Evangelio de San Lucas
Capítulo 7
La compasión de Jesús, la fe y el perdón
La misericordia ante el sufrimiento, la confianza en el Señor y el perdón que despierta el amor.
Índice del contenido
Texto bíblico
Jesús sana al siervo de un centurión
1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.
2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir.
3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo.
4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo;
7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano.
8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud.
12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.
14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.
16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo.
17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.
24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan comenzó a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.
26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
27 Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.
28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.
29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan.
31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación, y a qué son semejantes?
32 Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis.
33 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene.
34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.
35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;
38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;
42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.
48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?
50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.
Comentarios y análisis
La fe del centurión
Lucas 7:1 a 10.
1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.
Después de concluir sus enseñanzas ante el pueblo, Jesús entra en Capernaúm. El relato pasa de las palabras del Maestro a unos encuentros donde se manifestará de manera concreta la misericordia que acaba de enseñar. Quien había llamado a amar y a hacer el bien se acerca ahora a la enfermedad, al dolor y a la necesidad humana.
Capernaúm había sido escenario de otras manifestaciones de su autoridad. Sin embargo, en esta ocasión será un hombre ajeno al pueblo de Israel quien reconocerá con especial claridad el poder de su palabra. La presencia del Señor comienza a reunir a personas cuya procedencia y condición social parecían mantenerlas separadas.
2 a 3 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo.
Un centurión tiene un siervo gravemente enfermo, próximo a morir. Lucas señala que lo estima mucho, permitiéndonos descubrir el afecto que existe detrás de la petición. Aunque aquel hombre está acostumbrado a mandar, su autoridad no puede salvar a quien ama. Ante la enfermedad, experimenta los límites de su poder y busca la ayuda de Jesús.
Al escuchar noticias acerca del Señor, envía a unos ancianos de los judíos para pedirle que venga. Su confianza nace de lo que ha oído y se convierte en una acción concreta a favor de otro. La fe comienza a expresarse mediante la intercesión, cuando lleva ante Dios el sufrimiento de una persona querida.
El centurión no aparece preocupado por defender su rango ni por mantener las distancias que su posición podía imponer. La necesidad de su siervo ocupa el centro de su atención. Su conducta nos invita a comprender la autoridad como una responsabilidad de cuidado, especialmente hacia quienes dependen de nosotros.
4 a 5 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
Los ancianos presentan la petición con insistencia y explican que aquel hombre ama al pueblo judío y ha contribuido a la construcción de su sinagoga. Hablan desde el agradecimiento y consideran que merece recibir ayuda. Su testimonio permite reconocer que el centurión había cultivado relaciones de respeto y generosidad con una comunidad distinta de la suya.
No obstante, el relato prepara una diferencia significativa entre la valoración de los enviados y la actitud del propio militar. Ellos destacan sus méritos; él reconocerá su indignidad. Sus buenas obras son valiosas como expresión de su conducta, pero su esperanza de recibir ayuda descansará en Jesús.
También nosotros podemos agradecer el bien que una persona ha realizado sin convertir sus obras en una deuda que Dios deba pagar. La oración se sostiene en la misericordia del Señor, cuya generosidad supera cualquier cálculo de merecimientos.
6 a 7 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano.
Jesús se pone en camino. Antes de llegar a la casa, unos amigos del centurión le transmiten un nuevo mensaje: no se considera digno de recibirlo bajo su techo ni de presentarse personalmente ante Él. Esta humildad no lo conduce a desistir de su petición, sino a formularla con una confianza todavía más profunda.
El centurión está convencido de que basta una palabra de Jesús para sanar al enfermo. No necesita que el Señor entre en la casa ni que realice un gesto determinado. Reconoce que su autoridad puede actuar más allá de la cercanía física, y entrega la necesidad de su siervo al poder de su palabra.
Su actitud reúne humildad y confianza. Reconoce su pequeñez sin dudar de la bondad de Cristo. Así aprende también el creyente a orar: consciente de su necesidad, pero sostenido por la certeza de que puede acercarse al Señor y encontrar misericordia, como enseña Hebreos 4:16.
