Evangelio según San Juan

Capítulo 12

Índice del capítulo

Texto bíblico

Jesús es ungido en Betania

1 Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos.

2 Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él.

3 Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.

4 Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar:

5 ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?

6 Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

7 Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto.

8 Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

El complot contra Lázaro

9 Gran multitud de los judíos supieron entonces que él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos.

10 Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro,

11 porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.

La entrada triunfal en Jerusalén

12 El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén,

13 tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!

14 Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito:

15 No temas, hija de Sion; He aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna.

16 Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho.

17 Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos.

18 Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal.

19 Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él.

Unos griegos buscan a Jesús

20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta.

21 Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús.

22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús.

23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado.

24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

Jesús anuncia su muerte

27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora.

28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.

29 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado.

30 Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros.

31 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.

32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.

34 Le respondió la gente: Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?

35 Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va.

36 Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.

Incredulidad de los judíos

Estas cosas habló Jesús, y se fue y se ocultó de ellos.

37 Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él;

38 para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?

39 Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías:

40 Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; Para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, Y se conviertan y yo los sane.

41 Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él.

42 Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga.

43 Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.

Las palabras de Jesús juzgarán a los hombres

44 Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió;

45 y el que me ve, ve al que me envió.

46 Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.

47 Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.

48 El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.

49 Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.

50 Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.

Comentarios y análisis

La unción en Betania: amor, adoración y preparación para la sepultura

San Juan 12:1 a 8

1 a 3 Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume.

Juan sitúa la escena seis días antes de la Pascua, cuando Jesús llega de nuevo a Betania, el pequeño pueblo que había quedado marcado para siempre por el extraordinario acontecimiento narrado en el capítulo anterior: allí vivía Lázaro, a quien Jesús había resucitado de los muertos. La referencia no es simplemente geográfica. Juan parece querer que el lector entre en aquella casa teniendo todavía ante los ojos la tumba abierta y a Lázaro saliendo de ella. La muerte había visitado aquel hogar, pero la presencia de Cristo había transformado el luto en vida. Ahora, mientras se aproxima otra Pascua, será Jesús quien camine conscientemente hacia su propia muerte.

La indicación temporal adquiere así una profundidad especial. La Pascua recordaba la liberación de Israel mediante la sangre del cordero, y precisamente en aquellos días el verdadero Cordero de Dios se acercaba a la hora en que entregaría su vida. Desde el comienzo del Evangelio Juan había señalado hacia este momento cuando Juan el Bautista proclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Lo que durante siglos había sido figura y anticipación se aproximaba ahora a su cumplimiento definitivo.

En Betania preparan una cena para Jesús. Marta sirve, Lázaro se encuentra sentado a la mesa con Él y María realiza un acto que llenará toda la escena. Cada uno aparece casi naturalmente en la disposición que Juan ya nos había permitido conocer. Marta expresa su amor sirviendo; Lázaro, simplemente estando allí, constituye un testimonio viviente del poder de Cristo; y María se acerca a Jesús con una devoción que desborda cualquier medida ordinaria.

María toma una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, unge los pies de Jesús y los seca con sus cabellos. El relato no explica cuándo decidió María realizar aquel gesto, pero el elevado valor del perfume muestra que su entrega fue costosa y extraordinaria. María no ofrece a Jesús algo que le sobra: entrega algo costoso. Su adoración tiene peso porque implica entrega.

Los otros Evangelios complementan la escena indicando que el perfume fue derramado también sobre la cabeza de Jesús: «vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él» (Mateo 26:7). Juan, sin contradecir este detalle, concentra la mirada en los pies del Señor, quizá porque desea destacar la humildad extraordinaria del gesto de María.

Entonces ocurre algo profundamente expresivo: la casa se llena del olor del perfume. Juan podría haberse limitado a decir que María ungió a Jesús, pero conserva este detalle sensorial que transforma la escena. Lo que María derrama sobre Cristo termina llenando todo el lugar. La adoración nacida de un corazón entregado nunca queda encerrada en quien la ofrece; su fragancia alcanza también a quienes están alrededor.

Aquí resuena de manera natural la imagen paulina: «para Dios somos grato olor de Cristo» (2 Corintios 2:15). Aunque Pablo habla en otro contexto, la correspondencia espiritual es hermosa: una vida rendida al Señor desprende una fragancia que no procede de sí misma, sino de su relación con Cristo.

Y todavía hay un detalle más conmovedor. María seca los pies de Jesús con sus cabellos. En aquel contexto, el gesto implicaba una profunda humillación voluntaria. María no está preocupada por preservar su dignidad social ante los presentes. Cuando se encuentra a los pies de Cristo, todo lo demás pierde importancia.

No era la primera vez que Juan y los demás Evangelios mostraban a esta mujer en semejante actitud. Lucas describe a María sentada a los pies de Jesús para escuchar su palabra, mientras Marta estaba ocupada en muchos quehaceres: «María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra» (Lucas 10:39). Ahora vuelve a aparecer a esos mismos pies, pero esta vez no solamente escuchando, sino adorando.

Hay aquí una hermosa progresión espiritual: primero aprendió a sus pies; después lloró a sus pies; ahora adora a sus pies. Quien ha aprendido quién es Cristo y ha experimentado su poder puede llegar a comprender que ninguna entrega hecha por amor a Él es verdaderamente excesiva.

4 a 6 Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

Pero en medio de aquella fragancia aparece una voz discordante. Judas Iscariote, uno de los discípulos y precisamente aquel que habría de entregar a Jesús, protesta por el aparente desperdicio. Su pregunta parece, a primera vista, razonable: ¿por qué no vender aquel perfume por trescientos denarios y entregar el dinero a los pobres?

Trescientos denarios constituían una suma considerable, cercana al salario de muchos meses de trabajo de un jornalero. Desde una perspectiva puramente económica, la objeción podía parecer sensata. Juan, sin embargo, permite al lector mirar detrás de las palabras y descubrir la verdadera intención del corazón: Judas no hablaba porque se preocupara por los pobres.

Este detalle introduce uno de los contrastes más fuertes de toda la escena. María ofrece algo valioso porque ama a Cristo; Judas calcula su precio porque ama el dinero. María ofrece un perfume de gran valor; Judas, siendo responsable de la bolsa común, sustrae de ella. Ambos se encuentran cerca físicamente de Jesús, pero sus corazones están extraordinariamente distantes.

