Reflexión sobre la oración y la comunión con Dios
Para encontrar esperanza en su presencia
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Cuando el sufrimiento despierta nuestras preguntas
Hay momentos en los que la vida cambia de ritmo sin que lo hayamos elegido. El dolor limita nuestros movimientos, salir de casa se vuelve difícil y las actividades más sencillas empiezan a exigir un esfuerzo que antes no necesitábamos. A nuestro alrededor, alguien procura ayudarnos, nos acompaña y comparte nuestras preocupaciones, aunque también lleve dentro su propio cansancio.
En esas circunstancias podemos sentir tristeza, miedo o desánimo. Nos preguntamos cuánto durará aquello y si volveremos a disfrutar de lo que hemos perdido. A veces surge también una pregunta más profunda: ¿dónde está Dios en medio de todo esto?, ¿puedo acercarme a Él aunque apenas lo conozca?
La Biblia da espacio a esas preguntas. En sus páginas encontramos a personas que confiaban en Dios y atravesaban momentos de angustia. su fe les permitía llevar ante el Señor lo que les dolía, sin necesidad de ocultarlo.
También nosotros podemos comenzar así. La oración puede nacer de unas palabras sencillas: «Señor, estoy sufriendo. Tengo miedo y necesito ayuda. No sé bien cómo acercarme a ti, pero quisiera conocerte».
Quien todavía no cree puede presentar sus dudas con sinceridad. Quien ya cree puede reconocer que está cansado y necesita ser sostenido. Dios conoce nuestra situación antes de que sepamos explicarla, y podemos buscarlo desde el lugar en el que hoy nos encontramos.
Qué significa orar
Orar es dirigirnos a Dios para adorarlo, darle gracias, reconocer nuestros pecados, presentar nuestras necesidades y pedir por otras personas. A través de la oración aprendemos a confiarle nuestra vida y a buscar su voluntad.
En ella podemos expresar alegría y gratitud, pero también aflicción, incertidumbre y arrepentimiento. Podemos pedir ayuda para nosotros y detenernos a pensar en quienes sufren a nuestro alrededor. Primera de Timoteo 2:1 anima a presentar peticiones, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todas las personas.
Jesús enseñó que el Padre conoce nuestras necesidades antes de que se las presentemos, como leemos en Mateo 6:8. Esto nos permite acercarnos con confianza. Al orar, ponemos conscientemente nuestra vida en las manos de aquel que ya nos conoce.
La oración puede ser breve o prolongada. Podemos hablar con nuestras propias palabras o utilizar una oración escrita que exprese sinceramente lo que llevamos dentro. Cuando faltan las fuerzas, una petición sencilla puede recoger toda nuestra necesidad.
Jesús mismo buscaba lugares apartados para orar, como muestra Lucas 5:16. Su ejemplo nos invita a reservar tiempo para el encuentro con el Padre y a cultivar esa relación tanto en los días tranquilos como en los difíciles.
La oración en la intimidad y el ejemplo del padrenuestro
En Mateo 6:5 a 6, Jesús advierte contra la oración hecha para ser admirados y nos invita a entrar en nuestro aposento, cerrar la puerta y orar al Padre que ve en lo secreto. Allí podemos dejar a un lado la preocupación por las apariencias y presentarnos ante Dios tal como somos.
Ese encuentro íntimo tiene un valor profundo. Nadie necesita escuchar nuestras palabras ni valorar si sabemos expresarnos. Podemos reconocer un temor que nos avergüenza, confesar una falta o permanecer unos momentos en recogimiento antes de formular nuestra petición.
La enseñanza de Jesús no prohíbe la oración en familia ni la de la comunidad de los creyentes. La Escritura recoge también esos encuentros, como en Hechos 4:23 a 31. Lo que el Señor condena es convertir la oración en una exhibición. La sinceridad del corazón debe acompañarnos tanto cuando estamos solos como cuando oramos con otros.
Quien comparte una habitación o necesita cuidados constantes puede buscar momentos de recogimiento allí donde se encuentra. Puede que no disponga de una habitación exclusiva, pero puede dirigirse al Padre con sinceridad y atención.
