Reflexiones sobre Jesucristo

El Hijo eterno que vino a nuestro encuentro

Una mirada al conjunto: quién es Jesucristo y qué significa para nuestra vida

La historia de Jesucristo comienza antes de Belén y de la creación del mundo. El Evangelio de Juan nos presenta al Verbo que estaba con Dios y era Dios, por medio de quien fueron hechas todas las cosas. Aquel que dio origen a la vida vino a compartir nuestra existencia: el Hijo eterno se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios. Por eso, acercarnos a Jesús nos permite conocer al Padre y descubrir la profundidad de su amor por nosotros.

Su nacimiento nos introduce en una vida marcada por la humildad. Jesús creció en una familia, conoció el trabajo y compartió el cansancio, la alegría, la tristeza y el sufrimiento humano. Cuando comenzó su ministerio público, anunció la llegada del reino de Dios y llamó a las personas a arrepentirse y creer en el evangelio. Se acercó a enfermos, acogió a quienes otros despreciaban y mostró que cada persona merece atención y cuidado. Sus milagros fueron señales de su autoridad y de su compasión, invitaciones a reconocer quién era y a confiar en Él.

En sus enseñanzas, especialmente en el Sermón del Monte, Jesús nos conduce hacia una transformación que alcanza el corazón y se expresa en nuestra manera de vivir. Nos enseña a buscar a Dios con sinceridad, a orar con confianza, a reconocer nuestras propias faltas y a tratar a los demás con misericordia y justicia. Nos llama a perdonar, a amar incluso a nuestros enemigos y a cuidar a quienes necesitan ayuda. Escuchar a Jesús abre un camino de vida cuando sus palabras empiezan a orientar nuestras decisiones, nuestras relaciones y el uso de lo que poseemos.

Ese camino lo llevó hasta Jerusalén. En la última cena, al servir a sus discípulos y compartir con ellos el pan y la copa, explicó el sentido de su entrega. Después, en Getsemaní, expresó su angustia y oró al Padre, permaneciendo fiel en medio del sufrimiento. Fue arrestado, juzgado injustamente y crucificado. En la cruz, su amor llegó hasta el extremo: Cristo entregó su vida por nuestros pecados para reconciliarnos con Dios. Su muerte nos revela tanto la gravedad del mal como la grandeza de una misericordia que nos ofrece perdón y una vida renovada.

La sepultura confirmó la realidad de su muerte, pero el relato continuó con una noticia que transformó a sus seguidores: Jesús había resucitado. Se acercó a ellos, les habló, les mostró sus manos y sus pies y compartió alimento en su presencia. El mismo Jesús que había sido crucificado vivía de nuevo, con una humanidad corporal transformada y victoriosa sobre la muerte. Su resurrección fundamenta la esperanza cristiana y anuncia que quienes le pertenecen también resucitarán cuando Él vuelva.

Antes de ascender al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos anunciar el evangelio y hacer discípulos de todos los pueblos. Les prometió su presencia y el don del Espíritu Santo, cuya acción se manifestó en Pentecostés. Desde entonces, la comunidad de creyentes —la Iglesia— está llamada a vivir de su palabra, perseverar en la oración, compartir la fe y cuidar a las personas. El Señor resucitado continúa sosteniendo a los suyos mientras esperan su regreso y la plenitud de una creación liberada del mal, del dolor y de la muerte.

Estas reflexiones invitan a recorrer esa historia y a considerar qué lugar puede tener Jesucristo en nuestra propia vida. Quien todavía no cree puede acercarse a los Evangelios con libertad y examinar su testimonio; quien cree puede profundizar en su confianza y aprender a vivir con mayor fidelidad. La salvación es un regalo de la gracia de Dios, recibido mediante la fe, que comienza a dar fruto en una vida de amor, gratitud y servicio. Así, conocer a Jesús puede convertirse en un encuentro que renueve nuestra manera de vivir el presente y nos abra a una esperanza que alcanza más allá de la muerte.

Presentación del contenido

Estas treinta y una reflexiones recorren la identidad y la misión de Jesucristo desde su existencia eterna hasta la esperanza de su regreso. Los pasajes bíblicos y sus comentarios nos acercan a su vida, sus enseñanzas, su muerte y su resurrección, e invitan a responder a su gracia con una fe que transforme nuestra manera de vivir.

Los textos bíblicos citados corresponden a la Reina-Valera de 1960.

1. Jesucristo, el Verbo eterno y el origen de la creación

Cuando pensamos en Jesucristo, quizá nuestra imaginación se dirige primero a Belén, al niño acostado en un pesebre o al maestro que recorría los caminos de Galilea. El Evangelio según Juan comienza mucho antes. Nos conduce al principio de todas las cosas y nos invita a descubrir que aquel que vivió entre nosotros ya existía antes de su nacimiento humano.

La historia de Jesús en la tierra tiene un comienzo, pero su existencia como Hijo de Dios es eterna. Para comprender quién es, Juan nos presenta al Verbo: la Palabra eterna de Dios, por quien fue creado el mundo y que llegó a hacerse hombre.

Juan 1:1 a 2 «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios».

El comienzo recuerda las primeras palabras de Génesis, pero Juan dirige nuestra mirada hacia quien ya existía cuando la creación comenzó. Lo llama «el Verbo», es decir, la Palabra, porque en Él Dios se expresa y se da a conocer. Jesucristo no comenzó a existir en Belén: el Hijo existe eternamente.

Juan afirma que el Verbo estaba con Dios y que era Dios. Estas palabras permiten reconocer tanto su relación con el Padre como su naturaleza divina. El Hijo es distinto del Padre y comparte plenamente la naturaleza de Dios. Esta afirmación forma parte del fundamento bíblico de la fe en la Trinidad: un solo Dios, eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aunque este misterio supera nuestra comprensión, el pasaje nos permite acercarnos a Jesús reconociendo quién es.

Juan 1:3 «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».

Después de hablarnos de su eternidad, Juan muestra la relación del Verbo con el universo. Todo cuanto pertenece a la creación llegó a existir por medio de Él. El Hijo participa en la obra creadora de Dios y no forma parte de las criaturas: la afirmación de que todo fue hecho por Él lo distingue de cuanto recibió la existencia.

Los cielos, la tierra y la vida que hemos contemplado en la primera parte de estas reflexiones quedan así vinculados a Jesucristo. Cuando más adelante lo veamos acercarse a los enfermos, hablar del campo o detenerse ante un ser humano necesitado, estaremos contemplando al Hijo por quien ese mundo fue creado.

Colosenses 1:16 a 17 «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten».

Pablo amplía nuestra mirada hacia toda la realidad creada, incluida la que no podemos percibir con nuestros sentidos. Ningún poder queda fuera del señorío de Cristo. Todo fue creado por medio de Él y para Él, de modo que la creación encuentra en el Hijo su origen y su finalidad.

El pasaje añade que todas las cosas subsisten en Él: la existencia del mundo depende de su poder sustentador. Esto no significa que Dios y el universo sean una misma realidad. El Creador es distinto de su creación, y esta depende de Él para existir. La fe cristiana reconoce así una relación continua entre el mundo y quien le dio origen.

Juan 1:14 «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».

El relato alcanza aquí una afirmación extraordinaria: el Verbo eterno entró en nuestra historia y asumió nuestra condición humana. «Fue hecho carne» expresa una humanidad real, con cuerpo, afectos y experiencia de la vida. El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios.

Su nacimiento en Belén fue el comienzo de su vida humana, no el comienzo de su existencia. Al habitar entre nosotros, pudo ser visto y escuchado; compartió el cansancio, conoció el dolor y se acercó a las personas en circunstancias concretas. Su gloria se manifestó llena de gracia y de verdad: una cercanía que ofrece misericordia y, al mismo tiempo, ilumina nuestra vida.

Juan 1:18 «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer».

Juan explica el sentido de esa venida. El Hijo, que vive en comunión íntima con el Padre, nos lo revela. Conocer a Jesucristo nos permite conocer al Padre que lo envió. Por eso, sus palabras y sus obras ocuparán el centro de las siguientes reflexiones.

Esta afirmación invita a mirar los Evangelios con atención. En la compasión de Jesús, en su manera de recibir al arrepentido y en su firmeza ante la injusticia descubrimos cómo es Dios. Su vida humana hace cercana una revelación que, por nuestras propias fuerzas, no podríamos alcanzar en su plenitud.

El recorrido comienza, por tanto, antes de Belén y antes de la formación del mundo. Aquel que vino a nuestro encuentro es el Hijo eterno, por quien todas las cosas fueron creadas. Su grandeza da una profundidad especial a su cercanía: quien sostiene la creación quiso compartir nuestra vida.

Para quien ya cree, estas palabras invitan a una confianza más profunda. Para quien busca, ofrecen una primera clave para comprender lo que el cristianismo afirma sobre Jesús. Su identidad permite entender el alcance de su misión y nos prepara para contemplar su nacimiento, sus enseñanzas y su entrega.

Al acercarnos ahora a su historia entre nosotros, podremos recordar que cada gesto suyo pertenece al Hijo eterno hecho hombre. El Creador ha entrado en su creación, y en Jesucristo nos invita a conocerlo.

2. La venida de Jesucristo al mundo: nacimiento, humildad y propósito de su misión

Después de contemplar al Hijo eterno, nuestra mirada se dirige hacia su llegada al mundo como ser humano. El que existía antes de la creación entra en una historia concreta, en el seno de una familia y en medio de un pueblo que esperaba el cumplimiento de las promesas de Dios.

Los Evangelios presentan ese nacimiento rodeado de sencillez y también de misterio. María recibe un anuncio que transforma su vida; José es llamado a confiar; y un niño nace en Belén sin los honores que podríamos imaginar para la llegada de un rey. A través de estos acontecimientos comienza a hacerse visible la manera en que Dios se acerca a nosotros.

Lucas 1:35 «Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios».

María pregunta cómo tendrá lugar el nacimiento anunciado, y el ángel señala la acción del Espíritu Santo. El relato presenta la concepción de Jesús como una intervención singular de Dios, sin unión sexual. El Hijo eterno asume nuestra humanidad en el seno de María por obra del Espíritu Santo.

Al llamarlo santo e Hijo de Dios, el anuncio anticipa su identidad. Su nacimiento humano hace presente en nuestra historia a quien ya existía eternamente junto al Padre. María recibe la misión de ser su madre y responde poniéndose a disposición de Dios, aun sin conocer todo lo que ese camino traerá consigo.

Mateo 1:21 «Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

José recibe una explicación que une el nombre del niño con el propósito de su venida. Jesús significa «el Señor salva», y el anuncio precisa la profundidad de esa salvación: viene a librarnos de nuestros pecados. Su misión alcanza la raíz de nuestra ruptura con Dios y del daño que causamos a los demás.

La esperanza que trae incluye el perdón y una vida renovada. A lo largo de los Evangelios veremos cómo esa misión toma forma en sus encuentros con personas concretas, hasta culminar en su muerte y resurrección. Desde antes de su nacimiento, el relato orienta nuestra mirada hacia esa entrega.

Mateo 1:23 «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros».

Mateo relaciona el nacimiento de Jesús con la profecía de Isaías 7:14. «Emanuel» expresa el significado de su presencia: Dios con nosotros. No sustituye al nombre Jesús, sino que ayuda a comprender quién ha venido y qué representa su llegada. En Jesucristo, Dios se acerca personalmente a nuestra condición humana.

Su presencia entre nosotros permite conocerlo dentro de una vida real. Jesús crecerá, trabajará, recorrerá caminos y compartirá la mesa con otras personas. La cercanía divina se hará visible en esos encuentros, donde la verdad y la misericordia tocarán las necesidades del corazón humano.

Lucas 2:7 «Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón».

El nacimiento se describe con acciones sencillas: María da a luz, envuelve al niño y lo acuesta donde puede. El pesebre, destinado a la alimentación de animales, muestra la modestia de aquellas circunstancias. Lucas no ofrece todos los detalles del alojamiento, pero sí deja clara la falta de un lugar adecuado para ellos. El Hijo de Dios entra en el mundo compartiendo la vulnerabilidad de un recién nacido.

Necesita ser sostenido, abrigado y cuidado. Esta escena nos ayuda a comprender la realidad de la encarnación: su humanidad no es una apariencia. El que sostiene la creación acepta vivir una existencia humana en la que recibirá el cuidado de otros.

Filipenses 2:6 a 7 «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».

Pablo contempla la venida de Cristo como una entrega voluntaria. Su «despojarse» se explica mediante lo que asume: la condición de siervo y la vida humana. El Hijo no deja de ser Dios; se humilla al hacerse hombre y ponerse al servicio de nuestra salvación.

Estas palabras aparecen en una exhortación a vivir con humildad y a considerar a los demás. La encarnación tiene así una consecuencia para el creyente: conocer la entrega de Jesús nos llama a abandonar la vanidad y a aprender a servir. Su grandeza se manifiesta en un amor dispuesto a acercarse y darse.

Al reunir estos pasajes, Belén aparece como el comienzo de una vida humana cuyo propósito ya ha sido anunciado. El niño confiado a María y José es el Hijo eterno que viene a salvar. Su nacimiento une la grandeza de Dios con una cercanía que podemos contemplar en los gestos más cotidianos del cuidado.

Para quien todavía no cree, esta es una invitación a conocer la identidad y la misión que los Evangelios atribuyen a Jesús. Para quien cree, es motivo de gratitud y también una llamada a vivir de acuerdo con su ejemplo. La humildad de Cristo nos enseña a reconocer el valor de las personas y a acercarnos a sus necesidades.

Desde el pesebre, la historia continuará hacia los primeros encuentros en los que otras personas reconocerán al Salvador. En esos testimonios irá haciéndose visible el propósito de su venida: Dios se ha acercado a nosotros para ofrecernos reconciliación y vida.

3. Jesús es presentado al mundo: los pastores, Simeón y Ana

El nacimiento de Jesús comienza a ser conocido lejos de los centros de poder. Mientras María cuida al niño en Belén, unos pastores vigilan sus rebaños durante la noche. Más adelante, en Jerusalén, dos personas que han esperado durante años la intervención de Dios reconocerán en ese pequeño una esperanza que alcanza a todos los pueblos.

Lucas reúne estos encuentros para mostrar cómo se recibe la llegada del Salvador. Hay sorpresa, alegría y agradecimiento, pero también palabras que anuncian dificultades. La vida de Jesús traerá consuelo y, al mismo tiempo, pondrá al descubierto la disposición de los corazones.

Lucas 2:10 a 11 «Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor».

El anuncio transforma el temor de los pastores en una invitación a la alegría. El niño nacido en Belén es presentado como Salvador, Cristo y Señor. «Cristo» significa «Ungido» y corresponde al Mesías esperado por Israel. Desde su nacimiento, Jesús es anunciado como aquel que viene a traer salvación.

Los primeros destinatarios de esta noticia son personas ocupadas en su trabajo cotidiano. Su presencia en el relato permite reconocer que el acercamiento a Dios está abierto también a quienes carecen de prestigio o influencia. Los pastores escuchan, van a Belén y comparten lo que han conocido; después regresan a sus tareas alabando a Dios.

Lucas 2:14 «¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!»

La alabanza de los ángeles une la gloria de Dios con la paz anunciada en la tierra. Esa paz expresa el bien que Dios ofrece mediante el Salvador y apunta hacia la reconciliación con Él. La venida de Jesús abre un camino de paz que alcanza nuestra relación con Dios y con los demás.

El relato no promete que las guerras y los conflictos desaparecerán inmediatamente. La propia vida de Jesús encontrará oposición. Sin embargo, su nacimiento anuncia una esperanza que puede comenzar a transformar la existencia de quienes reciben su palabra y aprenden a vivir conforme a ella.

Lucas 2:19 «Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Mientras los pastores cuentan lo sucedido, María escucha y conserva esos acontecimientos en su interior. Ha recibido promesas extraordinarias, pero todavía necesita recorrer el camino para comprender su alcance. La fe también crece mediante la reflexión paciente sobre lo que Dios va mostrando.

Su actitud invita a leer la historia de Jesús sin prisa. Algunas palabras se comprenderán mejor a la luz de acontecimientos posteriores. Meditar permite relacionarlas, formular preguntas y dejar que su significado vaya penetrando en nuestra vida.

Lucas 2:30 a 32 «Porque han visto mis ojos tu salvación,
La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel».

María y José llevan a Jesús al templo conforme a lo establecido en la ley de Moisés. Allí, Simeón, guiado por el Espíritu Santo, recibe al niño en sus brazos y bendice a Dios. En esa vida pequeña reconoce la salvación que esperaba. La promesa cumplida en Israel tiene un alcance que incluye a las demás naciones.

«Gentiles» designa aquí a los pueblos que no pertenecen a Israel. Jesús viene como luz para ellos y como gloria de su pueblo. La esperanza anunciada supera las fronteras de una sola nación e invita a personas de toda procedencia a conocer al Dios que se revela en Él.

Lucas 2:34 a 35 «Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones».

Después de expresar su alegría, Simeón anuncia que Jesús encontrará oposición. Su presencia provocará respuestas distintas: algunos lo recibirán y otros lo rechazarán. El encuentro con Cristo pone de manifiesto lo que hay en el corazón humano, porque su verdad nos llama a responder.

María también conocerá un dolor profundo. La imagen de la espada anuncia ese sufrimiento, que encontrará una expresión especialmente intensa al contemplar la muerte de su Hijo. El relato prepara así al lector para comprender que la salvación anunciada se desarrollará a través de un camino de entrega y oposición.

Lucas 2:38 «Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén».

Ana, una profetisa de edad avanzada que persevera en la oración, se une al reconocimiento de Simeón. Su respuesta consiste en agradecer y hablar del niño a quienes esperan la redención, es decir, la liberación que Dios ha prometido. Una vida de espera y oración encuentra en Jesús un nuevo motivo de esperanza.

La presencia de Ana muestra también el valor del testimonio de una mujer anciana dentro de este relato. Su edad no la aparta de lo que Dios está haciendo: participa mediante su gratitud y sus palabras, ayudando a otros a dirigir la mirada hacia el Salvador.

Desde los campos de Belén hasta el templo de Jerusalén, distintas personas comienzan a reconocer quién ha venido. Los pastores reciben la noticia y la comparten; María medita; Simeón bendice; Ana da gracias y habla del niño. Sus respuestas nos permiten contemplar distintas maneras de acoger una misma esperanza.

También nosotros podemos acercarnos con preguntas, alegría o una espera que se ha prolongado durante años. La historia invita a escuchar, reflexionar y descubrir en Jesús la salvación que Dios ofrece. El niño crecerá, y sus palabras permitirán comprender cada vez mejor lo que estos primeros testigos han comenzado a reconocer.

4. El niño buscado y perseguido: los magos, Herodes y la huida a Egipto

La llegada de Jesús despierta respuestas muy distintas. Mientras unas personas se acercan para adorarlo, otras perciben su nacimiento como una amenaza. Mateo nos conduce desde la búsqueda de unos viajeros de Oriente hasta la inquietud de un rey que teme perder su poder. En medio de esos acontecimientos, María y José deberán proteger al niño y abandonar temporalmente su tierra.

El relato muestra que Jesús entra en un mundo donde existen la fe y la generosidad, pero también el miedo, la violencia y el abuso de poder. Su vida humana comienza compartiendo la inseguridad que tantas familias han conocido al verse obligadas a huir.

Mateo 2:1 a 2 «Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle».

Mateo presenta a unos magos, probablemente sabios relacionados con la observación de los astros. No indica sus nombres, cuántos eran ni que fueran reyes. Esos detalles pertenecen a tradiciones posteriores. Lo que destaca el Evangelio es su propósito: han emprendido un viaje para encontrar al niño y rendirle homenaje.

Personas procedentes de otros pueblos comienzan a acercarse al Mesías de Israel. Su búsqueda anticipa el alcance universal de la misión de Jesús. El relato describe una señal que los pone en camino, aunque no ofrece los datos necesarios para determinar con certeza su naturaleza astronómica.

Mateo 2:6 «Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel».

Al escuchar la pregunta de los magos, Herodes consulta a los principales sacerdotes y a los escribas. Estos señalan Belén mediante una cita que recoge la profecía de Miqueas 5:2 y la imagen bíblica del gobernante como pastor. El niño esperado será un guía que cuide de su pueblo.

La autoridad de Jesús se presenta vinculada al cuidado, como la de un pastor que atiende a quienes le han sido confiados. A lo largo de su vida veremos cómo esa misión se expresa en su enseñanza, su compasión y su entrega. Belén, una localidad de importancia modesta, se convierte así en escenario de una esperanza que supera sus límites.

Mateo 2:11 «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra».

Los magos encuentran a Jesús en una casa y responden con adoración y regalos. Mateo no sitúa esta visita junto al pesebre ni afirma que sucediera la misma noche del nacimiento. Su atención se concentra en el reconocimiento del niño y en la generosidad de quienes han venido a buscarlo.

La búsqueda culmina en un encuentro que mueve a ofrecer lo que se posee. La tradición cristiana ha relacionado el oro con la realeza, el incienso con la divinidad y la mirra con la muerte de Jesús; son asociaciones significativas, aunque Mateo no explica expresamente el simbolismo de cada regalo.

Mateo 2:13 «Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo».

Los magos, advertidos en sueños, regresan a su tierra sin volver a Herodes. José recibe entonces la orden de partir hacia Egipto. Su respuesta será inmediata: toma al niño y a María y sale durante la noche.