Juan dice con claridad que Judas era ladrón y sustraía de lo que se echaba en la bolsa. La revelación adquiere mayor gravedad cuando recordamos que Judas había vivido junto a Jesús, había escuchado su enseñanza, presenciado sus milagros y formado parte de los Doce. La proximidad externa a Cristo no transforma automáticamente el corazón. Es necesario creer verdaderamente en Él y rendirse interiormente a su señorío.

La Escritura advierte precisamente contra esta raíz espiritual: «raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Timoteo 6:10). El problema no está en poseer bienes, sino en permitir que los bienes posean el corazón. Judas parecía defender una causa noble, pero detrás de sus palabras existía codicia.

Juan introduce además aquí una anticipación de la tragedia que se aproxima. Mientras María está preparando, sin comprender probablemente toda su dimensión, el cuerpo de Jesús para la sepultura, Judas se dirige interiormente hacia la traición. En una misma habitación están presentes la adoración y la apostasía, la entrega y la codicia, el amor verdadero y la hipocresía religiosa.

7 a 8 Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

Jesús interviene y protege a María: «Déjala». La brevedad de la expresión contiene una defensa contundente. María no necesita justificar ante Judas lo que ha hecho; Cristo mismo interpreta su acción.

Jesús relaciona aquel perfume con el día de su sepultura. Esto no significa necesariamente que María comprendiera con toda claridad que la muerte del Señor estaba tan próxima. Es posible que su acción naciera simplemente de un amor extraordinario hacia Él. Pero Jesús revela que aquella entrega tenía un significado más profundo del que ella misma podía alcanzar a comprender.

Los discípulos habían escuchado repetidas veces que Jesús sería rechazado, muerto y resucitaría, pero les resultaba difícil asimilarlo. María, mediante un gesto silencioso de amor, estaba haciendo algo que terminaría relacionado directamente con aquella muerte. El Señor convierte así su adoración en una especie de unción anticipada para la sepultura.

Marcos recoge de manera especialmente clara la interpretación de Jesús: «Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura» (Marcos 14:8). Hay una extraordinaria ternura en esas palabras: «ha hecho lo que podía». Cristo no mide la entrega de María comparándola con la de otros; contempla el amor que existe detrás de aquello que ella puede ofrecer.

Cuando Jesús añade que a los pobres siempre los tendrán con ellos, pero a Él no siempre lo tendrán, no está restando importancia a la atención hacia los necesitados. Toda la Escritura muestra precisamente lo contrario. La expresión remite a Deuteronomio: «no faltarán menesterosos en medio de la tierra; por eso yo te mando diciendo: abrirás tu mano a tu hermano» (Deuteronomio 15:11). Jesús no utiliza la existencia de los pobres para justificar su abandono; reconoce que el deber de ayudarles continuará.

Lo que afirma es que aquella ocasión era única e irrepetible. Los discípulos continuarían teniendo oportunidades de servir a los necesitados, pero el tiempo de compartir con Jesús aquella convivencia cotidiana antes de su pasión estaba llegando a su fin. Dentro de pocos días sería crucificado.

Por eso la acción de María adquiere una belleza todavía mayor. Mientras muchos están preocupados por lo que ocurre alrededor de Jesús, ella ha comprendido que Jesús mismo es el centro. No busca protagonismo, no pronuncia discurso alguno y ni siquiera intenta explicar su gesto. Simplemente derrama aquello que considera precioso sobre Aquel que para ella vale infinitamente más.

Y mientras el perfume se derrama, la narración de Juan empieza a impregnarse ya del aroma de la cruz. El que había devuelto la vida a Lázaro se prepara ahora para entregar voluntariamente la suya. María unge el cuerpo que pronto será herido; toca los pies que caminarán hacia el Calvario; derrama perfume sobre Aquel que será entregado por los pecados del mundo.

La casa queda llena de fragancia, pero sobre aquella cena empieza a proyectarse la sombra de la sepultura. Sin embargo, el lector de Juan sabe algo que todavía muchos de los presentes no alcanzan a comprender: la muerte que se aproxima no tendrá la última palabra. El mismo Señor que llamó a Lázaro fuera de la tumba entrará pronto en la suya, pero también saldrá de ella victorioso.

Así comienza Juan 12: con una mesa donde se sienta un hombre que había estado muerto, una mujer que adora sin reservas y un Salvador que camina conscientemente hacia su propia sepultura. La escena parece tranquila, pero contiene ya, en miniatura, el gran mensaje que dominará los capítulos siguientes: vida frente a muerte, amor frente a traición y entrega frente a egoísmo, mientras Cristo avanza hacia la hora para la cual había venido al mundo.

El complot contra Lázaro

San Juan 12:9 a 11

9 a 11 Gran multitud de los judíos supieron entonces que él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.

La presencia de Jesús en Betania atrae a muchas personas que desean verlo y contemplar también a Lázaro, cuya vida recuperada constituye un testimonio visible de lo sucedido. Sin embargo, mientras unos se acercan y creen, los principales sacerdotes deciden dar muerte también al hombre que había salido del sepulcro. La oposición alcanza así una gravedad estremecedora: quieren eliminar no solo a Jesús, sino también a quien recuerda con su propia existencia el poder de su obra.

Cuando Juan explica que muchos judíos «se apartaban y creían en Jesús», no está diciendo que abandonaran al Dios de Israel, sino que dejaban de seguir la posición de quienes rechazaban a Cristo. Lázaro aparece aquí como testigo, sin que el evangelista recoja ninguna palabra suya. Su presencia basta para incomodar a quienes se resisten a reconocer la señal. El relato no afirma que llegaran a matarlo; deja constancia del acuerdo contra él y muestra hasta dónde podía conducir una oposición que, en vez de acoger la vida restaurada, pretendía silenciarla.

La entrada triunfal en Jerusalén

San Juan 12:12 a 19

12 a 13 El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna!¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!

Al día siguiente, la multitud que había acudido a Jerusalén para celebrar la Pascua recibió la noticia de que Jesús venía hacia la ciudad. El ambiente estaba cargado de expectación. Muchos habían oído hablar de la resurrección de Lázaro, y aquel acontecimiento había extendido todavía más la fama de Jesús. La gente salió entonces a su encuentro llevando ramas de palmera, símbolo asociado a la celebración, la victoria y la esperanza nacional, y comenzó a aclamarlo públicamente.

