Evangelio de San Juan
Capítulo 9
Índice del capítulo
Texto bíblico
Jesús sana a un ciego de nacimiento
1 Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.
2 Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?
3 Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
4 Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar.
5 Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.
6 Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego,
7 y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.
8 Entonces los vecinos, y los que antes le habían visto que era ciego decían: ¿No es éste el que se sentaba y mendigaba?
9 Unos decían: El es; y otros: A él se parece. El decía: Yo soy.
10 Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos?
11 Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.
12 Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? El dijo: No sé.
Los fariseos interrogan al ciego sanado
13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.
14 Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos.
15 Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista. El les dijo: Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo.
16 Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos.
17 Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta.
18 Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista,
19 y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?
20 Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego;
21 pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo.
22 Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga.
23 Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.
24 Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador.
25 Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
26 Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?
27 El les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oir; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?
28 Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos.
29 Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea.
30 Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos.
31 Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye.
32 Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego.
33 Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer.
34 Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron.
Ceguera espiritual
35 Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?
36 Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?
37 Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.
38 Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.
39 Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.
40 Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos?
41 Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.
Comentarios y análisis
Jesús sana a un ciego de nacimiento
Juan 9:1 a 7
1 Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Al salir del templo, Jesús ve a un hombre ciego de nacimiento. Los demás probablemente contemplaban en él una desgracia, una carga social o un problema teológico; pero Jesús ve a una persona necesitada de misericordia. Su mirada no es indiferente: se detiene en aquel a quien muchos habían aprendido a ignorar.
La expresión «ciego de nacimiento» subraya que su condición era humanamente irreversible. No había perdido la vista por una enfermedad reciente ni podía recordar alguna vez en que hubiera visto. La curación que seguirá no será una simple recuperación, sino una obra creadora del poder de Dios.
Este milagro también posee un profundo significado espiritual. La ceguera física del hombre representa la condición de la humanidad apartada de Dios. El ser humano no necesita solamente recibir más información religiosa, sino que Cristo abra sus ojos para que pueda reconocer la verdad. Pablo explica que el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, “para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Corintios 4:4).
Antes de que el ciego pudiera buscar a Jesús, Jesús ya lo había visto. Así actúa la gracia divina: Cristo se acerca al necesitado aun antes de que este comprenda plenamente quién está delante de él.
2 Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?
Los discípulos preguntan quién pecó para que aquel hombre naciera ciego: él mismo o sus padres. Su pregunta refleja una creencia muy extendida según la cual toda enfermedad o sufrimiento debía ser consecuencia directa de algún pecado personal.
La Escritura enseña que el pecado introdujo el dolor y la muerte en el mundo, pero no permite afirmar que cada sufrimiento concreto sea el castigo directo por una culpa determinada. El libro de Job demuestra que una persona justa puede padecer profundamente sin que su aflicción sea consecuencia de una vida secreta de maldad.
La posibilidad de que hubiera pecado antes de nacer carece de fundamento bíblico. Tal vez los discípulos pensaban en algún pecado cometido durante la gestación o en una culpa conocida anticipadamente por Dios. También podían estar relacionando su condición con el pecado de sus padres, recordando que las consecuencias de determinadas conductas pueden alcanzar a los hijos. Sin embargo, sufrir las consecuencias del pecado ajeno no significa heredar automáticamente su culpabilidad personal.
Dios había declarado por medio del profeta: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre” (Ezequiel 18:20). Por tanto, los discípulos plantean una falsa alternativa: suponen que necesariamente había que encontrar a alguien a quien culpar.
Esta pregunta muestra una tendencia humana todavía frecuente: buscar inmediatamente un culpable en lugar de acercarse con compasión al que sufre. Mientras los discípulos analizan la causa de la desgracia, Jesús se dispone a aliviarla.
3 Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
Jesús responde que ni aquel hombre ni sus padres pecaron de manera que su ceguera pudiera considerarse el castigo directo por una culpa particular. Esto no significa que fueran personas completamente libres de pecado, pues todos los seres humanos somos pecadores, sino que la enfermedad no debía interpretarse como una condena específica de Dios.
Cristo rompe así la relación automática que los discípulos habían establecido entre sufrimiento y culpabilidad personal. No toda enfermedad es un juicio divino, ni la prosperidad material demuestra necesariamente la aprobación de Dios. Jesús ya había enseñado que las víctimas de determinadas tragedias no eran más culpables que los demás: “¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No” (Lucas 13:2 a 3).
Cuando Jesús afirma que aquello ocurrió para que las obras de Dios se manifestaran en él, no presenta a Dios como alguien cruel que se complace en el sufrimiento. El Señor no celebra la aflicción, sino que puede convertirla en escenario de Su gracia, Su poder y Su gloria.
La ceguera había marcado toda la vida de aquel hombre, pero no tendría la última palabra. Lo que parecía una historia cerrada se convertiría en testimonio del poder de Cristo. Dios puede tomar aquello que humanamente parece irreparable y transformarlo en una manifestación de Su misericordia.
La respuesta de Jesús cambia la dirección de la mirada: no se queda atrapada en la pregunta «¿por qué sucedió?», sino que conduce hacia «¿qué hará Dios en medio de ello?». Cristo no ofrece una explicación completa de todos los sufrimientos humanos, pero revela que ninguno de ellos queda fuera del alcance redentor de Dios.
4 a 5 Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.
Jesús declara que debe realizar las obras de Aquel que lo envió mientras dura el día. El «día» representa el tiempo señalado para desarrollar Su ministerio terrenal, mientras que la llegada de la «noche» anuncia la proximidad de Su pasión y muerte.
Estas palabras revelan la obediencia y el sentido de urgencia que guiaban toda la vida de Cristo. Jesús sabía que Su tiempo en la tierra era limitado y aprovechaba cada oportunidad para cumplir la voluntad del Padre. No actuaba movido por la improvisación, sino conforme al propósito divino para el cual había sido enviado.
La expresión «el que me envió» aparece repetidamente en el Evangelio y destaca la íntima relación entre el Padre y el Hijo. Jesús no realiza Sus obras como un profeta independiente, sino como el Hijo enviado que ejecuta perfectamente la voluntad del Padre. Él mismo había declarado: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38).
Cuando afirma que viene la noche, Jesús no enseña que el poder de Dios vaya a terminar, sino que la oportunidad concreta de Su ministerio terrenal se dirigía hacia su conclusión. También constituye una llamada para los creyentes: el tiempo de servir es limitado y las oportunidades de hacer el bien no deben aplazarse indefinidamente.
Mientras está en el mundo, Cristo es la luz del mundo. La curación del ciego hará visible esta declaración: Aquel que ilumina espiritualmente también posee poder para conceder luz a unos ojos que nunca habían visto.
Jesús ya había proclamado: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). La luz de Cristo revela a Dios, descubre el pecado, orienta al ser humano y conduce a la vida eterna.
La posterior reacción de los fariseos mostrará una profunda paradoja: el hombre físicamente ciego llegará a ver, mientras quienes creen poseer visión espiritual permanecerán ciegos ante el Hijo de Dios. El verdadero problema del capítulo no será solamente la ausencia de visión física, sino la resistencia del corazón a la luz divina.