El cuidado de Dios se hace efectivo mediante la obediencia y la acción responsable de José. La familia debe desplazarse para ponerse a salvo. Jesús comparte así, desde sus primeros años, la experiencia de quienes necesitan buscar refugio lejos de su hogar. Este episodio invita a mirar con compasión a las familias amenazadas y a quienes huyen de la violencia.

Mateo 2:16 «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos».

La reacción de Herodes revela hasta dónde puede llegar un poder dominado por el miedo y la crueldad. El límite de edad procede de la información que había solicitado a los magos; no permite establecer por sí solo la edad exacta de Jesús.

El relato obliga a detenernos ante las víctimas y sus familias. La protección de Jesús no disminuye la gravedad del sufrimiento de los otros niños. Mateo recoge el duelo mediante las palabras de Jeremías sobre Raquel que llora por sus hijos. La narración da lugar al lamento y muestra el mundo herido en el que el Salvador ha venido a vivir.

Mateo 2:23 «Y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno».

Después de la muerte de Herodes, José recibe la indicación de regresar. Al conocer que Arquelao gobierna en Judea y ser nuevamente advertido en sueños, se dirige a Galilea y establece a la familia en Nazaret. Allí transcurrirá la vida cotidiana de Jesús durante sus años de crecimiento.

La frase sobre el «nazareno» no aparece literalmente en un pasaje identificable del Antiguo Testamento. Mateo habla de «los profetas» en plural, y se han propuesto distintas explicaciones para esa relación. La referencia resume una relación con el testimonio profético cuyo detalle no podemos establecer con certeza. Jesús crecerá en Nazaret y será conocido por su vinculación con ese lugar, desde donde comenzará más adelante su ministerio.

Al terminar este recorrido, contemplamos a una familia que ha atravesado un viaje, una amenaza y un regreso. José protege; María acompaña y cuida; el niño vive una infancia marcada por circunstancias que no ha elegido. La encarnación se desarrolla dentro de la realidad humana, con sus hogares, sus desplazamientos y sus peligros.

Los magos y Herodes dejan también una pregunta sobre nuestra propia respuesta a Jesús. Podemos acercarnos con disposición para conocerlo, o sentir inquietud cuando su palabra cuestiona nuestras prioridades. Reconocerlo implica permitir que su presencia transforme nuestra manera de ejercer el poder, tratar a los demás y cuidar a los vulnerables.

La historia continuará ahora en Nazaret. Allí, en una vida familiar que los Evangelios describen con pocos detalles, Jesús crecerá hasta que llegue el momento de anunciar públicamente el reino de Dios.

5. Jesús crece en Nazaret: su vida familiar y el encuentro en el templo

Después de los acontecimientos que rodearon su nacimiento, la vida de Jesús transcurre durante años en Nazaret. Los Evangelios ofrecen pocos detalles de ese tiempo, y ese silencio nos invita a ser prudentes: podemos contemplar lo que cuentan sin llenar los espacios con historias imaginadas.

Lucas conserva un episodio de su infancia que permite acercarnos a su relación con María y José y, especialmente, a su conciencia de una relación singular con el Padre. Jesús tiene doce años y acompaña a su familia a Jerusalén. En medio de una peregrinación habitual sucede algo que sus padres no olvidarán.

Lucas 2:40 «Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él».

Lucas describe un crecimiento real. Jesús atraviesa las etapas de la vida humana, desarrollándose física e intelectualmente. El Hijo eterno asumió una humanidad verdadera, que incluía el proceso de crecer y aprender.

Su naturaleza divina no convierte su infancia en una apariencia. El Evangelio nos permite reconocer que la vida cotidiana, con sus aprendizajes y cuidados, forma parte de la historia de la encarnación. La presencia de la gracia de Dios acompaña ese desarrollo, aunque Lucas no pretenda explicar todos los aspectos del misterio de su persona.

Lucas 2:41 a 42 «Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta».

La familia participa en la Pascua, la celebración que recuerda la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Jesús crece dentro de la vida religiosa de su pueblo, entre las Escrituras, la oración y las fiestas que mantienen viva su memoria.

Su vida humana se desarrolla en una familia y en una historia concretas. El viaje a Jerusalén muestra la fidelidad de María y José a esas prácticas. Allí, donde se celebra la liberación del pueblo, comienza a manifestarse con mayor claridad la misión de quien traerá una salvación más profunda.

Lucas 2:46 a 47 «Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas».

Al regresar de la fiesta, María y José suponen que Jesús viaja entre los familiares y conocidos de la comitiva. Cuando advierten su ausencia, vuelven a Jerusalén y lo buscan con angustia. Finalmente lo encuentran en el templo, entre los maestros de la ley.

Lucas lo presenta escuchando, preguntando y respondiendo. La escena une la disposición para escuchar con una comprensión que sorprende a quienes lo oyen. No describe a Jesús humillando a los maestros ni ofreciendo una demostración de superioridad. El encuentro se desarrolla alrededor de las cuestiones de la fe y las Escrituras, dentro de un diálogo en el que su sabiduría comienza a hacerse visible.

Lucas 2:48 a 49 «Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?»

María expresa el dolor de la búsqueda con la cercanía de una madre que teme por su hijo. Jesús responde señalando su relación con el Padre. La expresión «en los negocios de mi Padre» se refiere a sus asuntos; también puede entenderse como estar en la casa de su Padre, de acuerdo con el contexto del templo.

Jesús manifiesta una conciencia singular de su filiación divina y de la misión que orientará su vida. María ha mencionado a José como «tu padre», reconociendo su responsabilidad familiar, y Jesús habla de «mi Padre» para referirse a Dios. Ambas expresiones pertenecen a relaciones diferentes: José ejerce el cuidado paterno, mientras que Jesús es el Hijo eterno del Padre.

Sus palabras no eliminan la angustia que sus padres han vivido. Lucas añade que ellos no comprendieron lo que les decía. Incluso quienes lo conocen de cerca tendrán que seguir aprendiendo quién es y qué significa su misión.

Lucas 2:51 a 52 «Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres».

Después del encuentro, Jesús regresa con María y José y vive bajo su autoridad familiar. Su relación única con el Padre se expresa también en una vida de obediencia dentro del hogar. La conciencia de su misión no lo lleva a despreciar a quienes lo cuidan.

María conserva lo sucedido en su corazón. Su comprensión continúa desarrollándose a través de los años, mientras Jesús crece en sabiduría, estatura y en el favor de Dios y de las personas. Lucas vuelve así a la vida cotidiana, donde el Hijo encarnado sigue recorriendo las etapas de una existencia humana.

Estos años nos ayudan a valorar lo que suele pasar inadvertido: el cuidado familiar, el aprendizaje, la escucha y la fidelidad en las responsabilidades de cada día. Una parte extensa de la vida de Jesús transcurrió antes de su predicación pública, en circunstancias que apenas conocemos.

Para las familias, este relato ofrece también una imagen cercana de la preocupación y de los límites de nuestra comprensión. María y José aman a Jesús, lo buscan y lo cuidan, aunque no entiendan todavía todo lo que sucede. El amor puede acompañar con fidelidad incluso cuando necesita tiempo para comprender.

En Nazaret, Jesús continuará creciendo hasta el comienzo de su ministerio. El niño que ha hablado de su Padre en el templo aparecerá después ante el pueblo, anunciando el reino de Dios y haciendo visible, mediante sus palabras y sus obras, el propósito de su venida.

6. El bautismo de Jesús: el comienzo de su misión pública

Después de los años de vida en Nazaret, Jesús se acerca al río Jordán. Allí predica Juan el Bautista, que llama al pueblo al arrepentimiento y bautiza a quienes reconocen la necesidad de cambiar de vida. Su voz prepara el camino para alguien cuya llegada dará un significado más profundo a aquella espera.

Jesús aparece entre las personas que acuden al río. El encuentro sorprende a Juan, porque reconoce que quien viene hacia él es mayor que él. En este escenario comienza una nueva etapa: el Hijo que ha crecido en una familia se dispone a desarrollar públicamente la misión para la que ha venido.

Marcos 1:4 «Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados».

La predicación de Juan invita a reconocer el pecado y volverse hacia Dios. Su bautismo expresa esa disposición al arrepentimiento; no es un acto separado de la respuesta interior de la persona. Prepararse para recibir al Salvador implica abrirse a una transformación de la vida.

Juan pide también frutos concretos de ese cambio. Según Lucas 3:10 a 14, anima a compartir con quien necesita, actuar con honradez y abandonar la extorsión. La preparación para el encuentro con Dios alcanza así la manera de utilizar los bienes y tratar a los demás.

Marcos 1:7 a 8 «Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo».

Juan reconoce los límites de su propia misión y dirige la atención hacia Jesús. Su gesto de humildad expresa la grandeza de aquel a quien anuncia. El Bautista prepara el camino; Jesús viene a comunicar el don del Espíritu Santo.

Esta promesa abre una esperanza que va más allá de una decisión momentánea de cambiar. La obra de Cristo hará posible una vida renovada por la presencia y la acción del Espíritu. Juan no busca retener a quienes lo escuchan alrededor de su persona: les enseña a esperar al que viene después de él.

Mateo 3:13 a 15 «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó».

La objeción de Juan permite comprender que el bautismo de Jesús tiene un significado singular. La enseñanza del Nuevo Testamento afirma que Jesús no cometió pecado, como recoge 1 Pedro 2:22. Por tanto, Jesús recibe el bautismo sin necesitar arrepentirse de culpas propias.

Su respuesta sitúa el acto dentro del cumplimiento de la voluntad de Dios. «Cumplir toda justicia» expresa aquí su disposición a realizar lo que corresponde al propósito del Padre. Al entrar en el Jordán, se acerca al pueblo que necesita salvación y asume públicamente el camino de obediencia que lo conducirá hasta la cruz.

Lucas 3:21 «Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió».

Lucas destaca que Jesús está orando. Al comenzar esta etapa, su relación con el Padre ocupa el centro de la escena. Esa oración acompañará también los momentos importantes de su ministerio y las horas de sufrimiento.

La misión pública de Jesús se desarrolla en comunión con el Padre. Su vida de oración muestra la realidad de su humanidad y nos permite contemplar cómo vive su obediencia filial. Para el creyente, esta escena invita a buscar en la oración orientación y fortaleza para sus propias responsabilidades.

Mateo 3:16 a 17 «Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia».

El relato reúne al Hijo que es bautizado, al Espíritu que desciende y al Padre que habla desde los cielos. La escena muestra la distinción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y contribuye a la comprensión cristiana del único Dios como Trinidad.

El descenso «como paloma» describe la manifestación del Espíritu, sin reducir su naturaleza a la de un ave. Su venida sobre Jesús señala la unción para la misión que comienza. La voz del Padre reconoce al Hijo amado: Jesús no se convierte en Hijo de Dios en este momento; se manifiesta públicamente quién es.

Las palabras del Padre evocan el lenguaje del Salmo 2 y de Isaías 42, donde aparecen el rey ungido y el siervo en quien Dios se complace. Así, su identidad y su misión quedan vinculadas a las promesas de las Escrituras.

A orillas del Jordán, el relato nos permite contemplar una misión que nace de la obediencia y del amor. Jesús se acerca al pueblo, recibe el bautismo y comienza a manifestarse como el Hijo enviado por el Padre y ungido por el Espíritu.

Para quien busca conocerlo, este episodio ofrece una clave: su autoridad y sus obras deben comprenderse dentro de esa relación. Para quien cree, invita a escuchar al Hijo y a dejarse conducir por su palabra. Seguir a Jesús supone aprender de su obediencia, su humildad y su comunión con el Padre.

Desde el Jordán, el camino lo llevará al desierto. Antes de recorrer los pueblos anunciando el reino de Dios, afrontará la tentación y mostrará cómo permanece fiel al propósito para el que ha venido.

7. Jesús en el desierto: la tentación y la fidelidad al Padre

Después del bautismo, Jesús entra en el desierto. Allí, lejos de las multitudes, afronta un tiempo de hambre y tentación. El Hijo amado, reconocido públicamente por el Padre, comienza su misión atravesando una prueba que alcanza necesidades y decisiones profundamente humanas.

El relato nos permite conocer cómo ejercerá su autoridad. Las propuestas del tentador intentan apartarlo de la obediencia al Padre y orientar su poder hacia su propio beneficio, la demostración espectacular y el dominio. Sus respuestas muestran una fidelidad que permanecerá a lo largo de toda su vida.

Mateo 4:1 a 2 «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre».

El Espíritu conduce a Jesús al desierto, mientras que la tentación procede del diablo. Esta distinción importa: como enseña Santiago 1:13, Dios no induce a nadie al mal. La prueba aparece dentro del camino de la misión, pero quien intenta desviarlo es el tentador.

Los cuarenta días recuerdan los cuarenta años de Israel en el desierto. Allí donde el pueblo experimentó dificultades para confiar y obedecer, Jesús permanece fiel. Su hambre es real, y también lo es la prueba que afronta. El relato presenta un ayuno excepcional dentro de su misión, sin convertir su duración en una exigencia para los creyentes.

Mateo 4:3 a 4 «Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

El tentador comienza por una necesidad urgente: el hambre. La propuesta intenta que Jesús utilice su condición de Hijo conforme a una iniciativa que lo aparta del camino recibido del Padre. Jesús responde con Deuteronomio 8:3, un pasaje que recuerda cómo Dios enseñó a Israel a depender de Él durante su estancia en el desierto.

La necesidad de alimento es legítima, pero no justifica cualquier manera de satisfacerla. Jesús reconoce que la vida necesita también la palabra de Dios, que orienta nuestras decisiones. Más adelante alimentará a multitudes por compasión; aquí se niega a convertir su poder en un recurso dirigido por el tentador.

Mateo 4:6 a 7 «Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios».

La segunda propuesta, presentada desde un lugar elevado del templo, incorpora palabras del Salmo 91. El tentador utiliza una promesa de protección para justificar un acto peligroso que obligaría a demostrar esa protección. Jesús responde con Deuteronomio 6:16 y rechaza poner a Dios a prueba.

Confiar en Dios implica respetar su voluntad y actuar con responsabilidad. Las promesas bíblicas no deben emplearse para exigir que Él respalde una decisión imprudente. La escena enseña también la importancia de interpretar las Escrituras en su conjunto: una cita puede utilizarse de manera equivocada cuando se separa de su sentido y se pone al servicio de un propósito ajeno a él.

Mateo 4:8 a 10 «Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás».

La última propuesta ofrece poder y gloria a cambio de adoración. El tentador presenta un camino de dominio que exige abandonar la fidelidad a Dios. Jesús lo rechaza mediante Deuteronomio 6:13, afirmando que solo al Señor corresponde la adoración y el servicio.

Ningún logro merece el precio de entregar nuestra lealtad al mal. Jesús llevará adelante su misión mediante la obediencia, el servicio y la entrega. La oferta del tentador no establece que este sea dueño legítimo de la creación; el conjunto de las Escrituras reconoce a Dios como su Señor.

Mateo 4:11 «El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían».

La escena concluye con el servicio de los ángeles. Jesús ha permanecido fiel en medio de la debilidad física y de las propuestas del adversario. Recibe cuidado sin haber exigido una demostración de protección.

Esta victoria no significa que nunca volverá a encontrar oposición o tentación. Lucas 4:13 indica que el diablo se apartó de Él «por un tiempo». La fidelidad de Jesús continuará expresándose a lo largo de su misión, hasta las horas más dolorosas de su entrega.

Hebreos 4:15 «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado».

La carta a los Hebreos ayuda a comprender lo que este relato significa para nosotros. Jesús conoce la prueba desde una humanidad verdadera y puede compadecerse de nuestra debilidad. Su condición de sumo sacerdote expresa su mediación a favor de quienes se acercan a Dios por medio de Él.

Ser tentado no equivale a haber pecado. Jesús afrontó la tentación sin ceder a ella, y su fidelidad permite al creyente acudir a Él con confianza. Cuando luchamos, necesitamos reconocer nuestra fragilidad y buscar su ayuda; cuando hemos caído, podemos volver a Él con arrepentimiento.

El desierto muestra que la identidad de Jesús permanece unida a su obediencia al Padre. El hambre, la posibilidad de exhibir su poder y la promesa de dominio no lo apartan del propósito para el que ha venido. En cada respuesta, las Escrituras iluminan su camino.

También nuestras decisiones pueden verse presionadas por la necesidad, el deseo de reconocimiento o la ambición. Este relato invita a examinar cómo respondemos y qué lugar ocupa Dios en nuestras prioridades. La confianza se hace concreta cuando elegimos actuar con fidelidad, incluso en medio de la dificultad.

Después del desierto, Jesús comenzará a anunciar el reino de Dios. Quien ha rechazado el poder ofrecido a cambio de adoración se acercará a las personas para servirlas, llamarlas a la conversión y ofrecerles vida.

8. Jesús anuncia el reino de Dios y llama a seguirlo

Después del desierto, Jesús comienza a recorrer Galilea. Se acerca a poblaciones donde las personas trabajan, forman sus familias y afrontan las preocupaciones de cada día. Allí anuncia una noticia que invita a mirar la vida desde una esperanza nueva: el reino de Dios se ha acercado.

Su predicación viene acompañada de encuentros. Jesús llama a personas concretas a seguirlo y compartir su misión. Algunas dejan sus redes; otras se levantan de su puesto de trabajo. Comienza así una comunidad de discípulos que aprenderá a conocerlo caminando con Él.

Marcos 1:14 a 15 «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio».

El encarcelamiento de Juan recuerda que esta esperanza se anuncia en un mundo donde siguen existiendo la injusticia y el sufrimiento. En esas circunstancias, Jesús proclama el cumplimiento del tiempo esperado. «Evangelio» significa buena noticia, y el reino de Dios se refiere a su gobierno salvador, que se hace presente de manera decisiva mediante Jesús.

La llegada del reino invita a responder con arrepentimiento y fe. Arrepentirse implica reconocer el pecado y cambiar de orientación; creer supone confiar en la buena noticia que Jesús anuncia. Su llamada abre un camino de reconciliación con Dios y de renovación de la vida.

Lucas 4:18 a 19 «El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor».

En la sinagoga de Nazaret, Jesús lee un pasaje de Isaías que presenta una misión de consuelo y liberación. Sus palabras dirigen la mirada hacia quienes viven en la pobreza, la aflicción y la opresión. El «año agradable del Señor» evoca el tiempo del favor de Dios y recuerda la esperanza de restauración asociada al jubileo bíblico.

La misión de Jesús alcanza a las personas en sus necesidades reales. Sus obras incluirán curaciones, acogida y perdón, y sus enseñanzas llamarán a la justicia y la misericordia. Este anuncio no promete que toda dificultad desaparecerá inmediatamente, pero revela hacia dónde se dirige su acción salvadora.

Lucas 4:21 «Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros».

Después de leer, Jesús afirma que la promesa comienza a cumplirse en su propia presencia y misión. Quienes lo escuchan quedan invitados a reconocer que Dios está actuando entre ellos por medio de aquel a quien conocen como vecino de Nazaret.

Jesús se presenta como el cumplimiento de la esperanza anunciada por los profetas. Esa afirmación exige una respuesta y pronto encontrará resistencia. El relato mostrará que conocer sus orígenes familiares no basta para comprender su identidad ni para recibir su palabra.

Mateo 4:18 a 20 «Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron».

La llamada llega mientras Pedro y Andrés trabajan. Jesús utiliza una imagen que pertenece a su experiencia y les anuncia una misión nueva: ayudar a otras personas a acercarse a Él. «Pescadores de hombres» expresa esa tarea mediante una comparación, cuyo sentido debe comprenderse a la luz de su enseñanza y de su manera de tratar a las personas.

Seguir a Jesús comienza por una relación con Él y conduce al servicio de otros. Los hermanos dejan sus redes para acompañarlo de una manera particular. Esta respuesta no establece que todo creyente deba abandonar su profesión; cada persona está llamada a vivir la fidelidad a Cristo dentro de sus responsabilidades y de la misión que le corresponda.

Marcos 2:14 «Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió».

Leví trabaja en la recaudación de impuestos, una actividad que despertaba desconfianza y rechazo por su relación con el poder gobernante y por los abusos que podían acompañarla. Jesús se acerca a él y lo llama personalmente.

El pasado y la posición social de una persona no la dejan fuera de la invitación de Cristo. Seguirlo abre la posibilidad de una vida distinta. En el relato que continúa, Jesús comparte la mesa con recaudadores y pecadores, mostrando una cercanía que busca su recuperación y que incomoda a quienes consideran impropio ese encuentro.

Marcos 3:14 «Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar».

Entre sus discípulos, Jesús elige a doce para una misión específica. Ese número evoca a las doce tribus de Israel y vincula su acción con la historia del pueblo de Dios. Antes de mencionar el envío, Marcos señala el propósito de que estén con Él.

La misión nace de la convivencia con Jesús y del aprendizaje de su camino. Los discípulos necesitarán escucharlo, contemplar sus obras y dejarse corregir. Su formación será gradual y estará marcada también por errores, temores y dificultades para comprenderlo.

El anuncio del reino y la llamada de los discípulos forman parte de un mismo movimiento. Dios se acerca mediante su Hijo, y las personas son invitadas a responder, aprender y participar en lo que Él está haciendo. Alrededor de Jesús comienza a reunirse una comunidad que será transformada por su palabra.