Juan recoge el clamor de la multitud: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!». Aquellas palabras procedían del salmo utilizado tradicionalmente en las grandes celebraciones de Israel: «Bendito el que viene en el nombre de Jehová» (Salmo 118:26). Sin embargo, la multitud añade una expresión particularmente significativa: «el Rey de Israel». Lo que estaba ocurriendo ya no podía interpretarse como una simple bienvenida a un maestro religioso; Jesús estaba siendo recibido públicamente con lenguaje mesiánico y real.

La palabra «Hosanna» había tenido originalmente el sentido de una súplica semejante a «sálvanos ahora», aunque con el tiempo había adquirido también el carácter de una aclamación de alabanza. De hecho, unos versículos antes del mismo salmo se encontraba la petición: «Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego» (Salmo 118:25). La multitud pronunciaba así, quizá sin comprender toda su profundidad, una petición que Jesús estaba verdaderamente a punto de cumplir. Pero la salvación que Él traería no consistiría principalmente en liberar a Israel del dominio político de Roma, sino en realizar una obra mucho más profunda: liberar al ser humano del pecado y reconciliarlo con Dios.

14 a 15 Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: No temas, hija de Sion; He aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna.

En medio de aquella aclamación, Jesús realiza un gesto que determina cómo debe entenderse su realeza. Encuentra un asno joven y se sienta sobre él. No entra en Jerusalén montado sobre un caballo de guerra ni rodeado de un ejército. Su entrada está marcada deliberadamente por la humildad y la paz.

Juan reconoce en este hecho el cumplimiento de la profecía de Zacarías: «He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno» (Zacarías 9:9). La correspondencia es extraordinaria. Jesús no niega que sea Rey; al contrario, entra precisamente de la manera en que las Escrituras habían anunciado que vendría el Rey prometido. Pero con su forma de entrar corrige silenciosamente las expectativas humanas acerca de cómo debía manifestarse aquel reino.

El pueblo esperaba con facilidad un Mesías vencedor sobre enemigos externos; Cristo venía primero como el Rey humilde que entregaría su propia vida.

Este contraste resulta esencial para comprender la escena. La multitud celebra una victoria, pero Jesús sabe que se dirige hacia la cruz. Las ramas se levantan, las voces proclaman su realeza y la ciudad recibe al Mesías, pero Él conoce el camino que se abre delante de sus pasos. Su trono inmediato será una cruz y su corona visible, una corona de espinas. Sin embargo, precisamente mediante esa humillación se manifestará la verdadera grandeza de su reino.

Pablo expresará después esta misma realidad cuando describa cómo Cristo «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8).

16 Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho.

Juan añade entonces un detalle muy importante: los discípulos no comprendieron estas cosas al principio. Ellos participaron en la escena, vieron al Maestro montado sobre el asno, escucharon las aclamaciones y contemplaron el entusiasmo de la multitud, pero todavía no alcanzaban a comprender plenamente el significado profético de lo que estaba sucediendo.

Fue después, cuando Jesús fue glorificado, cuando recordaron que aquellas cosas estaban escritas acerca de Él y que precisamente se habían cumplido de aquella manera.

Este detalle muestra algo característico del Evangelio de Juan: la comprensión de los discípulos se profundiza a la luz de la muerte, la resurrección y la obra posterior del Espíritu Santo. Jesús mismo les había prometido que «el Espíritu Santo… os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

Aquello que en el momento parecía difícil de comprender adquiriría después una claridad nueva. La fe de los discípulos no nació de una comprensión perfecta desde el primer instante. Ellos caminaron junto a Jesús, presenciaron los acontecimientos y muchas veces solo más tarde entendieron su verdadero significado. Dios estaba cumpliendo su Palabra incluso cuando quienes estaban presentes todavía no alcanzaban a reconocer plenamente lo que tenían delante.

17 a 18 Y daba testimonio la gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro, y le resucitó de los muertos. Por lo cual también había venido la gente a recibirle, porque había oído que él había hecho esta señal.

Juan vuelve después a Lázaro. La multitud que había estado con Jesús cuando llamó a Lázaro fuera del sepulcro continuaba dando testimonio de lo sucedido. Aquel milagro había provocado una reacción que seguía creciendo. Quienes habían presenciado la escena contaban lo que habían visto, y otros acudían precisamente porque habían oído que Jesús había realizado semejante señal.

El testimonio empieza así a multiplicarse. Unos han visto; otros escuchan; muchos salen al encuentro de Jesús. Lo ocurrido en Betania ya no podía mantenerse como un acontecimiento privado. La vida devuelta a Lázaro estaba contribuyendo directamente a que Jerusalén se llenara de expectación ante la llegada de Cristo.

Lázaro, sin necesidad de pronunciar grandes discursos, seguía siendo una evidencia visible de que Jesús tiene poder sobre la muerte. Y cada vez que aquella obra era contada, aumentaba la atención sobre Aquel que la había realizado.

19 Pero los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él.

Los fariseos contemplan aquella escena con creciente preocupación. Sus palabras revelan una sensación de pérdida de control: «Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él». Evidentemente, la expresión «el mundo» no debe entenderse literalmente como toda la humanidad, sino como una exageración nacida de su frustración ante la enorme popularidad que Jesús estaba alcanzando.

Sin embargo, Juan consigue que aquellas palabras tengan una profundidad mucho mayor de la que probablemente pretendían quienes las pronunciaron. Los fariseos hablan alarmados porque mucha gente sigue a Jesús, pero el lector sabe que la misión de Cristo verdaderamente se dirige hacia el mundo entero. Poco antes Juan había recordado que Jesús moriría no solo por la nación, sino también «para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Juan 11:52).

Por eso, cuando los fariseos dicen que «el mundo se va tras él», sus palabras terminan adquiriendo involuntariamente un sentido casi profético.

La ironía es profunda. Los dirigentes intentan contener la influencia de Jesús, pero cada acontecimiento parece hacerla crecer todavía más. Quieren impedir que la gente crea, pero el testimonio de Lázaro atrae a muchos; desean reducir su influencia, pero Jerusalén sale a recibirlo; temen que todos vayan tras Él, mientras el Evangelio conduce precisamente hacia la revelación de que Cristo vino para ofrecer salvación al mundo.