6 a 7 Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.
Jesús escupe en tierra, hace lodo con la saliva y lo coloca sobre los ojos del ciego. Cristo podía haberlo sanado mediante una sola palabra, pero decidió utilizar un acto visible que exigiera posteriormente una respuesta de fe y obediencia.
El empleo del barro puede recordar la creación del ser humano a partir del polvo de la tierra. El mismo Hijo por medio de quien todas las cosas fueron creadas realiza ahora una obra que posee carácter creador. No se limita a reparar unos ojos enfermos, sino que concede visión a quien nunca la había tenido. Juan había declarado acerca del Verbo: “Todas las cosas por él fueron hechas” (Juan 1:3).
El lodo no poseía poder curativo por sí mismo. Tampoco la saliva ni el estanque eran la fuente del milagro. El poder procedía exclusivamente de Cristo, quien decidió servirse de medios sencillos para poner a prueba la confianza del hombre.
Jesús le ordena que vaya a lavarse en el estanque de Siloé. Juan explica que Siloé significa «Enviado», un detalle lleno de significado en un capítulo donde Jesús se presenta como Aquel a quien el Padre envió. El ciego es enviado al estanque llamado «Enviado» por Cristo, el verdadero Enviado de Dios.
El hombre todavía no había visto a Jesús ni comprendía plenamente Su identidad, pero obedeció Su palabra. Tuvo que caminar siendo aún ciego, quizá con barro sobre los ojos y sin poseer ninguna garantía visible. Su obediencia precedió a la experiencia del milagro.
Su actitud recuerda la instrucción de María a los sirvientes en Caná: “Haced todo lo que os dijere” (Juan 2:5). Tanto allí como aquí, la bendición se manifiesta cuando la palabra de Cristo es recibida con confianza y obediencia.
El relato concluye con tres acciones sencillas y decisivas: fue, se lavó y regresó viendo. No discutió el procedimiento ni exigió comprenderlo primero. Creyó lo suficiente para obedecer y, al obedecer, experimentó el poder de Jesús.
Aquel que había salido sin haber contemplado jamás la luz regresó viendo el mundo por primera vez. Sin embargo, su camino espiritual apenas comenzaba. Durante el resto del capítulo irá avanzando progresivamente en el conocimiento de Cristo: primero lo llamará «aquel hombre que se llama Jesús», después lo reconocerá como profeta, más tarde afirmará que procede de Dios y finalmente lo confesará como Señor y lo adorará.
Jesús no solamente abrirá sus ojos físicos; conducirá también su alma desde la oscuridad hasta la fe y la adoración.
Los vecinos interrogan al hombre que había sido ciego
Juan 9:8 a 12
8 a 9 Entonces los vecinos, y los que antes le habían visto que era ciego decían: ¿No es éste el que se sentaba y mendigaba? Unos decían: El es; y otros: A él se parece. El decía: Yo soy.
La curación produce inmediatamente asombro entre los vecinos y quienes conocían al hombre porque solía sentarse a mendigar. Su ceguera no solo había limitado su capacidad de ver, sino también su lugar dentro de la sociedad. Al no poder realizar muchos trabajos, dependía de la compasión y de las limosnas de los demás.
Ahora contemplan al mismo hombre caminando y viendo, pero el cambio es tan extraordinario que algunos dudan incluso de su identidad. Unos aseguran que es el mendigo conocido; otros piensan que solamente se le parece. El milagro ha transformado de tal manera su condición que les cuesta relacionar al hombre que ven con aquel a quien habían conocido durante tantos años.
La confusión de los vecinos aporta indirectamente un testimonio importante sobre la realidad de la curación. No se trataba de alguien cuya ceguera fuera desconocida ni de una enfermedad reciente que pudiera haber mejorado espontáneamente. Era una persona públicamente reconocida como ciega desde su nacimiento.
Frente a las dudas, él declara con sencillez y firmeza: «Yo soy». No intenta engrandecerse ni adornar su historia; únicamente confirma que es la misma persona que antes mendigaba. Su testimonio se sostiene sobre un hecho imposible de negar: antes era ciego y ahora veía.
Esta transformación física ilustra también el cambio espiritual que Cristo produce. Cuando una persona recibe verdaderamente la gracia de Dios, quienes la conocían pueden sorprenderse ante la transformación de su conducta, su esperanza y su manera de vivir. Pablo expresa esta realidad: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
El hombre conservaba su identidad, pero su vida ya no era la misma. La gracia no destruye a la persona, sino que la restaura y comienza a convertirla en aquello para lo cual Dios la creó.
10 Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos?
Los vecinos formulan la pregunta inevitable: cómo le fueron abiertos los ojos. No preguntan todavía quién es Jesús ni qué significado posee el milagro; quieren conocer el procedimiento por el cual se produjo aquella transformación.
La pregunta muestra que un testimonio evidente despierta interrogantes. Cuando las obras de Dios se manifiestan en una vida, pueden abrir oportunidades para hablar de Cristo. El hombre sanado no poseía formación teológica ni comprendía aún plenamente quién era Jesús, pero sí sabía lo que había experimentado.
La curación no podía permanecer oculta. Su nueva capacidad para ver era una evidencia pública que exigía alguna explicación. Del mismo modo, Jesús había enseñado que las buenas obras de Sus discípulos debían conducir a otros hacia Dios: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).
Sin embargo, un milagro, por extraordinario que sea, no produce automáticamente fe. Los mismos hechos que llevan a unas personas a buscar la verdad pueden provocar incredulidad u oposición en otras. La evidencia ilumina, pero el corazón debe estar dispuesto a recibir la luz.
11 Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.
El hombre responde relatando fielmente lo sucedido. Identifica a su sanador como «aquel hombre que se llama Jesús». Esta expresión revela que su conocimiento de Cristo todavía era inicial. Sabía Su nombre y había experimentado Su poder, pero aún no había contemplado Su rostro ni comprendía Su identidad divina.
Su testimonio contiene una secuencia clara: Jesús hizo lodo, lo colocó sobre sus ojos, le ordenó ir a Siloé y lavarse; él obedeció y recibió la vista. No atribuye la curación al barro, al agua ni a su propia obediencia, sino a Jesús, quien había dado la orden y realizado la obra.
El hombre no añade especulaciones ni pretende explicar aquello que todavía desconoce. Se limita a comunicar honestamente lo que Cristo hizo. Este principio será expresado más adelante por los apóstoles: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).
Su testimonio es sencillo, pero posee una fuerza extraordinaria porque nace de una experiencia real. No conoce todavía todas las respuestas, pero conoce el hecho esencial: Jesús intervino en su vida y realizó lo que nadie más podía hacer.
También resulta significativa su obediencia. Podría haberse negado a caminar hasta Siloé o considerar extraño el procedimiento, pero atendió la palabra de Jesús. La fe que comienza siendo sencilla puede conducir progresivamente hacia un conocimiento más profundo del Señor.
12 Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? El dijo: No sé.
Los vecinos preguntan dónde está Jesús. El hombre responde que no lo sabe. Después de colocar el barro sobre sus ojos, Cristo no lo acompañó visiblemente hasta el estanque ni permaneció esperando su regreso.