8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
La experiencia militar ayuda al centurión a expresar lo que ha comprendido. Él mismo vive bajo autoridad y tiene hombres que obedecen sus órdenes. Sabe que una palabra pronunciada con autoridad produce una respuesta efectiva.
Desde esa experiencia cotidiana reconoce algo extraordinario en Jesús: la enfermedad está sometida a su mandato. No pretende explicar todos los misterios de su persona, pero ha comprendido lo suficiente para confiar. La palabra de Cristo tiene poder para realizar aquello que dispone.
Su ejemplo muestra cómo una realidad conocida puede abrirnos a una comprensión más profunda de Dios. El centurión contempla su propia experiencia a la luz de lo que ha escuchado acerca de Jesús y descubre motivos para depositar en Él su esperanza.
9 a 10 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús se maravilla ante aquella fe y la presenta a la multitud como una confianza que no había encontrado de ese modo ni siquiera en Israel. La afirmación llama la atención sobre la respuesta de un extranjero que ha reconocido su autoridad con una claridad sorprendente.
La pertenencia al pueblo que había recibido las promesas constituía un gran privilegio, pero requería una respuesta personal. La cercanía a las cosas de Dios debe convertirse en confianza y obediencia. El centurión anticipa la llegada de personas de todas las naciones que participarán de la salvación, conforme a lo anunciado en Isaías 49:6.
Cuando los enviados regresan, encuentran sano al siervo. El relato termina sin describir una ceremonia ni una intervención visible junto al enfermo. La autoridad de Jesús ha sido suficiente, y la confianza del centurión encuentra respuesta en la vida restaurada de aquel por quien había intercedido.
Jesús devuelve la vida al hijo de la viuda de Naín
Lucas 7:11 a 17.
11 a 12 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
Jesús se dirige a Naín acompañado por sus discípulos y una gran multitud. Al acercarse a la puerta de la ciudad, encuentra una comitiva que lleva a enterrar a un joven. Era hijo único de una mujer que ya había perdido a su marido.
La breve descripción de Lucas permite percibir la profundidad de su desgracia. A la ausencia del esposo se añade ahora la muerte del hijo, con todo el dolor afectivo y la posible desprotección que aquella pérdida suponía. Muchos vecinos la acompañan, pero ninguno puede devolverle la vida que acaba de apagarse.
En la puerta de la ciudad se encuentran quienes caminan junto a Jesús y quienes acompañan a un muerto. El Señor de la vida se aproxima al lugar donde la esperanza humana parece haberse agotado. La escena prepara una manifestación de poder cuyo origen será la compasión.
13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.
Jesús ve a la mujer y se compadece de ella. Antes de cualquier petición, contempla su sufrimiento y se acerca. Lucas no menciona una declaración de fe ni una súplica de la madre: la iniciativa pertenece al Señor.
Sus palabras para que deje de llorar están unidas a lo que está a punto de hacer. Jesús conoce la realidad de su pérdida y actuará para transformarla. Su compasión se convierte en una intervención que alcanza el centro de aquella desgracia.
En esta mirada reconocemos el cuidado de Dios hacia los quebrantados. La Escritura lo presenta como defensor de las viudas en Salmo 68:5, y ahora esa atención se hace visible en el encuentro personal de Jesús con una madre desolada.
14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
El Señor se acerca y toca el féretro. Los portadores se detienen, y Jesús dirige al joven una orden para que se levante. Su palabra entra en el silencio de la muerte con una autoridad que ningún ser humano posee por sí mismo.
La escena recuerda las resurrecciones realizadas mediante Elías y Eliseo, pero aquí Jesús habla directamente al muerto. El poder de Dios se manifiesta en la autoridad de su propia palabra, mostrando que su identidad supera la de un mensajero ordinario.
Lo sucedido anticipa lo que anunciará acerca de la resurrección: llegará la hora en que quienes están en los sepulcros oirán su voz, según Juan 5:28 a 29. La muerte, que para nosotros representa un límite infranqueable, está sometida al poder del Hijo.
