Quevedo ante la eternidad

Poema inspirado en la obra de Quevedo

Miró Quevedo la vida
con ojos de desengaño,
vio que el oro compra honores
y que el mundo vive engaño.

Vio caer muros y glorias,
vio la patria envejecida,
y comprendió que en el tiempo
se va escapando la vida.

“Ayer se fue”, dijo el poeta,
“mañana no ha llegado”;
y la Escritura responde:
todo hombre es como un soplo alado.

Porque la flor se marchita,
la hierba pierde su color,
mas permanece por siempre
la Palabra del Señor.

Denunció con dura pluma
la codicia y su veneno:
“Poderoso don Dinero”,
ídolo falso y terreno.

Mas Cristo nos declara:
“¿Qué aprovechará al hombre, si ganare
todo el mundo, pero su alma
al final se perdiere?”

Quevedo vio en los mortales
vanidad, polvo y quebranto;
la Biblia muestra la herida,
pero también el manto santo.

Porque si el hombre es ceniza
y vuelve al polvo al morir,
Dios puede alzar de la muerte
al que en Cristo ha de vivir.

Cantó un amor tan profundo
que a la muerte desafió:
“Polvo serán”, dijo el verso,
“mas polvo enamorado”.

Pero la fe mira más alto:
hay un amor más eterno,
el de Cristo en el Calvario,
luz que vence al mismo infierno.

Quevedo hirió la mentira
con ingenio y claridad;
como espada fue su verso
contra toda falsedad.

Mas la Biblia nos recuerda
que la verdad no es razón:
la Verdad tiene un Nombre,
Jesucristo, el Señor.

Y así, entre sombra y ceniza,
entre sátira y dolor,
Quevedo dejó una llama
de conciencia y de temor.

Nos enseñó que la gloria
del mundo pronto termina,
que el oro pesa en la tierra
pero el alma a Dios camina.

Y la Escritura proclama,
con voz firme y celestial:
solo en Cristo halla el hombre
vida eterna y paz final.

Oh Señor, danos mirada
que no se venda al poder,
corazón limpio y humilde,
y fe para obedecer.

Que al ver pasar esta vida,
sus honores y esplendor,
no pongamos nuestra esperanza
sino en Cristo, Salvador.

Porque todo será polvo,
todo reino pasará,
pero quien vive en Cristo
para siempre vivirá.

Juan Cid.