Esta respuesta confirma nuevamente la sinceridad del testigo. No inventa aquello que desconoce ni pretende aparentar una relación con Jesús mayor de la que realmente posee. Cuando sabe algo, lo declara; cuando no lo sabe, lo reconoce abiertamente.
La honradez del hombre contrasta con la actitud que mostrarán posteriormente los dirigentes religiosos. Él acepta los límites de su conocimiento, mientras ellos creerán saberlo todo acerca de Jesús y emitirán una condena sin haber examinado humildemente la verdad.
Aunque todavía no sabe dónde está Cristo, ya lleva en sus propios ojos la evidencia de Su poder. Puede desconocer muchas cosas acerca de Jesús, pero nadie puede arrebatarle la certeza de lo que Jesús ha hecho en él.
Su situación contiene además una hermosa anticipación espiritual: el hombre ha recibido la vista, pero todavía necesita encontrar al Salvador. Ha experimentado un milagro corporal, aunque aún no ha llegado a la confesión plena de fe. Más adelante será Jesús quien vuelva a buscarlo y se le revele como el Hijo de Dios.
Así comienza un proceso que recorrerá todo el capítulo. El hombre pasará de conocer solamente el nombre de Jesús a reconocerlo como profeta, enviado de Dios y, finalmente, como Señor digno de adoración. Su visión física fue instantánea; su comprensión espiritual crecerá paso a paso.
Los fariseos investigan el milagro
Juan 9:13 a 17
13 a 14 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos.
Los vecinos llevan ante los fariseos al hombre que había sido ciego. Probablemente desean que las autoridades religiosas examinen el milagro y determinen su significado. Una curación tan extraordinaria no podía pasar inadvertida, especialmente porque había ocurrido en sábado.
Juan introduce entonces un dato decisivo: Jesús había hecho lodo y abierto los ojos del hombre en el día de reposo. La Ley permitía descansar y honrar a Dios durante el sábado, pero los dirigentes habían añadido numerosas interpretaciones y prohibiciones humanas. Hacer barro podía considerarse una forma de amasar y, por tanto, un trabajo prohibido.
El conflicto no se debía a que Jesús hubiera quebrantado la Ley de Dios, sino a que había desafiado las interpretaciones rígidas que los dirigentes habían colocado por encima de la misericordia. Cristo no despreciaba el sábado; revelaba su verdadero propósito.
Jesús había enseñado que “el día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27). Dios estableció el descanso para bendecir al ser humano, no para impedir que recibiera sanidad, compasión y restauración.
La apertura de los ojos de un ciego debía haber provocado adoración y gratitud. Sin embargo, para aquellos dirigentes, el día en que se realizó el milagro comenzó a resultar más importante que la persona liberada. Cuando la norma religiosa se separa del amor y de la verdad, puede terminar oponiéndose a la propia obra de Dios.
15 Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista. El les dijo: Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo.
Los fariseos vuelven a preguntar al hombre cómo había recibido la vista. Él repite los hechos de manera más breve: Jesús puso lodo sobre sus ojos, él se lavó y ahora veía.
Su respuesta es directa y verificable. No intenta explicar el poder mediante el cual ocurrió el milagro. Simplemente presenta la realidad que se encuentra delante de todos: antes no veía y ahora ve.
La brevedad del relato también puede indicar que el hombre comienza a percibir la intención de sus interrogadores. No parecen preguntar para celebrar su restauración ni para conocer sinceramente a Jesús, sino para encontrar algún motivo de acusación.
Los dirigentes poseen delante de ellos una evidencia extraordinaria, pero centran su atención en el procedimiento utilizado. En lugar de preguntarse quién puede abrir los ojos de un ciego de nacimiento, se preocupan porque Jesús hizo barro en sábado.
Esta actitud muestra cómo el prejuicio puede condicionar la interpretación de los hechos. Cuando una persona ya ha decidido rechazar a Cristo, incluso las pruebas más claras pueden ser reinterpretadas para evitar reconocerlo.
16 Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos.
Algunos fariseos concluyen que Jesús no procede de Dios porque no guarda el sábado según sus normas. Su razonamiento parte de una premisa equivocada: consideran que sus tradiciones representan perfectamente la voluntad divina y, por tanto, quien las contradice debe ser pecador.
Sin embargo, Jesús no estaba quebrantando el mandamiento de Dios, sino una interpretación humana que había perdido de vista la finalidad misericordiosa del sábado. Hacer el bien nunca contradice la voluntad del Señor. Cristo había preguntado en otra ocasión: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” (Marcos 3:4).
El legalismo puede conocer minuciosamente las reglas y, al mismo tiempo, permanecer insensible ante el sufrimiento humano. Aquellos hombres observaban el barro colocado sobre los ojos, pero no contemplaban con alegría que un hombre ciego desde su nacimiento podía ver por primera vez.
Otros fariseos, sin embargo, reconocen la dificultad de condenar a Jesús. Preguntan cómo puede un hombre pecador realizar señales semejantes. Comprenden que el milagro no puede descartarse fácilmente y que su grandeza obliga a reconsiderar la identidad de quien lo realizó.
Esta diferencia de opiniones provoca división entre ellos. La persona de Jesús vuelve a separar a quienes comienzan a reconocer la intervención divina de quienes permanecen aferrados a sus conclusiones previas. Simeón había anunciado que Cristo sería puesto “para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha” (Lucas 2:34).
Las señales, por sí solas, no sustituyen la fe ni demuestran automáticamente la aprobación divina de cualquier persona. Sin embargo, los milagros de Jesús estaban unidos a Su santidad, a Su enseñanza y al cumplimiento de las Escrituras. Sus obras daban testimonio de que el Padre lo había enviado: “Las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (Juan 5:36).
La división entre los fariseos revela que la evidencia ya estaba obrando sobre algunas conciencias. No todos se encontraban igualmente endurecidos, aunque ninguno parece todavía dispuesto a confesar abiertamente la verdad.
17 Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta.
Ante la falta de acuerdo, los fariseos se dirigen nuevamente al hombre sanado. Le preguntan qué piensa de Jesús, puesto que había abierto sus ojos. Sin pretenderlo, reconocen que él posee una experiencia directa que ellos no pueden negar.
El hombre responde que Jesús es profeta. Su comprensión ha avanzado. Anteriormente lo había llamado simplemente «aquel hombre que se llama Jesús»; ahora reconoce que quien realizó semejante obra debía haber sido enviado por Dios.
En el lenguaje bíblico, un profeta no era solamente quien anunciaba acontecimientos futuros, sino alguien escogido para hablar y actuar en nombre del Señor. El hombre todavía no conoce plenamente a Cristo, pero ya se niega a considerarlo pecador.
Su respuesta exige valentía. Se encuentra ante autoridades que muestran hostilidad hacia Jesús y que poseen poder para expulsarlo de la comunidad religiosa. A pesar de ello, declara honestamente la conclusión a la que lo conduce el milagro.
La mujer samaritana había recorrido un proceso semejante. Después de escuchar a Jesús y ver revelada su propia vida, declaró: “Señor, me parece que tú eres profeta” (Juan 4:19). Tanto ella como el hombre sanado comienzan con un conocimiento parcial que posteriormente avanzará hacia una confesión más profunda.