Y así termina la escena: Jesús es recibido como Rey, pero avanza hacia la cruz; es aclamado con «Hosanna», pero sabe que la verdadera salvación exigirá su entrega. La multitud contempla una entrada triunfal. Cristo contempla la hora para la cual había venido.

Unos griegos buscan a Jesús

San Juan 12:20 a 26

20 a 22 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús.

Entre quienes habían subido a Jerusalén para adorar durante la fiesta había unos griegos, probablemente gentiles simpatizantes del judaísmo o prosélitos que habían acudido a la Pascua movidos por el deseo de acercarse al Dios de Israel. Su presencia resulta especialmente significativa en este momento del relato, porque acaba de resonar la frase de los fariseos: «el mundo se va tras él». Inmediatamente después, Juan presenta a hombres procedentes del mundo gentil buscando a Jesús.

Aquellos griegos se acercan a Felipe y le hacen una petición sencilla pero extraordinariamente profunda: «Señor, quisiéramos ver a Jesús». No piden contemplar una señal ni presenciar un milagro; desean encontrarse con Él.

Felipe, cuyo nombre griego quizá facilitó aquel acercamiento, comunica la petición a Andrés, y juntos se la presentan a Jesús. Juan no explica si aquellos hombres llegaron finalmente a conversar directamente con el Señor. El interés del evangelista parece estar en algo todavía más profundo: su llegada se convierte en la señal de que la misión de Jesús está entrando en su momento decisivo.

Aquellos gentiles que quieren verlo anticipan que su obra no quedará limitada a Israel. Jesús había dicho anteriormente: «También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer» (Juan 10:16). Ahora comienzan a aparecer, de manera casi anticipada, personas procedentes de fuera de Israel atraídas hacia Él.

La escena prepara así una transición decisiva. Hasta este momento, Jesús había hablado repetidas veces de una hora que todavía no había llegado. Pero la llegada de aquellos griegos marcará el momento en que Él declare exactamente lo contrario.

23 a 24  Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

Jesús responde con unas palabras solemnes: «Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado».

Esta afirmación supone un cambio fundamental dentro del Evangelio. En ocasiones anteriores Juan había señalado que sus enemigos no podían prenderlo porque «aún no había llegado su hora» (Juan 7:30). Ahora Jesús declara que esa hora finalmente ha llegado.

Pero la glorificación de la que habla no seguirá el camino que los hombres suelen asociar con la gloria. Precisamente cuando multitudes lo aclaman y extranjeros desean conocerlo, Jesús dirige la atención hacia su muerte.

Entonces utiliza una de las imágenes más sencillas y, al mismo tiempo, más profundas de todo el capítulo: el grano de trigo.

El grano permanece solo mientras conserva su forma; pero cuando cae en tierra y muere, produce fruto. Jesús está describiendo mediante una imagen agrícola lo que está a punto de suceder con Él mismo. Su muerte no será una derrota estéril, sino el comienzo de una cosecha inmensa.

La cruz, vista exteriormente, parecerá el final de su misión. Sin embargo, en el propósito de Dios será precisamente el medio por el cual la salvación llegará a muchos.

La imagen armoniza con la profecía de Isaías acerca del Siervo sufriente: «cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje» (Isaías 53:10). La muerte del Mesías produciría fruto; su entrega no terminaría en el sepulcro, sino que abriría el camino para que muchos recibieran vida.

Es significativo que esta enseñanza aparezca inmediatamente después de que unos griegos hayan preguntado por Jesús. El fruto del grano que muere comenzará a extenderse mucho más allá de Israel. La cruz abrirá el camino para que hombres y mujeres de todas las naciones puedan acercarse a Dios por medio de Cristo.

25 a 26 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

Después de hablar de su propia muerte, Jesús dirige el mismo principio hacia quienes desean seguirlo. El camino del Maestro se convierte también en el camino del discípulo.

Cuando afirma que quien ama su vida la perderá y quien aborrece su vida en este mundo la guardará para vida eterna, no está promoviendo el desprecio enfermizo hacia la propia existencia. El lenguaje expresa una comparación radical de prioridades. Amar la vida significa aquí convertir la propia seguridad, voluntad y satisfacción en el valor supremo; aborrecerla en este mundo significa colocar a Cristo por encima incluso de la preservación del propio interés.

Jesús ya había expresado esta enseñanza de manera semejante: «el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 10:39). Seguir a Cristo implica reconocer que la vida verdadera no consiste en aferrarse a uno mismo, sino en entregarse a Dios.

Por eso añade: «Si alguno me sirve, sígame». El servicio cristiano no consiste simplemente en realizar actividades en nombre de Jesús; comienza siguiendo sus pasos. Y los pasos de Cristo, en este momento del Evangelio, avanzan directamente hacia la cruz.

Hay aquí una profunda relación entre servicio, seguimiento y comunión con Cristo. Jesús promete que donde Él esté, allí estará también su servidor. El discípulo no sigue una doctrina desde lejos; sigue a una Persona y comparte su camino.

Esta idea reaparecerá después cuando Jesús diga: «voy, pues, a preparar lugar para vosotros… para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:2 a 3). El destino final del creyente verdadero no es simplemente recibir bendiciones de Cristo, sino estar con Cristo.

Finalmente, Jesús añade una promesa extraordinaria: «Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará».

La verdadera grandeza aparece así completamente invertida respecto a los valores del mundo. Quien busca conservarse a toda costa termina perdiendo; quien se entrega por causa de Cristo encuentra la vida; quien se hace servidor recibe honra del Padre.

Todo el pasaje conduce al lector hacia una paradoja central del Evangelio: la vida nace de la muerte, la gloria pasa por la cruz y la verdadera grandeza se manifiesta en el servicio.

Los griegos habían llegado diciendo: «Quisiéramos ver a Jesús». Y Jesús responde mostrando qué significa realmente verlo. No basta contemplar al Maestro admirado por las multitudes; es necesario contemplar al Hijo del Hombre que será levantado, al grano de trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto.

Quien quiera conocer verdaderamente a Cristo tendrá que mirarlo allí: entregándose por otros y abriendo, mediante su muerte, el camino de la vida eterna.