Para quien todavía no cree, estos encuentros permiten conocer cómo Jesús se dirige a las personas: las mira en medio de su vida y les ofrece un camino. Para quien cree, recuerdan que la fe necesita crecer en escucha, confianza y obediencia. Seguir a Cristo implica permitir que su enseñanza vaya dando forma a nuestras decisiones y relaciones.

A partir de aquí, sus discípulos escucharán palabras sobre el amor, el perdón, la oración y el cuidado del prójimo. El reino anunciado junto a los caminos de Galilea irá mostrando su significado en esas enseñanzas y en los encuentros que las acompañan.

9. Las enseñanzas de Jesús: el amor a Dios y al prójimo

Mientras Jesús recorre los pueblos, las personas se acercan para escucharlo. Algunas buscan orientación; otras llegan con preguntas o con el peso de sus dificultades. Sus enseñanzas alcanzan la vida cotidiana: cómo tratamos a los demás, qué hacemos con nuestros bienes, dónde buscamos seguridad y qué guardamos en el corazón.

En el centro de ese camino está el amor. Jesús recoge lo que Dios había enseñado a Israel y muestra cómo debe orientar toda nuestra existencia. Escucharlo implica aprender una manera de vivir en la que la relación con Dios se expresa también en el cuidado del prójimo.

Mateo 22:37 a 39 «Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Un intérprete de la ley pregunta a Jesús cuál es el gran mandamiento. Su respuesta une Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18: el amor a Dios y el amor al prójimo. El corazón, el alma y la mente expresan una entrega que comprende a la persona entera, con sus afectos, pensamientos y decisiones.

Amar a Dios compromete nuestra manera de vivir y de tratar a los demás. El prójimo merece una atención semejante a la que procuramos para nosotros mismos. Esta enseñanza ofrece un fundamento para reconocer sus necesidades, respetar su dignidad y buscar su bien.

Lucas 10:33 a 34 «Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él».

Para responder a la pregunta sobre quién es el prójimo, Jesús cuenta la historia de un hombre herido y abandonado junto al camino. Quien se detiene a ayudarlo es un samaritano, perteneciente a un pueblo con el que muchos judíos mantenían tensiones religiosas y sociales.

La misericordia lo mueve a acercarse y actuar. Atiende las heridas, transporta al herido y procura que siga recibiendo cuidado. El amor al prójimo se hace visible cuando asumimos una responsabilidad ante su necesidad, incluso si existen diferencias entre nosotros. La parábola invita a preguntarnos de quién podemos hacernos próximos mediante nuestras acciones.

Mateo 7:12 «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas».

Jesús ofrece una orientación sencilla para muchas decisiones cotidianas: considerar cómo desearíamos ser tratados y actuar con los demás desde esa misma atención. Esto nos mueve a escuchar antes de juzgar, hablar con respeto y ser honrados en nuestros acuerdos.

La enseñanza invita a tomar la iniciativa en el bien. Su aplicación requiere conocer las necesidades reales de la otra persona, porque nuestros gustos no siempre coinciden. Ponernos en su lugar ayuda a superar la indiferencia y a reconocer las consecuencias de lo que hacemos.

Juan 13:34 a 35 «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros».

Durante la última cena, Jesús ofrece a sus discípulos una referencia concreta para su amor: la manera en que Él los ha amado. Ese amor se ha expresado en paciencia, enseñanza, servicio y una entrega que llegará hasta la cruz.

El amor vivido entre los creyentes debe hacer reconocible su relación con Jesús. La iglesia, entendida como la comunidad de quienes creen en Él, está llamada a cuidar de sus miembros, acompañar al que sufre y ayudar al que necesita. Este vínculo fraterno forma parte de su testimonio y se une al amor que debe mostrar hacia todas las personas.

Al recorrer estas enseñanzas, descubrimos que el amor tiene una profundidad mayor que un sentimiento pasajero. Aprende a escuchar, se acerca al herido, actúa con justicia y busca el bien incluso cuando hacerlo resulta costoso. Jesús lo enseña con palabras y lo hará visible mediante su propia entrega.

Para quien busca conocerlo, estas palabras permiten comprender el tipo de vida al que llama. Para quien cree, ofrecen una medida con la que examinar sus relaciones. La madurez de la fe se expresa también en un amor que se vuelve concreto, paciente y responsable.

Podemos comenzar por algo cercano: una persona que necesita ser escuchada, una ayuda que hemos pospuesto o una relación en la que debemos actuar con mayor honestidad. Al llevar la enseñanza de Jesús a esas situaciones, el amor a Dios y al prójimo empieza a encontrar lugar en nuestra vida cotidiana.

10. Las bienaventuranzas: la felicidad y la esperanza que Jesús anuncia

Jesús sube al monte y se sienta. Sus discípulos se acercan, y comienza a enseñarles ante las multitudes que han venido a escucharlo. Sus primeras palabras hablan de dicha, pero la sitúan en lugares donde quizá no esperaríamos encontrarla: la humildad, el llanto, la mansedumbre y el deseo de justicia.

Las bienaventuranzas permiten descubrir qué vidas reciben la aprobación y la promesa de Dios. Jesús llama dichosas a personas que pueden atravesar situaciones difíciles, porque el reino les abre una esperanza. Su felicidad nace de la relación con Dios y del futuro que Él les ofrece, incluso cuando el presente está marcado por el dolor.

Mateo 5:3 «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».

Ser pobre en espíritu significa reconocer ante Dios nuestra necesidad, sin presentarnos como personas que se bastan a sí mismas. Esta humildad no consiste en despreciar nuestra dignidad ni negar nuestras capacidades; implica recibir la vida y la salvación como dones que no podemos procurarnos por nuestros propios méritos.

El reino se recibe con las manos abiertas de quien reconoce que necesita a Dios. La expresión «reino de los cielos», frecuente en Mateo, se refiere al reino de Dios: su gobierno salvador, que comienza a hacerse presente mediante Jesús y alcanzará su plenitud.

Mateo 5:4 «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación».

Jesús dirige una promesa a quienes conocen el dolor. Sus palabras pueden abrazar el duelo, la aflicción ante el mal y el pesar por el propio pecado. La dicha anunciada no procede del sufrimiento en sí, sino del consuelo que Dios promete.

Las lágrimas no dejan a una persona fuera de la esperanza del reino. Esta bienaventuranza nos permite acercarnos a Dios sin ocultar la tristeza y nos llama también a acompañar a quienes lloran. El consuelo puede comenzar mediante su presencia y el cuidado recibido, aunque su plenitud pertenezca a la restauración futura.

Mateo 5:5 «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad».

La mansedumbre es una fuerza que renuncia a imponerse mediante la violencia y la soberbia. Una persona mansa puede actuar con firmeza y defender lo justo, procurando que la ira no gobierne sus decisiones.

Jesús recoge la esperanza del Salmo 37, donde quienes confían en Dios esperan su justicia. La herencia prometida procede de la generosidad divina, y no de la capacidad de dominar a otros. Esta palabra invita a vivir con paciencia y confianza, sin convertir el poder en nuestra seguridad.

Mateo 5:6 «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

El hambre y la sed expresan una necesidad profunda. Jesús describe a quienes anhelan una vida conforme a la voluntad de Dios y un mundo donde el mal no prevalezca. Ese deseo incluye nuestra propia transformación y la atención a las injusticias que sufren otros.

Buscar la justicia comienza también por permitir que Dios corrija nuestra conducta. Quien desea su justicia debe examinar cómo habla, trabaja y trata a los demás. La promesa de saciedad sostiene esta búsqueda, cuya respuesta completa llegará con la plenitud del reino.

Mateo 5:7 «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

La misericordia reconoce el sufrimiento y se dispone a aliviarlo. También permite mirar a quien ha obrado mal sin reducirlo para siempre a su falta, dejando lugar al arrepentimiento y a la restauración.

La misericordia recibida de Dios está llamada a convertirse en misericordia hacia otros. Jesús no propone comprar el perdón mediante buenas acciones; muestra la coherencia de una vida abierta a su gracia. Quien se sabe necesitado de compasión aprende a ofrecerla, sin abandonar la verdad ni la responsabilidad.

Mateo 5:8 «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios».

En el lenguaje bíblico, el corazón es el centro de los pensamientos, deseos y decisiones. Su limpieza implica sinceridad e integridad: una vida que busca a Dios sin utilizar la apariencia religiosa para ocultar otros propósitos.

La pureza del corazón alcanza nuestras intenciones, además de nuestras acciones visibles. Jesús invita a una relación verdadera con Dios, en la que podamos reconocer lo que necesita ser purificado. La promesa de verlo apunta hacia una comunión que encontrará su plenitud en su presencia.

Mateo 5:9 «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

Los pacificadores trabajan para que las relaciones puedan sanar. Escuchan, buscan caminos de reconciliación y procuran detener el daño. Su tarea requiere valentía, porque una paz verdadera necesita afrontar lo que provoca el conflicto.

Construir la paz incluye la verdad, la justicia y la protección de quienes son vulnerables. No consiste en exigir silencio a la víctima ni en encubrir una agresión. Al actuar de esta manera, los pacificadores reflejan el carácter del Padre y son reconocidos como sus hijos.

Mateo 5:10 «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos».

Vivir con fidelidad puede suscitar rechazo. Jesús sostiene a quienes sufren por actuar conforme a la justicia de Dios y, en los versículos siguientes, por causa de Él. La promesa vuelve a ser la del reino, enlazando esta bienaventuranza con la primera.

La oposición no determina el valor de una vida fiel ante Dios. Sin embargo, tampoco toda crítica constituye persecución: a veces necesitamos corregir errores o reconocer el daño que hemos causado. La bienaventuranza se refiere al sufrimiento que nace de la fidelidad a Cristo y a su justicia.

Al escuchar estas palabras, empieza a aparecer una manera distinta de comprender la vida dichosa. Jesús muestra personas que reconocen su necesidad, buscan el bien y permanecen abiertas al consuelo y a la transformación de Dios. Las promesas sostienen sus pasos cuando el camino resulta difícil.

Las bienaventuranzas dibujan también rasgos que reconoceremos en el propio Jesús: mansedumbre, misericordia, pureza de corazón y fidelidad en medio de la oposición. Acercarnos a Él permite aprender la vida que estas palabras describen.

Podemos leerlas preguntándonos dónde necesitamos crecer y qué promesa necesitamos escuchar hoy. Quizá debamos reconocer nuestra fragilidad, acompañar unas lágrimas o trabajar por una reconciliación. Así, el comienzo del Sermón del Monte se convierte en una invitación personal a recibir el reino y dejar que vaya transformando nuestra vida.

11. La sal y la luz: la presencia de los creyentes en el mundo

Después de las bienaventuranzas, Jesús dirige a sus discípulos unas palabras que les ayudan a comprender su lugar entre las demás personas. Quienes reciben el reino y aprenden a vivir conforme a él tienen una responsabilidad en el mundo. Su manera de actuar puede hacer visible el bien y ayudar a otros a reconocer al Padre.

Para explicarlo, Jesús utiliza dos imágenes familiares: la sal y la luz. Ambas pertenecen a la vida cotidiana y producen efectos que pueden percibirse. Así comienza a mostrar que la fe alcanza las relaciones, el trabajo y las decisiones con las que participamos en la sociedad.

Mateo 5:13 «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres».

La sal era valiosa para sazonar y conservar los alimentos. Jesús toma esa realidad conocida para hablar de la presencia de sus discípulos: su vida está llamada a ejercer una influencia beneficiosa allí donde se encuentran. La honestidad, la misericordia y la fidelidad pueden contribuir al bien de una familia, de un lugar de trabajo o de una comunidad.

Ser sal implica conservar la fidelidad a Jesús en nuestras circunstancias concretas. La advertencia sobre la pérdida de sabor señala el peligro de una vida que mantiene la apariencia de la fe mientras abandona lo que Jesús enseña. Cuando la injusticia, la crueldad o el engaño gobiernan nuestra conducta, se debilita el testimonio que estamos llamados a ofrecer.

Estas palabras no autorizan a los creyentes a considerarse superiores. Los llaman a asumir una responsabilidad que requiere humildad, examen personal y disposición para corregirse.

Mateo 5:14 «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder».

La imagen de una ciudad elevada permite comprender que la vida de los discípulos tendrá una dimensión visible. Sus decisiones serán observadas, y podrán orientar a otras personas o causarles confusión. Jesús les recuerda que su relación con Él debe expresarse en la manera de vivir.

En Juan 8:12, Jesús se presenta como la luz del mundo. Por eso, la luz de los creyentes procede de Cristo y debe reflejar su carácter. No nace de una perfección propia, sino de una vida que recibe su enseñanza y permite que esta la transforme.

Cuando los creyentes actúan juntos, esa responsabilidad alcanza también a la iglesia, entendida como la comunidad de quienes creen en Jesús. Su cuidado de las personas, su honradez y su respuesta ante el sufrimiento forman parte de lo que otros pueden reconocer en ella.

Mateo 5:15 «Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa».

El almud era un recipiente utilizado para medir productos, especialmente grano. Colocarlo sobre una lámpara impediría que su luz cumpliera su función. Jesús recurre a esa escena para mostrar que lo recibido debe ponerse al servicio de los demás.

La fe encuentra expresión en acciones que ayudan, orientan y cuidan. Una palabra honesta, una atención paciente o la defensa de alguien tratado injustamente pueden llevar esa luz a situaciones ordinarias. También hablar de Jesús con respeto y claridad permite compartir la esperanza que sostiene al creyente.

La imagen no exige buscar exposición pública en todo momento. Invita a que nuestra vida no oculte, por comodidad o indiferencia, el bien que estamos llamados a hacer.

Mateo 5:16 «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Jesús explica el propósito de esa visibilidad: que las buenas obras lleven a reconocer al Padre. El centro de la acción es el bien realizado y la gloria de Dios. Más adelante, en Mateo 6, advertirá contra hacer obras religiosas para obtener admiración; aquí anima a una vida cuyo fruto pueda beneficiar a otros.

La intención del corazón debe acompañar al bien que hacemos. Podemos actuar de manera visible cuando la situación lo requiere y, al mismo tiempo, renunciar a convertir la ayuda en una forma de engrandecernos. La persona atendida merece respeto, y su necesidad nunca debería utilizarse como medio de promoción personal.

Las buenas obras tampoco garantizan que todos respondan favorablemente. Algunos reconocerán en ellas un motivo para acercarse a Dios; otros podrán permanecer indiferentes o mostrar oposición. El discípulo está llamado a perseverar en el bien sin controlar la respuesta ajena.

Estas imágenes nos devuelven a la vida cotidiana. Ser sal y luz comienza en cómo cumplimos nuestros compromisos, hablamos de otras personas, utilizamos los recursos y atendemos a quien necesita ayuda. La enseñanza de Jesús puede hacerse visible en lugares donde una acción sencilla tiene un valor profundo.

Para quien todavía no cree, este pasaje permite conocer la responsabilidad que Jesús atribuye a sus seguidores. Para quien cree, ofrece una pregunta concreta: ¿qué reciben los demás a través de mi manera de vivir? El testimonio adquiere credibilidad cuando las palabras sobre Dios van acompañadas de una conducta coherente.

No necesitamos esperar una ocasión extraordinaria. En el hogar, entre amigos o durante el trabajo, podemos comenzar a reflejar lo que aprendemos de Cristo. Así, la luz recibida encuentra un lugar desde el que alumbrar, y el bien realizado puede abrir a otros una ventana hacia el amor del Padre.

12. La justicia del corazón: reconciliación, fidelidad y sinceridad

Después de hablar de la sal y de la luz, Jesús conduce a sus oyentes hacia el interior de la persona. Las acciones visibles tienen raíces: pensamientos que alimentamos, deseos que consentimos y decisiones que vamos preparando en silencio. Para comprender la vida a la que nos llama, necesitamos atender también a ese mundo interior.

Sus palabras muestran la profundidad de los mandamientos de Dios. La justicia que enseña alcanza tanto lo que hacemos como nuestra manera de mirar al prójimo. En ese camino, la reconciliación, la fidelidad y la sinceridad se convierten en expresiones concretas de un corazón que se deja transformar.

Mateo 5:17 «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir».

«Abrogar» significa abolir o dejar sin efecto. Jesús afirma que su misión está en continuidad con la revelación que Israel ha recibido. La expresión «la ley o los profetas» señala el conjunto de las Escrituras, cuyas promesas y enseñanzas encuentran en Él su cumplimiento.

Jesucristo lleva a plenitud el propósito de Dios anunciado en las Escrituras. Lo hace mediante su enseñanza, su obediencia y su obra salvadora. Para comprender los mandamientos, sus discípulos deberán escucharlo y reconocer cómo se relacionan con Él, evitando reducir la fidelidad a una observancia exterior.

Mateo 5:20 «Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».

Los escribas y fariseos eran conocidos por su atención a la ley. Jesús advierte que la justicia del reino debe alcanzar una profundidad que la apariencia religiosa, por sí sola, no garantiza. Lo que sigue en el sermón permite comprender esa exigencia: una vida sincera, reconciliada y fiel.

La obediencia que Jesús enseña nace de un corazón orientado hacia Dios. Esto no significa que podamos comprar la entrada en el reino acumulando méritos. Su llamada revela nuestra necesidad de gracia y nos invita a una transformación que produzca frutos reales.

Mateo 5:22 «Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego».

Después de recordar el mandamiento de no matar, Jesús dirige la atención hacia la ira y el desprecio que dañan las relaciones. Sus palabras subrayan la gravedad de tratar a otra persona como alguien sin valor. La violencia puede comenzar mucho antes de una agresión física, cuando alimentamos el odio y utilizamos el lenguaje para humillar.

La dignidad del prójimo debe ser respetada también en nuestros pensamientos y palabras. No toda emoción de enojo equivale a una voluntad de hacer daño; sin embargo, necesitamos reconocer cómo la gestionamos. Una indignación ante la injusticia debe conducir a una respuesta responsable, sin convertirse en crueldad.

Mateo 5:23 a 24 «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda».

Jesús presenta una escena de culto y la interrumpe con una responsabilidad pendiente. La relación con Dios reclama atención a las heridas que hemos causado. Si debemos reconocer una falta, pedir perdón o reparar un daño, la práctica religiosa no debe servirnos de refugio para evitarlo.

Buscar la reconciliación forma parte de una adoración sincera. Esto exige dar los pasos que dependen de nosotros, aunque no podamos garantizar la respuesta de la otra persona. Como recuerda Romanos 12:18, debemos procurar la paz en cuanto esté de nuestra parte. Reconciliarse tampoco supone ignorar un abuso ni restaurar automáticamente una confianza que necesita tiempo y cambios comprobables.

Mateo 5:28 «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón».

Al hablar de la fidelidad, Jesús señala una mirada que busca y alimenta la codicia. La otra persona puede quedar reducida a un objeto para satisfacer deseos, y el compromiso matrimonial comienza a quebrarse interiormente.

La fidelidad incluye el cuidado de los deseos y de la manera en que miramos a los demás. La enseñanza distingue la decisión de recrearse en la codicia de una atracción percibida o de un pensamiento involuntario. Nos llama a respetar a la persona y a no alimentar aquello que puede conducir a la traición.

Las imágenes severas que siguen, sobre quitar el ojo o cortar la mano, expresan la necesidad de actuar con decisión frente al pecado. Son un lenguaje figurado que reclama cambios concretos; no una instrucción de dañarse físicamente.

Mateo 5:32 «Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio».

Jesús aborda también la ruptura matrimonial en un contexto donde el repudio podía dejar a la mujer en una situación muy vulnerable. Sus palabras toman en serio el vínculo y cuestionan la facilidad con que podía ser deshecho.

El matrimonio exige fidelidad y responsabilidad hacia la persona con quien se ha compartido la vida. La cláusula sobre la inmoralidad sexual y sus consecuencias ha recibido distintas interpretaciones entre los cristianos. Su aplicación requiere considerar el conjunto de la enseñanza bíblica y las circunstancias concretas, sin utilizar este pasaje para obligar a una persona a permanecer expuesta a la violencia.

Mateo 5:37 «Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede».

Al tratar los juramentos, Jesús llama a una sinceridad que haga confiable nuestra palabra. La verdad no debería depender de fórmulas solemnes utilizadas para convencer a otros mientras dejamos espacio para el engaño.

Una vida íntegra procura que sus palabras correspondan a sus intenciones y a sus hechos. Esto alcanza las promesas, los acuerdos y las explicaciones que damos sobre nuestras acciones. Cuando nos equivocamos o no podemos cumplir algo, la sinceridad requiere reconocerlo y asumir la responsabilidad.

A lo largo de estas enseñanzas, Jesús nos permite descubrir que la justicia comienza a crecer dentro de la persona y se expresa en sus relaciones. La ira necesita ser encauzada; el daño, reconocido; la fidelidad, cuidada; y la palabra, sostenida por la verdad.

Este recorrido puede resultar exigente porque nos muestra aspectos que solemos justificar o esconder. Sin embargo, reconocer lo que necesita cambiar abre un camino de arrepentimiento y renovación. Podemos acudir a Dios con sinceridad y comenzar por un paso concreto: pedir perdón, abandonar una conducta dañina o decir una verdad que hemos evitado.

La justicia del corazón se desarrolla así en una vida que aprende a amar con mayor profundidad. Desde ahí, Jesús continuará enseñando cómo responder a la ofensa y cómo tratar incluso a quienes se comportan como enemigos.