15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.
El joven se incorpora y comienza a hablar. Su movimiento y su voz confirman que ha vuelto a la vida. Entonces Jesús lo entrega a su madre, y el relato culmina con un gesto de profunda ternura.
La expresión recuerda la devolución del hijo a la viuda de Sarepta en 1 Reyes 17:23. Dios vuelve a manifestar su misericordia hacia una madre afligida, mientras la autoridad de Jesús invita a reconocer la singularidad de su persona.
La vida restaurada permite también recuperar una relación interrumpida por la muerte. El Señor contempla al joven y a su madre en su realidad personal. Su poder alcanza sus cuerpos, su historia y el vínculo que los une.
16 a 17 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.
El temor reverente se extiende entre los presentes, que glorifican a Dios y reconocen en Jesús a un gran profeta. Proclaman que Dios ha visitado a su pueblo, expresando la certeza de que ha intervenido misericordiosamente entre ellos.
Aunque todavía no comprenden toda la identidad de Cristo, su alabanza recoge una verdad fundamental: Dios se ha acercado a la necesidad humana mediante su Hijo. La noticia comienza a difundirse y prepara nuevas preguntas acerca de quién es Jesús.
El joven ha regresado a una vida terrenal todavía sujeta a la muerte. Sin embargo, este signo anticipa la victoria definitiva que Cristo manifestará mediante su resurrección. Por eso, el relato sostiene nuestra esperanza sin prometer que cada pérdida será revertida inmediatamente: el Salvador compasivo tiene también autoridad sobre nuestro destino eterno.
La pregunta de Juan el Bautista
Lucas 7:18 a 23.
18 a 19 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
Los discípulos de Juan le comunican lo que Jesús está haciendo. Desde la prisión, el profeta escucha las noticias y envía a dos de ellos para preguntar si es el que había de venir o si deben esperar a otro.
El relato no descubre todos los motivos de su inquietud. Su encarcelamiento y la manera en que se desarrolla la misión de Jesús ayudan a comprender la dificultad de aquel momento. Juan había anunciado la llegada del Mesías y el juicio de Dios; ahora necesita confirmar cómo debe interpretar las obras que le cuentan.
Su pregunta se dirige al propio Señor. En lugar de convertir su desconcierto en una conclusión definitiva, busca una respuesta. También la fe puede atravesar momentos de oscuridad en los que necesita volver a escuchar y comprender.
20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
Los enviados presentan fielmente la pregunta de Juan. Ante Jesús queda expresada la incertidumbre de un hombre que había dedicado su vida a preparar su camino.
El Señor permite que esa pregunta sea pronunciada y la recibe sin humillar a quien la ha formulado. El encuentro muestra que una búsqueda sincera de claridad puede formar parte del caminar de un creyente.
Cuando nuestras circunstancias parecen difíciles de conciliar con las promesas recibidas, podemos llevar esa tensión a Dios. Los salmos contienen numerosas oraciones en las que el sufrimiento se expresa con sinceridad, como sucede en Salmo 13. La confianza aprende a hablar con Dios también desde la perplejidad.
21 a 22 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
En presencia de los mensajeros, Jesús sana enfermedades, libera a personas oprimidas por espíritus malignos y devuelve la vista a los ciegos. Después les pide que comuniquen a Juan cuanto han visto y oído.
Su respuesta enlaza aquellas obras con las promesas de las Escrituras. La restauración de los ciegos, los sordos y los cojos recuerda Isaías 35:5 a 6, mientras que las buenas nuevas anunciadas a los pobres evocan Isaías 61:1. Las señales permiten reconocer que la esperanza mesiánica está comenzando a cumplirse.
Juan debe interpretar la misión de Jesús desde la revelación de Dios. La misericordia que está alcanzando a los necesitados forma parte del cumplimiento prometido, aunque la obra del Mesías todavía no se haya manifestado en toda su plenitud.
