María, la madre de Jesús,

y los hermanos del Señor según la Biblia

La figura de María ocupa un lugar muy especial en el Nuevo Testamento. Fue la mujer escogida por Dios para dar a luz, según la carne, a Jesucristo, el Hijo de Dios. Sin embargo, cuando se estudia atentamente lo que dicen los Evangelios y el libro de los Hechos, se observa que la Escritura mantiene siempre un equilibrio muy claro: honra a María como sierva fiel y creyente, pero dirige toda la gloria, la obediencia y la adoración hacia Jesucristo.

María, sierva del Señor

Cuando el ángel Gabriel le anuncia que dará a luz al Hijo de Dios, María responde con humildad: «He aquí la sierva del Señor» (Lucas 1:38).

Estas palabras resumen muy bien su actitud espiritual. María no se presenta a sí misma como una figura de autoridad independiente, sino como una mujer sometida a la voluntad de Dios.

En su cántico también declara: «Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lucas 1:47). María reconoce a Dios como su Salvador. Su grandeza bíblica no reside en ocupar el lugar de Cristo, sino en haber creído, obedecido y aceptado humildemente la voluntad divina.

Jesús y la expresión «mujer»

En las bodas de Caná, Jesús se dirige a María diciendo: «¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora» (Juan 2:4).

Y desde la cruz vuelve a decirle: «Mujer, he ahí tu hijo» (Juan 19:26).

La palabra «mujer» no era necesariamente una expresión irrespetuosa en aquel contexto. Jesús no desprecia a María. De hecho, mientras está crucificado se preocupa de que quede atendida por el discípulo amado.

Sin embargo, estas palabras también marcan una diferencia importante entre la relación familiar de Jesús con María y su misión divina.

María es verdaderamente su madre según la humanidad, pero Jesús actúa siempre de acuerdo con la voluntad del Padre y con el cumplimiento de su misión redentora.

En Caná, Jesús deja claro que sus obras están sujetas a «su hora», es decir, al plan establecido por Dios.

«Haced todo lo que os dijere»

Existe además un detalle especialmente significativo en las bodas de Caná.

La única instrucción directa de María que los Evangelios conservan es: «Haced todo lo que os dijere» (Juan 2:5).

Esta frase tiene una profundidad espiritual extraordinaria. María no dirige a los sirvientes hacia sí misma, sino hacia Jesús. No les pide que dependan de ella, sino que escuchen y obedezcan a Cristo.

En cierto sentido, esta frase resume admirablemente el testimonio bíblico de María: la verdadera honra que puede tributársele consiste precisamente en seguir su consejo: hacer todo lo que Jesús diga.

La verdadera familia espiritual de Jesús

En otra ocasión, mientras Jesús enseñaba, le dijeron que su madre y sus hermanos estaban afuera buscándolo.

Jesús respondió: «Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre» (Mateo 12:50).

Jesús no rechaza a María ni a su familia. Lo que enseña es una verdad espiritual de enorme importancia: el parentesco físico con Jesús no concede por sí mismo privilegios espirituales.

La verdadera relación con Cristo se fundamenta en la fe y en la obediencia a Dios.

Los hermanos de Jesús

Los Evangelios mencionan expresamente a varios hermanos de Jesús: Jacobo, José, Simón y Judas, además de hermanas (Mateo 13:55 a 56 y Marcos 6:3).

A lo largo de la historia cristiana han existido distintas interpretaciones sobre la naturaleza exacta de este parentesco. Sin embargo, el texto bíblico presenta claramente a estas personas como miembros cercanos de la familia de Jesús.

Uno de los datos más sorprendentes aparece en Juan 7:5: «Ni aun sus hermanos creían en él».

A pesar de haber convivido con Jesús durante años, sus hermanos todavía no comprendían plenamente quién era.

Esta realidad contiene una enseñanza espiritual muy profunda: estar cerca de Jesús no equivale necesariamente a creer verdaderamente en Él.

Después de la resurrección todo cambió

El cambio se produce después de la resurrección. Pablo afirma que Cristo resucitado: «apareció a Jacobo» (1 Corintios 15:7). Jacobo era uno de los hermanos de Jesús.