Llamar profeta a Jesús era correcto, pero todavía insuficiente. Cristo es profeta, porque revela perfectamente la Palabra de Dios; pero es mucho más que un profeta: es el Verbo eterno, el Hijo de Dios y la Luz del mundo.
La ironía del relato se hace cada vez más evidente. El mendigo sin educación religiosa está avanzando hacia la verdad, mientras los especialistas en la Ley se hunden progresivamente en la ceguera. El hombre que antes no veía comienza a discernir espiritualmente; quienes afirman ver se resisten a la luz que tienen delante.
Los padres confirman que había nacido ciego
Juan 9:18 a 23
18 a 19 Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?
Los dirigentes se resisten a aceptar que el hombre hubiera sido verdaderamente ciego y hubiese recibido la vista. Al no poder explicar el milagro, comienzan a poner en duda la realidad de su condición anterior. Cuando el corazón rechaza una conclusión, puede intentar desacreditar las evidencias que conducen hacia ella.
Por esta razón llaman a sus padres. Quieren comprobar dos hechos fundamentales: que aquel hombre sea realmente su hijo y que hubiera nacido ciego. Si los padres confirmaban ambas cosas, la curación ya no podría atribuirse a una confusión de identidad ni a una enfermedad pasajera.
Las preguntas contienen una evidente sospecha: «¿Es este vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego?». La expresión «vosotros decís» manifiesta que los dirigentes todavía buscan alguna contradicción que les permita negar el milagro.
Sin embargo, su investigación terminará fortaleciendo involuntariamente el testimonio acerca de Jesús. Cuanto más examinan el acontecimiento, más evidente resulta que se ha producido una obra sobrenatural. Dios puede hacer que incluso las indagaciones de quienes se oponen a la verdad contribuyan a confirmar lo que Él ha realizado.
Esta incredulidad recuerda la advertencia de Habacuc: “Porque obra haré en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis” (Habacuc 1:5). El problema de los dirigentes no era la falta de testimonios, sino su resistencia interior a reconocer lo que aquellos testimonios demostraban.
20 a 21 Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo.
Los padres confirman sin vacilar que aquel hombre es su hijo y que nació ciego. Su declaración establece como indiscutibles los dos elementos esenciales del milagro: la identidad del hombre y la realidad de su ceguera desde el nacimiento.
Habían convivido con él durante toda su vida. Conocían su condición mejor que los vecinos y que las autoridades religiosas. Su testimonio elimina cualquier posibilidad razonable de fraude o confusión.
Sin embargo, cuando se les pregunta cómo ve ahora y quién abrió sus ojos, responden que no lo saben. Es posible que realmente desconocieran los detalles exactos, pero el versículo siguiente revelará que también hablaban con cautela por temor a las consecuencias.
Los padres se refugian en la edad adulta de su hijo: puede responder por sí mismo. Esta afirmación era jurídicamente razonable, porque el hombre tenía suficiente edad para dar testimonio; pero también les permitía evitar una declaración comprometida acerca de Jesús.
Existe una notable diferencia entre la actitud del hijo y la de sus padres. Él comienza a hablar con creciente valentía, mientras ellos procuran mantenerse a salvo. La misma obra de Dios puede despertar confesión en unos y temor en otros.
Los padres reconocen los hechos que no pueden negar, pero evitan pronunciarse sobre su significado. Saben que su hijo nació ciego y comprueban que ahora ve; sin embargo, no se atreven a seguir la evidencia hasta la persona de Cristo.
Esta actitud muestra que estar cerca de un milagro no equivale necesariamente a creer. Es posible reconocer determinados hechos acerca de Jesús y, aun así, retroceder ante el precio de confesarlo públicamente.
22 a 23 Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.
Juan explica que los padres respondieron de aquella manera porque temían a los dirigentes religiosos. Estos ya habían acordado que quien confesara que Jesús era el Cristo fuera expulsado de la sinagoga.
La sinagoga ocupaba un lugar central en la vida religiosa y social del pueblo judío. Ser excluido podía significar la pérdida de relaciones, reputación, participación comunitaria e incluso oportunidades económicas. Por eso, confesar a Jesús podía tener consecuencias dolorosas y concretas.
La presión ejercida por las autoridades revela que su investigación no era imparcial. Antes de concluir el interrogatorio ya habían decidido castigar a cualquiera que reconociera a Jesús como el Mesías. No estaban buscando humildemente la verdad, sino tratando de controlar la respuesta de los demás.
Los padres permiten que el temor determine sus palabras. No niegan el milagro, pero tampoco defienden a quien lo realizó. Su prudencia se convierte en silencio cuando la verdad necesitaba ser reconocida.
Jesús había advertido acerca de este peligro: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32). Confesar a Cristo no consiste solamente en aceptar interiormente una idea, sino en permanecer fieles a Él aun cuando exista oposición.
Más adelante, Juan mencionará que algunos dirigentes creyeron en Jesús, pero no lo confesaban por temor a ser expulsados de la sinagoga: “Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:43). El miedo al rechazo humano puede impedir que una persona manifieste abiertamente aquello que comienza a reconocer como verdadero.
El comportamiento de los padres resulta comprensible desde la fragilidad humana, pero el Evangelio no lo presenta como ejemplo de fe. El temor explica su silencio, pero no lo convierte en fidelidad. Cuando la aprobación social pesa más que la verdad, el corazón queda atrapado por la opinión de los demás.
Por esta razón repiten que su hijo tiene edad suficiente y que deben preguntarle a él. Dejan al hombre solo ante el interrogatorio, posiblemente para protegerse a sí mismos. Paradójicamente, aquel que había dependido de otros durante toda su vida tendrá que sostener ahora, sin el apoyo de sus padres, su propio testimonio.
La presión que buscaba intimidarlo contribuirá a fortalecer su confesión. Mientras sus padres retroceden por temor, el hombre sanado avanzará con creciente firmeza hacia la verdad acerca de Jesús. La fe comenzará a independizarse de la protección familiar y a sostenerse sobre la experiencia personal de la gracia de Dios.
El hombre sanado defiende a Jesús y es expulsado
Juan 9:24 a 34
24 Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador.
Los dirigentes llaman por segunda vez al hombre y le ordenan que dé gloria a Dios, afirmando que ellos saben que Jesús es pecador. La expresión «da gloria a Dios» era una fórmula solemne mediante la cual se exigía a alguien que dijera la verdad delante del Señor. Josué empleó palabras semejantes al interrogar a Acán: “Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho” (Josué 7:19).
Sin embargo, en este caso la exhortación contiene una profunda contradicción. Los dirigentes invocan el nombre de Dios, pero pretenden obligar al hombre a negar la obra que Dios acaba de realizar. Han decidido de antemano cuál debe ser su respuesta: Jesús es pecador.
Ya no están investigando el milagro con imparcialidad. Primero dudaron de que el hombre hubiera sido ciego; después interrogaron a sus padres y, una vez confirmados los hechos, intentan imponer una interpretación que preserve su rechazo hacia Cristo.
