerte se ha cumplido exactamente como Él había anunciado; falta todavía la segunda parte de Sus palabras. Por eso Marcos deja al lector delante de la piedra cerrada, entre la certeza de que Jesús verdaderamente ha muerto y la expectativa de aquello que Él mismo había prometido que sucedería después.
Resumen teológico y espiritual
Marcos 15 conduce al lector desde la injusticia del juicio hasta el silencio del sepulcro, y en todo ese recorrido presenta una verdad central: Jesús no es simplemente una víctima de las decisiones humanas, sino el Hijo que avanza voluntariamente hacia el cumplimiento de Su misión redentora.
Ante Pilato, Su inocencia queda cada vez más clara. El gobernador comprende que las acusaciones nacen de la envidia y llega incluso a preguntar qué mal ha hecho Jesús. Sin embargo, la presión de los dirigentes y de la multitud termina imponiéndose sobre la justicia. El capítulo muestra así hasta qué punto el corazón humano puede reconocer parcialmente la verdad y, aun así, actuar contra ella cuando pesan más el miedo, la conveniencia o el deseo de conservar la propia posición.
La liberación de Barrabás introduce uno de los retratos más poderosos de la obra de Cristo. El culpable queda libre mientras el inocente es entregado. Sin necesidad de convertir la escena en una explicación doctrinal abstracta, el propio relato permite contemplar el sentido sustitutivo de la cruz: uno recibe libertad mientras Otro ocupa el lugar de condenación. Barrabás desaparece del relato, pero su liberación deja ante el lector una imagen visible de la gracia.
A partir de ese momento, Jesús es despojado progresivamente de toda dignidad humana. Los soldados lo visten de rey para burlarse de Él, lo coronan de espinas, lo golpean, escupen sobre Él y se arrodillan fingiendo homenaje. Sin embargo, la ironía atraviesa toda la escena: quienes intentan ridiculizar Su realeza terminan proclamándola sin saberlo. Marcos presenta así una realeza completamente distinta de los modelos humanos de poder. Jesús reina no imponiéndose por la fuerza, sino entregándose en obediencia.
El camino hacia el Gólgota profundiza todavía más esa paradoja. Jesús aparece debilitado, hasta el punto de que Simón de Cirene debe llevar la cruz, pero Su aparente debilidad no significa que haya perdido el control de Su misión. Cada paso lo conduce exactamente hacia aquello que había anunciado. La cruz no aparece como un accidente inesperado, sino como el punto hacia el que Su ministerio había avanzado desde mucho antes.
Una vez crucificado, el rechazo alcanza su máxima expresión. Los transeúntes, los dirigentes religiosos y los crucificados junto a Él convierten Su permanencia en la cruz en motivo de burla. Le exigen que descienda para demostrar quién es. Sin embargo, precisamente ahí se encuentra el corazón del Evangelio: Jesús no demuestra Su identidad salvándose a Sí mismo, sino permaneciendo en el lugar donde está dando Su vida por otros.
Las tinieblas que cubren la tierra introducen entonces una dimensión aún más profunda. La escena deja de ser únicamente una ejecución injusta y adquiere el carácter solemne del juicio. El clamor de Jesús revela hasta qué punto ha entrado en la realidad del sufrimiento humano y del peso del pecado. No contempla el dolor desde la distancia, sino que lo atraviesa hasta su extremo.
Cuando finalmente muere, el relato comienza inmediatamente a mostrar que Su muerte no puede entenderse como una derrota ordinaria. El velo del templo se rasga y un centurión romano reconoce en el Crucificado al Hijo de Dios. De manera sorprendente, es precisamente en el momento de la muerte cuando comienza a hacerse visible el verdadero alcance de Su identidad y de Su obra.
La ruptura del velo expresa una de las grandes consecuencias teológicas de la cruz: el acceso a Dios queda abierto por medio del sacrificio de Cristo. La separación producida por el pecado no es ignorada ni minimizada, sino afrontada mediante la entrega del Hijo. La cruz se convierte así en el lugar donde justicia y gracia se encuentran.
La confesión del centurión añade otra dimensión. Un gentil reconoce algo que muchos de los propios dirigentes de Israel habían rechazado. Marcos deja entrever así que la obra de Cristo no quedará encerrada dentro de un solo pueblo, sino que Su identidad será reconocida mucho más allá de las fronteras de Israel.
Las mujeres que permanecen observando introducen, en medio del dolor, el hilo que conducirá hacia la resurrección. Ellas ven morir a Jesús, observan dónde es sepultado y permanecen como testigos de la continuidad entre la cruz, la tumba y aquello que sucederá después. Su presencia evita que la historia termine en una abstracción teológica: hay personas concretas que han visto lo sucedido y que podrán dar testimonio de ello.
Finalmente aparece José de Arimatea, que pide el cuerpo de Jesús y le da sepultura. Su intervención contrasta con la cobardía, el miedo y la hostilidad que habían llenado gran parte del capítulo. Cuando todo parece acabado, este hombre decide identificarse públicamente con Jesús y honrar Su cuerpo. La fidelidad aparece precisamente cuando ya no parece existir ninguna ventaja visible en seguir al Crucificado.
El capítulo termina con una piedra cerrando el sepulcro. Desde la perspectiva humana, la historia parece haber concluido. Jesús ha muerto, Su cuerpo ha sido colocado en una tumba y Sus seguidores no poseen todavía ninguna evidencia visible de victoria.
Pero Marcos deja al lector precisamente en ese punto de tensión.