13. El amor a los enemigos: vencer el odio y aprender del Padre

Las heridas que recibimos pueden permanecer durante mucho tiempo. Una humillación, una traición o una injusticia despiertan dolor y, a veces, el deseo de devolver lo sufrido. Jesús conoce la profundidad de esos conflictos y dirige su enseñanza hacia el lugar donde la ofensa puede convertirse en una cadena de represalias.

Sus palabras llaman a una respuesta exigente: renunciar a la venganza, conservar la disposición a hacer el bien y aprender a amar incluso a quienes nos rechazan. Este amor necesita discernimiento y fortaleza. Su referencia es el Padre, cuya bondad alcanza también a quienes no lo reconocen.

Mateo 5:38 a 39 «Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra».

La expresión «ojo por ojo» establecía en la ley una correspondencia que limitaba el castigo y evitaba represalias desmedidas. Jesús conduce a sus discípulos más allá de la devolución del daño y les pide que abandonen la venganza como respuesta personal.

La imagen de ofrecer la otra mejilla expresa esa renuncia frente a la agresión y la humillación. El discípulo está llamado a impedir que el mal recibido gobierne su conducta. Esto debe comprenderse dentro del conjunto de la enseñanza bíblica: proteger a una víctima, denunciar un delito o apartarse de una situación violenta son acciones compatibles con la búsqueda del bien.

El propio Jesús, al ser golpeado durante su interrogatorio, señaló la injusticia de aquel acto, como relata Juan 18:23. Su respuesta muestra que la mansedumbre puede expresar la verdad y pedir cuentas sin convertirse en venganza.

Mateo 5:40 a 41 «Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos».

Jesús utiliza escenas de conflicto y de imposición para enseñar una libertad interior capaz de responder con generosidad. La segunda imagen suele relacionarse con las cargas que las autoridades podían imponer a la población. En ambas, invita a no quedar atrapados en una reacción dominada por el resentimiento.

La generosidad puede romper la lógica de la hostilidad y abrir una respuesta distinta. Estos ejemplos no convierten toda exigencia ajena en una obligación legítima ni autorizan el abuso. Expresan una disposición que necesita aplicarse con prudencia, considerando también las responsabilidades hacia otras personas.

Mateo 5:42 «Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses».

En medio de estas enseñanzas aparece también la petición de ayuda. Jesús anima a conservar un corazón dispuesto a compartir, evitando que el apego a los bienes nos cierre ante la necesidad del prójimo.

Ayudar requiere generosidad y atención al bien real de quien pide. A veces será adecuado entregar dinero; otras, ofrecer alimento, acompañamiento o una ayuda diferente. La prudencia permite cuidar a la persona sin fomentar aquello que pueda dañarla y sin descuidar a quienes dependen de nosotros.

Mateo 5:44 a 45 «Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos».

Aquí aparece el fundamento de la enseñanza: la bondad del Padre. El sol y la lluvia benefician también a quienes actúan injustamente. Jesús invita a sus discípulos a reflejar esa generosidad, buscando el bien de personas cuya conducta puede merecer una corrección firme.

Amar al enemigo significa desear su verdadero bien, que incluye su arrepentimiento y el abandono del mal. Orar por él puede ser un primer paso cuando el dolor hace difícil cualquier otra respuesta. Esa oración puede pedir también protección para las víctimas y justicia ante lo ocurrido.

Ser reconocidos como hijos del Padre implica mostrar su carácter. El amor no elimina nuestra condición de personas heridas; orienta el proceso por el que aprendemos a responder sin entregar el corazón al odio.

Mateo 5:46 a 47 «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?»

Jesús señala lo fácil que resulta limitar la atención a quienes nos corresponden. El amor que enseña debe superar las fronteras del propio grupo y abrirse a quienes son diferentes o no nos ofrecen afecto.

La madurez del amor se manifiesta también en el trato a quienes no pueden o no quieren correspondernos. Esto no exige mantener con todos el mismo grado de intimidad o confianza. La cercanía depende de las circunstancias, pero el respeto por la dignidad de la persona debe permanecer.

Mateo 5:48 «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto».

La palabra «perfectos» expresa aquí la idea de integridad o plenitud. Dentro de este contexto, Jesús llama a un amor que no se fragmente según la simpatía que sentimos por cada persona. El Padre es la referencia hacia la que debe crecer la vida del discípulo.

Esta llamada abre un camino de maduración sostenido por la gracia de Dios. No afirma que el creyente alcance una impecabilidad inmediata. Nos invita a avanzar, reconociendo nuestras limitaciones y buscando un amor cada vez más coherente con el que hemos recibido.

Al terminar esta enseñanza, comprendemos que responder al daño requiere una fuerza distinta de la que alimenta la represalia. Puede haber que alejarse, denunciar o reclamar reparación; todo ello puede hacerse procurando que la justicia proteja y corrija, sin convertirla en un instrumento de odio.

También necesitamos tiempo para sanar. El perdón no obliga a negar lo ocurrido ni restaura automáticamente una confianza quebrada. Podemos renunciar a la venganza mientras establecemos límites y esperamos cambios reales.

Jesús nos invita a llevar nuestras heridas ante el Padre y a aprender de su bondad. Quizá el primer paso sea una oración sincera, todavía pronunciada con dolor, pidiendo protección, justicia y libertad interior. Desde ahí puede comenzar un camino en el que el mal sufrido deje de determinar toda nuestra vida.

14. La relación íntima con el Padre: la ayuda al necesitado, la oración y el ayuno

Después de enseñar cómo debemos tratar a los demás, Jesús nos invita a examinar la intención con la que nos acercamos a Dios. Podemos realizar acciones buenas y, al mismo tiempo, desear que otros las vean para admirarnos. Esa búsqueda de reconocimiento puede introducirse incluso en la ayuda al necesitado, la oración y el ayuno.

Jesús conduce a sus discípulos hacia una relación sincera con el Padre. Allí, donde no necesitamos representar un papel, podemos reconocer nuestras necesidades, agradecer y escuchar. La vida espiritual crece cuando buscamos a Dios por quien es, dejando que su presencia transforme también nuestras motivaciones.

Mateo 6:1 «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos».

Jesús señala expresamente la intención de actuar «para ser vistos». Antes había animado a que las buenas obras permitieran glorificar al Padre; ahora advierte contra utilizarlas para obtener admiración personal.

El bien conserva su sentido cuando buscamos honrar a Dios y servir a las personas. Para examinar nuestras motivaciones, podemos preguntarnos si estaríamos dispuestos a realizar una misma ayuda aunque nadie conociera nuestro nombre.

Mateo 6:3 a 4 «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».

La limosna es la ayuda ofrecida a quien necesita. Mediante una imagen expresiva, Jesús invita a dar con discreción, sin convertir la generosidad en una ocasión para engrandecernos.

La persona ayudada merece que cuidemos su dignidad y su intimidad. Su necesidad no debe transformarse en una exposición que le cause vergüenza. La recompensa mencionada pertenece al reconocimiento del Padre; no establece una fórmula para obtener prosperidad material mediante nuestras donaciones.

Mateo 6:6 «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».

La puerta cerrada representa un espacio donde podemos dirigirnos a Dios sin buscar espectadores. Allí tienen lugar palabras sencillas, silencios, lágrimas y agradecimientos que quizá nadie más conoce.

Podemos hablar con el Padre con sinceridad, sin necesidad de impresionar a nadie. Jesús también oró con sus discípulos, por lo que esta enseñanza no excluye la oración compartida. La comunidad de creyentes puede acompañarnos, pero cada persona está llamada a cultivar también su relación personal con Dios.

Mateo 6:7 a 8 «Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis».

Jesús rechaza la idea de que una acumulación de palabras pueda obligar a Dios a responder. Su advertencia se refiere a las repeticiones vacías y a la confianza puesta en la palabrería. La perseverancia sincera sigue teniendo lugar: el propio Jesús repetirá su petición durante la oración en Getsemaní.

Orar es entrar en relación con el Padre que ya conoce nuestra necesidad. No tenemos que informarlo como si desconociera nuestra vida. Al expresarnos ante Él, aprendemos a confiar, reconocer nuestras prioridades y abrirnos a su voluntad.

Mateo 6:9 a 10 «Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».

Jesús enseña a comenzar llamando a Dios «Padre nuestro». Esta expresión une la confianza filial con una dimensión compartida: al orar, recordamos también a los demás. «Que estás en los cielos» reconoce su grandeza y autoridad, sin encerrarlo en un lugar físico.

Santificar su nombre significa desear que sea reconocido y honrado como santo. Pedir que venga su reino y se haga su voluntad nos dispone a recibir su gobierno también en nuestra propia vida. La oración comienza orientando el corazón hacia Dios y hacia lo que Él quiere realizar.

Mateo 6:11 a 13 «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén».

Después de mirar hacia el Padre, presentamos nuestras necesidades. El pan cotidiano expresa el sustento necesario para vivir; al pedirlo como «nuestro», incluimos también a quienes carecen de él. Las «deudas» representan aquí nuestras faltas ante Dios, como aclara la enseñanza sobre el perdón que sigue a esta oración.

El Padrenuestro reúne dependencia, perdón y petición de protección. Pedir que no seamos introducidos en tentación no atribuye a Dios la intención de inducirnos al pecado: solicita que nos guarde en la prueba y nos libre del mal. La oración reconoce nuestra fragilidad y deposita nuestra confianza en Él.

Mateo 6:14 a 15 «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas».

Jesús se detiene en una petición del Padrenuestro para mostrar su importancia. Pedir misericordia mientras mantenemos una negativa deliberada a concederla revela una contradicción que necesita ser afrontada.

El perdón recibido de Dios debe abrir nuestro corazón al perdón de los demás. Esto puede requerir un proceso doloroso; no equivale a olvidar, encubrir una injusticia o recuperar de inmediato la confianza. Jesús llama a abandonar la voluntad de venganza y a disponernos a la misericordia que nosotros mismos necesitamos.

Mateo 6:17 a 18 «Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».

Al hablar del ayuno, Jesús vuelve a la intención del corazón. Lavarse y arreglarse como de costumbre evita utilizar señales de sufrimiento para provocar admiración o compasión.

El ayuno encuentra su sentido en la búsqueda sincera de Dios, acompañado de oración y de una vida coherente con su voluntad. No es un medio para forzar una respuesta divina ni una medida de superioridad espiritual. Isaías 58 recuerda que el ayuno debe ir unido a la justicia, la ayuda al hambriento y el abandono de la opresión.

A lo largo de este pasaje, Jesús repite que el Padre ve en lo secreto. Esa afirmación puede traer descanso: una oración que nadie escucha, una ayuda discreta y una búsqueda sincera tienen valor ante Él. Nuestra relación con Dios no depende de la atención que recibamos de otras personas.

La intimidad con el Padre también nos devuelve al mundo con una disposición renovada. La oración que pide pan recuerda al hambriento; la que solicita perdón nos mueve a la misericordia; y la que busca su voluntad nos llama a obedecerla. La vida interior y el cuidado del prójimo crecen juntos cuando escuchamos a Jesús.

Podemos comenzar con un momento sencillo de recogimiento, hablando con Dios tal como estamos. El Padrenuestro ofrece un camino para hacerlo: reconocer al Padre, buscar su voluntad y confiarle nuestras necesidades. Desde esa relación aprenderemos también a ordenar nuestros tesoros y a afrontar las preocupaciones del mañana.

15. El tesoro y la confianza en Dios: nuestras prioridades y la preocupación por el mañana

Después de enseñarnos a orar, Jesús dirige nuestra atención hacia aquello en lo que buscamos seguridad. Necesitamos alimento, vestido y un lugar donde vivir; también deseamos proteger a nuestras familias y preparar el futuro. Estas responsabilidades forman parte de la vida, pero pueden convertirse en una preocupación que ocupe todo nuestro corazón.

Jesús nos invita a examinar nuestras prioridades y a confiar en el cuidado del Padre. Sus palabras permiten distinguir entre atender prudentemente las necesidades y vivir dominados por ellas. La confianza en Dios puede acompañar el trabajo y la planificación, dándoles una orientación que no dependa exclusivamente de lo que poseemos.

Mateo 6:19 a 20 «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan».

La polilla, la corrosión y el robo representan la fragilidad de los bienes materiales. Incluso aquello que parece asegurado puede deteriorarse o perderse. Jesús invita a orientar la vida hacia un bien que permanezca ante Dios.

El tesoro del cielo se relaciona con una vida fiel al Padre, expresada en el amor, la generosidad y la obediencia. No consiste en acumular méritos para comprar la salvación. La enseñanza tampoco condena el ahorro responsable; cuestiona que los bienes se conviertan en el fundamento último de nuestra seguridad.

Mateo 6:21 «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón».

Nuestras prioridades atraen y orientan el corazón. El tiempo que dedicamos, los recursos que compartimos y aquello por lo que estamos dispuestos a sacrificarnos muestran lo que valoramos. Examinar nuestro tesoro nos ayuda a reconocer hacia dónde se dirige nuestra vida.

Mateo 6:22 a 23 «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?»

Jesús utiliza la mirada como imagen de la orientación interior. En el contexto de los tesoros y del dinero, esta enseñanza se relaciona también con la generosidad y la codicia. La forma en que miramos los bienes influye en nuestras decisiones y en el trato que damos a las personas.

Una mirada dominada por el afán de poseer puede oscurecer nuestra comprensión del bien. Podemos llegar a considerar aceptables acciones que dañan a otros porque nos ofrecen una ventaja. La advertencia invita a revisar esa mirada y permitir que la enseñanza de Jesús la ilumine.

Mateo 6:24 «Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas».

Las riquezas aparecen aquí como un señor que reclama obediencia. Pueden determinar lo que aceptamos, lo que rechazamos y aquello por lo que estamos dispuestos a sacrificar la verdad o la justicia.

Los bienes deben estar al servicio de la vida y del bien, bajo nuestra fidelidad a Dios. Tener recursos implica una responsabilidad; permitir que gobiernen nuestra conciencia nos conduce a una dependencia distinta. La pregunta decisiva es qué ocupa el primer lugar cuando nuestros intereses materiales entran en conflicto con lo que sabemos que es justo.

Mateo 6:25 «Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?»

Jesús habla a personas que conocen necesidades reales. Su enseñanza reconoce el valor de la vida y del cuerpo y busca liberarlas del afán que puede absorber toda su existencia.

La preocupación necesita encontrar un lugar dentro de una vida sostenida por la confianza. Estas palabras no deben utilizarse para culpabilizar a quien padece ansiedad. Pedir ayuda, buscar atención adecuada y compartir nuestras cargas son maneras responsables de afrontar una dificultad que puede requerir acompañamiento.

Mateo 6:28 a 30 «Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?»

Jesús invita a detenerse ante las flores. Su belleza, incluso siendo pasajera, permite reconocer el cuidado del Creador. Si Dios atiende a esa vida breve, los discípulos pueden recordar el valor que tienen ante Él.

Contemplar la creación puede ayudarnos a recuperar la confianza cuando el temor estrecha nuestra mirada. La comparación no promete riqueza ni una vida sin privaciones. A lo largo del Evangelio, Jesús llama también a compartir y cuidar de quienes necesitan, de modo que la confianza en el Padre debe ir acompañada de responsabilidad mutua.

Mateo 6:32 a 33 «Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas».

El Padre conoce las necesidades de sus hijos. Jesús les pide que estas no desplacen la búsqueda de su reino y de su justicia. Dar prioridad a Dios significa orientar el trabajo, los recursos y las decisiones conforme a su voluntad.

Buscar primero el reino es aprender a vivir bajo el gobierno de Dios en nuestras circunstancias concretas. La promesa de su cuidado no establece un intercambio por el que la fe garantice prosperidad. Invita a confiar mientras actuamos con fidelidad y participamos en el cuidado de los demás.

Mateo 6:34 «Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal».

Jesús devuelve nuestra atención al presente. Anticipar continuamente las dificultades puede hacernos sufrir hoy por acontecimientos que quizá nunca sucedan. Cada jornada trae responsabilidades que podemos afrontar sin cargarla con todos los temores del futuro.

Preparar el mañana puede hacerse sin dejar de vivir el día que tenemos delante. Podemos planificar, tomar decisiones prudentes y confiar a Dios aquello que todavía no está en nuestras manos. Esta enseñanza propone un aprendizaje cotidiano, especialmente valioso cuando la incertidumbre pesa sobre nosotros.

Al terminar esta parte del sermón, comprendemos que nuestros tesoros y nuestras preocupaciones están relacionados. Aquello que consideramos indispensable suele atraer también nuestros mayores temores. Jesús nos invita a revisar esa relación y a reconocer al Padre como fundamento de nuestra confianza.

Quizá el primer paso sea identificar qué preocupación ocupa hoy demasiado espacio y qué responsabilidad concreta sí podemos atender. Una conversación, una decisión honesta o una ayuda ofrecida pueden devolvernos al presente. La confianza crece cuando ponemos en manos de Dios lo que no controlamos y actuamos con fidelidad en lo que nos corresponde.

Desde ahí, Jesús continuará enseñándonos a mirar al prójimo con humildad, reconocer nuestras propias faltas y buscar con perseverancia la ayuda del Padre.

16. El discernimiento y el trato al prójimo: humildad, prudencia y perseverancia en la oración

Al mirar la conducta de otras personas, podemos advertir con facilidad sus errores y pasar por alto los nuestros. Una palabra desafortunada o una decisión que no comprendemos pueden bastar para que formemos un juicio sobre toda su vida. Jesús nos invita a detenernos antes de hacerlo y a reconocer los límites de nuestra mirada.

Su enseñanza une la humildad con el discernimiento. Necesitamos distinguir el bien del mal, pero también examinar nuestras intenciones y aprender a tratar al prójimo con justicia. Para recorrer ese camino, nos anima a buscar con perseverancia la ayuda del Padre.

Mateo 7:1 a 2 «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido».

Jesús advierte contra una actitud que condena al otro desde una supuesta superioridad. Podemos convertir una falta en una definición permanente de la persona, ignorando lo que desconocemos de su historia y de sus circunstancias.

La medida que aplicamos al prójimo nos llama a examinar cómo deseamos ser tratados nosotros mismos. Esta enseñanza no elimina la necesidad de reconocer una injusticia, proteger a quien sufre o corregir una conducta dañina. Nos exige hacerlo con verdad y humildad, sin atribuirnos el conocimiento pleno del corazón ajeno.

Mateo 7:3 a 5 «¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano».

La imagen es deliberadamente llamativa: alguien intenta retirar una pequeña partícula del ojo de otra persona mientras lleva una viga en el suyo. Jesús muestra la contradicción de corregir con severidad aquello que nosotros mismos no estamos dispuestos a examinar.

El reconocimiento de nuestras faltas prepara una ayuda más sincera al prójimo. La enseñanza termina con la posibilidad de sacar la paja, de modo que la corrección puede tener lugar. Su propósito debe ser ayudar a recuperar una visión clara, con delicadeza y responsabilidad, como quien atiende una herida.

Mateo 7:6 «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen».

Después de pedir humildad, Jesús recuerda la necesidad de prudencia. Utiliza imágenes fuertes, propias del lenguaje de su tiempo, para mostrar que algo valioso puede ser despreciado y que insistir en ofrecerlo en determinadas circunstancias puede provocar una reacción destructiva.

Compartir la fe requiere discernir el momento, la disposición de quien escucha y la manera de hablar. Estas imágenes no autorizan a despreciar a las personas ni a llamar así a quienes no creen. Una duda sincera merece atención; una conversación que se ha convertido en burla o agresión puede necesitar una pausa. El respeto incluye saber cuándo escuchar y cuándo retirarse.

Mateo 7:7 a 8 «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».

Jesús anima a una oración perseverante mediante tres acciones: pedir, buscar y llamar. Todas expresan una confianza que se mantiene en movimiento, incluso cuando todavía no vemos con claridad el camino.

Podemos acudir al Padre con nuestras necesidades y buscar su orientación con constancia. Esta promesa debe leerse junto a la petición de que se haga su voluntad, enseñada en el Padrenuestro. La oración no convierte nuestros deseos en órdenes para Dios; nos abre a recibir su ayuda y a reconocer el bien que Él quiere darnos.

Mateo 7:9 a 11 «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?»

Jesús parte del cuidado que una familia procura ofrecer a sus hijos. Aunque los seres humanos tenemos limitaciones y pecados, somos capaces de reconocer necesidades y dar algo bueno. Desde esa experiencia, invita a confiar aún más en la bondad del Padre.

Dios escucha desde una sabiduría y un amor mayores que los nuestros. La respuesta puede diferir de lo que habíamos imaginado, y algunas esperas resultan dolorosas. El pasaje anima a mantener la confianza sin concluir que una petición no cumplida demuestra abandono o falta de fe.

La enseñanza desemboca en Mateo 7:12, la regla de tratar a los demás como desearíamos ser tratados, que ya hemos considerado. Aquí adquiere una profundidad especial: después de examinar nuestros juicios y reconocer la bondad del Padre, somos llamados a actuar con esa misma atención hacia el prójimo.

Este recorrido permite unir dos disposiciones que necesitamos cada día: humildad para reconocer que podemos equivocarnos y prudencia para distinguir lo que ayuda de lo que daña. Ambas pueden crecer mediante la oración, la escucha y la revisión sincera de nuestras decisiones.