Jesús advierte también contra las repeticiones vacías, en Mateo 6:7. Podemos repetir una petición, como Él mismo hizo en Getsemaní, pero necesitamos hacerlo con confianza, sin pensar que la cantidad de palabras obliga a Dios a escucharnos.
Después, en Mateo 6:9 a 13, Jesús ofrece el padrenuestro como modelo. Nos enseña a acercarnos al Padre con confianza y reverencia, a desear que su nombre sea santificado, que venga su reino y que se cumpla su voluntad. Nos permite pedir el sustento cotidiano, reconocer nuestra necesidad de perdón y solicitar ayuda frente a la tentación y al mal.
Al pedir que se haga su voluntad, aprendemos a confiar en su sabiduría. Al pedir perdón y recordar el perdón que debemos conceder a otros, comprendemos que nuestra relación con Dios afecta también a nuestras relaciones humanas. Al pedir el pan de cada día, reconocemos que nuestras necesidades más sencillas tienen lugar en la oración.
Podemos pronunciar el padrenuestro despacio y hacer que sus peticiones orienten nuestras propias palabras. Su enseñanza nos ayuda a presentar la vida entera ante Dios.
Jesús revela, además, el fundamento de ese acercamiento. En Juan 14:6 afirma que el camino al Padre pasa por Él. La comunión cristiana con Dios nace de la reconciliación que Jesucristo hace posible mediante su muerte y resurrección. Por la fe en Él somos recibidos como hijos de Dios, como explica Juan 1:12.
Orar en el nombre de Jesús significa acudir al Padre confiando en Cristo, reconociendo su autoridad y procurando que nuestras peticiones estén de acuerdo con su voluntad. Primera de Juan 5:14 vincula la confianza en la oración con pedir conforme a la voluntad divina. A medida que conocemos al Señor, vamos aprendiendo qué pedir y cómo vivir mientras esperamos su respuesta.
Los salmos nos enseñan a orar en cada circunstancia
Los salmos nos permiten escuchar a personas que hablaron con Dios desde experiencias muy distintas. En ellos encontramos palabras para el sufrimiento, el arrepentimiento, la confianza y la alegría. Al leerlos podemos reconocer nuestra propia situación y aprender a presentarla ante el Señor.
En el Salmo 13, David pregunta hasta cuándo durará su angustia y pide que Dios lo atienda. Su oración avanza hacia la confianza en la misericordia divina. Nos enseña que podemos expresar nuestra aflicción mientras seguimos buscando al Señor, aunque todavía no veamos resuelto lo que nos preocupa.
En el Salmo 23 encontramos la confianza de quien se sabe cuidado por el Señor. La imagen del pastor acompaña al creyente incluso cuando atraviesa el valle de sombra de muerte. El camino contiene oscuridad y peligro, pero el salmista encuentra consuelo en la presencia de Dios.
El Salmo 51 recoge una oración de arrepentimiento. David reconoce su pecado y pide misericordia, limpieza y un corazón renovado. Nos ayuda a comprender que acercarnos a Dios incluye reconocer nuestras faltas y desear que Él transforme nuestra vida. Podemos pedir alivio para lo que sufrimos y, al mismo tiempo, perdón por el daño que hemos causado.
En el Salmo 62:5 a 8 aparece una invitación a esperar en Dios y derramar delante de Él nuestro corazón. Podemos contarle aquello que nos pesa, sin ocultar nuestra debilidad. El Salmo 103:1 a 5 nos conduce a la gratitud y nos invita a recordar sus beneficios, reconociendo su misericordia, su perdón y su cuidado.
El Salmo 91 desarrolla también esa confianza mediante imágenes de refugio, sombra y protección. Invita a descansar en el cuidado del Señor cuando sentimos miedo. En el versículo 15, Dios promete responder a quien lo invoca y estar con él en la angustia. Esta promesa puede acompañar de manera especial a quien atraviesa una enfermedad o se siente desamparado.
Debemos leer el salmo sin convertirlo en una garantía de que el creyente nunca enfermará ni sufrirá. Cuando el diablo cita sus palabras para inducir a Jesús a arrojarse desde el templo, Jesús responde que no debemos tentar a Dios, como relata Mateo 4:5 a 7. Confiar en su protección incluye actuar con prudencia y dejar nuestra vida en sus manos.