Afirman saber que Jesús es pecador, pero no presentan ninguna prueba verdadera. Su certeza procede de considerar que había quebrantado sus normas acerca del sábado. Confunden sus propias tradiciones con la voluntad de Dios y condenan al Santo porque no se somete a ellas.
La verdadera manera de dar gloria a Dios habría sido reconocer humildemente que una obra extraordinaria de misericordia había sido realizada por medio de Jesús. Pero la religiosidad endurecida puede emplear incluso el lenguaje de la piedad para resistirse a la verdad.
25 Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
El hombre no entra inicialmente en una discusión teológica acerca de si Jesús es pecador. Reconoce con honestidad que todavía no posee suficiente conocimiento para responder a todas las cuestiones planteadas. Sin embargo, declara aquello que nadie puede arrebatarle: una cosa sabe, que antes era ciego y ahora ve.
Esta afirmación constituye el centro de su testimonio. Los dirigentes pueden cuestionar su interpretación, intimidarlo o despreciar sus conclusiones, pero no pueden borrar la transformación que Cristo ha producido en su vida.
El hombre distingue sabiamente entre aquello que aún desconoce y aquello que conoce con certeza. La fe sincera no necesita fingir que posee todas las respuestas. Puede reconocer sus limitaciones y, al mismo tiempo, mantenerse firme en la verdad experimentada.
Su testimonio ofrece también un modelo para los creyentes. No todos pueden responder inmediatamente a cada objeción intelectual o explicar todos los misterios de la fe, pero quien ha conocido la gracia de Cristo puede declarar con verdad lo que Él ha hecho.
El salmista expresó un testimonio semejante: “Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos” (Salmo 40:2). La experiencia personal no sustituye la verdad revelada en la Escritura, pero puede confirmar de manera viva el poder transformador del Señor.
Antes era ciego y ahora veo resume tanto el milagro físico como la salvación espiritual. Todo creyente puede reconocer que vivía sin comprender la verdad de Dios hasta que Cristo iluminó su corazón.
26 a 27 Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? El les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oir; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?
Los dirigentes vuelven a preguntarle qué hizo Jesús y cómo abrió sus ojos. Ya habían escuchado la explicación varias veces, por lo que su insistencia no procede de un deseo sincero de comprender. Buscan una contradicción o algún detalle que puedan utilizar contra Jesús.
El hombre percibe finalmente su intención y les recuerda que ya se lo ha contado, pero ellos no han querido escuchar. Oír palabras no equivale a recibir la verdad. Se puede escuchar repetidamente un testimonio y continuar rechazándolo porque el corazón no desea aceptar sus consecuencias.
Entonces formula una pregunta cargada de ironía: si desean oírlo otra vez porque también quieren hacerse discípulos de Jesús. Con estas palabras descubre el verdadero centro del conflicto. No se trata únicamente de determinar cómo ocurrió una curación, sino de decidir qué relación tendrán con Aquel que la realizó.
El interrogado comienza a mostrar una valentía extraordinaria. Quienes pretendían intimidarlo descubren que ya no pueden dominar su testimonio. El hombre que anteriormente dependía de la ayuda de otros se enfrenta ahora a las autoridades religiosas con una libertad interior que nace de la verdad.
Su pregunta también muestra que él empieza a situarse entre los discípulos de Jesús. Al decir «también vosotros», parece reconocerse implícitamente como alguien dispuesto a seguirlo. La oposición no está destruyendo su fe, sino ayudándolo a comprender públicamente de qué lado debe permanecer.
28 a 29 Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea.
Los dirigentes reaccionan insultándolo. Cuando ya no pueden negar el milagro ni refutar su razonamiento, recurren al desprecio. Lo identifican como discípulo de Jesús y se presentan orgullosamente como discípulos de Moisés.
Esta contraposición es falsa. Moisés no se opone a Cristo; por el contrario, sus escritos conducen hacia Él. Jesús había declarado: “Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5:46). Por tanto, rechazar a Cristo significaba no haber comprendido verdaderamente el testimonio de Moisés.
Los fariseos afirman saber que Dios habló a Moisés, pero aseguran desconocer de dónde procede Jesús. Su declaración resulta sorprendente, porque las obras de Cristo, Su enseñanza y el cumplimiento de las Escrituras daban testimonio de Su procedencia divina.
Además, varios de ellos conocían el origen terrenal de Jesús y sabían que procedía de Galilea. Cuando dicen que no saben de dónde es, se refieren principalmente a que rechazan Su autoridad y Su misión. La supuesta ignorancia se convierte en una manera de no reconocer las evidencias que tienen delante.
Se glorían en ser discípulos de Moisés, aunque no manifiestan la humildad, la obediencia ni el deseo de conocer a Dios que caracterizaron al profeta. Moisés fue siervo fiel, pero Cristo es el Hijo sobre la casa de Dios: “Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo… pero Cristo como hijo sobre su casa” (Hebreos 3:5 a 6).
El contraste no es, por tanto, entre Moisés y Jesús, sino entre una interpretación endurecida de Moisés y el verdadero cumplimiento de sus escritos en Cristo.
30 a 33 Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer.
El hombre expresa su asombro ante la contradicción de los dirigentes: afirman no saber de dónde procede Jesús, aunque Él le ha abierto los ojos. Quien había sido considerado ignorante comienza a enseñar a los maestros religiosos mediante un razonamiento sencillo y poderoso.
Parte de una convicción generalmente aceptada: Dios no escucha favorablemente a quienes viven entregados al pecado y se rebelan contra Su voluntad, pero atiende a quienes le temen y hacen Su voluntad. La Escritura declara: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18).
Esto no significa que Dios sea incapaz de oír las palabras de un pecador arrepentido. Si así fuera, nadie podría clamar pidiendo salvación. La afirmación se refiere a que Dios no respalda ni confirma la obra de quienes permanecen deliberadamente en la maldad, mientras escucha al que se acerca con reverencia y sinceridad.
El hombre destaca después el carácter extraordinario del milagro: nunca se había oído que alguien abriera los ojos de una persona ciega de nacimiento. Las Escrituras narraban numerosas intervenciones milagrosas, pero ninguna curación semejante.
Abrir los ojos de los ciegos había sido anunciado como una señal propia de la obra salvadora del Señor: “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán” (Isaías 35:5). Sin citar expresamente esta profecía, el razonamiento del hombre conduce hacia la conclusión de que la obra de Jesús manifiesta la intervención de Dios.
Por eso declara que, si Jesús no procediera de Dios, nada podría hacer. Su comprensión continúa creciendo: primero lo llamó hombre, después profeta y ahora afirma claramente que ha venido de parte de Dios.
El antiguo ciego ha seguido las evidencias con una lógica que los dirigentes no quieren aceptar. Su razonamiento es sencillo: el milagro es real, su grandeza no tiene precedente y manifiesta el poder divino; por consiguiente, quien lo realizó no puede ser el pecador que ellos describen.
La luz espiritual aumenta en el hombre a medida que defiende la verdad, mientras la ceguera de los dirigentes se vuelve más profunda porque rechazan aquello que saben.
34 Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron.