Jesús anuncia su muerte

San Juan 12: 27 a 36

27 a 28 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.

Después de hablar del grano de trigo que debe caer en tierra y morir, Jesús deja ver algo profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente santo: su alma está turbada. No contempla la cruz con frialdad ni con indiferencia. Sabe lo que se aproxima, conoce el sufrimiento físico, el rechazo y, sobre todo, el peso espiritual de la obra que está a punto de realizar.

Sus palabras revelan una tensión interior real: «¿Y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora?». Pero inmediatamente afirma que precisamente para esa hora había venido.

Aquí aparece con especial claridad la obediencia consciente de Cristo. Él no camina hacia la cruz porque los acontecimientos se le hayan escapado de las manos, sino porque esa entrega forma parte del propósito para el que ha venido al mundo. La misma disposición reaparece en Getsemaní cuando ora: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).

Entonces Jesús eleva su petición: «Padre, glorifica tu nombre». En el momento de mayor presión, su preocupación suprema no es evitar el sufrimiento, sino que el Padre sea glorificado mediante su obediencia.

Y desde el cielo llega una respuesta: «Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez».

La voz confirma que toda la obra de Cristo ha manifestado ya la gloria del Padre y que lo que está a punto de suceder continuará revelándola. La cruz, que exteriormente parecerá humillación, será también el lugar donde se manifiesten de manera extraordinaria la justicia, el amor y la misericordia de Dios.

29 a 30 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros.

La multitud escucha aquella voz, pero no todos comprenden lo que ha sucedido. Algunos creen haber oído un trueno; otros piensan que un ángel ha hablado con Jesús.

La escena muestra nuevamente que una misma manifestación puede ser percibida de formas muy distintas. La escena muestra que los presentes interpretaron de manera distinta lo que habían oído, sin que Juan explique por qué unos hablaron de un trueno y otros de un ángel. Todos escuchan algo, pero no todos alcanzan a reconocer su verdadero significado.

Jesús aclara entonces que aquella voz no había venido por causa de Él, sino por causa de ellos. Él no necesitaba una confirmación para saber quién era ni cuál era su misión. La voz constituye una señal para quienes estaban presentes, una confirmación pública de que el Padre respalda la obra que Jesús está realizando.

Algo semejante había ocurrido en el bautismo del Señor, cuando se oyó la declaración: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (Mateo 3:17). También allí el Padre daba testimonio acerca del Hijo.

Aquí, sin embargo, la escena se produce cuando la cruz está ya muy cerca. El Padre confirma precisamente el camino que Jesús está a punto de recorrer.

31 a 32 Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.

Jesús interpreta entonces el significado de lo que está por suceder: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera».

La cruz no será únicamente el lugar donde Cristo muera; será también el escenario de una confrontación espiritual decisiva. Aquello que parecerá una victoria de las fuerzas del mal terminará convirtiéndose en su derrota.

La expresión «el príncipe de este mundo» se refiere a Satanás, presentado como aquel que ejerce influencia sobre el sistema humano rebelde contra Dios. Jesús no está afirmando que Satanás sea soberano absoluto sobre el mundo, sino que describe la realidad de su dominio espiritual sobre quienes permanecen en oposición a Dios.

Más adelante dirá acerca de él: «el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (Juan 16:11). La cruz marcará así un punto decisivo en la derrota de su autoridad.

Pablo expresará esta victoria utilizando un lenguaje igualmente fuerte: «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15).

Entonces Jesús añade una declaración central: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo».

La expresión «levantado» posee en Juan una profundidad doble. Por una parte, describe literalmente el modo de su muerte, levantado sobre la cruz. Pero al mismo tiempo contiene la idea de exaltación: el mismo acto que los hombres utilizarán para humillarlo será el medio por el cual se manifestará su gloria.

Esta relación ya había aparecido anteriormente cuando Jesús dijo: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» (Juan 3:14). Mirar a Cristo crucificado será el camino para recibir vida.

Cuando afirma que atraerá «a todos», el sentido no parece ser que absolutamente todos los seres humanos creerán inevitablemente, sino que la atracción de la cruz alcanzará a personas de toda clase y procedencia. El contexto inmediato, con los griegos que habían querido verlo, apunta precisamente hacia esa universalidad.

Judíos y gentiles, hombres y mujeres, personas procedentes de todas las naciones podrán ser atraídas hacia Cristo mediante la obra de la cruz.

33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.

Juan aclara que Jesús decía estas palabras para indicar de qué muerte iba a morir.

La cruz todavía no aparece nombrada explícitamente, pero la imagen de ser «levantado» señala hacia ella. El evangelista quiere que el lector comprenda que Jesús conoce de antemano el camino que está recorriendo.

No se trata simplemente de una muerte que le será impuesta inesperadamente. Cristo sabe hacia dónde se dirige y continúa avanzando voluntariamente.

Aquí se cumple lo que Él mismo había afirmado anteriormente: «yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:17 a 18).

La soberanía de Cristo sobre su propia entrega constituye una de las claves del relato de la pasión en Juan. Los hombres actuarán, las autoridades decidirán, Judas traicionará y los soldados ejecutarán la sentencia; pero detrás de todos aquellos acontecimientos permanece una realidad superior: Jesús entrega voluntariamente su vida para cumplir el propósito del Padre.

34 Le respondió la gente: Nosotros hemos oído de la ley, que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo, pues, dices tú que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado? ¿Quién es este Hijo del Hombre?

La multitud reacciona con desconcierto. Habían escuchado que el Mesías permanecería para siempre y ahora Jesús habla de que el Hijo del Hombre debe ser levantado. Para ellos existe una aparente contradicción.

Las Escrituras contenían promesas acerca de la permanencia eterna del reino mesiánico. Daniel había anunciado: «su dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Daniel 7:14). Por eso muchos esperaban un Mesías que apareciera triunfante y permaneciera visiblemente entre ellos.

No comprendían cómo podía hablarse simultáneamente de un Mesías eterno y de un Hijo del Hombre que sería levantado, es decir, entregado a la muerte.

La dificultad no estaba en las Escrituras, sino en una comprensión parcial de ellas. Habían retenido las promesas de gloria, pero no habían integrado adecuadamente los textos que hablaban del sufrimiento del Mesías. Isaías había anunciado que el Siervo sería «herido por nuestras rebeliones» (Isaías 53:5), pero esa dimensión resultaba mucho más difícil de aceptar.