Estos salmos pueden acompañar nuestra oración cotidiana. Podemos leer uno despacio, detenernos en lo que expresa y hablar con Dios desde nuestra propia experiencia. Así, su Palabra va enseñándonos a orar y a mantener la comunión con Él en las distintas etapas de la vida.
Daniel: perseverar en la oración cuando llega el peligro
El libro de Daniel presenta a un hombre cuya relación con Dios formaba parte de su vida cotidiana. Daniel 6 relata que, cuando se promulgó una orden que prohibía dirigir peticiones a cualquier dios u hombre fuera del rey durante treinta días, Daniel continuó orando al Señor como acostumbraba.
Conocía el peligro y permaneció fiel. Aquella decisión lo llevó al foso de los leones, donde Dios lo protegió. Al ser rescatado, explicó que Dios había enviado a su ángel y cerrado la boca de los leones.
El relato muestra el poder de Dios y la confianza de un hombre que seguía buscándolo en una situación extrema. su vida de oración había comenzado mucho antes de aquella noche. En el momento del peligro continuó una relación que ya cultivaba.
Podemos aprender de él a buscar al Señor cada día: cuando hay tranquilidad, cuando aparecen las dificultades y cuando necesitamos ayuda urgente. La oración habitual nos permite ir conociendo a aquel en quien confiamos.
Los compañeros de Daniel: una fidelidad que no depende del resultado
En Daniel 3 encontramos a Sadrac, Mesac y Abed-nego ante una amenaza semejante. El rey les exige adorar una imagen y los amenaza con arrojarlos a un horno de fuego si se niegan.
Su respuesta, en Daniel 3:16 a 18, revela una fe profunda. Reconocen que Dios puede librarlos, pero afirman que, aunque no lo haga, no adorarán aquella imagen. Confían en el poder del Señor y dejan en sus manos el resultado.
Dios los libra del fuego. El rey contempla una cuarta figura junto a ellos y después reconoce que Dios envió a su ángel para rescatar a sus siervos. Cuando salen del horno, quienes los rodean comprueban que el fuego no les ha causado daño.
La disposición de estos hombres, expresada antes de conocer lo que sucedería, nos permite comprender su fidelidad. Habían puesto su vida en las manos de Dios y estaban decididos a obedecerlo. Su historia invita a examinar nuestra propia relación con el Señor y a aprender a confiar en Él sin condicionar nuestra obediencia a obtener lo que deseamos.
Jesucristo escucha a quienes lo buscan
Los Evangelios muestran a Jesús acercándose a personas cuya vida estaba marcada por la enfermedad, la marginación o el dolor. Sus milagros revelan su poder y su compasión, y nos ayudan a conocer quién es Él.
En Marcos 10:46 a 52, Bartimeo, un mendigo ciego, escucha que Jesús está pasando y comienza a pedir misericordia. Algunos intentan hacerlo callar, pero él insiste. Jesús se detiene, manda que lo llamen y le pregunta qué desea. Bartimeo pide recuperar la vista y Jesús lo sana. Después, aquel hombre comienza a seguirlo por el camino.
El relato nos permite contemplar a alguien que se dirige a Jesús con confianza desde su necesidad. También muestra que el Señor presta atención a una persona a la que otros estaban apartando. Bartimeo puede expresar lo que necesita y encuentra en Jesús a quien transforma su vida.
En Marcos 5:25 a 34 aparece una mujer que llevaba doce años padeciendo hemorragias. Había sufrido mucho y gastado sus recursos buscando alivio. Al oír hablar de Jesús, se acerca y toca su manto con la esperanza de ser sanada.
Jesús conoce lo ocurrido y habla con ella. La mujer, temblando, le cuenta la verdad, y Él la trata con ternura y la despide en paz. Aquella persona, agotada por tantos años de sufrimiento, recibe atención y consuelo además de la curación.
En otros encuentros, la compasión de Jesús se manifiesta antes de que alguien formule una petición. En Lucas 7:11 a 17, se acerca a una viuda que ha perdido a su único hijo y lo devuelve a la vida. El Señor ve su dolor y actúa con misericordia.
Estos encuentros nos animan a presentar nuestras necesidades a Cristo. Podemos pedir sanidad y alivio, convencidos de que el dolor humano le importa.