Quizá debamos comenzar por un juicio apresurado, una corrección que necesita mayor delicadeza o una conversación en la que conviene escuchar antes de responder. La verdad puede comunicarse de una manera que cuide la dignidad de la persona y busque realmente su bien.

Mientras aprendemos, Jesús nos anima a seguir pidiendo, buscando y llamando. El Padre conoce nuestra necesidad de orientación y nos invita a caminar con confianza. Desde esa relación podremos afrontar la conclusión del sermón: elegir el camino de la vida y poner en práctica lo que hemos escuchado.

17. Escuchar y vivir lo enseñado: el camino de la vida y la casa sobre la roca

El Sermón del Monte se acerca a su final. Jesús ha hablado de la misericordia, la reconciliación, la oración y la confianza en el Padre. Ahora invita a sus oyentes a responder. Lo escuchado debe encontrar un lugar en la vida, allí donde elegimos un camino, reconocemos a quienes nos orientan y decidimos sobre qué fundamento construiremos.

Sus últimas imágenes son sencillas y profundas: dos puertas, un árbol que produce frutos y dos casas expuestas a una tormenta. A través de ellas, Jesús muestra que nuestras decisiones tienen consecuencias y que la fe necesita una raíz capaz de sostenernos.

Mateo 7:13 a 14 «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan».

Jesús llama a elegir el camino que conduce a la vida. La amplitud de una senda y el número de personas que la recorren no garantizan que sea buena. Algunas decisiones parecen cómodas porque nos permiten conservar el orgullo, el engaño o la indiferencia; seguir a Cristo exige dejar que su palabra cuestione esas disposiciones.

La puerta estrecha expresa la seriedad de una respuesta personal a Jesús. No significa que la salvación deba ganarse mediante dificultades que nosotros mismos nos imponemos. Recibimos la gracia de Dios, y esa gracia nos llama a una conversión real, que puede requerir renuncias y decisiones costosas.

Mateo 7:15 a 16 «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?»

La apariencia de mansedumbre puede ocultar intenciones de aprovechamiento. Jesús advierte que quienes hablan en nombre de Dios también deben ser examinados. Una voz convincente, un título religioso o una imagen respetable no bastan para acreditar una enseñanza.

El discernimiento atiende a la verdad de lo enseñado y a los frutos de la vida. Necesitamos observar si una persona promueve la fidelidad a Cristo, actúa con honradez y cuida de quienes le han sido confiados, o si utiliza la fe para manipular, enriquecerse o dominar. Esta revisión requiere tiempo y justicia, evitando tanto la credulidad como las acusaciones precipitadas.

Mateo 7:17 a 20 «Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis».

La imagen del árbol relaciona lo que crece en el interior con lo que finalmente aparece. Una conducta sostenida revela la orientación de la vida de una manera que las palabras, por sí solas, no pueden mostrar.

Los frutos permiten reconocer si una enseñanza conduce hacia el bien que Jesús describe. Esto no supone exigir una ausencia absoluta de errores a todo creyente. Importan también la disposición a reconocer las faltas, corregirlas y asumir responsabilidades. La advertencia sobre el juicio recuerda que el daño causado en nombre de Dios tiene una gravedad especial.

Mateo 7:21 «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos».

Jesús distingue entre pronunciar una confesión y vivir conforme a ella. Llamarlo «Señor» expresa el reconocimiento de su autoridad, pero esas palabras se contradicen cuando rechazamos deliberadamente su enseñanza.

Una fe viva busca hacer la voluntad del Padre. La obediencia no compra la salvación; manifiesta que la confianza en Cristo está dando fruto. Sus discípulos seguirán necesitando perdón y ayuda, pero estarán llamados a una relación sincera en la que la palabra escuchada vaya transformando sus decisiones.

Mateo 7:22 a 23 «Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad».

La advertencia se vuelve especialmente solemne. Quienes hablan presentan actividades extraordinarias realizadas en su nombre como prueba de su relación con Él. Jesús señala, sin embargo, una vida caracterizada por la maldad.

Las experiencias llamativas y el reconocimiento religioso no sustituyen una relación verdadera con Cristo. Estas palabras nos llaman a examinarnos, en lugar de utilizarlas para decidir por nuestra cuenta el destino eterno de otras personas. Jesús aparece aquí como quien juzga y conoce la verdad de cada vida.

Mateo 7:24 a 25 «Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca».

La casa representa una vida construida mediante decisiones sucesivas. Su firmeza depende de un fundamento que suele quedar oculto, pero cuya importancia se revela cuando llega la tormenta. Jesús identifica la prudencia con escuchar sus palabras y ponerlas en práctica.

Edificar sobre la roca significa recibir la enseñanza de Cristo como fundamento de nuestra vida. La casa también afronta lluvia, inundaciones y viento: seguirlo no evita todas las pruebas. Su promesa muestra el valor de una relación que nos sostiene en medio de ellas y que tiene alcance ante el juicio de Dios.

Mateo 7:26 a 27 «Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina».

Ambos constructores han escuchado. La diferencia está en la respuesta. Podemos admirar las enseñanzas de Jesús, conocerlas e incluso repetirlas, mientras seguimos organizando la vida al margen de ellas.

La escucha alcanza su propósito cuando se convierte en una práctica cotidiana. Una reconciliación buscada, una verdad reconocida o una ayuda ofrecida pueden ser pasos concretos de esa construcción. La advertencia invita a revisar el fundamento mientras todavía podemos cambiar de rumbo.

Mateo 7:28 a 29 «Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas».

La multitud reconoce una autoridad singular. Jesús ha hablado con una voz que reclama respuesta y ha situado sus propias palabras como fundamento de la vida. Al terminar el sermón, el asombro abre una pregunta que cada oyente deberá afrontar: qué hará con lo que acaba de escuchar.

Así concluye este recorrido por el Sermón del Monte. Sus enseñanzas han llegado al corazón, a las relaciones, a los bienes y a la oración. Ahora se reúnen en una invitación: confiar en Jesús y comenzar a vivir conforme a su palabra.

Podemos dar ese paso reconociendo nuestra necesidad de ayuda. Nadie construye una vida fiel de una sola vez; aprendemos, nos equivocamos, pedimos perdón y volvemos a obedecer. La confianza en Cristo nos mueve a una perseverancia humilde, sostenida por su gracia.

El sermón termina, pero su enseñanza puede seguir acompañándonos. Cada día ofrece un lugar donde poner una nueva piedra: una decisión sincera, un gesto de misericordia o una responsabilidad asumida. Así, lo escuchado empieza a convertirse en una vida fundada en Él.

18. Otras enseñanzas esenciales de Jesús: la vida nueva, el perdón y la comunión con Él

Después del Sermón del Monte, los Evangelios nos permiten seguir escuchando a Jesús en situaciones muy diversas. Habla con un hombre que lo visita de noche, recibe a quienes buscan descanso, responde a las inquietudes de sus discípulos y utiliza imágenes del campo para explicar la relación que desea tener con ellos.

En esos encuentros aparecen enseñanzas que ayudan a comprender el centro de su misión. Jesús ofrece una vida renovada por el Espíritu, llama a volver a Dios y enseña a permanecer unidos a Él. Sus palabras nos conducen hacia una fe que transforma la existencia desde dentro y encuentra expresión en el servicio.

Juan 3:3 «Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».

Nicodemo, un maestro de Israel, se acerca a Jesús con preguntas. La respuesta lo lleva más allá de lo que conoce: necesita un nuevo nacimiento. La expresión también puede entenderse como nacer «de arriba», y Jesús explicará que esta vida nueva procede del Espíritu.

Entrar en el reino requiere una renovación que Dios realiza en nosotros. No basta con poseer conocimientos religiosos o pertenecer a una tradición. La enseñanza invita a recibir su acción transformadora, que despierta una relación nueva con Él y comienza a orientar nuestros deseos y decisiones.

Lucas 5:32 «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento».

Jesús pronuncia estas palabras al responder a quienes cuestionan su cercanía a recaudadores y pecadores. Explica que su acogida busca una transformación: arrepentirse significa volverse hacia Dios, reconociendo aquello que necesita cambiar.

La llamada al arrepentimiento abre un camino de regreso a Dios. Su misericordia nos permite afrontar nuestras faltas y responder con una confianza que vaya dando forma a nuestras decisiones.

Lucas 15:20 «Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó».

En la parábola del hijo que se marcha y malgasta su herencia, Jesús describe un regreso marcado por la necesidad y el reconocimiento de la culpa. El padre lo ve desde lejos y sale a recibirlo con compasión.

La misericordia de Dios abre una esperanza para quien vuelve a Él. La parábola no presenta el daño como algo irrelevante; muestra que la culpa no tiene por qué ser la última palabra sobre una vida. También interpela al hermano mayor, que necesita aprender a alegrarse por la recuperación de quien se había perdido.

Mateo 11:28 a 30 «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga».

Jesús invita a acercarse a quienes viven fatigados y bajo el peso de sus cargas. El descanso que ofrece está unido a aprender de Él. La imagen del yugo expresa una relación de discipulado: recibimos su dirección y caminamos conforme a su enseñanza.

El descanso de Cristo nace de una relación con alguien manso y humilde de corazón. Su llamada no elimina todas las responsabilidades ni promete que desaparecerá inmediatamente el dolor. Ofrece una manera de llevar la vida sostenidos por su gracia, sin tener que demostrar continuamente nuestro valor ante Dios.

Lucas 9:23 «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame».

Seguir a Jesús incluye decisiones que pueden resultar costosas. Negarse a uno mismo significa renunciar a convertir nuestros deseos e intereses en la autoridad última de la vida. La cruz recuerda la disposición a permanecer fieles a Él incluso cuando esa fidelidad trae rechazo o sufrimiento.

El discipulado requiere una entrega cotidiana, guiada por el camino de Cristo. Esta enseñanza no exige despreciar nuestra dignidad, buscar dolor ni tolerar abusos. Llama a abandonar el egoísmo y asumir las consecuencias de actuar conforme a su voluntad.

Marcos 10:43 a 45 «Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos».

Los discípulos también sienten el deseo de ocupar lugares de honor. Jesús responde enseñándoles que la autoridad entre ellos debe orientarse al servicio. Su propia vida será la referencia: viene a entregarse por la salvación de otros.

La grandeza que Jesús enseña se expresa en el cuidado y en la disposición a servir. Esto alcanza especialmente a quienes tienen responsabilidades en la iglesia, la comunidad de creyentes: su tarea debe ayudar a las personas, sin utilizarlas para obtener poder o reconocimiento. La mención del rescate anticipa el significado salvador de su muerte.

Juan 14:6 «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».

Ante la inquietud de Tomás, Jesús se presenta como el camino hacia el Padre. Su respuesta concentra la esperanza cristiana en su persona: mediante Él conocemos a Dios, recibimos la verdad que nos orienta y accedemos a la vida que ofrece.

La fe cristiana reconoce a Jesucristo como el mediador de nuestra relación con el Padre. Esta convicción debe comunicarse con claridad y respeto, sin convertirla en una actitud de superioridad hacia quienes no la comparten. Nosotros anunciamos su palabra; el conocimiento pleno de cada corazón y el juicio pertenecen a Dios.

Juan 15:5 «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer».

Los pámpanos son las ramas de la vid. Su capacidad de producir fruto depende de permanecer unidos a ella. Jesús utiliza esta imagen para explicar que la vida de sus discípulos necesita una relación continua con Él.

El fruto espiritual nace de la comunión con Cristo. Permanecer incluye escuchar su palabra, confiar en Él, orar y vivir en su amor. En este contexto, «nada podéis hacer» se refiere a la dependencia necesaria para producir el fruto del discipulado; no niega las capacidades humanas de quienes todavía no creen.

Al reunir estas enseñanzas, descubrimos un camino que comienza en la gracia de Dios y se desarrolla mediante una relación viva con Jesús. El Espíritu renueva; el arrepentimiento nos vuelve hacia el Padre; la misericordia permite regresar; y la comunión con Cristo sostiene una vida de servicio.

Para quien busca, estas palabras muestran qué ofrece Jesús y a qué llama. Para quien cree, permiten revisar si la fe conserva esa relación viva o se ha reducido a una costumbre. Conocer a Cristo implica recibir su ayuda y dejar que su enseñanza transforme nuestra manera de vivir.

Desde aquí podemos acercarnos a sus milagros. En ellos veremos cómo su autoridad y su compasión se hacen visibles ante la enfermedad, el miedo y la necesidad, y cómo esas señales invitan a reconocer quién es y a confiar en Él.

19. Los milagros de Jesús: señales de su autoridad y de su compasión

Mientras Jesús enseña, las personas se acercan también con sus enfermedades, sus temores y sus necesidades. Algunas pueden expresar lo que buscan; otras llegan acompañadas por quienes las aman. En esos encuentros, los Evangelios presentan obras extraordinarias que permiten conocer su autoridad y la compasión con la que la ejerce.

Cada milagro pertenece a una historia humana. Hay alguien que sufre, una familia preocupada o una multitud que necesita alimento. Las señales de Jesús revelan quién es y muestran su cercanía a las personas. Para comprenderlas, necesitamos contemplar tanto lo que sucede como las palabras y los gestos que lo acompañan.

Juan 2:11 «Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él».

Juan sitúa la primera señal en una boda. Ante la falta de vino, Jesús interviene y transforma el agua destinada a las purificaciones en vino. La celebración continúa, y sus discípulos encuentran un motivo para profundizar su confianza en Él.

La gloria de Jesús comienza a manifestarse dentro de una experiencia de alegría compartida. Su presencia alcanza también los momentos felices de la vida. El relato contiene, además, una imagen de abundancia que invita a reconocer la novedad de lo que trae, sin convertir cada detalle en un símbolo cuya interpretación podamos dar por segura.

Marcos 1:40 a 42 «Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio».

El hombre reconoce el poder de Jesús y le presenta su necesidad. La palabra «lepra» abarcaba entonces distintas afecciones de la piel, asociadas a restricciones religiosas y sociales. Su sufrimiento podía incluir, además de la enfermedad, una profunda separación de la vida comunitaria.

Jesús responde con misericordia y lo toca. Su compasión se acerca a alguien cuya condición lo mantenía apartado. Después le indicará que se presente al sacerdote, conforme a lo establecido en la ley, para que su limpieza sea reconocida. La curación abre así un camino de recuperación también en sus relaciones con los demás.

Marcos 2:10 a 12 «Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa».

Unos hombres han llevado a su amigo hasta Jesús y, al no poder entrar por la multitud, han abierto el techo para acercarlo. Jesús le anuncia primero el perdón, una afirmación que provoca preguntas entre los escribas. La curación visible confirma en el relato su autoridad para perdonar.

La obra de Jesús alcanza tanto la necesidad corporal como nuestra relación con Dios. Esto no significa que la parálisis fuera consecuencia de un pecado particular: el texto no establece esa relación. La escena muestra también el valor de quienes acompañan y buscan ayuda para alguien que no puede llegar por sí mismo.

Marcos 4:39 a 40 «Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?»

Los discípulos atraviesan una tormenta y temen por sus vidas. Jesús calma el viento y el mar, y después les pregunta por su confianza. El asombro que sigue los conduce a preguntarse quién es aquel a quien obedecen incluso esas fuerzas.

La autoridad de Cristo sobre la creación invita a conocerlo más profundamente. La escena no promete que toda dificultad del creyente desaparecerá de inmediato. Sí permite recordar que, en medio del temor, podemos acudir a Él y seguir aprendiendo a confiar.

Mateo 14:19 a 20 «Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas».

La multitud ha permanecido con Jesús y necesita alimento. Los recursos disponibles parecen insuficientes, pero Él toma los panes y los peces, bendice y los entrega por medio de sus discípulos. El Evangelio presenta una provisión extraordinaria que permite comer a todos.

La compasión de Jesús atiende también al hambre concreta de las personas. Los discípulos participan distribuyendo lo recibido: aprenden que la preocupación por los demás debe convertirse en acción. La abundancia del relato dirige la mirada hacia quien puede sostener la vida y ofrecer un alimento más profundo, como desarrollará Juan 6.

Juan 11:25 a 26 «Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?»

Jesús pronuncia estas palabras ante Marta, cuyo hermano Lázaro ha muerto. En medio del duelo, la esperanza queda vinculada a su propia persona. Poco después llamará a Lázaro fuera del sepulcro, manifestando su autoridad sobre la muerte.

La promesa de Jesús alcanza más allá de la vida presente. Lázaro vuelve a una existencia mortal; su retorno no es todavía la resurrección gloriosa y definitiva que esperamos. La señal anticipa esa esperanza y prepara nuestra mirada para la resurrección del propio Cristo. En esta misma historia, Jesús llora, mostrando una compasión que participa del dolor de quienes ama.

Al recorrer estos acontecimientos, descubrimos una autoridad que se expresa en el cuidado: Jesús se acerca al apartado, levanta al paralítico, alimenta a la multitud y acompaña a quienes lloran. Sus obras invitan a confiar en Él y a reconocer la llegada del reino de Dios.

Los Evangelios también muestran que contemplar una señal no garantiza la fe. Algunos se acercan, otros permanecen indecisos y otros se oponen. El sentido de los milagros se comprende dentro de la misión de Jesús y de la respuesta que invita a darle.

Hoy podemos presentarle nuestras necesidades y pedir su intervención. Esa oración puede ir acompañada de atención médica, ayuda práctica y apoyo de otras personas. La ausencia de una curación no permite juzgar la fe de quien sufre ni concluir que Dios lo ha abandonado.

Estas señales nos preparan para contemplar con mayor atención los encuentros de Jesús. Detrás de cada necesidad hay una persona, y su manera de recibirla nos permite descubrir cómo se acerca Dios a nuestra vida.

20. Jesús y las personas: la dignidad, la acogida y la transformación de la vida

En los Evangelios, Jesús se encuentra con personas de historias muy distintas. Algunas poseen reconocimiento; otras viven apartadas o llevan consigo una reputación que parece cerrarles cualquier posibilidad de cambio. También hay niños, familias y personas que se acercan sin saber bien cómo expresar lo que necesitan.

Su manera de recibirlas permite conocer la profundidad de su amor. Jesús escucha, pregunta y reconoce a quien tiene delante. Su cercanía ofrece consuelo y también una llamada a la verdad. Cada persona recibe una atención que toma en serio tanto su dignidad como la posibilidad de una vida nueva.

Marcos 10:14 «Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios».

Algunas personas llevan niños para que Jesús los toque, pero los discípulos intentan impedirlo. Su reacción revela que todavía necesitan aprender a quiénes deben prestar atención. Jesús se indigna ante esa barrera y pide que los dejen acercarse.

Los pequeños tienen un lugar propio ante Dios y merecen ser recibidos con cuidado. Jesús los toma en sus brazos y los bendice. Su gesto invita a reconocer sus necesidades y a protegerlos, sin medir su importancia por lo que pueden aportar a los adultos. La referencia al reino muestra también la disposición confiada con la que estamos llamados a recibirlo.

Juan 4:7 «Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber».

Junto a un pozo, Jesús inicia una conversación mediante una petición sencilla. Habla con una mujer samaritana, atravesando las barreras religiosas y sociales que separaban a sus pueblos. A partir de esa necesidad cotidiana, el diálogo llegará a cuestiones profundas sobre su vida, la adoración y la identidad del Mesías.

Jesús se acerca a la persona antes de que ella haya comprendido quién es Él. Escucha sus preguntas y habla con verdad sobre su historia, sin reducirla a ella. La mujer terminará compartiendo con otros lo que ha descubierto, y su testimonio abrirá un camino para que también ellos se acerquen a Jesús.

Lucas 19:5 «Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa».

Zaqueo, jefe de recaudadores y hombre rico, se ha subido a un árbol para verlo. Jesús se detiene, lo llama por su nombre y anuncia que irá a su casa. La multitud murmura, porque considera que no debería alojarse con alguien de aquella reputación.

La acogida de Jesús abre un espacio en el que Zaqueo puede afrontar su propia vida. Ser recibido no significa que sus posibles injusticias queden aprobadas. El encuentro lo conduce a una respuesta que alcanza el uso de sus bienes y su responsabilidad hacia las personas perjudicadas.

Lucas 19:8 a 10 «Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».

La respuesta de Zaqueo se expresa en generosidad y reparación. Sus palabras muestran que el encuentro con Jesús alcanza aquello que puede haber causado daño. La salvación anunciada da lugar a una manera distinta de relacionarse con los bienes y con el prójimo.

El arrepentimiento produce frutos cuando asumimos la responsabilidad por nuestras acciones. Reparar no siempre será plenamente posible, pero podemos reconocer lo sucedido y hacer lo que esté en nuestras manos. Jesús resume aquí el propósito de su acercamiento: buscar y salvar a quienes se han perdido.

Lucas 7:44 «Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos».

Durante una comida en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer conocida en la ciudad como pecadora se acerca llorando y unge los pies de Jesús. Simón interpreta la escena desde su reputación. Jesús le pide que la mire y llama su atención hacia el amor que está mostrando.

La mirada de Cristo reconoce lo que un juicio apresurado puede pasar por alto. La pregunta «¿Ves esta mujer?» invita a percibir a la persona que está delante, con su dolor y su respuesta interior. No borra la gravedad del pecado; permite descubrir el arrepentimiento y la gratitud que están tomando forma.

Lucas 7:48 a 50 «Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz».

Jesús anuncia el perdón y despide a la mujer con una palabra de paz. La reacción de los comensales vuelve a plantear la pregunta por su autoridad. Para ella, el encuentro abre un futuro que ya no tiene que quedar definido únicamente por su pasado.

