La historia de la salvación
Los Salmos,
el corazón humano delante de Dios
Índice del contenido
Introducción
Al recorrer la historia de Israel hemos contemplado a un pueblo que recibió promesas, atravesó desiertos, habitó la tierra prometida y conoció tanto la alegría de la restauración como la amargura del destierro. Sin embargo, junto a los acontecimientos que marcaron su existencia, la Biblia conserva también las palabras con las que sus hombres y mujeres aprendieron a dirigirse a Dios. En los Salmos entramos en esa dimensión interior de la historia de la salvación: escuchamos al creyente cuando da gracias, cuando reconoce su pecado, cuando busca protección y cuando intenta comprender por qué el sufrimiento parece prolongarse mientras Dios guarda silencio.
Este libro reúne ciento cincuenta composiciones nacidas en circunstancias diversas. Muchos salmos se atribuyen a David en sus encabezamientos; otros están relacionados con Asaf, los hijos de Coré, Salomón o Moisés, y numerosos poemas no llevan nombre de autor. Aunque no siempre podemos reconstruir la situación concreta que dio origen a cada uno, todos ellos quedaron incorporados a la oración y a la adoración de Israel. El salterio está organizado en cinco libros: Salmos 1 a 41, 42 a 72, 73 a 89, 90 a 106 y 107 a 150. Los cuatro primeros concluyen con expresiones de alabanza, mientras que el conjunto culmina en la gran alabanza final del Salmo 150.
A través de estas voces descubrimos que la fe puede hablar con sinceridad delante de Dios. La alegría no necesita contenerse, pero tampoco el dolor tiene que esconderse bajo palabras piadosas. Los salmistas llevan ante el Señor su vida entera y aprenden, en medio de ella, a reconocer su santidad, su misericordia y su fidelidad. Al mismo tiempo, sus oraciones abren una esperanza que sobrepasa sus circunstancias y que el Nuevo Testamento nos enseña a contemplar a la luz de Jesucristo.
El camino que comienza escuchando a Dios
Salmos 1 y 2; Salmo 119.
El libro de los Salmos comienza presentando a una persona que encuentra su alegría en la enseñanza del Señor y vuelve a ella de día y de noche. Antes de escuchar las súplicas de quienes buscan ayuda, el lector descubre el lugar donde puede echar raíces una vida firme: la Palabra de Dios. La imagen del árbol plantado junto a corrientes de aguas expresa una existencia alimentada por una fuente que no depende únicamente de las circunstancias. El árbol atraviesa estaciones y da fruto a su tiempo; de manera semejante, el creyente aprende a permanecer unido al Señor mientras su vida madura bajo su cuidado.
La contraposición entre el justo y el impío no debe entenderse como si unos seres humanos fueran impecables y otros fueran los únicos necesitados de misericordia. Los mismos Salmos mostrarán a personas fieles que tropiezan y necesitan perdón. Aquí se distinguen dos orientaciones de vida: la de quien recibe la instrucción divina y la de quien se afirma en un camino que se resiste a Dios. La sabiduría comienza cuando dejamos que el Señor dirija nuestros pasos, en lugar de convertir nuestros deseos en la medida de lo bueno.
Junto a esta invitación personal, el Salmo 2 ensancha la mirada hacia los pueblos y sus gobernantes. Las naciones se agitan, pero sus proyectos no pueden anular la autoridad de Dios ni su propósito respecto a su Ungido. Desde el comienzo quedan así unidas la vida cotidiana del creyente y la esperanza del reino mesiánico. Más adelante, el Salmo 119 volverá una y otra vez sobre la necesidad de recibir luz para caminar, expresándola con una imagen cercana: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Salmo 119:105). Quien ora aprende también a escuchar, porque su comunión con Dios se alimenta de lo que Él ha revelado.
La creación despierta la adoración
Salmos 8; 19; 104.
Cuando el salmista levanta los ojos hacia el cielo, contempla una realidad que lo precede y lo sobrepasa. La inmensidad de la creación le hace reconocer su pequeñez, pero también le permite maravillarse de que Dios se acuerde del ser humano y le haya confiado una responsabilidad dentro de sus obras. El Salmo 8 recoge ese asombro sin despreciar nuestra condición: somos criaturas frágiles y, sin embargo, hemos recibido una dignidad que procede del Creador. El valor de la persona no depende de su poder, de sus posesiones o de su reconocimiento social, sino de la relación que Dios ha querido establecer con ella.