23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.
Jesús declara bienaventurado a quien no encuentre en Él un motivo para apartarse. La frase invita a permanecer fiel cuando su manera de actuar resulte desconcertante.
El Señor puede cumplir sus promesas por caminos diferentes de los que habíamos imaginado. La espera, el sufrimiento o una respuesta que tarda en llegar pueden poner a prueba nuestra comprensión. Perseverar supone permitir que Cristo forme nuestra confianza y corrija nuestras expectativas.
Esta palabra alcanza también a Juan en su prisión. Jesús le ofrece motivos para reconocerlo y lo invita a sostenerse en ellos, incluso mientras permanece abierta la dolorosa pregunta acerca de su propia situación.
El testimonio de Jesús acerca de Juan
Lucas 7:24 a 30.
24 a 25 Cuando se fueron los mensajeros de Juan comenzó a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.
Cuando los mensajeros se marchan, Jesús habla a la multitud acerca de Juan. Su pregunta no ha borrado la firmeza de su ministerio, y el Señor recuerda que no había sido una caña agitada por el viento.
Juan había anunciado el arrepentimiento sin acomodar su mensaje a los intereses de sus oyentes. Tampoco había buscado una vida de lujo. Su austeridad expresaba la seriedad de una misión recibida de Dios.
Jesús contempla la trayectoria de su siervo con justicia y misericordia. Un momento de dificultad no resume toda su fidelidad. Esta mirada nos enseña también a tratar con cuidado a quienes atraviesan una etapa de debilidad después de haber servido perseverantemente.
26 a 27 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.
Juan era un profeta, pero su encargo tenía una singularidad extraordinaria: debía preparar de manera inmediata la llegada del Mesías. Jesús lo identifica con el mensajero anunciado en Malaquías 3:1.
Su grandeza procede de esa misión. Había llamado al pueblo a volverse a Dios y había señalado la cercanía de Aquel que cumpliría las promesas. Su vida se comprende desde el camino que preparó para otro.
En él encontramos una orientación esencial para el servicio cristiano: ayudar a que las personas reconozcan a Cristo y se acerquen a Él. El servidor cumple su propósito cuando su fidelidad conduce la mirada hacia el Señor.
28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.
Jesús reconoce la grandeza excepcional de Juan entre los nacidos de mujer y añade que el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él. La afirmación sitúa ante nosotros el privilegio de participar en el cumplimiento que Juan había anunciado.
El profeta se encuentra en el umbral de una etapa decisiva. La muerte y la resurrección de Jesús revelarán con mayor plenitud el alcance de su obra salvadora. Quienes reciban ese testimonio disfrutarán de una claridad que los profetas habían esperado, como explica 1 Pedro 1:10 a 12.
La comparación destaca la grandeza del don recibido con la llegada de Cristo. No pretende afirmar que cualquier creyente posea una fidelidad personal superior a la de Juan, sino mostrar la importancia del reino que Jesús está inaugurando.
29 a 30 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan. Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan.
El pueblo y los publicanos que habían recibido el bautismo de Juan reconocieron la justicia del llamado de Dios. Al aceptar que necesitaban arrepentirse, se habían abierto a la preparación que el Señor les ofrecía.
Otros, entre los fariseos y los intérpretes de la ley, habían rechazado aquel bautismo. Lucas describe esa negativa como un rechazo del propósito de Dios para ellos. La responsabilidad recae en su respuesta a la invitación divina.
El conocimiento religioso necesita convertirse en una disposición obediente. Quien reconoce su pecado puede recibir el perdón; quien se considera fuera de toda corrección corre el riesgo de cerrar su corazón precisamente a la ayuda que necesita.
El rechazo de una generación
Lucas 7:31 a 35.
31 a 32 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación, y a qué son semejantes? Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis.
Jesús compara a los hombres de aquella generación con niños sentados en la plaza que se reprochan mutuamente no haber respondido a sus juegos. Ni la música alegre ni el lamento consiguen que participen.