La pregunta «¿Quién es este Hijo del Hombre?» revela así su desconcierto. Habían visto señales, escuchado enseñanzas y participado de la expectación mesiánica, pero todavía no comprendían que la gloria del Mesías debía pasar primero por el sufrimiento.

35 a 36 Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.

Jesús no responde entrando en una discusión teórica acerca de todas las expectativas mesiánicas. En lugar de eso, dirige la atención hacia algo mucho más urgente: la luz todavía está entre ellos, pero no permanecerá así indefinidamente.

Les dice que caminen mientras tienen la luz, para que las tinieblas no los sorprendan. La imagen continúa uno de los grandes temas del Evangelio de Juan. Desde el principio, Jesús ha sido presentado como la luz que entra en un mundo oscurecido.

Juan había escrito: «aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo» (Juan 1:9). Ahora esa luz se encuentra físicamente delante de ellos, pero el tiempo de su presencia visible está llegando a su fin.

La advertencia es solemne: la oportunidad de responder a la luz no debe darse por supuesta indefinidamente.

Quien camina en tinieblas no sabe hacia dónde va. No se trata simplemente de falta de información, sino de una orientación espiritual perdida. Rechazar la luz de Cristo termina profundizando la oscuridad.

Por eso Jesús concluye: «Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz».

La respuesta adecuada a Cristo no consiste únicamente en admirarlo, sino en creer en Él. Y esa fe produce una nueva identidad: hijos de luz, personas cuya vida queda orientada por la verdad que procede de Dios.

Pablo utilizará después una expresión semejante: «todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día» (1 Tesalonicenses 5:5).

Después de pronunciar estas palabras, Jesús se aparta y se oculta de ellos. La acción resulta especialmente significativa. La luz les había hablado y les había llamado a creer, pero ahora se retira.

No significa que la misericordia de Dios haya terminado, pero sí introduce una nota de solemnidad en el relato. La oportunidad estaba delante de ellos, y muchos seguían sin responder.

Juan conduce así esta sección hacia un punto decisivo: la cruz se aproxima, el Padre ha confirmado al Hijo, el juicio contra el poder de las tinieblas está anunciado y Cristo llama todavía a creer mientras la luz permanece presente.

El tiempo de la decisión está llegando a su momento más crítico.

La incredulidad ante las señales y el endurecimiento del corazón

San Juan 12:37 a 43

37 a 38 Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?

Después de que Jesús se retira de la multitud, Juan introduce una reflexión dolorosa: a pesar de haber hecho tantas señales delante de ellos, no creían en Él. El contraste es fuerte. No se trataba de personas que carecieran por completo de evidencia; habían contemplado obras extraordinarias y habían oído enseñanzas que señalaban hacia su identidad. Sin embargo, muchos continuaban rechazándolo.

Juan contempla esta incredulidad a la luz de las Escrituras y recuerda las palabras de Isaías: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor?» (Isaías 53:1). La incredulidad que rodea a Jesús no aparece, por tanto, como algo inesperado dentro del propósito de Dios. Ya el profeta había anunciado que el Siervo sería rechazado incluso cuando el poder de Dios estuviera manifestándose por medio de Él.

La expresión «el brazo del Señor» representa precisamente la acción poderosa de Dios. Juan aplica esta profecía a Cristo porque en sus obras se había manifestado ese poder, pero muchos no reconocieron quién estaba actuando delante de ellos.

Aquí se hace visible una de las paradojas más profundas del Evangelio: la señal puede mostrar la luz, pero no obliga al corazón a amarla.

39 a 40 Por esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; Para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, Y se conviertan y yo los sane.

Juan da un paso más y cita nuevamente a Isaías para explicar la gravedad de aquella incredulidad. Habla de ojos cegados y corazones endurecidos, utilizando las palabras de Isaías 6:10.

No debemos entender este pasaje como si Dios hubiera rechazado arbitrariamente a personas que deseaban sinceramente creer. El contexto completo del Evangelio muestra repetidas veces que muchos habían visto la luz y habían decidido resistirla. El endurecimiento aparece también como consecuencia de esa resistencia persistente.

Esta misma dinámica había sido expresada anteriormente por Jesús: «la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Juan 3:19). El problema no era que la luz no hubiera llegado, sino que fue rechazada.

Juan no describe solamente un corazón que se vuelve insensible por costumbre; presenta también el juicio de Dios sobre la incredulidad. La luz rechazada deja al descubierto una resistencia que el ser humano no puede tratar como algo inofensivo. Las tradiciones cristianas explican de distinta manera la relación entre este endurecimiento y la responsabilidad humana, pero el pasaje mantiene ambas realidades: Dios actúa soberanamente y quienes rechazan a Cristo son responsables de su respuesta.

41 Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él.

Juan explica que Isaías dijo estas cosas porque vio la gloria de Cristo y habló acerca de Él.

Esta afirmación es teológicamente extraordinaria. En Isaías 6, el profeta contempla al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, rodeado de serafines que proclaman su santidad: «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3). Juan relaciona aquella visión directamente con Cristo.

No está diciendo simplemente que Isaías habló de manera vaga sobre un futuro Mesías. Afirma que al referir a Jesús la gloria que Isaías contempló en la visión del Señor, Juan ofrece un testimonio profundo de la divinidad de Cristo. Aquel que muchos rechazaban no era solamente un enviado humano: el Hijo eterno comparte la gloria divina del Padre, aunque es una Persona distinta de Él

Así, mientras muchos contemporáneos de Cristo se preguntaban quién era realmente aquel hombre de Nazaret, Juan conduce al lector hacia una afirmación mucho más profunda: el mismo Jesús rechazado por muchos es aquel cuya gloria había sido anticipada en la visión profética.

La ironía es solemne. Isaías vio su gloria siglos antes, mientras algunos que lo tenían físicamente delante de sí seguían sin reconocerlo.

42 a 43 Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.

Sin embargo, Juan introduce inmediatamente una precisión importante: también entre los gobernantes muchos creyeron en Él. La incredulidad no fue absoluta. Algunos dirigentes habían llegado a reconocer que había algo verdadero en Jesús.

Pero su fe aparece debilitada por el temor. Juan dice que no lo confesaban públicamente por miedo a los fariseos, porque podían ser expulsados de la sinagoga.