Incapaces de responder a sus argumentos, los dirigentes lo atacan personalmente. Le dicen que nació completamente en pecado, mostrando que todavía interpretan su antigua ceguera como prueba de una culpabilidad especial.
De esta manera regresan a la misma creencia equivocada con la que comenzó el capítulo. Jesús había negado que la ceguera fuera consecuencia de un pecado particular, pero ellos la utilizan ahora para humillarlo y desacreditar su testimonio.
Su pregunta indignada —cómo se atreve a enseñarles— revela orgullo espiritual. No pueden concebir que un mendigo sin preparación religiosa tenga algo que mostrarles acerca de Dios. Valoran más su posición que la verdad contenida en sus palabras.
Sin embargo, aquel hombre realmente les estaba enseñando. Había comprendido que las obras de Jesús demostraban Su procedencia divina, mientras ellos, a pesar de su conocimiento de las Escrituras, se negaban a reconocerlo.
Finalmente lo expulsan. El relato puede referirse tanto a que lo arrojaron físicamente del lugar como a su exclusión de la comunidad religiosa. En cualquiera de los casos, el hombre experimenta el precio de permanecer fiel a su testimonio.
Los dirigentes creen estar alejándolo de Dios, pero en realidad lo expulsan por haber defendido la obra de Dios. La institución religiosa que debía ayudar a las personas a reconocer al Mesías termina rechazando a quien confiesa la evidencia de Su poder.
Lo que parece una pérdida preparará un encuentro mucho mayor. Al ser rechazado por los hombres, será buscado personalmente por Jesús. El salmista había declarado: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmo 27:10).
El hombre pierde la aceptación de las autoridades, pero está a punto de encontrar plenamente al Señor. La fidelidad a Cristo puede cerrar algunas puertas humanas, pero abre la puerta hacia una comunión más profunda con Él. Cuando el mundo religioso lo expulsa, Jesús sale a buscarlo.
Jesús denuncia la ceguera espiritual
Juan 9:35 a 41
35 Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?
Jesús se entera de que los dirigentes han expulsado al hombre y sale a buscarlo. Este detalle revela la ternura del Señor: Cristo no abandona a quien ha sufrido por mantenerse fiel a la verdad acerca de Él.
El hombre había perdido el respaldo de sus padres y la aceptación de las autoridades religiosas, pero no quedaría solo. Quienes lo expulsaron creían poseer autoridad para separarlo del pueblo de Dios; sin embargo, Jesús lo recibe y lo conduce hacia una relación más profunda con Él.
El Señor no lo busca únicamente para consolarlo, sino para completar la obra comenzada. Ya le había concedido la vista física; ahora se dispone a abrir plenamente sus ojos espirituales. El milagro corporal señalaba hacia una revelación mucho mayor: conocer personalmente al Salvador.
Jesús le pregunta si cree en el Hijo de Dios. La pregunta no se limita a aceptar intelectualmente Su existencia, sino que lo invita a depositar en Él su confianza, reconocer Su autoridad y entregarse a Su persona.
El título «Hijo de Dios» revela una relación única con el Padre. Jesús no es simplemente otro mensajero enviado por Dios, sino el Hijo eterno que comparte la naturaleza divina y hace visible al Padre. Juan expresó el propósito de su Evangelio con palabras semejantes: “Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Algunos manuscritos antiguos contienen aquí la expresión «Hijo del Hombre». Ambos títulos son verdaderos y profundamente significativos: Jesús es el Hijo de Dios, de naturaleza divina, y el Hijo del Hombre, el Mesías prometido que recibió dominio eterno, gloria y reino.
36 Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?
El hombre responde preguntando quién es, para creer en Él. Su disposición contrasta completamente con la actitud de los fariseos. Ellos reciben evidencias y buscan razones para rechazarlas; el hombre posee todavía un conocimiento incompleto, pero está dispuesto a creer cuando la verdad le sea revelada.
Su pregunta no nace de la incredulidad hostil, sino del deseo sincero de conocer. No exige otra señal ni pone condiciones. Está preparado para responder con fe a la palabra de Jesús.
La transformación espiritual suele comenzar con esta humildad: reconocer que todavía no conocemos todo y pedir al Señor que nos muestre la verdad. La promesa divina declara: “Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13).
Hasta ese momento, el hombre había defendido a Jesús sin haberlo visto físicamente. Había obedecido Su voz, experimentado Su poder y padecido por dar testimonio de Él. Ahora se encuentra cara a cara con Aquel que le abrió los ojos.
Su pregunta encierra una entrega anticipada: «Muéstrame quién es y creeré». La fe verdadera no necesita comprender todos los misterios antes de confiar; necesita saber en quién deposita su confianza.
37 Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.
Jesús responde que el hombre ya lo ha visto y que quien habla con él es el Hijo de Dios. La expresión «le has visto» posee una extraordinaria profundidad, porque se dirige a alguien que hasta hacía poco jamás había contemplado rostro alguno.
Los primeros ojos que el hombre reconoce espiritualmente son los del mismo Cristo que le concedió la vista. Aquel que había vivido en oscuridad contempla ahora la Luz del mundo.
Jesús no se limita a identificar a otra persona; se revela directamente a Sí mismo. La expresión recuerda Su conversación con la mujer samaritana, cuando declaró: “Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26). En ambos casos, Cristo se manifiesta personalmente a personas despreciadas por la sociedad religiosa.
El hombre descubre que quien hizo barro, lo envió a Siloé y abrió sus ojos no era solamente un profeta ni un hombre procedente de Dios. Era el Hijo de Dios que había venido a buscarlo y salvarlo.
La revelación de Cristo responde al progreso de su fe. El hombre había sido fiel a la luz recibida, y Jesús le concede ahora una comprensión mayor. Quien recibe humildemente la verdad que Dios le muestra es conducido hacia una luz más plena.
38 Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.
El hombre responde inmediatamente: «Creo, Señor», y lo adora. Su camino espiritual alcanza el punto culminante. Primero habló de «aquel hombre que se llama Jesús»; después lo reconoció como profeta, afirmó que procedía de Dios y finalmente lo confiesa como Señor.
Su fe no permanece reducida a las palabras, sino que se expresa mediante la adoración. Creer verdaderamente en Cristo conduce a postrarse ante Él, reconocer Su autoridad y entregarle la vida.
Jesús acepta su adoración. Este hecho posee gran importancia teológica, porque la Escritura enseña que solamente Dios debe ser adorado. Cuando Satanás tentó a Jesús, el Señor respondió: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mateo 4:10).
Los siervos fieles de Dios rechazaron siempre la adoración dirigida hacia ellos. Cuando Cornelio se postró ante Pedro, el apóstol lo levantó diciendo: “Levántate, pues yo mismo también soy hombre” (Hechos 10:26). Jesús, en cambio, recibe legítimamente la adoración porque es verdaderamente Dios manifestado en carne.
El hombre que había sido expulsado de la sinagoga entra ahora en la verdadera adoración. Los dirigentes pudieron excluirlo de una comunidad humana, pero no podían separarlo de Cristo ni impedirle acercarse a Dios.