La imagen descubre una resistencia que encuentra siempre un motivo de rechazo. El problema se hace visible en la manera en que han respondido tanto a Juan como a Jesús, pese a las diferencias entre sus formas de vida.
También nosotros necesitamos examinar nuestra disposición cuando escuchamos la Palabra. La búsqueda sincera de la verdad exige aceptar que Dios pueda llamarnos mediante personas y circunstancias que no se ajustan a nuestras preferencias.
33 a 34 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.
La austeridad de Juan había sido interpretada como señal de una supuesta acción demoníaca. La cercanía de Jesús a la mesa de publicanos y pecadores también había provocado acusaciones. Sus adversarios encontraban razones para desacreditar a ambos.
Al llamar a Jesús amigo de pecadores, pretendían manchar su reputación. Sin embargo, aquella acusación permite entrever la misericordia de su misión: se acercaba a quienes necesitaban restauración y les ofrecía una oportunidad de volver a Dios.
La santidad de Cristo se manifiesta también en su capacidad para acercarse al pecador y transformarlo. Su presencia no convierte el pecado en algo aceptable; abre para la persona un camino de arrepentimiento, perdón y vida nueva.
35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
Jesús afirma que la sabiduría queda justificada por todos sus hijos. Quienes reciben la acción de Dios y responden a ella permiten reconocer la verdad de sus caminos.
Las vidas transformadas dan testimonio de esa sabiduría. Un publicano que abandona la injusticia o una persona despreciada que comienza a vivir en gratitud manifiestan el fruto de la gracia.
El relato nos prepara así para el encuentro siguiente. En casa de un fariseo, una mujer mostrará mediante su amor lo que el perdón de Dios puede producir en un corazón.
La mujer perdonada y el amor agradecido
Lucas 7:36 a 50.
36 a 37 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;
Un fariseo invita a Jesús a comer, y el Señor acepta su hospitalidad. Durante la reunión entra una mujer conocida en la ciudad por su vida pecadora, que lleva un frasco de perfume.
Lucas no identifica sus pecados ni la presenta como María Magdalena o María de Betania. Conviene respetar ese silencio para escuchar el relato sin atribuirle una historia que el evangelista no cuenta.
La mujer sabe dónde está Jesús y decide acercarse. Su presencia puede provocar rechazo, pero llega hasta Él con lo que ha preparado. La esperanza que ha depositado en el Señor la mueve a atravesar las miradas ajenas.
38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
La mujer permanece detrás de Jesús, junto a sus pies, y comienza a llorar. Los moja con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa y los unge con perfume.
Sus gestos expresan una entrega profunda. El dolor por el pecado, la humildad y la gratitud encuentran una forma de hacerse visibles sin necesidad de una explicación verbal. Jesús recibe aquella expresión de amor y después ayudará a los presentes a comprenderla.
El relato no convierte estos gestos en un procedimiento que deba repetirse para obtener perdón. Nos permite contemplar la respuesta personal de una mujer cuyo corazón ha sido alcanzado por la gracia.
39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
Simón observa la escena y concluye interiormente que Jesús no puede ser profeta, pues supone que ignora la condición de quien lo toca. Para él, conocer la vida de aquella mujer debería conducir a rechazar su cercanía.
Su juicio revela una comprensión limitada tanto de Jesús como de la misericordia divina. Conoce la reputación de la mujer, pero todavía no reconoce lo que está sucediendo en su corazón.
El Señor demostrará que sabe quién es ella y conoce también el pensamiento de su anfitrión. Su conocimiento del pecado va acompañado de la autoridad y la misericordia necesarias para restaurar al pecador.
40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
Jesús se dirige a Simón y le anuncia que tiene algo que decirle. Lo invita a escuchar antes de presentar la enseñanza que iluminará el encuentro.
Su manera de proceder abre una oportunidad para que el fariseo descubra por sí mismo la verdad. La conversación no se limita a defender a la mujer: también ofrece a Simón la posibilidad de reconocer su necesidad.