El conflicto no estaba ya solamente en reconocer quién era Jesús, sino en decidir qué precio estaban dispuestos a pagar por esa convicción.

La amenaza de expulsión tenía consecuencias religiosas y sociales muy serias. Quedar fuera de la sinagoga podía significar aislamiento, pérdida de prestigio y ruptura con una parte importante de la vida comunitaria.

Por eso Juan descubre la raíz de su silencio: «amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios».

La expresión conecta profundamente con todo lo que Jesús había enseñado sobre la verdadera fe. Él mismo había preguntado anteriormente: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?» (Juan 5:44).

Aquí aparece el peligro de una fe que reconoce interiormente algo de Cristo, pero retrocede cuando confesarlo amenaza la reputación personal.

Juan no presenta simplemente un problema de cobardía momentánea. Está señalando una lucha espiritual profunda entre la aprobación humana y la aprobación divina.

Los hombres pueden llegar a ver suficiente luz como para reconocer quién es Jesús y, sin embargo, permitir que el temor a otros determine su respuesta.

Esta sección termina así con un contraste muy sobrio. Unos rechazan abiertamente a Cristo; otros creen en Él, pero temen confesarlo. En ambos casos, Juan lleva al lector al terreno del corazón.

Porque el problema decisivo ya no es únicamente qué se ha visto o qué se ha entendido, sino qué ocupa el lugar supremo dentro de la persona.

La luz había brillado. Las señales habían sido realizadas. Las Escrituras habían hablado. Pero ahora cada uno debía decidir si buscaría la gloria de Dios o seguiría sometido al juicio y a la aprobación de los hombres.

Jesús, revelación del Padre y palabra que juzga

San Juan 12:44 a 50

44 a 45 Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.

Después de mostrar que algunos gobernantes creían pero no se atrevían a confesarlo, Juan recoge ahora unas palabras de Jesús que llevan el tema a su profundidad máxima. Cristo declara que creer en Él no significa detenerse solamente en su persona visible, sino creer en Aquel que lo envió.

La unión entre el Padre y el Hijo vuelve a aparecer con toda claridad. Jesús no actúa como un mensajero independiente que transmite una enseñanza ajena; su misión, sus palabras y sus obras proceden del Padre. Por eso añade que quien lo ve a Él, ve al que lo envió.

Esta afirmación no significa que Padre e Hijo sean la misma Persona, sino que el Hijo revela perfectamente al Padre. Juan había establecido esta verdad desde el prólogo de su Evangelio: «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo… él le ha dado a conocer» (Juan 1:18). En Cristo, Dios se hace verdaderamente conocido.

Más adelante Jesús lo expresará todavía con mayor claridad ante Felipe: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9). Contemplar a Cristo, escuchar sus palabras, observar su compasión, su santidad, su justicia y su amor es contemplar la revelación perfecta del carácter del Padre.

Por eso la decisión ante Jesús nunca puede reducirse a una opinión sobre un maestro religioso. Aceptar o rechazar al Hijo implica responder al Dios que lo envió.

46 Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.

Jesús retoma entonces una de las grandes imágenes que atraviesan todo el Evangelio: la luz.

Él ha venido al mundo como luz para que todo aquel que crea en Él no permanezca en tinieblas. La expresión es importante porque describe la condición humana no simplemente como falta de información, sino como una realidad espiritual de oscuridad, separación y desorientación.

Desde el comienzo Juan había anunciado: «la luz en las tinieblas resplandece» (Juan 1:5). Ahora Jesús identifica directamente esa luz con su propia presencia y misión.

Creer en Cristo significa, por tanto, salir de las tinieblas y entrar en una nueva manera de vivir. No se trata solo de comprender ciertas verdades, sino de abandonar una existencia orientada lejos de Dios para caminar bajo la luz que Él ofrece.

La promesa es profundamente esperanzadora: quien cree en Cristo no tiene por qué permanecer donde estaba. La luz no viene simplemente a señalar la oscuridad, sino a sacar al ser humano de ella.

47 a 48 Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.

Jesús afirma que, si alguno oye sus palabras y no las guarda, el propósito de su venida es salvar al mundo.

Estas palabras deben comprenderse dentro del propósito de su primera venida. Cristo no está diciendo que nunca habrá juicio; de hecho, inmediatamente hablará de él. Lo que declara es que el objetivo central de su venida al mundo es ofrecer salvación.

Esta verdad había sido expresada anteriormente: «No envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él» (Juan 3:17).

Sin embargo, rechazar esa salvación tiene consecuencias. Jesús añade que quien lo rechaza y no recibe sus palabras ya tiene quien lo juzgue: la palabra que Él ha hablado será la que lo juzgue en el día final.

La misma palabra que ahora ofrece vida se convierte en criterio de juicio cuando es deliberadamente rechazada.

Hay aquí una profunda solemnidad. Cristo no necesita imponer arbitrariamente una condena distinta de aquello que ya ha revelado. La verdad recibida o rechazada muestra la respuesta del corazón ante Dios.

Por eso el juicio futuro estará relacionado con la revelación que el ser humano ha recibido. Las palabras de Jesús no son meras opiniones espirituales; llevan consigo la autoridad del mismo Dios.

49 a 50 Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.

Jesús explica finalmente por qué sus palabras poseen semejante autoridad: Él no ha hablado por su propia cuenta. El Padre que lo envió le ha dado mandamiento acerca de lo que debe decir y enseñar.

Una vez más aparece la perfecta obediencia del Hijo. Jesús no presenta una doctrina independiente ni busca su propia gloria. Todo su ministerio está unido a la voluntad del Padre.

Ya había declarado: «mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7:16). La unidad entre el Padre y el Hijo se manifiesta también en la palabra proclamada.

Pero Jesús añade algo extraordinario: el mandamiento del Padre es vida eterna.

Esto significa que la revelación divina no tiene como finalidad última simplemente informar, instruir o establecer normas. Su propósito es conducir al ser humano hacia la vida eterna.

Y en el Evangelio de Juan, esa vida no consiste únicamente en una existencia interminable en el futuro. Es una relación verdadera con Dios que comienza ya mediante la fe en Cristo. Jesús lo expresará más adelante diciendo: «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Juan 17:3).