La historia ha avanzado desde la ceguera hasta la visión, desde la mendicidad hasta el testimonio, desde el interrogatorio hasta la confesión y desde el rechazo humano hasta la adoración. El mayor milagro del capítulo no consiste únicamente en que sus ojos físicos fueron abiertos, sino en que su corazón reconoció al Señor.
39 Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados.
Jesús declara que vino a este mundo para juicio: para que quienes no ven vean y quienes ven se vuelvan ciegos. Estas palabras no contradicen Su afirmación de que no vino para condenar al mundo, sino para salvarlo. Su misión es salvadora, pero la llegada de la luz produce inevitablemente una separación entre quienes la reciben y quienes la rechazan.
Cristo no necesita convertir activamente en ciegas a personas que ven con claridad. Quienes creen poseer suficiente sabiduría y se niegan a reconocer su necesidad quedan confirmados en su propia ceguera. La luz revela la verdadera condición de cada corazón.
Los que «no ven» representan a quienes reconocen humildemente su pobreza espiritual y necesitan que Dios los ilumine. A ellos Cristo concede visión. Los que aseguran «ver» son quienes confían orgullosamente en su conocimiento y consideran que no necesitan recibir nada de Jesús.
Esta inversión pertenece al modo en que actúa el reino de Dios. El Señor “quita de los tronos a los poderosos, y exalta a los humildes” (Lucas 1:52). Dios concede gracia al que reconoce su necesidad, pero resiste al soberbio que se considera autosuficiente.
El hombre sanado confesó implícitamente su necesidad y obedeció; por eso llegó a ver física y espiritualmente. Los fariseos se proclamaban guías iluminados, pero su rechazo de Cristo mostró que permanecían en oscuridad.
Ante Jesús nadie permanece neutral. Su luz salva a quien la recibe, pero también pone de manifiesto la ceguera de quien deliberadamente la rechaza.
40 Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos?
Algunos fariseos que se encontraban con Jesús escuchan Sus palabras y preguntan indignados si también ellos son ciegos. Su pregunta espera una respuesta negativa. Se consideran expertos en la Ley, maestros del pueblo y capaces de distinguir perfectamente entre la verdad y el error.
No preguntan con humildad para examinarse, sino con ironía y orgullo. La posibilidad de estar espiritualmente ciegos les parece ofensiva precisamente porque confían plenamente en su propia capacidad para ver.
La ceguera espiritual no consiste necesariamente en carecer de conocimientos religiosos. Una persona puede conocer extensamente las Escrituras, dominar las doctrinas y ocupar una posición de autoridad, pero continuar sin reconocer a Cristo.
La sabiduría humana puede convertirse en obstáculo cuando produce autosuficiencia. Pablo advierte: “Si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio” (1 Corintios 3:18).
Los fariseos podían haber respondido como el hombre sanado: «¿Quién es, Señor, para que crea en Él?». Pero, en lugar de pedir luz, defienden su supuesta visión. El orgullo les impide reconocer la enfermedad y, por tanto, buscar la curación.
41 Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.
Jesús responde que, si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero como afirman que ven, su pecado permanece. Cristo no enseña que la ignorancia elimine toda culpabilidad, sino que la responsabilidad aumenta cuando una persona recibe luz y conscientemente decide rechazarla.
Si los fariseos reconocieran su ceguera espiritual, podrían acudir humildemente a Jesús y recibir perdón. Su problema no consiste solo en que no ven, sino en que aseguran ver perfectamente y se niegan a ser corregidos.
La confesión de necesidad abre el camino hacia la gracia. Quien reconoce su pecado puede clamar como el publicano: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13). Pero quien se considera justo por sí mismo no busca la misericordia que necesita.
Los dirigentes habían contemplado un milagro extraordinario, escuchado el testimonio del hombre, interrogado a sus padres y comprobado que había nacido ciego. A pesar de todas esas evidencias, eligieron condenar a Jesús. Su pecado permanece porque rechazan deliberadamente la luz recibida.
El capítulo termina con una inversión solemne. El hombre que comenzó siendo físicamente ciego termina viendo, creyendo y adorando. Los fariseos, que comenzaron convencidos de su visión espiritual, terminan declarados ciegos por Cristo.
La verdadera visión no depende de la inteligencia, la posición religiosa ni la cantidad de conocimientos, sino de reconocer humildemente a Jesús como el Hijo de Dios y la Luz del mundo. Quien admite su oscuridad puede recibir la luz; quien presume de ver sin Cristo permanece en su pecado.
Resumen teológico y espiritual de San Juan 9
San Juan 9 presenta a Jesús como la Luz del mundo, capaz de vencer tanto la ceguera física como la oscuridad espiritual. La curación del hombre ciego de nacimiento es un milagro real y, al mismo tiempo, una señal que revela la identidad divina de Cristo y la necesidad espiritual de todo ser humano.
El capítulo comienza rechazando la idea de que todo sufrimiento sea consecuencia directa de un pecado personal. Aunque el dolor y la muerte entraron en el mundo a causa del pecado, no debemos atribuir automáticamente cada enfermedad o desgracia a una culpa concreta. Mientras los discípulos buscan a alguien a quien responsabilizar, Jesús contempla a una persona necesitada de misericordia. La respuesta cristiana ante el sufrimiento no debe ser el juicio precipitado, sino la compasión y el deseo de que las obras de Dios se manifiesten.
La curación posee además un profundo carácter creador. Al utilizar barro para abrir unos ojos que nunca habían visto, Jesús recuerda la obra del Creador que formó al ser humano del polvo de la tierra. Cristo no es solamente quien restaura la creación dañada; es el Verbo eterno por medio de quien todas las cosas fueron hechas. Aquel que concedió la vista en el principio puede hacer surgir luz donde nunca la hubo.
El hombre recibe una orden cuyo resultado todavía no puede ver. Debe caminar hasta el estanque de Siloé y lavarse, confiando únicamente en la palabra de Jesús. Su obediencia precede al milagro y enseña que la fe verdadera confía en Cristo incluso cuando todavía camina en oscuridad y no comprende plenamente Sus caminos.
El milagro realizado en sábado revela también la autoridad de Jesús sobre las interpretaciones religiosas humanas. Cristo no quebranta la Ley de Dios, sino que denuncia un legalismo que había separado el mandamiento de su propósito misericordioso. La verdadera obediencia a Dios nunca puede convertirse en indiferencia ante el sufrimiento humano. Cuando una tradición impide reconocer la bondad, la justicia y la misericordia, ha dejado de expresar correctamente el corazón de Dios.
A lo largo del capítulo se desarrolla un extraordinario contraste entre dos clases de ceguera. El hombre comienza siendo físicamente ciego, pero avanza progresivamente hacia la visión espiritual. Primero habla de «aquel hombre que se llama Jesús»; después lo reconoce como profeta, afirma que procede de Dios y finalmente lo confiesa como Señor y lo adora.
Los fariseos recorren el camino contrario. Poseen conocimientos religiosos, examinan el milagro y reciben testimonios suficientes, pero cada nueva evidencia aumenta su resistencia. Mientras el hombre que no veía avanza hacia la luz, quienes creen verlo todo se hunden progresivamente en la oscuridad.