El Señor atiende a ambos. Acoge a quien expresa su amor entre lágrimas y se dirige con paciencia a quien todavía contempla la escena desde el juicio.
41 a 42 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
Jesús cuenta la historia de dos personas endeudadas con el mismo acreedor. Una debe quinientos denarios y la otra cincuenta. La diferencia es considerable, pero ambas se encuentran en la misma imposibilidad de pagar.
El acreedor perdona a las dos. La liberación de la deuda nace de su generosidad, y la pregunta de Jesús conduce la atención hacia el amor que ese perdón despertará.
La parábola permite comprender nuestra necesidad delante de Dios. Las diferencias entre nuestras faltas no nos conceden la capacidad de salvarnos por nosotros mismos. Necesitamos recibir una misericordia que no podemos comprar, conforme a la enseñanza de Efesios 2:8 a 9.
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
Simón responde que amará más aquel a quien más se le perdonó. Jesús confirma que ha juzgado correctamente.
Ha comprendido el sentido de la historia, pero ahora debe reconocer su relación con las personas que tiene delante. La enseñanza pasará de una respuesta razonable a una invitación personal.
También nosotros podemos entender una verdad acerca de la gracia y necesitar todavía que esa verdad transforme nuestra manera de mirar. Comprender el perdón recibido nos prepara para tratar con misericordia a los demás.
44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
Jesús se vuelve hacia la mujer y pregunta a Simón si la ve. La había observado desde su entrada, pero ahora necesita contemplar algo que su juicio anterior había dejado fuera.
El Señor recuerda que ella ha mojado sus pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos, mientras su anfitrión no le había ofrecido agua para ellos. La comparación hace visible el cuidado que aquella mujer le ha mostrado.
Jesús la presenta como una persona capaz de amar y de responder a la gracia. Su pasado es real, pero el Señor no permite que ese pasado oculte lo que está aconteciendo en el presente.
45 a 46 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
Jesús continúa señalando sus muestras de afecto. Simón no le había dado un beso de bienvenida ni había ungido su cabeza con aceite; la mujer, en cambio, había besado sus pies y los había ungido con perfume.
Los gestos revelan la profundidad de su acogida. Ella ha expresado una reverencia y una generosidad que contrastan con la hospitalidad limitada del anfitrión.
El amor agradecido encuentra maneras concretas de manifestarse. En la vida de los creyentes, esa respuesta se hace visible mediante la obediencia, el servicio y el cuidado de otros, según la relación entre la fe y sus frutos que desarrolla Santiago 2:14 a 17.
47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.
Jesús declara que sus muchos pecados han sido perdonados y relaciona ese perdón con su mucho amor. La parábola anterior permite comprender el sentido: su amor manifiesta el perdón recibido, del mismo modo que la cancelación de la deuda despierta gratitud en el deudor.
Sus lágrimas y su perfume no constituyen un pago capaz de borrar sus faltas. Expresan la respuesta de quien ha encontrado misericordia. La afirmación final de Jesús acerca de su fe confirma dónde descansa su salvación.
Cuando añade que aquel a quien poco se le perdona ama poco, deja a Simón ante la necesidad de examinar su propia conciencia. Quien apenas reconoce su necesidad difícilmente comprende la grandeza de la gracia. La enseñanza nos invita a crecer en gratitud al descubrir cuánto dependemos del perdón de Dios.
48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
Jesús se dirige a la mujer y le declara que sus pecados le son perdonados. La palabra que antes había explicado su situación ante Simón llega ahora personalmente a ella.
Quien había entrado bajo las miradas de quienes conocían su reputación escucha una declaración de restauración. Su vida puede continuar desde la certeza de la misericordia recibida.
El perdón no vuelve insignificante el pecado ni borra necesariamente todas sus consecuencias terrenales. Restablece la relación con Dios y abre un camino nuevo, en el que la persona aprende a vivir bajo su gracia.
49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?
Los invitados comienzan a preguntarse quién es Jesús, que también perdona pecados. Su inquietud conduce al centro de todo el capítulo.