La salvación es recibida por la fe, y el amor expresado manifiesta la profundidad de esa respuesta. La mujer no compra el perdón mediante sus lágrimas o su perfume. El relato presenta una confianza que se acerca a Jesús y encuentra en Él misericordia.

Marcos 10:21 «Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz».

Un hombre que posee muchos bienes pregunta por la vida eterna. Jesús lo mira con amor y le dirige una llamada que alcanza el punto donde su corazón permanece atado. El hombre se marchará triste, porque le resulta difícil desprenderse de sus posesiones.

El amor de Jesús también puede manifestarse mediante una verdad exigente. En este encuentro, la invitación a dejar sus bienes pone de manifiesto aquello que le impide seguirlo. El relato no permite concluir que Jesús lo amó menos porque no respondió; muestra que la persona puede resistirse a una llamada recibida con amor.

Estos encuentros presentan distintas respuestas a una misma cercanía. Los niños son acogidos; una mujer conversa junto al pozo; Zaqueo recibe a Jesús y cambia su relación con los bienes; otra mujer encuentra perdón; un hombre rico escucha una invitación que todavía no puede asumir.

Jesús no trata a todos mediante una fórmula idéntica. Atiende a sus circunstancias y dirige a cada uno una palabra que alcanza su necesidad. Su amor une la acogida con la verdad y abre una posibilidad de transformación.

Esta manera de acercarse ofrece una orientación para nuestras relaciones. Podemos aprender a escuchar antes de definir a alguien por su reputación, cuidar a quienes suelen quedar al margen y hablar con sinceridad sin humillar. También necesitamos aceptar que cada persona responderá con su propia libertad.

Al contemplar a Jesús en estos encuentros, descubrimos al Salvador que busca al ser humano en medio de su historia. Su camino continuará hacia Jerusalén, donde ese amor tomará la forma de una entrega llevada hasta el final.

21. La última cena: el amor que sirve y la nueva alianza

El camino de Jesús llega a Jerusalén. Allí, mientras aumenta la oposición contra Él, reúne a sus discípulos para compartir una cena antes de su pasión. Los ha acompañado durante años: conoce sus esperanzas, sus temores y lo que todavía no comprenden. En esas horas les ofrece gestos y palabras que les permitirán entender el significado de su entrega.

La mesa se convierte en un lugar de servicio, memoria y promesa. Jesús lava los pies de sus discípulos y les entrega el pan y la copa, relacionándolos con su cuerpo y su sangre. Su muerte se acerca, y Él comienza a explicar cómo debe ser recibida y recordada.

Juan 13:1 «Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

Juan abre el relato destacando la conciencia de Jesús y la continuidad de su amor. Lo que sucederá forma parte de una entrega que lleva a plenitud su misión. La expresión «hasta el fin» permite contemplar tanto la perseverancia de ese amor como su profundidad.

Jesús afronta su hora manteniendo el amor hacia quienes le han sido confiados. Sus discípulos todavía cometerán errores graves: uno lo traicionará, otro lo negará y los demás se dispersarán. Él conoce su fragilidad y sigue cuidándolos, sin dejar de advertirles sobre lo que necesitan afrontar.

Juan 13:4 a 5 «Se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido».

Lavar los pies era una tarea humilde, vinculada a la hospitalidad y habitualmente realizada por un servidor. Jesús la asume personalmente. El maestro se inclina ante quienes lo siguen y atiende una necesidad sencilla.

Su autoridad se expresa mediante un servicio que se acerca y cuida. El gesto prepara a los discípulos para comprender la entrega de su vida. Quien posee una dignidad singular no utiliza esa dignidad para evitar el servicio, sino que muestra en él la profundidad de su amor.

Juan 13:8 «Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo».

Pedro se resiste a recibir un gesto que le parece impropio de su maestro. Jesús le muestra que necesita aceptar lo que Él viene a realizar a su favor. El lavatorio adquiere así un significado que va más allá de la limpieza corporal y apunta hacia la purificación que Cristo ofrece.

La relación con Jesús comienza también por dejarnos servir y limpiar por Él. A veces nos resulta más fácil prometer lo que haremos por Dios que reconocer cuánto necesitamos recibir de su gracia. Pedro tendrá que aprender que su confianza no puede descansar únicamente en la fuerza de sus propias decisiones.

Juan 13:14 a 15 «Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis».

Después del gesto, Jesús explica su alcance para la vida compartida. Sus discípulos deben aprender a servirse mutuamente, sin considerar que una tarea de cuidado queda por debajo de su dignidad.

La comunidad de creyentes está llamada a reflejar el servicio de su Señor. Ese ejemplo puede expresarse en acompañar a una persona enferma, atender una necesidad cotidiana o asumir una responsabilidad sin buscar reconocimiento. La iglesia, entendida como quienes creen en Cristo, debe vivir relaciones en las que las personas reciban cuidado y puedan ofrecerlo.

Lucas 22:19 «Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí».

Jesús toma el pan, da gracias y lo entrega relacionándolo con su cuerpo, que será dado por ellos. La cena dirige la mirada hacia su muerte y ofrece a los discípulos una manera de recordarla.

La entrega de Cristo debe ocupar el centro de la memoria de los creyentes. Participar en la cena del Señor implica volver a su obra salvadora con gratitud y fe. Las tradiciones cristianas explican de distintas maneras su presencia en el pan y el vino; todas deben tomar en serio sus palabras y el significado de su entrega.

Lucas 22:20 «De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama».

El «pacto», o alianza, expresa la relación que Dios establece con su pueblo. Jesús anuncia que su sangre derramada está vinculada al nuevo pacto prometido en Jeremías 31:31 a 34, donde Dios habla del perdón y de una ley escrita en el corazón.

La nueva alianza se fundamenta en la entrega de Jesucristo y abre un camino de perdón y renovación interior. La copa recuerda que esa reconciliación tiene un coste real: su vida será entregada. Sus palabras preparan a los discípulos para comprender la cruz desde el propósito salvador de Dios.

Mateo 26:29 «Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre».

La cena contiene también una promesa de futuro. Jesús mira más allá de la pasión y habla de una comunión renovada en el reino del Padre. La despedida queda acompañada de esperanza.

La memoria de su entrega está unida a la expectativa de estar con Él. Por eso, la cena del Señor reúne gratitud por lo que ha hecho y esperanza en lo que todavía cumplirá. Como recuerda 1 Corintios 11:26, los creyentes anuncian su muerte hasta que Él venga.

En esa mesa, Jesús ofrece a sus discípulos una ayuda para comprender las horas que se aproximan. El lavatorio muestra un amor que sirve; el pan y la copa anuncian una vida entregada; la promesa del reino sostiene la esperanza más allá del dolor.

Recibir estas palabras nos llama a examinar cómo participamos en la vida de la comunidad. Recordar a Cristo implica atender a quienes comparten la mesa con nosotros, buscar la reconciliación y cuidar de los más vulnerables. La memoria de su entrega debe producir una disposición semejante a la suya.

La cena concluirá y Jesús saldrá con sus discípulos hacia el monte de los Olivos. Allí, en la oración de Getsemaní, conoceremos más de cerca la profundidad humana de su sufrimiento y la fidelidad con la que se entrega a la voluntad del Padre.

22. Getsemaní: la oración, la angustia y la entrega al Padre

Después de la última cena, Jesús sale con sus discípulos hacia el monte de los Olivos. En Getsemaní, un lugar cuyo nombre se relaciona con una prensa de aceite, busca recogimiento para orar. La traición y el arresto están próximos, y el relato nos permite acercarnos a la profundidad del sufrimiento que comienza a afrontar.

Quien ha consolado a otros expresa ahora su propia tristeza y pide compañía. Su humanidad aparece con una claridad conmovedora: conoce la angustia ante lo que viene y la lleva ante el Padre. La obediencia de Jesús se manifiesta en una entrega que atraviesa el dolor, sostenida por su relación con Dios.

Mateo 26:37 a 38 «Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo».

Jesús se aparta con Pedro, Santiago y Juan y les comunica lo que está viviendo. La expresión «hasta la muerte» transmite la intensidad de su tristeza. También les pide que permanezcan cerca y velen con Él.

El Hijo de Dios hecho hombre conoce una angustia real y acepta expresar su necesidad de compañía. Esta escena dignifica la experiencia de quienes atraviesan momentos de profunda aflicción. Reconocer el dolor y pedir apoyo puede formar parte de una vida fiel; no supone haber perdido la confianza en Dios.

Mateo 26:39 «Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú».

La copa representa el sufrimiento que Jesús está a punto de afrontar en su pasión y muerte, dentro de su misión salvadora. Su petición expresa el deseo humano de que ese padecimiento pueda ser evitado. Al mismo tiempo, se confía a la voluntad del Padre.

Jesús lleva su deseo y su sufrimiento a la oración, y se entrega libremente al propósito de Dios. Su obediencia no convierte el dolor en algo fácil ni borra su humanidad. En la comprensión cristiana de su persona, su voluntad humana se conforma plenamente a la voluntad divina, sin que esa humanidad sea anulada.

Mateo 26:40 a 41 «Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil».

Los discípulos no logran mantenerse despiertos. Pedro, que poco antes había afirmado su disposición a permanecer fiel, necesita reconocer los límites de sus fuerzas. Jesús lo llama a velar y orar ante la prueba que se aproxima.

Las buenas intenciones necesitan ser sostenidas por la oración y una atención humilde a nuestra fragilidad. Aquí, «la carne» señala la debilidad humana; no significa que el cuerpo sea malo. El cansancio y el temor pueden poner a prueba decisiones que parecían firmes, por lo que necesitamos preparación y ayuda.

Mateo 26:42 «Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad».

Jesús vuelve a orar. Su petición permanece dentro de una confianza que acepta el camino recibido del Padre. Mateo contará que ora una tercera vez con las mismas palabras, mostrando una perseverancia sincera.

Repetir una oración puede expresar una entrega que necesita renovarse en medio de la dificultad. La advertencia de Jesús contra las vanas repeticiones no excluía esta perseverancia. En Getsemaní, las palabras repetidas nacen de una relación real y de un sufrimiento que sigue presente.

Lucas 22:43 a 44 «Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra».

Lucas describe una oración intensa y una ayuda recibida en medio de la agonía. La comparación del sudor con grandes gotas de sangre comunica la gravedad de lo que Jesús está viviendo; por sí sola, no permite establecer con certeza un diagnóstico médico.

La fortaleza recibida lo sostiene para continuar su misión, aunque el sufrimiento no sea retirado. Estos dos versículos presentan diferencias de transmisión entre los manuscritos antiguos y por eso algunas Biblias los señalan con una nota. La Reina-Valera de 1960 los incluye; el conjunto de los Evangelios confirma, en cualquier caso, la profunda angustia y la oración de Jesús.

Mateo 26:46 «Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega».

Después de orar, Jesús se dirige hacia el momento del arresto. Sus palabras muestran una disposición activa a afrontar lo que viene. La entrega anunciada durante la cena comienza a hacerse visible en los acontecimientos de aquella noche.

Jesús permanece fiel al Padre y asume voluntariamente el camino de su pasión. Esto no elimina la responsabilidad de quienes lo traicionan o actúan injustamente contra Él. El propósito salvador de Dios se desarrolla en una historia donde las decisiones humanas conservan su gravedad.

Getsemaní nos permite contemplar una obediencia profundamente humana. Jesús expresa tristeza, pide compañía y ora con insistencia. Su confianza no depende de sentirse libre de angustia, sino de permanecer unido al Padre mientras la atraviesa.

Para quien sufre, esta escena puede ofrecer una cercanía especial. Podemos acudir a Dios con palabras que todavía nacen del miedo y pedir que una dificultad sea apartada. También podemos buscar apoyo y aprender a confiar cuando el camino no cambia como esperábamos. La oración permite presentar lo que sentimos sin tener que ocultarlo detrás de una apariencia de fortaleza.

La entrega de Jesús es singular y pertenece a su misión salvadora. Por eso, no debemos utilizar Getsemaní para exigir que alguien acepte pasivamente un abuso o abandone la búsqueda de protección. Su ejemplo nos enseña sinceridad, perseverancia y confianza, mientras discernimos responsablemente lo que nos corresponde hacer.

La noche continuará con el arresto. Los discípulos conocerán sus propios límites, y Jesús afrontará la violencia manteniendo la fidelidad que ha expresado en su oración. El amor anunciado en la última cena seguirá tomando forma en cada paso hacia la cruz.

23. El arresto y el juicio de Jesús: la verdad frente a la injusticia

La oración de Getsemaní queda interrumpida por la llegada de quienes vienen a detener a Jesús. Judas los acompaña. Durante las horas siguientes, los Evangelios mostrarán una sucesión de interrogatorios, acusaciones y decisiones que conducirán a la condena.

En medio de esa violencia, Jesús mantiene la fidelidad al Padre. Sus palabras y sus silencios permiten contemplar una autoridad que no depende de imponerse por la fuerza. El que ha enseñado la verdad afronta ahora un proceso marcado por la injusticia, sin abandonar el propósito de su entrega.

Lucas 22:48 «Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?»

Judas utiliza un gesto de cercanía para identificar a Jesús ante quienes vienen a arrestarlo. La pregunta revela la contradicción entre el significado del beso y la intención con la que se ofrece. La traición procede de alguien que ha compartido su mesa y escuchado sus enseñanzas.

Jesús pone al descubierto el mal sin ocultarlo bajo la apariencia de afecto. Su palabra llama a Judas a reconocer lo que está haciendo. El relato invita también a examinar nuestras propias contradicciones: una relación puede ser dañada cuando utilizamos la confianza de otro en beneficio nuestro.

Mateo 26:52 a 54 «Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?»

Uno de los que están con Jesús intenta defenderlo mediante una espada. Jesús detiene esa respuesta y recuerda que podría pedir al Padre una protección muy superior. Su arresto no se explica como una falta de poder, sino dentro de la entrega que ha aceptado.

La misión salvadora de Cristo no se llevará adelante mediante la violencia de sus discípulos. Lucas añade que Jesús sana al hombre herido durante el incidente. Incluso en el momento de su detención, su acción conserva el cuidado por la persona. Estas palabras cuestionan especialmente el uso de la fuerza para imponer la fe o defender el nombre de Jesús.

Marcos 14:61 a 62 «Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo».

Ante acusaciones que no concuerdan, Jesús guarda silencio. Cuando se le pregunta directamente por su identidad, responde afirmando quién es. Sus palabras evocan el Salmo 110 y Daniel 7:13 a 14, donde aparecen la autoridad junto a Dios y la figura del Hijo del Hombre que recibe un dominio perdurable.

El acusado anuncia que su verdadera autoridad será manifestada por Dios. Quienes lo interrogan ven a un hombre sometido a su poder; Jesús señala una realidad que supera aquella escena. Su respuesta será considerada blasfema por las autoridades presentes y contribuirá a la decisión de condenarlo.

El relato se refiere a responsables y participantes concretos. No autoriza a atribuir la culpa a todo el pueblo judío, al que pertenecían también Jesús, sus discípulos y sus primeros seguidores.

Lucas 22:61 a 62 «Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente».

Mientras Jesús afronta el interrogatorio, Pedro niega conocerlo. El discípulo que había prometido permanecer fiel descubre su debilidad ante el miedo. La mirada de Jesús lo lleva a recordar la advertencia recibida y a reconocer lo sucedido.

La caída de Pedro no será el final de su relación con Cristo. Sus lágrimas expresan el dolor de haberlo negado, y los relatos de la resurrección mostrarán su restauración. Esta escena ofrece esperanza a quien necesita afrontar una falta grave sin justificarla ni rendirse a la desesperación.

Juan 18:36 a 37 «Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz».

Ante Pilato, Jesús explica la naturaleza de su reino. «No es de este mundo» señala que su origen y su autoridad no proceden de los poderes humanos. Su reino tiene consecuencias para nuestra vida en la tierra, pero no se establece mediante la lucha de sus servidores.

La realeza de Jesús se manifiesta en su testimonio de la verdad y en su fidelidad al Padre. Su respuesta invita a escuchar su voz. En este contexto, la referencia de Juan a «los judíos» designa a los adversarios y autoridades implicados en su entrega, no a todos los integrantes del pueblo.

Lucas 23:4 «Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre».

Pilato reconoce que no encuentra fundamento para condenarlo. Sin embargo, esa declaración no lo llevará a proteger a Jesús de manera efectiva. Los Evangelios muestran cómo la presión y el cálculo político pueden imponerse al deber de hacer justicia.

Reconocer lo correcto exige también asumir la responsabilidad de actuar conforme a ello. La escena interpela a quienes tienen autoridad y a cualquier persona que, por temor o conveniencia, puede permanecer pasiva ante un daño que sabe injusto.

Marcos 15:15 «Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado».

La decisión final deja ver el motivo de Pilato: satisfacer a la multitud reunida. Jesús es azotado y entregado a la crucifixión, un castigo romano de extrema crueldad. La autoridad que debía juzgar con justicia termina cediendo a la presión.

La condena de Jesús revela el daño que producen el abuso de poder, la manipulación y la cobardía moral. Su entrega voluntaria no convierte esas acciones en justas. Dios llevará adelante su obra salvadora sin que por ello desaparezca la responsabilidad de quienes han actuado contra Él.

Al recorrer estas horas, encontramos respuestas distintas ante la verdad: Judas traiciona, Pedro cede al miedo, las autoridades buscan la condena y Pilato abandona una justicia que ha reconocido. Jesús permanece fiel en medio de todas ellas.

Esta historia nos invita a examinarnos con humildad. Podemos preguntarnos cómo utilizamos la confianza que recibimos, qué hacemos cuando sentimos miedo y si estamos dispuestos a defender lo justo cuando tiene un coste. La fidelidad a Cristo necesita expresarse también en nuestras decisiones ante la injusticia.

Jesús será llevado ahora hacia el lugar de la crucifixión. Allí, la condena humana se encontrará con una entrega cuyo alcance los discípulos solo comprenderán plenamente a la luz de la resurrección.

24. La crucifixión y la muerte de Jesús: el amor que se entrega para salvarnos

Después de la condena, Jesús es conducido al Gólgota, nombre que significa «Lugar de la Calavera». Allí lo crucifican entre dos hombres condenados. La crucifixión era un suplicio romano que causaba un sufrimiento extremo y exponía públicamente al ajusticiado a la humillación.

Los Evangelios nos invitan a contemplar esta escena con recogimiento. Aquel que había sanado, enseñado y recibido a tantas personas queda ahora clavado en una cruz. Su entrega llega hasta la muerte y cumple el propósito salvador anunciado desde el comienzo de su misión. Para comprenderla, debemos escuchar sus palabras y atender al significado que las Escrituras dan a lo sucedido.

Lucas 23:33 a 34 «Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes».

En medio de la violencia, Jesús dirige al Padre una petición de perdón por quienes participan en ella. Su oración expresa, dentro de su propio sufrimiento, el amor a los enemigos que había enseñado.

La misericordia de Jesús permanece incluso cuando recibe un daño injusto. La referencia a la ignorancia de quienes actúan no convierte sus acciones en inocentes; muestra la profundidad de su intercesión. Esta oración presenta diferencias entre los manuscritos antiguos y algunas ediciones lo indican en una nota; la Reina-Valera de 1960 la recoge.

Lucas 23:42 a 43 «Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso».

Uno de los crucificados reconoce su propia culpa, afirma la inocencia de Jesús y se vuelve hacia Él con una petición de confianza. Aunque lo ve sufriendo, espera en su reino. Jesús le responde con una promesa de comunión: estará con Él.

La salvación se recibe como un don de la gracia de Dios, mediante la fe. Este hombre no dispone de tiempo para rehacer su historia ni compensar todo el daño causado, pero se acerca arrepentido y encuentra misericordia. Su caso ofrece esperanza sin justificar que pospongamos deliberadamente nuestra respuesta a Dios.

Juan 19:26 a 27 «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa».

Desde la cruz, Jesús atiende a María y la confía al cuidado del discípulo amado. La palabra «mujer» es una forma de dirigirse a ella que, en aquel contexto, no expresa desprecio. El relato concluye mostrando la respuesta concreta del discípulo, que la recibe en su casa.

El amor de Jesús conserva una atención personal hacia quienes sufren a su lado. En medio de su propia agonía, procura cuidado para su madre. El gesto recuerda que la fe debe hacerse visible también en la responsabilidad hacia nuestros familiares y hacia quienes necesitan compañía.

Marcos 15:34 «Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Jesús pronuncia las palabras iniciales del Salmo 22. Su clamor expresa una profundidad de sufrimiento que debemos respetar, sin reducirla a una frase que únicamente aparenta dolor. Al mismo tiempo, sigue dirigiéndose a Dios como «Dios mío».

El Hijo encarnado lleva ante el Padre la hondura de su aflicción. El salmo comienza con un lamento y avanza hacia la confianza y la alabanza, ofreciendo un marco bíblico para escuchar este grito. Las palabras de Jesús no deben entenderse como una ruptura de la unidad divina entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Juan 19:28 a 30 «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu».

La sed manifiesta la realidad de su sufrimiento corporal. Juan relaciona estos acontecimientos con el cumplimiento de las Escrituras y culmina el relato con las palabras «Consumado es»: la obra que Jesús había recibido del Padre ha sido llevada a término.