El testimonio del hombre y de sus padres confirma la realidad del milagro. Su identidad era conocida, había nacido ciego y ahora podía ver. Los dirigentes no consiguen refutar los hechos; por eso intentan desacreditar al testigo, intimidarlo y finalmente expulsarlo. Cuando el corazón no desea rendirse ante la verdad, puede terminar rechazando incluso las evidencias más claras.
El hombre sanado no posee todas las respuestas, pero conoce algo que nadie puede arrebatarle: antes era ciego y ahora ve. Su ejemplo enseña que el creyente no necesita fingir que comprende todos los misterios ni saber responder inmediatamente a cada objeción. Puede declarar con sencillez, honestidad y firmeza lo que Cristo ha hecho en su vida.
Sus padres reconocen el milagro, pero el temor a los dirigentes les impide pronunciarse abiertamente acerca de Jesús. El capítulo advierte así sobre el peligro de conocer la verdad y silenciarla por miedo a perder la aceptación, la seguridad o la reputación. La fe sincera debe aprender a temer más a Dios que al juicio de los hombres.
A medida que aumenta la oposición, también crece la valentía del hombre. El antiguo mendigo termina enseñando a quienes se consideraban maestros: si Jesús no procediera de Dios, no habría podido realizar una obra semejante. La presión que pretendía intimidarlo fortalece su testimonio y lo conduce hacia una comprensión más profunda de Cristo.
Finalmente, los dirigentes lo expulsan. Sin embargo, lo que parece una pérdida prepara su encuentro definitivo con el Salvador. Jesús se entera de que lo han rechazado y sale personalmente a buscarlo. Esta es una de las verdades más consoladoras del capítulo: cuando alguien sufre por permanecer fiel a Cristo, el Señor no lo abandona. Los hombres pueden cerrarle puertas, pero no pueden separarlo de la presencia y del amor de Dios.
Jesús se revela al hombre como el Hijo de Dios, y este responde creyendo y adorándolo. Cristo acepta su adoración, lo cual posee una importancia teológica fundamental, porque la Escritura enseña que solamente Dios debe ser adorado. Jesús no es únicamente un profeta ni un instrumento del poder divino; es el Hijo de Dios, digno de fe, obediencia y adoración.
La mayor bendición recibida por aquel hombre no fue contemplar por primera vez el mundo visible, sino reconocer espiritualmente a su Salvador. La curación de sus ojos transformó su vida terrenal; el encuentro con Cristo le concedió una esperanza eterna. El mayor milagro del capítulo no consiste únicamente en que un ciego llegue a ver, sino en que un pecador llegue a creer y adorar.
Al final, Jesús declara que vino para que quienes no ven puedan ver y quienes creen ver queden manifestados como ciegos. Su misión es salvadora, pero Su luz revela inevitablemente la verdadera condición de cada corazón. Quien reconoce humildemente su oscuridad puede recibir la visión; quien se considera autosuficiente y rechaza deliberadamente la luz permanece en su pecado.
Los fariseos representan el peligro de la soberbia religiosa. Conocían la Ley, ocupaban posiciones de autoridad y se consideraban guías del pueblo, pero su orgullo les impedía reconocer su necesidad. El conocimiento bíblico que no conduce a Cristo, a la humildad, a la obediencia y a la misericordia puede convertirse en motivo de endurecimiento.
San Juan 9 nos invita, por tanto, a examinarnos. No basta con saber muchas cosas acerca de Jesús, pertenecer a una comunidad religiosa o creer que poseemos visión espiritual. La verdadera visión consiste en reconocer nuestra necesidad, recibir la palabra de Cristo, confiar en Él y confesarlo como Señor.
El hombre sanado recorrió un camino que todo creyente está llamado a experimentar: fue alcanzado por la gracia, obedeció la palabra de Jesús, dio testimonio de lo recibido, permaneció firme ante la oposición y terminó postrado en adoración.
Cristo continúa siendo la Luz del mundo. Quien reconoce su ceguera y acude humildemente a Él recibe luz, dirección y vida; pero quien presume de ver sin necesitar a Cristo permanece en oscuridad. La verdadera visión comienza cuando nuestros ojos espirituales se abren y contemplamos en Jesús al Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador.
Concordancias principales de San Juan 9
Sin repetir las concordancias ya intercaladas en el análisis anterior, estas son las principales:
Isaías 42:6 a 7 “Para que abras los ojos de los ciegos.” Esta profecía presenta al Siervo del Señor llevando luz y libertad. La curación del ciego confirma que Jesús es el Mesías prometido, enviado para abrir tanto los ojos físicos como los espirituales.
Salmo 146:8 “Jehová abre los ojos a los ciegos.” Una obra atribuida en el Antiguo Testamento a Dios es realizada por Jesús. El milagro revela que el poder y la compasión divinos están actuando en Cristo.
Éxodo 4:11 “¿Quién dio la vista al hombre? ¿No soy yo Jehová?” Dios se presenta como soberano sobre las capacidades humanas. Al conceder vista a quien nació ciego, Jesús manifiesta la autoridad creadora que pertenece a Dios.
Isaías 29:18 a 19 El profeta anuncia que los ciegos verán y que los humildes aumentarán su alegría en el Señor. San Juan 9 cumple este principio: un mendigo recibe luz y gozo, mientras los orgullosos permanecen espiritualmente ciegos.
Mateo 11:4 a 5 “Los ciegos ven… y a los pobres es anunciado el evangelio.” Jesús presenta la apertura de los ojos como una señal de la llegada del reino de Dios y una evidencia de Su identidad mesiánica.
Lucas 6:39 “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?” Los fariseos se consideraban guías espirituales, pero su rechazo de Cristo mostraba que no podían conducir correctamente al pueblo. Quien no reconoce la Luz del mundo tampoco puede guiar a otros hacia ella.
Juan 3:19 a 21 La luz vino al mundo, pero muchos prefirieron las tinieblas porque no deseaban que sus obras fueran descubiertas. Esta enseñanza explica la reacción de los dirigentes: el problema no era la ausencia de luz, sino su resistencia a recibirla.
Hechos 26:17 a 18 Cristo envía a Pablo “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz”. La curación del ciego anticipa la misión del Evangelio: conducir a las personas desde la oscuridad espiritual hacia la fe en Jesucristo.
Apocalipsis 3:17 a 18 La iglesia de Laodicea —es decir, aquellos creyentes— pensaba que era rica y autosuficiente, pero Cristo la describió como pobre, miserable y ciega. El Señor le aconsejó adquirir colirio espiritual para ver. Al igual que los fariseos, quien cree no necesitar nada puede desconocer su verdadera condición.
Romanos 10:9 a 10 La salvación se relaciona con creer en el corazón y confesar públicamente al Señor Jesús. El antiguo ciego no guardó su fe en secreto: avanzó desde el testimonio sencillo hasta la confesión abierta y la adoración.
En conjunto, estas concordancias confirman la enseñanza central de San Juan 9: Jesucristo es la Luz divina que abre los ojos, transforma la vida y conduce a la salvación. Quien reconoce humildemente su necesidad recibe visión espiritual; quien rechaza orgullosamente la luz permanece en su ceguera.
Bibliografía
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Juan Cid