El Señor ha sanado a distancia, ha devuelto la vida a un muerto y ha mostrado en sus obras el cumplimiento de las promesas. Ahora declara el perdón de una persona concreta. Sus acciones invitan a reconocer una autoridad que supera la de un maestro religioso.
La pregunta recuerda lo sucedido ante la sanidad del paralítico en Lucas 5:20 a 24. En ambos encuentros, la autoridad para perdonar lleva a considerar la identidad del Hijo y la presencia salvadora de Dios en Él.
50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.
Jesús concluye afirmando que la fe de la mujer la ha salvado y la despide en paz. Su confianza ha encontrado su fundamento en el Salvador, y su amor ha hecho visible la gratitud de su corazón.
La paz que recibe nace de la reconciliación. Puede salir de aquella casa sostenida por una palabra más firme que las opiniones de los presentes. Su pasado ya no determina por completo su futuro, porque el perdón del Señor ha abierto ante ella una vida nueva.
El capítulo termina con una persona restaurada a los pies de Jesús. Después de recorrer la enfermedad, la muerte, las preguntas y la resistencia humana, Lucas nos deja contemplar la paz de quien ha confiado en Cristo y ha recibido su misericordia.
Resumen teológico y espiritual
Lucas 7 presenta a Jesús como el Salvador que actúa con autoridad divina y se acerca con compasión al sufrimiento humano. Su palabra sana a distancia, devuelve la vida a un muerto y anuncia el perdón a una pecadora. Las señales confirman las promesas de las Escrituras y permiten reconocer la llegada del Mesías.
A lo largo del capítulo, la fe aparece unida a la humildad. El centurión confía sin exigir; Juan lleva sus preguntas al Señor; quienes reciben el llamado al arrepentimiento reconocen la justicia de Dios, y la mujer perdonada responde con amor. Frente a ellos, la autosuficiencia dificulta reconocer lo que Dios está haciendo.
La lectura nos invita a acercarnos a Cristo con nuestra necesidad real, a interceder por quienes sufren y a mirar a los demás con misericordia. El perdón recibido transforma nuestra manera de amar, y la confianza en el Señor nos sostiene incluso cuando todavía no comprendemos sus caminos.
Concordancias principales
Salmo 34:18. «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salvará a los contritos de espíritu». La cercanía de Dios al corazón herido se hace visible en la compasión de Jesús hacia la viuda y en su acogida a la mujer arrepentida.
Salmo 103:10. «No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades; ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados». La misericordia divina permite comprender el perdón como un don que despierta gratitud y transforma la vida.
Efesios 2:8 a 9. «Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe». La salvación procede de la gracia de Dios y se recibe por la fe. Las obras de amor son fruto de su acción en nosotros.
Hebreos 4:16. «Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro». Podemos presentar ante el Señor nuestras necesidades y preguntas, confiando en su disposición misericordiosa.
Romanos 12:15. «Gozaos con los que se gozan: llorad con los que lloran». La compasión que contemplamos en Jesús orienta también nuestra relación con quienes atraviesan el sufrimiento.
Nota sobre las citas: los textos transcritos en estas concordancias corresponden a la Reina-Valera 1909.
Fuentes y bibliografía recomendada
La Biblia. Evangelio según Lucas, capítulo 7. Reina-Valera 1960, como versión de referencia para la lectura y el estudio; Reina-Valera 1909, para las concordancias transcritas.
Bock, Darrell L. Luke. Baker Exegetical Commentary on the New Testament. Baker Academic. Comentario extenso sobre el contexto, la estructura y la interpretación del Evangelio.
Green, Joel B. The Gospel of Luke. The New International Commentary on the New Testament. Eerdmans. Estudio especialmente útil para comprender la continuidad narrativa y el entorno social del relato.
Marshall, I. Howard. The Gospel of Luke: A Commentary on the Greek Text. New International Greek Testament Commentary. Eerdmans. Obra de consulta para profundizar en el texto y en sus principales cuestiones interpretativas.
Juan Cid