Posteriormente, en Hechos 1:14, encontramos una escena muy significativa. Los discípulos estaban reunidos perseverando en oración: «con María la madre de Jesús, y con sus hermanos». Aquellos hermanos que anteriormente no creían aparecen ahora unidos a los discípulos.

Después de la resurrección los encontramos ya unidos a los discípulos y perseverando en oración, lo que muestra que habían llegado a reconocer y creer en Jesús.

Jacobo, hermano del Señor

Jacobo llegó a convertirse en una de las figuras más importantes entre los creyentes de Jerusalén.

Cuando Pedro fue liberado milagrosamente de la cárcel dijo: «Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos» (Hechos 12:17).

Más adelante, en el concilio de Jerusalén, Jacobo desempeña un papel fundamental en la deliberación sobre la incorporación de los gentiles (Hechos 15:13 a 21).

El apóstol Pablo también lo menciona expresamente como: «Jacobo el hermano del Señor» (Gálatas 1:19). Y posteriormente lo incluye entre quienes eran considerados: «columnas» de los creyentes de Jerusalén, junto con Cefas y Juan (Gálatas 2:9).

Por tanto, Jacobo llegó a desempeñar una posición de gran responsabilidad espiritual entre los primeros creyentes.

De hermano según la carne a siervo de Jesucristo

Existe un detalle especialmente hermoso. Si, como tradicionalmente se acepta, Jacobo fue el autor de la epístola que lleva su nombre, podría haberse presentado diciendo: «Jacobo, hermano de Jesús».

Sin embargo, comienza diciendo: «Jacobo, siervo de Dios y del Señor Jesucristo» (Santiago 1:1).

Esta expresión revela una transformación extraordinaria. Aquel que había conocido a Jesús como hermano según la carne terminó reconociéndolo como: Señor.

Ya no se presenta apelando al parentesco familiar, sino como siervo de Jesucristo.

Judas, hermano de Jesús

Algo semejante ocurre con Judas. El autor de la epístola de Judas se presenta como: «Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo» (Judas 1).

Si este Judas corresponde, como tradicionalmente se entiende, al hermano de Jesús mencionado en los Evangelios, nuevamente observamos la misma humildad. No se presenta diciendo: «Judas, hermano de Jesús». Se presenta como: siervo de Jesucristo.

El parentesco natural queda completamente subordinado al reconocimiento espiritual de quién es verdaderamente Jesús.

María después de la resurrección

La última aparición explícita de María en el Nuevo Testamento se encuentra en Hechos 1:14: Está reunida con los demás creyentes perseverando en oración.

El texto bíblico no la presenta presidiendo la reunión, impartiendo doctrina, recibiendo oraciones ni ejerciendo una función mediadora entre Cristo y los creyentes. La presenta perseverando en oración junto con los demás discípulos y los hermanos de Jesús, esperando el cumplimiento de la promesa del Espíritu Santo.

Esta imagen concuerda perfectamente con las palabras con las que ella misma se había definido desde el principio: «He aquí la sierva del Señor».

Reflexión espiritual

La historia de María y de los hermanos de Jesús contiene una enseñanza profundamente cristocéntrica:

  1. María fue escogida para traer al mundo al Salvador, pero ella misma reconoció a Dios como su Salvador.
  2. Los hermanos de Jesús convivieron con Él durante años, pero tuvieron que llegar personalmente a la fe.
  3. Jacobo pasó de no creer en Jesús a convertirse en uno de los principales responsables entre los creyentes de Jerusalén y a llamarse a sí mismo: «siervo del Señor Jesucristo».
  4. Judas experimentó una transformación semejante.

Todo ello confirma una verdad fundamental del Evangelio: nadie pertenece al Reino de Dios por parentesco, tradición, nacimiento o proximidad religiosa.

La relación con Cristo nace de la fe verdadera y se manifiesta en la obediencia. María lo expresó de una manera sencilla y extraordinaria: «Haced todo lo que os dijere».

En esas palabras puede resumirse buena parte de su testimonio espiritual:

  • María señala hacia Cristo.
  • Jacobo termina sirviendo a Cristo.
  • Judas se declara siervo de Cristo.
  • Y toda la Escritura conduce finalmente hacia la misma Persona: Jesucristo, el Hijo de Dios, Señor y Salvador.

Juan Cid