Todo lo que Jesús había anunciado acerca de Su entrega y Su muerte se ha cumplido. Por eso el silencio del sepulcro no constituye la última palabra, sino una espera. La cruz ha revelado la profundidad del pecado humano, pero también la profundidad aún mayor del amor y de la obediencia de Cristo.
Espiritualmente, Marcos 15 conduce al creyente a contemplar a Jesús no solo como Aquel que sufrió, sino como Aquel que permaneció fiel cuando podía haber abandonado el camino. Su obediencia no dependió del reconocimiento de los hombres, de la ausencia de dolor ni de circunstancias favorables. Permaneció fiel en medio del rechazo, la injusticia, la humillación y la muerte.
Eso transforma también la manera de comprender el discipulado. Seguir a Cristo no significa únicamente acompañarlo cuando Su poder resulta visible, sino confiar en Él incluso cuando todo parece silencio, pérdida o derrota. La fe aprende aquí que Dios puede estar llevando adelante Su obra precisamente en momentos en los que humanamente parece que todo ha terminado.
Marcos 15 deja así al lector delante de la cruz y del sepulcro con una certeza profunda: Jesús ha llevado hasta el final la obra que había venido a realizar. La aparente victoria de la injusticia se convertirá en el camino de la salvación, y el silencio de la tumba está a punto de ser interrumpido por la respuesta definitiva de Dios.
Concordancias principales de Marcos 15
Zacarías 12:10 “Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito.”
La profecía presenta a un pueblo que llegará a contemplar con arrepentimiento a Aquel que fue traspasado. La crucifixión de Jesús adquiere así una dimensión que no termina en el rechazo: llegará también el reconocimiento y el quebrantamiento ante el Mesías que fue herido.
Juan 3:14 a 15 “Y como Moisés levanto la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Jesús había anticipado que sería “levantado”, expresión que Juan relaciona con Su muerte en la cruz. Aquello que en Marcos aparece como ejecución y humillación es, desde el propósito de Dios, el medio por el que se ofrece vida eterna al que cree.
Juan 10:17 a 18 “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.” Esta palabra ayuda a comprender toda la pasión de Marcos 15. Aunque Jesús es entregado por las autoridades y crucificado por los romanos, Su muerte no ocurre al margen de Su voluntad: Él entrega voluntariamente Su vida en obediencia al Padre.
Juan 12:32 a 33 “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.”
La cruz, que aparentemente representa rechazo y derrota, se convertirá en el lugar desde el cual Cristo atraerá hacia Sí a hombres y mujeres. Juan aclara que Jesús hablaba de la clase de muerte que iba a sufrir.
Romanos 3:23 a 24 “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante redención que es en Cristo Jesús.”
Pablo explica doctrinalmente lo que Marcos muestra narrativamente. La cruz revela al mismo tiempo la gravedad del pecado y la gracia de Dios: el pecador no puede justificarse a sí mismo, pero Dios ofrece justificación mediante la obra redentora de Cristo.
Romanos 5:8 “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Marcos 15 muestra hasta dónde llega ese amor. Cristo no entrega Su vida por personas que previamente hayan demostrado merecerlo, sino por pecadores. La cruz convierte el amor de Dios en un hecho histórico y visible.
Gálatas 3:13 “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.”
La humillación y la muerte de Jesús no fueron simplemente sufrimientos físicos. Pablo explica que Cristo asumió sobre Sí la condenación que correspondía al pecador para liberar de ella a quienes creen.
Colosenses 2:13 a 14 “Perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros.”
La cruz no solamente muestra el sufrimiento de Cristo; anuncia también lo que Su muerte consigue para el creyente. La deuda producida por el pecado queda cancelada mediante Su sacrificio.
1 Corintios 1:18 “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan… es poder de Dios.”
En Marcos 15 muchos contemplan la cruz como señal de fracaso y motivo de burla. El Evangelio revela justamente lo contrario: aquello que parece debilidad ante los hombres se convierte en el instrumento mediante el cual Dios manifiesta Su poder salvador.
Hebreos 9:27 a 28 “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos.”
La muerte de Jesús posee un carácter único y definitivo. No se trata de un sacrificio que deba repetirse, sino de la entrega suficiente de Cristo para cargar con los pecados de muchos.
Hebreos 12:2 “Sufrió la cruz, menospreciando el oprobio.”
Esta concordancia ilumina especialmente la actitud de Jesús durante todo Marcos 15. Cristo soporta no solamente el dolor físico, sino también la vergüenza pública, las burlas y el desprecio, permaneciendo fiel hasta el final.
1 Juan 4:10 “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”
La cruz permite comprender la profundidad del amor de Dios. No consiste únicamente en un sentimiento hacia el ser humano, sino en una acción concreta: Dios entrega a Su Hijo para afrontar verdaderamente el problema del pecado y abrir el camino de reconciliación.
Apocalipsis 1:5 “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.”
El Cristo crucificado de Marcos 15 es también el Cristo glorificado de Apocalipsis. Su sangre derramada no fue inútil ni terminó en derrota: mediante Su sacrificio ha proporcionado purificación y redención a Su pueblo.
Apocalipsis 5:9 “Porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios.”
La escena celestial contempla desde la eternidad aquello que en el Gólgota parecía humillación. El Crucificado es digno de adoración precisamente porque Su entrega ha redimido para Dios a personas de toda procedencia.
Marcos 15 puede contemplarse así a la luz del resto de la Escritura como mucho más que el relato de una muerte injusta. La cruz es entrega voluntaria, sustitución, redención, perdón, reconciliación y manifestación del amor de Dios. Los hombres vieron a un condenado; el conjunto de la revelación permite reconocer al Hijo entregando Su vida para salvar a los pecadores.
Bibliografía
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Juan Cid