Una fe que reconoce su propia debilidad
Quizá alguien lea estos relatos y piense que todavía no tiene una fe como la de Bartimeo. Puede creer que Dios existe y sentirse lleno de dudas cuando intenta acercarse a Él.
En Marcos 9:14 a 27, un padre lleva a su hijo ante Jesús en medio de una situación dolorosa. Durante la conversación reconoce que cree y que necesita ayuda para su incredulidad. Presenta al Señor tanto su confianza como su debilidad.
Su petición nos enseña a ser sinceros con Dios. Quien desea creer puede pedir ayuda para conocerlo; quien ya cree puede reconocer que el miedo está debilitando su confianza.
La lectura del Evangelio forma parte de ese camino. Romanos 10:17 relaciona la fe con escuchar la palabra de Cristo. Al conocer sus enseñanzas, sus obras, su muerte y su resurrección, nuestra confianza encuentra un fundamento que permanece cuando nuestros sentimientos cambian.
La oración y la escucha de la Palabra pueden acompañarse desde el comienzo: hablamos con Dios y procuramos conocer lo que Él ha revelado.
El malhechor junto a la cruz: la misericordia recibida al final de la vida
Uno de los encuentros más conmovedores del Evangelio ocurre cuando Jesús está crucificado. Lucas 23:39 a 43 relata que uno de los malhechores crucificados junto a Él se burla, mientras el otro lo reprende.
Este segundo hombre reconoce que ellos están recibiendo la consecuencia de sus actos y declara que Jesús no ha hecho nada malo. Después se dirige a Él y le pide que se acuerde de él cuando venga en su reino.
Su petición muestra que, aun contemplando a Jesús crucificado, confía en su autoridad real y en que puede recibirlo. No dispone de una vida entera para demostrar un cambio ni puede reparar todo lo que ha hecho. Se vuelve hacia Cristo desde su culpa y su necesidad.
Jesús le responde con la promesa de que ese mismo día estará con Él en el paraíso.
El relato nos permite reconocer algo más profundo que la defensa de un inocente: aquel hombre admite su culpa y confía en Jesús. El Señor lo recibe por gracia, y su historia ofrece esperanza a quien teme que su pasado lo haya alejado para siempre de Dios.
Efesios 2:8 a 10 explica que somos salvos por gracia mediante la fe, y que esa salvación nos conduce a una vida de buenas obras. Quien tiene tiempo por delante está llamado a vivir la fe que ha recibido, obedeciendo al Señor y aprendiendo a amar.
La historia de este hombre nos anima a acercarnos a Cristo ahora. No sabemos cuánto tiempo nos queda, pero podemos responder hoy a su llamada y pedirle misericordia.
El llamamiento de Leví: cuando Jesús entra en nuestra vida
En Lucas 5:27 a 32, Jesús encuentra a Leví sentado en el lugar donde cobra los impuestos. Los publicanos, como él, eran frecuentemente despreciados por sus compatriotas debido a su vinculación con el poder romano y a los abusos asociados a la recaudación. El Evangelio no detalla la conducta personal de Leví, pero nos permite comprender el rechazo que podía rodear su oficio. Jesús se acerca a aquel hombre y lo llama a seguirlo.
La iniciativa parte del Señor. Leví está ocupado en su trabajo cuando Jesús sale a su encuentro y le ofrece un camino nuevo. Su llamamiento nos permite comprender que una persona no necesita haber resuelto toda su vida para empezar a escuchar a Cristo. Puede recibir su llamada en medio de sus circunstancias actuales, con un pasado que no puede cambiar y un futuro que todavía desconoce.
Leví responde levantándose y dejando todo para seguirlo. Su decisión expresa un cambio de dirección: reconoce en Jesús a alguien digno de su confianza y comienza a orientar su vida hacia Él. Para quien hoy se acerca al Evangelio, seguir a Cristo significa aprender quién es, confiar en Él y dejar que su enseñanza transforme las decisiones y la manera de vivir. Esa transformación puede exigir renuncias concretas, pero el relato no establece que todos deban abandonar su trabajo.