Por eso Cristo concluye afirmando que habla tal como el Padre le ha dicho. No existe distancia entre el mensaje del Hijo y la voluntad del Padre. Escuchar verdaderamente a Jesús es escuchar la voz de Dios llamando al ser humano hacia la vida.

Con estas palabras se cierra también una gran etapa del Evangelio de Juan. A partir del capítulo siguiente, Jesús se retirará progresivamente de las multitudes y concentrará su enseñanza en sus discípulos antes de la pasión.

El ministerio público ha colocado al mundo ante una decisión. La luz ha brillado, las señales han sido realizadas, las palabras han sido pronunciadas y la invitación a creer ha sido ofrecida.

Juan 12 termina así con una declaración que reúne casi todo el mensaje desarrollado hasta aquí: Cristo revela al Padre, ilumina las tinieblas, viene para salvar y ofrece vida eterna; pero la misma palabra que salva al que cree será testimonio contra quien la rechaza.

La puerta continúa abierta, pero la hora de la cruz está ya muy cerca.

Resumen teológico y espiritual

San Juan 12 marca un punto de transición decisivo en el Evangelio. La revelación pública de Jesús se acerca a su culminación y todo el capítulo conduce hacia una verdad central: la gloria de Cristo no se manifestará al margen de la cruz, sino precisamente a través de ella.

La cruz aparece como el centro interpretativo de todo el capítulo. No será un accidente ni una derrota inesperada, sino el cumplimiento consciente de la misión de Jesús. En ella convergen obediencia, sacrificio, juicio y salvación. Lo que aparentemente será humillación se convertirá en verdadera exaltación, y lo que parecerá muerte producirá vida para muchos.

El capítulo también amplía claramente el horizonte de la salvación. La obra de Cristo no quedará encerrada dentro de los límites de Israel, sino que atraerá hacia Él a personas de toda procedencia. De este modo, la cruz se presenta no solo como acontecimiento redentor, sino también como punto de encuentro entre Dios y una humanidad llamada a creer.

Espiritualmente, San Juan 12 plantea una cuestión decisiva: qué hace cada persona con la luz que ha recibido. La revelación de Cristo exige respuesta. No basta admirarlo, conocer sus obras o reconocer parcialmente su identidad. La fe verdadera implica confianza, confesión y una disposición real a seguirlo.

El capítulo muestra que el mayor peligro no es únicamente la oposición abierta, sino también una fe debilitada por el temor, la búsqueda de aprobación humana o la resistencia prolongada a la verdad. Cuando el corazón antepone la opinión de los hombres a la gloria de Dios, termina perdiendo libertad espiritual.

A la vez, el capítulo enseña que el seguimiento de Cristo pasa por una transformación de prioridades. La vida ya no puede organizarse alrededor de la conservación del ego, del prestigio o de la seguridad personal. Seguir a Jesús significa aceptar que la verdadera vida se encuentra cuando Dios ocupa el centro y cuando la obediencia vale más que la comodidad.

San Juan 12 deja así al lector en el umbral de la pasión con una certeza: la cruz no será el final de la misión de Jesús, sino su cumplimiento; y la fe no consiste solo en mirar a Cristo, sino en recibirlo, seguirlo y permanecer en su luz.

Concordancias principales de San Juan 12

Hebreos 12:2 «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.»

Resume admirablemente el movimiento de Juan 12: sufrimiento, cruz y gloria. Jesús conoce lo que le espera, pero avanza voluntariamente hacia el cumplimiento de la obra del Padre.

Gálatas 6:14 «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.»

La paradoja que domina Juan 12 alcanza aquí una formulación apostólica: aquello que el mundo consideraba vergonzoso se convierte, después de la resurrección, en el centro de la gloria cristiana, porque en la cruz se realizó la obra redentora de Cristo.

Hebreos 2:14 «Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo.»

Ilumina especialmente la declaración de Jesús acerca del juicio del mundo y del príncipe de este mundo. La muerte de Cristo será precisamente el instrumento de su victoria sobre el poder del maligno.

1 Pedro 2:9 «Para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.»

Se relaciona directamente con la invitación de Jesús a creer en la luz. La salvación no consiste únicamente en recibir conocimiento, sino en ser trasladados espiritualmente de las tinieblas a una nueva existencia iluminada por Dios.

Romanos 12:1 «Que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.»

La entrega de María y la enseñanza posterior de Jesús acerca del seguimiento encuentran aquí una aplicación profunda para los creyentes: la verdadera adoración alcanza la vida entera, ofrecida a Dios como respuesta a su misericordia.

2 Corintios 5:15 «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.»

Expresa con gran claridad la consecuencia espiritual de la enseñanza del grano de trigo. La muerte de Cristo produce vida, pero esa nueva vida ya no está destinada a girar alrededor de uno mismo, sino alrededor de Cristo.

Efesios 2:13 «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.»

La presencia de los griegos que desean ver a Jesús anticipa la extensión universal del Evangelio. Mediante la obra de la cruz, quienes estaban lejos pueden ser acercados a Dios por medio de Cristo.

Apocalipsis 5:9 «Porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.»

Esta visión permite contemplar el resultado final de aquello que en Juan 12 apenas comienza a manifestarse. Cuando Jesús anuncia que atraerá hacia sí a hombres de toda procedencia, está anticipando un pueblo redimido que trasciende fronteras étnicas, culturales y nacionales.

1 Pedro 1:18 a 19 «Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.»

Mientras Juan 12 conduce a Jesús hacia la Pascua y hacia su muerte, Pedro explica posteriormente el significado redentor de aquella entrega: el precio de nuestra redención no fue material, sino la vida preciosa de Cristo ofrecida por nosotros.

2 Timoteo 1:10 «Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.»

Esta concordancia recoge magníficamente uno de los grandes contrastes del capítulo. Jesús camina hacia la muerte, pero precisamente mediante ella hará resplandecer la vida y la victoria definitiva sobre la muerte.

Estas concordancias completan bien el capítulo porque amplían sus grandes temas —la cruz, la gloria, la victoria sobre las tinieblas, la entrega del creyente, la universalidad de la salvación y la vida que nace de la muerte de Cristo.

Bibliografía

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Craig S. Keener. The Gospel of John: A Commentary.
Herman Ridderbos. The Gospel of John: A Theological Commentary.
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Juan Cid