Su muerte constituye la culminación de una entrega voluntaria y fiel. Esto no significa que los acontecimientos posteriores carezcan de importancia: su resurrección será esencial para la esperanza cristiana. En la cruz se completa la entrega de su vida, y la resurrección manifestará su victoria sobre la muerte.

Mateo 27:51 «Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron».

El velo del templo señalaba una separación vinculada al acceso al lugar santísimo. Mateo relata que se rasga cuando Jesús muere. A la luz de Hebreos 10:19 a 22, este acontecimiento se comprende como una señal del acceso a Dios abierto por la entrega de Cristo.

Mediante Jesús podemos acercarnos al Padre con confianza. La reconciliación se fundamenta en su obra, y no en nuestra capacidad de superar por nosotros mismos la distancia causada por el pecado.

1 Pedro 2:24 «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados».

Pedro explica el significado salvador de la cruz mediante el lenguaje de Isaías 53. Jesús lleva nuestros pecados y abre una vida nueva, orientada hacia la justicia. Su entrega afronta aquello que nos separa de Dios y nos llama a abandonar el mal.

Cristo murió por nuestros pecados para reconciliarnos con Dios y transformar nuestra vida. En este contexto, la sanidad se relaciona con la restauración de quienes se habían extraviado, como muestra el versículo siguiente. No establece una garantía de curación física inmediata para todo creyente.

Al contemplar la cruz, descubrimos la gravedad del pecado y la profundidad del amor de Dios. El daño humano aparece en la traición, la injusticia y la violencia; la misericordia divina se manifiesta en el Hijo que entrega su vida por nosotros. Esta obra nace del amor compartido del Padre y del Hijo, como expresa Juan 3:16.

Por eso, la cruz debe conducirnos al agradecimiento, al arrepentimiento y a la confianza. Jesús ofrece el perdón que no podemos procurarnos por nuestros propios méritos, y nos llama a recibirlo mediante una fe que comience a transformar nuestra manera de vivir.

Su cuerpo será depositado en un sepulcro, y sus discípulos atravesarán horas de tristeza y desconcierto. Pero la historia continuará. La mañana de la resurrección permitirá comprender que aquel que verdaderamente murió vive, y que su entrega ha abierto una esperanza más fuerte que la muerte.

25. La sepultura de Jesús: el duelo, la espera y la realidad de su muerte

Después de la muerte de Jesús, el Gólgota queda envuelto en el dolor de quienes lo han acompañado. Sus seguidores deben afrontar una realidad que todavía no saben comprender: el maestro en quien habían puesto su esperanza ha muerto. Antes de que llegue el anuncio de la resurrección, los Evangelios se detienen en el cuidado de su cuerpo y en el lugar donde será sepultado.

En esas horas aparecen personas que actúan con valentía y afecto. José de Arimatea pide el cuerpo; Nicodemo aporta lo necesario para la sepultura; las mujeres observan y preparan aromas. El amor continúa expresándose mediante gestos de cuidado cuando parece que ya no queda nada por hacer.

Marcos 15:44 a 45 «Pilato se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo venir al centurión, le preguntó si ya estaba muerto. E informado por el centurión, dio el cuerpo a José».

Antes de autorizar la entrega del cuerpo, Pilato solicita información al oficial responsable de la ejecución. Marcos incorpora así una confirmación de la muerte dentro del propio relato.

La esperanza de la resurrección parte de que Jesús murió verdaderamente. Los Evangelios no presentan a un hombre que se recupera de un desmayo. Su cuerpo es entregado para la sepultura, y la vida que después manifestará deberá comprenderse como victoria sobre una muerte real.

Juan 19:38 «Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús».

José había mantenido en secreto su relación con Jesús por temor a sus adversarios. Ahora realiza una petición que hace visible su vinculación con Él. En el contexto de Juan, la referencia a «los judíos» señala aquí a quienes podían tomar represalias, especialmente las autoridades contrarias a Jesús; no atribuye esa hostilidad a todo el pueblo.

Una persona que ha vivido con miedo puede encontrar valor para dar un paso de fidelidad. José no puede cambiar la condena que ya ha ocurrido, pero sí puede asumir una responsabilidad concreta. Su acción recuerda que reconocer nuestras vacilaciones no impide responder de una manera nueva.

Juan 19:39 a 40 «También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos».

Nicodemo vuelve a aparecer en el Evangelio. Aquel hombre que había conversado con Jesús de noche participa ahora en el cuidado de su cuerpo. La abundante cantidad de aromas expresa el honor con el que realizan la sepultura.

El cuerpo de Jesús recibe una atención que reconoce la dignidad de su humanidad. Envolverlo y preparar su sepultura son actos de respeto y amor. La escena invita también a valorar el cuidado de los difuntos y el acompañamiento de sus familias como expresiones de humanidad y compasión.

Juan 19:41 a 42 «Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús».

Juan sitúa la sepultura en un huerto cercano al lugar de la crucifixión. El sepulcro es nuevo, y la proximidad permite depositar el cuerpo antes del comienzo del descanso festivo. Los detalles pertenecen a las circunstancias concretas de aquella tarde.

La historia de Jesús pasa por un lugar de muerte identificable para quienes lo acompañaban. Ese mismo lugar aparecerá después en el relato del sepulcro vacío. La narración mantiene así la continuidad entre el cuerpo sepultado y el Señor cuya resurrección será anunciada.

Lucas 23:55 a 56 «Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento».

Las mujeres observan dónde y cómo queda sepultado Jesús. Después preparan lo necesario para volver y atender su cuerpo. Su conducta muestra una fidelidad que permanece durante el duelo.

El relato las presenta como testigos de la sepultura y, más adelante, como primeras destinatarias del anuncio de la resurrección. En ese momento están preparándose para honrar a un difunto; todavía no esperan encontrar el sepulcro vacío. El descanso del sábado deja sus cuidados pendientes hasta la mañana siguiente.

Entre la sepultura y la resurrección hay un tiempo de silencio. Los discípulos no contemplan todavía lo que Dios va a realizar. Conocen la pérdida, el miedo y el desconcierto, y deben atravesarlos sin disponer aún de una explicación que reúna todo lo sucedido.

Esta espera puede acercarnos a nuestras propias experiencias de duelo. Acompañar una muerte exige dar lugar a la tristeza, cuidar a quienes quedan y reconocer que algunas preguntas no encuentran respuesta inmediata. La fe puede sostenernos mientras lloramos, sin exigir que ocultemos el dolor.

El cuidado de José, Nicodemo y las mujeres muestra que incluso en esas horas hay acciones valiosas: ofrecer presencia, asumir una tarea y tratar con dignidad a quien ha muerto. Son gestos sencillos que ayudan a otras personas a atravesar una pérdida.

El sepulcro queda cerrado, pero la historia no ha terminado. Quienes se preparan para regresar con aromas descubrirán que Dios ha actuado de una manera que supera sus expectativas. La mañana del primer día de la semana abrirá una etapa nueva: el anuncio de que Jesús ha resucitado.

26. La resurrección de Jesús: la victoria sobre la muerte y el comienzo de una esperanza nueva

Al amanecer del primer día de la semana, unas mujeres se acercan al sepulcro. Llevan preparados los aromas para atender el cuerpo de Jesús. Su intención nace del amor y del duelo: esperan encontrar a quien vieron morir y ser sepultado. Pero aquella mañana les reserva un encuentro que transformará su comprensión de todo lo sucedido.

El anuncio de la resurrección llega en medio de la sorpresa y el temor. Los discípulos necesitarán escuchar, comprobar y encontrarse con Jesús para comprenderlo. El que verdaderamente murió vive ahora con una vida que la muerte ya no puede vencer. Desde ese acontecimiento, la cruz y sus promesas adquirirán una luz nueva.

Lucas 24:5 a 6 «Y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea».

Las mujeres reciben una noticia que cambia el sentido de su visita. El sepulcro vacío queda acompañado de un anuncio y de una invitación a recordar las palabras de Jesús. Lo ocurrido debe comprenderse a la luz de lo que Él había enseñado sobre su muerte y resurrección.

La resurrección confirma que la entrega de Jesús no terminó en una derrota definitiva. Su ausencia del sepulcro forma parte del testimonio, junto con sus posteriores apariciones. Los Evangelios presentan estos encuentros como la base de la proclamación que comenzarán a compartir sus seguidores.

Juan 20:16 «Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)».

María Magdalena permanece llorando cerca del sepulcro. Al principio no reconoce a Jesús; el encuentro cambia cuando Él la llama por su nombre. En medio de una experiencia desconcertante, descubre que aquel a quien buscaba está vivo.

El Señor resucitado conserva una relación personal con quienes lo han seguido. La victoria sobre la muerte se hace cercana en una palabra dirigida a María. Ella recibirá después la misión de comunicar a los discípulos lo que ha conocido: su tristeza comienza a abrirse hacia el testimonio y la esperanza.

Lucas 24:25 a 27 «Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían».

Dos discípulos caminan hacia Emaús llevando consigo la decepción de sus esperanzas. Jesús se acerca, escucha su relato y les ayuda a comprender las Escrituras. Su muerte, que ellos habían interpretado como el final de la promesa, pertenece al camino mediante el cual cumple su misión.

La resurrección permite comprender la cruz dentro del propósito salvador de Dios. Jesús les enseña a leer el conjunto de las Escrituras en relación con Él. Más adelante lo reconocerán al partir el pan, y regresarán a Jerusalén para compartir lo sucedido.

Lucas 24:39 «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo».

Cuando Jesús se presenta ante sus discípulos, estos se asustan y piensan que ven un espíritu. Él les muestra sus manos y sus pies y los invita a comprobar la realidad de su presencia. Después come delante de ellos.

La resurrección de Jesús es corporal: el crucificado ha resucitado realmente. No se trata únicamente de que su recuerdo permanezca vivo ni de una aparición sin cuerpo. Al mismo tiempo, su vida resucitada posee una condición transformada: Juan relata que se presenta estando las puertas cerradas, sin explicar el modo en que sucede. Los textos afirman esa realidad sin ofrecernos una descripción completa de sus capacidades.

Juan 20:27 a 29 «Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron».

Tomás había expresado su dificultad para aceptar el testimonio de los demás. Jesús se acerca a él y responde a esa necesidad, invitándolo a creer. El relato no afirma que Tomás llegara a tocar sus heridas; recoge su respuesta de reconocimiento y adoración.

Tomás confiesa al Resucitado como su Señor y su Dios. Sus palabras enlazan con el comienzo del Evangelio según Juan, donde el Verbo es presentado como Dios. Jesús dirige también una promesa hacia quienes creerán sin haberlo visto, apoyándose en el testimonio transmitido por sus primeros seguidores.

Romanos 6:9 «Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él».

Pablo explica una diferencia esencial entre la resurrección de Jesús y el retorno a la vida mortal de personas como Lázaro. Cristo ha entrado en una vida sobre la que la muerte ya no tiene dominio.

Su resurrección es una victoria definitiva, y en ella se fundamenta la esperanza de los creyentes. Quien se une a Él por la fe recibe también una llamada a vivir de una manera nueva, como desarrolla este mismo capítulo de Romanos.

1 Corintios 15:20 «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho».

Las «primicias» eran los primeros frutos de una cosecha y anunciaban lo que vendría después. Pablo utiliza esa imagen para explicar que la resurrección de Cristo abre el camino a la de quienes le pertenecen. «Los que durmieron» se refiere aquí a quienes han muerto.

La esperanza cristiana incluye nuestra propia resurrección corporal, por el poder de Dios. La continuidad de nuestra identidad irá unida a una transformación: recibiremos una vida incorruptible, como explica 1 Corintios 15:42 a 44. No será simplemente recuperar la condición mortal que ahora conocemos, sino participar en una existencia renovada.

La mañana de la resurrección transforma el horizonte de los discípulos. El dolor vivido no desaparece de su historia, pero deja de ser su desenlace. Jesús está vivo, y sus encuentros les permiten reconocer que Dios ha cumplido una promesa más grande de lo que habían comprendido.

Para quien busca conocer la fe cristiana, este es su acontecimiento central. Para quien cree, constituye el fundamento de la confianza ante la muerte y de una vida que comienza a renovarse en el presente. La esperanza descansa en Jesucristo resucitado, que vive y llama a permanecer unidos a Él.

María recibe una misión, los discípulos de Emaús regresan y Tomás confiesa su fe. Los encuentros con el Resucitado los van preparando para compartir la buena noticia. Su historia continuará con el perdón, la restauración de quienes habían fallado y el envío a anunciar su nombre.

27. El Resucitado restaura y envía: el perdón, el cuidado y la misión de sus discípulos

Después de la resurrección, Jesús se acerca a unos discípulos que todavía llevan consigo el miedo y el recuerdo de sus propias faltas. Han vivido su muerte, han escuchado noticias sorprendentes y comienzan a encontrarse con Él. Necesitan comprender lo sucedido y descubrir qué lugar pueden tener ahora en su misión.

El Resucitado les ofrece paz, vuelve a compartir momentos de cercanía y les confía responsabilidades. Pedro, que lo había negado, recibirá una llamada personal al amor y al cuidado. La gracia de Cristo abre un futuro en el que el reconocimiento de nuestras faltas puede conducir a una fidelidad renovada.

Juan 20:19 «Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros».

Los discípulos están reunidos y temen las consecuencias de su relación con Jesús. En este contexto, la referencia a «los judíos» señala a los adversarios y autoridades cuya reacción les preocupa; no atribuye esa amenaza a todo el pueblo. Jesús se presenta en medio de ellos y les dirige un saludo de paz.

El Resucitado se acerca a quienes todavía viven encerrados por el temor. Su presencia les permite reconocerlo y alegrarse. La paz que ofrece comienza a transformar una comunidad que necesita recuperar la confianza después de lo ocurrido.

Juan 20:21 a 22 «Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».

Después de ofrecerles paz, Jesús los envía. Su misión deberá guardar relación con la que Él ha recibido del Padre: anunciar la verdad, servir y dar testimonio de la salvación. El gesto de soplar evoca el aliento de vida de Génesis 2:7 y presenta al Espíritu como don para esta nueva etapa.

Los discípulos son enviados con una ayuda que no procede únicamente de sus propias fuerzas. La acción del Espíritu los capacitará para vivir y compartir lo que han recibido. Este encuentro prepara la comprensión de Pentecostés, donde se manifestará públicamente el don prometido para el testimonio. Los cristianos interpretan de distintas maneras la relación precisa entre este don y Pentecostés; ambos relatos muestran que la misión depende de la acción del Espíritu.

Juan 21:12 a 13 «Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado».

Junto al mar de Galilea, después de una noche de pesca, Jesús recibe a sus discípulos con alimento preparado. El encuentro contiene una cercanía sencilla: los invita a comer y comparte con ellos lo que hay.

La vida resucitada de Jesús conserva su disposición a cuidar y recibir a los suyos. Antes de hablar de responsabilidades, hay una mesa y un gesto de atención. Esta escena permite contemplar la misión desde una relación sostenida por el amor, donde los discípulos también necesitan ser alimentados y acompañados.

Juan 21:15 «Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos».

Jesús se dirige a Pedro, que había afirmado que permanecería fiel aunque los demás fallaran. Ahora le pregunta por su amor y le confía el cuidado de sus corderos. La respuesta de Pedro descansa en el conocimiento que Jesús tiene de él.

La responsabilidad recibida nace de una relación de amor con Cristo y se orienta al cuidado de otras personas. «Apacentar» significa alimentar y atender al rebaño. La imagen expresa una tarea de servicio dentro de la comunidad de creyentes, cuyas vidas pertenecen al Señor que las confía.

Juan 21:17 «Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas».

La pregunta se repite tres veces. El relato invita a relacionarla con las tres negaciones de Pedro, aunque no lo explica expresamente. La tristeza del discípulo muestra que el encuentro alcanza una herida todavía presente.

Jesús restaura a Pedro sin tratar su caída como algo irrelevante. Lo conduce a una respuesta sincera y vuelve a confiarle una tarea. La restauración no elimina la necesidad de responsabilidad; abre un camino en el que la humildad y el amor pueden sustituir a la seguridad excesiva que antes tenía en sí mismo.

Mateo 28:18 a 20 «Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén».

El envío se fundamenta en la autoridad del Resucitado y alcanza a todos los pueblos. Hacer discípulos implica anunciar a Jesús, bautizar y enseñar a vivir conforme a su palabra. La misión requiere acompañamiento y aprendizaje, además de una primera respuesta de fe.

El propósito es ayudar a las personas a conocer a Cristo y crecer en obediencia a Él. Esto debe realizarse con respeto a su libertad, mediante un testimonio coherente con el amor enseñado por Jesús. La fórmula del bautismo reúne al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo bajo un único «nombre», contribuyendo al fundamento bíblico de la fe trinitaria.

La promesa final sostiene todo el envío: Cristo estará con los suyos. Su presencia no elimina las dificultades, pero permite afrontar la misión confiando en Él.

Lucas 24:46 a 47 «Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén».

Jesús reúne el contenido central del anuncio: su muerte y resurrección, y la invitación al arrepentimiento para recibir el perdón. La noticia que los discípulos compartirán nace de lo que Él ha realizado.

La misión cristiana anuncia la reconciliación con Dios mediante Jesucristo. Su alcance universal comienza en Jerusalén y se extenderá hacia otros pueblos. Quienes han recibido misericordia son llamados a compartirla, ayudando a otros a conocer la esperanza que les ha sido ofrecida.

Al contemplar estos encuentros, descubrimos una comunidad que comienza de nuevo. Sus miembros han mostrado debilidad, pero Jesús se acerca, les ofrece paz y los prepara para servir. Pedro recibe una restauración que une el amor con una responsabilidad concreta.

Esta historia puede sostener a quienes reconocen errores en su propio camino. Volver a Cristo implica sinceridad y disposición para cambiar; desde ahí puede abrirse una nueva etapa de fidelidad. La gracia recibida nos llama a cuidar mejor de las personas y a servir con mayor humildad.

También nos recuerda que la misión no pertenece únicamente a quienes hablan en público. La comunidad de creyentes participa mediante el testimonio, la enseñanza, la oración y el cuidado. Cada responsabilidad necesita permanecer vinculada al Señor que envía.

El siguiente paso del relato será la ascensión. Jesús concluirá esta etapa de encuentros visibles con sus discípulos y les prometerá el poder del Espíritu Santo para llevar su testimonio hasta los confines de la tierra.

28. La ascensión de Jesús: su señorío y la promesa del Espíritu Santo

Después de la resurrección, Jesús continúa encontrándose con sus discípulos y preparándolos para la misión. El libro de los Hechos sitúa estos encuentros a lo largo de cuarenta días, durante los cuales les habla del reino de Dios. La comunidad necesita comprender que comenzará una etapa distinta: dejarán de verlo como en aquellos días, pero seguirán contando con su presencia y su ayuda.

La ascensión culmina ese periodo. Jesús es elevado ante ellos y recibido en la gloria del Padre. El Señor resucitado continúa su obra desde una autoridad que alcanza el cielo y la tierra, mientras sus discípulos esperan el don del Espíritu Santo.

Hechos 1:3 «A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios».

Lucas presenta un tiempo de encuentros y enseñanza. Los discípulos reciben señales de que Jesús vive y siguen aprendiendo de Él. La resurrección no los convierte inmediatamente en personas que comprenden todo: necesitan preparación para lo que viene.

La misión de los apóstoles se apoya en su testimonio del Resucitado y en la enseñanza recibida de Él. Su predicación posterior volverá una y otra vez a estos acontecimientos, anunciando que aquel que murió ha sido levantado por Dios.

Hechos 1:4 a 5 «Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Antes de partir, Jesús les pide que esperen. La misión no debe comenzar como una iniciativa sostenida únicamente por su entusiasmo. Necesitan recibir la ayuda prometida por el Padre.

La vida y el testimonio de los creyentes requieren la acción del Espíritu Santo. Esta espera recuerda que la obediencia también puede consistir en no adelantarnos. La oración y la disposición para recibir lo que Dios da forman parte de la preparación para servir.

Hechos 1:7 a 8 «Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».

Los discípulos preguntan por la restauración del reino a Israel. Jesús dirige su atención hacia lo que les corresponde hacer y deja los tiempos en manos del Padre. Su tarea será dar testimonio de Él, comenzando cerca y avanzando hacia otros pueblos.

El poder del Espíritu se ofrece para el testimonio y el servicio. No concede autoridad para dominar a las personas ni permite controlar los tiempos de Dios. La mención de Samaria recuerda, además, que la misión atravesará barreras que habían separado a comunidades enteras.

Hechos 1:9 «Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos».

Jesús es elevado y una nube lo oculta de su vista. En las Escrituras, la nube aparece frecuentemente vinculada a la presencia y la gloria de Dios. El acontecimiento señala su entrada en la gloria del Padre y el final de esta etapa de encuentros visibles.

La ascensión expresa la exaltación del Hijo encarnado y resucitado. No significa que deje de ser humano ni que abandone a los suyos. Tampoco pretende describir el cielo como un lugar que podamos localizar mediante medidas astronómicas: el relato comunica una realidad que supera nuestra experiencia ordinaria.

Lucas 24:50 a 52 «Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo».

Lucas conserva una imagen especialmente cercana: Jesús bendice a sus discípulos mientras se separa de ellos. La despedida queda marcada por un gesto de bien y por la adoración de quienes reconocen su identidad.