Después, Leví prepara un gran banquete en su casa. Jesús comparte la mesa con él y con numerosos publicanos y otras personas. Aquel hogar se convierte en lugar de encuentro, y Leví ofrece hospitalidad al Señor e invita a otros a estar con Él. La escena ayuda a comprender la cercanía con la que Jesús se aproxima a quienes necesitan su misericordia.
Algunos fariseos y escribas cuestionan que Jesús y sus discípulos coman con publicanos y pecadores. El Señor responde utilizando una imagen sencilla: quienes están enfermos necesitan al médico. Así explica que ha venido a llamar a los pecadores al arrepentimiento. Su presencia junto a ellos lleva una invitación a reconocer el pecado y volverse a Dios.
Estas palabras también nos invitan a mirar nuestro propio corazón. Todos necesitamos la misericordia del Señor, aunque nuestras faltas sean diferentes y algunas resulten menos visibles que otras. Quien se considera suficiente por sí mismo difícilmente buscará el perdón que necesita; quien reconoce su necesidad puede comenzar a recibir con gratitud la ayuda de Cristo.
El arrepentimiento consiste en reconocer ante Dios lo que hemos hecho mal y volvernos hacia Él, dispuestos a abandonar el pecado y aprender a obedecerlo. La llamada de Jesús contiene esa posibilidad de una vida renovada. Nuestro pasado tiene consecuencias, pero no nos impide buscar su perdón.
Por eso, quien todavía no cree puede acercarse al Evangelio con sinceridad, expresar sus dudas y pedir ayuda para conocer al Señor. La respuesta de Leví nos anima a dar ese paso y a continuar escuchando. La oración puede acompañarlo desde el comienzo: «Señor Jesús, ayúdame a conocerte, a reconocer lo que debo cambiar y a seguirte».
Aunque este pasaje no relata una oración, muestra el encuentro del que puede nacer una verdadera comunión con Dios: Jesús llama, una persona responde y su vida comienza a tomar una nueva dirección. Al compartir este relato, ofrecemos a otros la oportunidad de conocer esa llamada. Podemos explicar la Palabra con fidelidad y acompañarlos con amor, confiando en que es Dios quien obra en sus corazones.
La comunión con Dios transforma la vida cotidiana
La oración forma parte de la comunión con Dios, y esa comunión continúa en nuestra manera de vivir. Incluye escuchar su Palabra, reconocer nuestras faltas, obedecerlo y aprender a amar a los demás.
En Juan 15:1 a 10, Jesús utiliza la imagen de la vid y los sarmientos para explicar la necesidad de permanecer unidos a Él. Como una rama recibe vida de la vid, sus discípulos necesitan permanecer en Cristo para dar fruto.
Esa relación puede crecer mediante momentos sencillos: una lectura del Evangelio por la mañana, una petición durante el día o una oración de gratitud antes de descansar. Va encontrando expresión en el perdón, la paciencia y el servicio.
También necesitamos discernimiento. Un pensamiento al despertar o una inquietud por alguien puede impulsarnos a orar y acompañarlo. Podemos examinar ese impulso a la luz de la Escritura, sin afirmar con certeza que toda impresión interior procede directamente del Espíritu Santo. Primera de Juan 4:1 nos llama a comprobar los espíritus.
Buscar a Dios con humildad incluye estar dispuestos a aprender, corregir nuestras ideas y dejarnos orientar por lo que Él ha revelado.
Los esposos que buscan juntos al Señor
La fe puede vivirse de una manera especialmente cercana dentro del matrimonio. Dos esposos comparten alegrías, preocupaciones y decisiones; cuando llegan la enfermedad o la debilidad, también pueden compartir la oración.
En Mateo 18:20, Jesús promete su presencia donde dos o tres se reúnen en su nombre. Estas palabras aparecen en un pasaje sobre la vida de sus discípulos, la corrección entre hermanos y la oración en acuerdo. Reunirse en su nombre significa hacerlo vinculados a Él y reconociendo su autoridad.
Un esposo y una esposa creyentes pueden confiar en esa presencia cuando buscan juntos al Señor. Pueden leer el Evangelio, presentar sus necesidades y pedir ayuda para vivir conforme a su voluntad.
Los esposos que creen en Jesucristo forman parte de la comunidad de sus discípulos. En su hogar pueden vivir una comunión cristiana real, con oración, amor y servicio mutuo
Si uno de los esposos cree y el otro todavía está buscando, quien cree puede orar y dar testimonio con su vida; quien tiene dudas puede expresarlas con libertad. Primera de Pedro 3:1 a 2 recuerda el valor del comportamiento de una esposa creyente en su relación con un esposo que aún no obedece la Palabra.
Unos minutos compartidos pueden ser un comienzo: agradecer el día, leer un pasaje y presentar ante Dios lo que preocupa a cada uno. Con el tiempo, ese encuentro puede ayudarles a escucharse mejor y sostenerse mutuamente.
La persona que ora sola también puede confiar en el cuidado de Dios. Jesús enseñó a buscar al Padre en secreto, y quien vive solo o pasa muchas horas sin compañía puede dirigirse a Él desde su propia casa.
El amor de quien cuida también necesita cuidado
Hay personas que durante muchos años han cuidado de su esposo, de sus hijos y de sus nietos. Su amor aparece en tareas pequeñas y constantes: preparar una comida, acompañar una consulta, ayudar a caminar o permanecer cerca durante una noche difícil.
Quien recibe esos cuidados puede llevarlos a la oración con gratitud. Puede pedir a Dios que fortalezca a la persona que lo acompaña y que le enseñe a reconocer su esfuerzo.
También quien cuida necesita expresar sus preocupaciones, descansar y recibir ayuda. El cansancio no disminuye el valor de su amor. Gálatas 6:2 llama a los creyentes a llevar las cargas unos de otros, y esa ayuda puede concretarse en compañía, visitas, gestiones o tiempo de descanso.
Santiago 2:15 a 17 recuerda que la fe debe manifestarse en obras ante las necesidades reales. La comunidad de los creyentes está llamada a orar por quienes sufren y a acercarse a ellos con ayuda concreta.
En el matrimonio, la oración puede abrir un espacio para que ambos reconozcan sus necesidades. La persona enferma puede expresar su temor, y quien la cuida puede hablar de su agotamiento. Juntos pueden pedir paciencia, comprensión y fuerzas para el día que tienen por delante.
Cuando pedimos alivio y el dolor continúa
Podemos pedir a Dios que nos sane. Santiago 5:13 a 16 anima a orar en el sufrimiento y a buscar el acompañamiento espiritual de los responsables de la comunidad de creyentes.
Sin embargo, la Escritura no permite prometer que toda enfermedad desaparecerá si la persona ora con suficiente intensidad. Sería injusto atribuir la persistencia de su dolor a una supuesta falta de fe. Quien sigue enfermo necesita consuelo y compañía, sin cargar además con esa acusación.
Segunda de Corintios 12:7 a 10 relata que Pablo pidió repetidamente ser librado de una aflicción y recibió la respuesta de que la gracia del Señor le bastaba. El texto no permite identificar con certeza aquella dificultad, pero muestra que una petición fiel puede recibir una respuesta diferente de la esperada.
Jesús mismo, en Getsemaní, expresó su angustia y pidió que, si era posible, aquella copa pasara de Él. Al mismo tiempo, se entregó a la voluntad del Padre, como leemos en Mateo 26:36 a 46.
Su oración nos enseña a presentar nuestros deseos sin ocultarlos y confiar nuestra vida a Dios. Podemos pedir alivio, descanso y recuperación, y también fuerzas para atravesar aquello que todavía permanece.
La atención médica y los tratamientos pueden formar parte del cuidado que recibimos. Acudir a los profesionales, seguir sus indicaciones y buscar ayuda para el desánimo es compatible con una vida de oración y confianza en el Señor.
Cuando ni siquiera sabemos qué decir, Romanos 8:26 a 27 enseña que el Espíritu Santo ayuda a los creyentes en su debilidad e intercede por ellos. Nuestra dificultad para expresarnos no impide que Dios conozca el corazón que busca su ayuda.
La paz que puede sostenernos en la espera
En Filipenses 4:6 a 7, Pablo invita a presentar nuestras necesidades ante Dios con oración y gratitud. Habla de la paz de Dios que guarda el corazón y los pensamientos en Cristo Jesús.