Los discípulos regresan con alegría porque la ascensión pertenece a la victoria de Cristo. Todavía deberán esperar y afrontar dificultades, pero su partida no reproduce la desesperanza que habían vivido ante la cruz. Ahora saben que Él vive y confían en sus promesas.

Hebreos 1:3 «El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas».

La carta a los Hebreos reúne la identidad del Hijo, su poder sustentador y su obra salvadora. Estar «a la diestra» expresa el lugar de honor y autoridad junto al Padre; no debemos reducirlo a una descripción de una postura física de Dios.

El que entregó su vida por nosotros ejerce ahora su señorío en la gloria. Esta afirmación enlaza con el comienzo de nuestro recorrido: Jesucristo es el Hijo eterno por quien existe la creación, y es también quien ha asumido nuestra humanidad y realizado la purificación de nuestros pecados.

Hebreos 7:25 «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos».

La exaltación de Jesús tiene una consecuencia cercana para los creyentes. Su vida resucitada permanece, y su mediación a favor de quienes se acercan a Dios continúa. La intercesión expresa esa acción permanente del Salvador por los suyos.

Podemos acudir al Padre confiando en la mediación viva de Jesucristo. Su intercesión no significa que tenga que convencer a un Padre contrario a salvarnos: la obra del Hijo procede del amor del Padre y manifiesta su voluntad de reconciliación.

Al contemplar la ascensión, comprendemos que Jesús ha concluido una etapa de su presencia entre los discípulos, pero su relación con ellos continúa. El Resucitado reina, intercede y les ha prometido el Espíritu Santo. Su misión en la tierra seguirá adelante mediante una comunidad que aprende a depender de Él.

Esta esperanza nos permite vivir sin pretender conocer todos los tiempos ni controlar cada acontecimiento. Hay responsabilidades que sí nos corresponden: escuchar su palabra, servir y dar testimonio con fidelidad. La confianza en el señorío de Cristo puede sostener una vida activa, humilde y perseverante.

Los discípulos volverán a Jerusalén y permanecerán unidos en oración. Allí recibirán el don prometido. Pentecostés mostrará cómo el Espíritu Santo los fortalece y abre el camino para anunciar a Jesucristo a personas de distintas lenguas y pueblos.

29. Pentecostés: el Espíritu Santo y la vida de los creyentes

Después de la ascensión, los discípulos regresan a Jerusalén y permanecen unidos en oración. Esperan la promesa de Jesús sin saber exactamente cómo se manifestará. Entre ellos están los apóstoles, varias mujeres, María, la madre de Jesús, y sus hermanos. La comunidad se reúne sostenida por la esperanza en el Señor resucitado.

Durante la fiesta judía de Pentecostés, aquella espera da paso a un acontecimiento decisivo. El Espíritu Santo viene sobre ellos y los capacita para anunciar las maravillas de Dios. Jesucristo glorificado cumple su promesa y fortalece a los suyos para vivir y compartir el evangelio.

Hechos 2:1 a 4 «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen».

El relato describe el acontecimiento mediante comparaciones: un estruendo «como» de viento y lenguas «como» de fuego. Estas manifestaciones acompañan la venida del Espíritu, sin definir su naturaleza como aire o fuego. La comunidad recibe una capacidad que no procede de su preparación humana.

El Espíritu Santo actúa para hacer posible el testimonio de Jesucristo. Es el Espíritu divino que habla, guía y obra, como muestra el conjunto del Nuevo Testamento. Pentecostés representa un nuevo momento de su acción: el Espíritu que ya obraba en la creación y en la historia de Israel es derramado sobre la comunidad conforme a la promesa de Jesús.

Hechos 2:6 «Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua».

Jerusalén recibe durante la fiesta a personas de distintas procedencias. Cada una escucha en su lengua lo que los discípulos anuncian. El acontecimiento permite que el mensaje atraviese diferencias que normalmente dificultan la comunicación.

La buena noticia está destinada a ser comprendida por personas de todos los pueblos. Los creyentes deberán aprender a comunicarla con claridad, atendiendo al lenguaje y a las circunstancias de quienes escuchan. La misión comienza mostrando un alcance que va más allá de un solo grupo.

Hechos 2:32 a 33 «A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís».

Pedro explica lo sucedido dirigiendo la atención hacia Jesús. El acontecimiento de Pentecostés está unido a su resurrección y exaltación: el Señor glorificado ha derramado el Espíritu prometido.

La acción del Espíritu conduce a reconocer a Jesucristo y su obra salvadora. Pedro no convierte las manifestaciones extraordinarias en el centro de su anuncio. Explica quién es Jesús, lo que ha realizado y la respuesta que invita a darle.

Hechos 2:38 «Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo».

Las personas que han escuchado preguntan qué deben hacer. Pedro las llama a volverse hacia Dios y recibir el bautismo en el nombre de Jesucristo. Arrepentimiento, bautismo, perdón y don del Espíritu aparecen unidos en esta respuesta al evangelio.

Recibir a Cristo implica abrirse a una vida nueva, reconocida públicamente en el bautismo. La referencia a su nombre expresa la relación con Él y el reconocimiento de su autoridad; no contradice la enseñanza de Mateo 28:19 sobre bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Hechos 2:42 «Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones».

La vida de quienes reciben el mensaje comienza a tomar una forma compartida. Aprenden de los apóstoles, mantienen vínculos de comunión, participan en el partimiento del pan y oran. El entusiasmo inicial se convierte en perseverancia.

La acción del Espíritu sostiene una vida que aprende, comparte y permanece en oración. La iglesia, entendida como la comunidad de creyentes, crece alrededor de esas prácticas. La relación personal con Dios encuentra también un lugar de acompañamiento, aprendizaje y servicio junto a otros.

Hechos 2:44 a 45 «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno».

La comunión alcanza el uso de los bienes. Las necesidades de otros dejan de ser un asunto ajeno, y los creyentes comparten recursos para atenderlas. El relato muestra una generosidad concreta, nacida de la fe.

El amor de la comunidad se hace visible cuando procura que nadie quede abandonado en su necesidad. Esta práctica no autoriza a imponer la entrega de todas las posesiones: Hechos 5:4 reconoce la libertad del propietario. Su fuerza está en la disposición voluntaria a compartir y cuidar.

Gálatas 5:22 a 23 «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley».

Pablo describe el fruto de una vida guiada por el Espíritu. «Benignidad» expresa una disposición amable; «templanza», dominio propio; y «fe», en esta enumeración, incluye el sentido de fidelidad. Estas cualidades van dando forma al carácter y a las relaciones.

La madurez espiritual se reconoce también en un amor paciente, una conducta fiel y un dominio propio creciente. Los dones y las experiencias extraordinarias deben permanecer al servicio de ese bien. El fruto se desarrolla mediante una relación con Dios que transforma progresivamente nuestra vida.

Romanos 8:15 a 16 «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios».

La obra del Espíritu alcanza nuestra relación con el Padre. «Abba» es una expresión aramea de cercanía filial. Por medio de Cristo, los creyentes reciben la adopción y pueden acercarse a Dios como hijos.

El Espíritu sostiene una confianza que nace de sabernos recibidos por el Padre. Este testimonio no depende de sentir una emoción intensa en todo momento. La seguridad se fundamenta en la gracia de Dios y se fortalece mediante su Palabra y su acción en nosotros, incluso cuando atravesamos sequedad o dificultad.

Pentecostés abre una etapa de testimonio, aprendizaje y vida compartida. La comunidad que había esperado en oración comienza a anunciar a Jesús y a cuidar de quienes se incorporan a ella. El Espíritu fortalece su misión y transforma su manera de relacionarse.

Para quien busca comprender la fe cristiana, este acontecimiento muestra que seguir a Jesús incluye recibir una ayuda interior y participar en una comunidad. Para quien cree, recuerda que necesita permanecer abierto a la guía y la corrección de Dios. La vida en el Espíritu une la confianza filial, la transformación del carácter y el servicio al prójimo.

El camino de los creyentes continuará entre dificultades y esperanzas. El Señor que ha derramado su Espíritu permanece con ellos, y su promesa de volver orientará la mirada hacia la plenitud que todavía esperamos.

30. El regreso de Jesucristo: la resurrección y la esperanza de una creación renovada

La historia que hemos recorrido comienza antes de la creación y nos conduce hacia un futuro que todavía esperamos. El Hijo eterno se hizo hombre, entregó su vida, resucitó y fue recibido en la gloria del Padre. Desde allí sostiene a los suyos y les ha dado su Espíritu. Las Escrituras anuncian que volverá para llevar su obra a plenitud.

Esta esperanza alcanza a las personas y a la creación. El sufrimiento, la injusticia y la muerte no permanecerán para siempre. Jesucristo cumplirá la promesa de una vida renovada en la presencia de Dios, y esa confianza está llamada a orientar nuestra manera de vivir hoy.

Hechos 1:11 «Los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo».

Después de la ascensión, los discípulos reciben la promesa de que Jesús volverá. La expresión «este mismo Jesús» conserva la continuidad de su identidad: regresará el Señor que conocieron, que murió y resucitó.

La esperanza cristiana incluye el regreso personal de Jesucristo. Mientras lo esperan, sus seguidores deben atender la misión que les ha confiado. La mirada hacia el futuro los devuelve al presente, donde hay personas que necesitan escuchar el evangelio y recibir cuidado.

Mateo 24:36 «Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre».

Jesús establece un límite claro al conocimiento humano. La certeza de su regreso no concede capacidad para determinar su fecha. Las Escrituras llaman a la vigilancia y a la fidelidad, mientras dejan los tiempos bajo la autoridad del Padre.

Esperar a Cristo requiere confianza y perseverancia, sin fijar fechas que Él no nos ha revelado. Las diferencias de interpretación sobre determinados acontecimientos futuros deben tratarse con humildad, conservando el centro de la promesa: el Señor volverá.

Juan 14:2 a 3 «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis».

Durante la despedida de sus discípulos, Jesús vincula su partida con una promesa de comunión. La imagen de la casa del Padre ofrece acogida y pertenencia. El propósito expresado es que los suyos estén con Él.

El corazón de nuestra esperanza es vivir en la presencia de Cristo. El pasaje no pretende satisfacer todas las preguntas sobre la organización del mundo futuro; ofrece una seguridad personal a quienes temen la separación. Su amor prepara un encuentro que la muerte no podrá impedir.

1 Tesalonicenses 4:16 a 17 «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor».

Pablo escribe para consolar a creyentes preocupados por quienes han muerto antes del regreso de Jesús. Les asegura que estos no quedarán excluidos: resucitarán, y los creyentes vivos se reunirán con ellos para recibir al Señor.

La muerte no rompe definitivamente la comunión de quienes pertenecen a Cristo. Existen distintas interpretaciones cristianas sobre la relación de este encuentro con otros acontecimientos del fin. El propósito principal del pasaje es ofrecer consuelo mediante la promesa de estar siempre con Él.

1 Corintios 15:42 a 44 «Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder. Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual».

Pablo utiliza la imagen de una siembra para explicar la continuidad y la transformación de nuestra existencia. El cuerpo que ahora conoce debilidad y muerte será resucitado en una condición incorruptible.

Resucitaremos conservando nuestra identidad personal y recibiendo una vida corporal transformada. «Cuerpo espiritual» no significa una existencia sin cuerpo: designa una corporalidad plenamente vivificada y gobernada por el Espíritu. Tampoco será un simple regreso a las limitaciones actuales, sino una vida adecuada a la nueva creación.

2 Corintios 5:10 «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».

La esperanza futura incluye rendir cuentas ante Cristo. Nuestras acciones tienen valor y consecuencias, también cuando nadie las observa o cuando la justicia humana resulta insuficiente.

La gracia de Dios nos llama a una vida responsable. Este juicio no convierte la salvación en una compra mediante obras; muestra que la relación con Cristo alcanza nuestra conducta y que Él conoce la verdad de cada vida. La confianza en su misericordia debe ir acompañada de arrepentimiento y fidelidad.

Apocalipsis 21:1 «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más».

La visión presenta una creación renovada. La esperanza bíblica alcanza al mundo que Dios hizo y que ahora experimenta sufrimiento. La desaparición del mar pertenece al lenguaje de esta visión; en Apocalipsis, el mar aparece también relacionado con fuerzas amenazantes y con el origen de la bestia. Su significado no debe reducirse apresuradamente a una descripción geográfica.

La restauración final liberará a la creación del mal y de la muerte. Esta promesa nos permite valorar el mundo presente y cuidarlo, mientras esperamos una plenitud que solo Dios puede realizar.

Apocalipsis 21:3 a 4 «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».

La visión culmina en la presencia de Dios junto a su pueblo. «Tabernáculo» significa morada y recuerda el lugar que expresaba su presencia entre los israelitas. Ahora esa comunión aparece en plenitud, acompañada por el fin de la muerte y del dolor.

Dios promete una restauración que alcanza nuestras heridas más profundas. Enjugar las lágrimas expresa una atención personal: quienes han sufrido serán consolados. La esperanza no consiste en que aprendamos a soportar eternamente el mal, sino en que este dejará de gobernar nuestra existencia.

Al llegar al final de este recorrido, volvemos a contemplar al Hijo eterno por quien todo fue creado. Él ha entrado en nuestra historia, ha compartido nuestra humanidad y ha entregado su vida para reconciliarnos con Dios. Su resurrección abre el futuro que estas promesas anuncian.

Esperarlo puede transformar nuestra manera de vivir el presente. El cuidado de una persona, la defensa de la justicia y una decisión fiel conservan su valor ante Dios. También el duelo puede estar acompañado por la esperanza, sin que tengamos que ocultar nuestras lágrimas.

La promesa del regreso de Cristo nos invita a vivir con confianza, responsabilidad y amor. No conocemos todos los detalles del camino futuro, pero conocemos a quien ha prometido volver. Nuestra esperanza descansa en su fidelidad.

Así, la pregunta con la que comenzamos —quién es Jesucristo— encuentra una respuesta que abraza toda la historia: es el Hijo eterno hecho hombre, el Salvador crucificado y resucitado, el Señor que permanece con los suyos y que llevará su obra a plenitud. En Él, Dios nos invita a recibir perdón, caminar en una vida nueva y esperar una comunión que no tendrá fin.

31. Nuestra respuesta a Jesucristo: creer, recibir su gracia y caminar con Él

Después de recorrer la vida y las enseñanzas de Jesús, queda una pregunta personal: ¿qué lugar tendrá en nuestra propia vida? Podemos haber conocido sus palabras, contemplado sus encuentros y reflexionado sobre su muerte y resurrección. Ahora, la invitación que dirigió a quienes lo escuchaban llega también hasta nosotros.

Cada persona se acerca desde una situación diferente. Algunas creen desde hace años; otras tienen dudas o apenas comienzan a conocerlo. Hay quienes desean volver después de un tiempo de distancia y quienes llevan heridas relacionadas con experiencias religiosas. Podemos acercarnos a Jesús con sinceridad, desde el punto en que realmente nos encontramos, sin fingir una certeza o una fortaleza que todavía no tenemos.

Juan 1:12 «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios».

Juan describe una respuesta de acogida y confianza. Recibir a Jesús significa reconocerlo y abrir nuestra vida a su palabra; creer en su nombre implica confiar en quien Él es. La condición de hijos se recibe como un don que procede de Dios.

La fe nos introduce en una relación filial con el Padre por medio de Jesucristo. Toda persona posee dignidad como criatura de Dios; este pasaje habla, además, de la adopción que reciben quienes creen en el Hijo. Esa relación ofrece pertenencia y abre un camino de aprendizaje y transformación.

Efesios 2:8 a 10 «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas».

Pablo reúne el origen de la salvación y su fruto. Dios nos salva por gracia, y recibimos ese don mediante la fe. Las buenas obras aparecen como parte de la vida renovada que Él hace posible.

La salvación es un regalo de Dios que nos llama a vivir de una manera nueva. Nadie puede presentarse ante Él como si hubiera adquirido el perdón por sus propios méritos. Al mismo tiempo, la gracia recibida comienza a expresarse en una conducta que busca el bien del prójimo.

Romanos 10:9 «Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo».

La confesión y la fe interior aparecen unidas. Reconocer a Jesús como Señor implica confiar en Él y aceptar su autoridad; creer en su resurrección sitúa nuestra esperanza en el Salvador que vive.

La respuesta cristiana compromete el corazón y encuentra expresión en nuestras palabras y decisiones. Este versículo no propone una fórmula verbal que actúe automáticamente. Describe una confianza sincera que reconoce a Cristo y comienza a orientar la vida hacia Él.

Juan 6:37 «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera».

Jesús ofrece una promesa de acogida a quien se acerca. Estas palabras pueden sostener a quienes temen que su pasado, sus caídas o sus limitaciones les impidan acudir a Él.

Podemos venir a Cristo confiando en su disposición a recibirnos. Acercarnos incluye reconocer nuestra necesidad y abrirnos a lo que debe cambiar. No tenemos que reparar primero toda nuestra vida para pedir su ayuda; podemos comenzar ese camino sostenidos por su gracia.

Juan 8:31 a 32 «Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».

Jesús invita a quienes han comenzado a creer a permanecer en su palabra. El discipulado se desarrolla con continuidad: escuchamos, aprendemos y dejamos que su enseñanza ilumine lo que hacemos.

La fe crece mediante una relación perseverante con Cristo y con su verdad. En el contexto de este pasaje, la libertad alcanza especialmente la esclavitud del pecado. A medida que conocemos a Jesús, podemos reconocer aquello que nos domina y buscar una vida orientada por su gracia.

Hebreos 10:24 a 25 «Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca».

La relación con Dios es personal, pero también está llamada a desarrollarse junto a otros creyentes. Compartir la fe permite recibir enseñanza, ánimo y ayuda, y ofrecerlos a quienes nos acompañan.

La comunidad de creyentes debe favorecer el amor, el cuidado y la fidelidad a Cristo. Reunirse no obtiene la salvación por méritos, pero responde a la llamada bíblica a acompañarnos y perseverar juntos. Quienes no pueden reunirse por enfermedad u otras circunstancias necesitan ser acompañados; quienes han sufrido daño en un entorno religioso pueden requerir tiempo y discernimiento para encontrar una comunidad saludable.

Al cerrar estas reflexiones, la invitación de Jesús permanece abierta. Podemos responder con una oración sencilla, expresando lo que conocemos, lo que nos cuesta creer y aquello para lo que necesitamos ayuda. La sinceridad permite comenzar una conversación con Dios que puede ir creciendo mediante la lectura de las Escrituras, la oración y el acompañamiento.

Para quien ya cree, este recorrido puede ser una ocasión de renovar su confianza y revisar sus prioridades. Para quien busca, puede abrir un primer paso: seguir conociendo a Jesús y preguntarse si está dispuesto a confiar en Él.

Caminar con Cristo es aprender a recibir su gracia y responder a su amor día tras día. Habrá preguntas, dificultades y momentos en que necesitaremos volver a empezar. Su fidelidad sostiene ese camino y nos llama a una esperanza que alcanza tanto nuestra vida presente como nuestro futuro.

El Hijo eterno que vino a nuestro encuentro sigue invitándonos a conocerlo. Podemos acercarnos con humildad, escuchar su palabra y confiarle nuestra vida, dejando que su amor vaya dando forma a la nuestra.

Fuentes y bibliografía

Fuente principal

La Santa Biblia, versión Reina-Valera de 1960. Es la fuente principal de estas reflexiones y la versión utilizada para las citas bíblicas. Los comentarios se apoyan en los siguientes libros y pasajes:

  • Evangelio según San Juan: especialmente el capítulo 1, sobre la existencia eterna y la divinidad del Verbo; los capítulos 13 a 17, sobre el servicio, el amor y la comunión con Dios; y los capítulos 18 a 21, sobre la muerte, la resurrección y los encuentros de Jesús con sus discípulos.
  • Evangelios según San Mateo, San Marcos y San Lucas: para el nacimiento y la infancia de Jesús, su bautismo, las tentaciones, sus enseñanzas, sus milagros y el relato de su pasión y resurrección. Destacan Mateo 5 a 7, que recogen el Sermón del Monte, y Lucas 24, sobre el encuentro con el Resucitado.
  • Hechos de los Apóstoles, capítulos 1 y 2: para la ascensión de Jesucristo, la promesa del Espíritu Santo, Pentecostés y la vida de la primera comunidad de creyentes.
  • Cartas del Nuevo Testamento: especialmente Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses, Hebreos y 1 Pedro, para profundizar en la identidad de Cristo, su obra salvadora, la gracia, la vida cristiana y la esperanza de la resurrección.
  • Apocalipsis, capítulos 21 y 22: para la esperanza de una creación renovada y de la comunión definitiva de Dios con su pueblo.
  • Antiguo Testamento: especialmente Génesis, los Salmos, Isaías, Jeremías y Daniel, en los pasajes relacionados con la creación, las promesas de Dios, la nueva alianza y la identidad y misión del Mesías.

Criterio de elaboración

Estas reflexiones reúnen los pasajes bíblicos con comentarios destinados a facilitar su comprensión y a mostrar su relación con nuestra vida. Los comentarios son una elaboración explicativa y deben distinguirse del texto de la Escritura. Cuando existen distintas interpretaciones cristianas o diferencias entre manuscritos antiguos, se procura indicarlas sin presentar como certeza aquello que requiere matices.

Bibliografía complementaria

En esta relación se recoge la fuente bíblica utilizada. No se atribuyen los comentarios a obras teológicas ni a autores externos que no hayan sido consultados y citados expresamente.

Juan Cid