Esa paz puede acompañarnos mientras esperamos una solución. Puede ayudarnos a vivir el día presente, recibir el cariño de quienes nos rodean y reconocer los bienes que aún permanecen en nuestra vida.
La gratitud puede comenzar por algo concreto: una persona que nos cuida, una conversación que nos ha hecho bien, un momento de descanso o una ayuda recibida. Reconocerlo ante Dios nos permite mirar también aquello que el dolor puede estar dejando en segundo plano.
La tristeza y la confianza pueden convivir durante ese proceso. Sentir angustia no significa necesariamente que hayamos dejado de creer. Podemos compartir lo que nos ocurre y seguir presentándolo ante el Señor.
Jesús enseñó a perseverar en la oración sin desanimarse en Lucas 18:1 a 8. Hay días en los que esa perseverancia consistirá simplemente en volver a decir: «Señor, sigo necesitando tu ayuda».
Permitir que otros nos escuchen y oren con nosotros forma parte de aprender a llevar juntos nuestras cargas. La comunión con Dios también puede fortalecerse mediante el acompañamiento de otros creyentes y el cariño de nuestros familiares y amigos
La esperanza que alcanza más allá de la enfermedad
Cuando recordamos una operación peligrosa o una ocasión en la que estuvimos cerca de morir, podemos dar gracias a Dios por la vida conservada y por quienes nos atendieron. Aunque no conozcamos todos sus propósitos, sí conocemos su llamada a volvernos hacia Él.
Romanos 2:4 enseña que la bondad de Dios nos conduce al arrepentimiento. Cada día que recibimos puede ser una oportunidad para buscarlo, agradecer, reconciliarnos con alguien y aprender a vivir en su presencia.
Jesucristo ofrece una esperanza que alcanza más allá de nuestra recuperación física. En Juan 11:25 a 26 se presenta como la resurrección y la vida. Quienes confían en Él encuentran una esperanza que permanece aun ante la muerte.
Por eso, merece la pena acercarnos al Señor en nuestras circunstancias actuales, sin esperar a que desaparezcan todas las dificultades. Podemos acudir con el cuerpo cansado, con dudas y con una fe que necesita crecer. En Mateo 11:28 a 30, Jesús invita a los trabajados y cargados a venir a Él y encontrar descanso.
Quizá ese camino comience con una oración breve, un salmo leído despacio o unos minutos compartidos con la persona que nos acompaña. Podemos presentarle el dolor, agradecer el amor recibido y pedirle que nos enseñe a conocerlo. Al buscarlo día tras día, iremos aprendiendo a confiarle nuestra vida y a vivir sostenidos por su gracia.
Un ejemplo de oración para acercarnos al Señor
Esta oración es un ejemplo que puede ayudarte a comenzar. Puedes adaptarla y expresar con sinceridad lo que llevas en el corazón; no necesitas repetirla exactamente. También puedes acudir al padrenuestro y detenerte en cada una de sus peticiones, dejando que la enseñanza de Jesús oriente tu oración.
Padre celestial, tú conoces mi vida, mis dolores y las preocupaciones que me cuesta expresar. Me acerco a ti con lo que soy y con lo que todavía no comprendo. Quiero conocerte y aprender a confiar en ti.
Ayúdame a comprender quién es Jesucristo y lo que ha hecho por nosotros. Hazme reconocer mis pecados, arrepentirme y recibir con fe tu perdón. Enséñame a escuchar tu Palabra, perdonar a quienes me han herido y vivir conforme a tu voluntad.
Te pido alivio para mi sufrimiento y sabiduría para quienes cuidan de mi salud. Concédeme fuerzas para este día y sostén mi ánimo cuando me sienta abatido.
Gracias por las personas que me acompañan. Cuida también de ellas, dales descanso y ayúdame a expresarles mi gratitud. Que en nuestro hogar sepamos escucharnos, perdonarnos y buscar juntos tu presencia.
Fortalece mi fe cuando tenga dudas. Cuando me falten las palabras, ayúdame a permanecer cerca de ti. Guárdame del mal y enséñame a reconocer el camino que debo seguir.
Pongo mi vida en tus manos. Que la esperanza de Jesucristo ilumine mis días y que se haga tu voluntad en mí.
En el nombre de Jesús. Amén.
Juan Cid