El Salmo 19 comienza escuchando el testimonio silencioso de los cielos y continúa celebrando la perfección de la enseñanza divina. La creación manifiesta la gloria de Dios, mientras que su Palabra instruye, corrige y descubre faltas que el ser humano puede pasar por alto. Ambas contemplaciones conducen al salmista hacia una oración por su propia vida: desea que sus palabras y los pensamientos de su corazón sean agradables delante del Señor. La admiración por el mundo creado se transforma así en una disposición a vivir responsablemente ante su Autor.
En el Salmo 104, la mirada recorre aguas, montañas, animales, árboles y campos cultivados, reconociendo que la vida entera depende de la provisión divina. El trabajo humano aparece dentro de ese mundo sostenido por Dios, y el alimento cotidiano se recibe como parte de su generosidad. Adorar es aprender a reconocer al Dador en medio de sus dones, de modo que la gratitud alcance también las realidades que, por habituales, podríamos dejar de apreciar.
La memoria de la salvación sostiene al pueblo
Salmos 78; 105; 106; 114; 136.
La adoración de Israel estaba profundamente unida al recuerdo de lo que Dios había hecho. Los salmistas volvían a las promesas dadas a los patriarcas, a la liberación de Egipto, al paso por el desierto y a la entrada en la tierra prometida. Aquellos acontecimientos debían transmitirse a las generaciones siguientes para que conocieran al Señor y aprendieran a confiar en Él. La memoria se convertía en una forma de enseñanza: los hijos recibían una historia en la que podían reconocer tanto la fidelidad divina como las consecuencias de la incredulidad humana.
Estos salmos no presentan un pasado idealizado. Junto a las obras de Dios aparecen las murmuraciones, la idolatría y la ingratitud del pueblo. Al recordar sus rebeliones, Israel era llamado a reconocer que su continuidad dependía de una misericordia que no había merecido. El Salmo 106 expresa esa confesión comunitaria, mientras que el Salmo 136 recorre la creación y la historia de la liberación repitiendo que la misericordia del Señor permanece para siempre. La repetición ayudaba al pueblo a recibir cada acontecimiento dentro de una misma certeza: Dios había seguido obrando con fidelidad.
Esta manera de recordar prepara también nuestra comprensión de la historia de la salvación. Las obras anteriores del Señor permiten conocer su carácter y alimentan la confianza en sus promesas. Los creyentes miramos hacia la muerte y la resurrección de Jesucristo como el acontecimiento decisivo de nuestra redención, y desde allí aprendemos a reconocer la paciencia con la que Dios había ido preparando su cumplimiento. La fe se fortalece al recordar lo que el Señor ha hecho, especialmente cuando el presente dificulta percibir hacia dónde conduce el camino.
El sufrimiento encuentra palabras delante del Señor
Salmos 13; 42 y 43; 77; 88.
En los Salmos hay lugar para quien no puede celebrar con facilidad. Algunas oraciones nacen de la enfermedad, de la persecución, de la soledad o de una angustia cuya causa no llega a explicarse por completo. El Salmo 13 pregunta hasta cuándo durará la aflicción; los Salmos 42 y 43 expresan la sed de Dios desde el abatimiento; el Salmo 77 recuerda noches de inquietud en las que el alma no encuentra consuelo. Estas palabras muestran que una relación verdadera con el Señor puede atravesar momentos en los que su cercanía no se siente.
El salmista lleva sus preguntas hacia Dios porque sigue reconociéndolo como aquel de quien espera ayuda. Su oración puede contener desconcierto y, al mismo tiempo, permanecer arraigada en una confianza herida que se resiste a abandonar al Señor. En los Salmos 42 y 43, el creyente habla a su propia alma y la exhorta a esperar, aunque su tristeza todavía no haya desaparecido. La esperanza va creciendo dentro de la lucha, sostenida por el recuerdo de la presencia divina y por el deseo de volver a alabar.
No todos los salmos de lamentación terminan con una expresión visible de alivio. El Salmo 88 concluye en una profunda oscuridad, conservando dentro de la Escritura la voz de quien todavía no ha encontrado una salida. Su presencia nos enseña a acompañar con paciencia a los que sufren y a evitar respuestas apresuradas. La ausencia de consuelo inmediato no demuestra ausencia de fe. A veces, seguir dirigiéndose a Dios en medio de la noche es la expresión más honda de una dependencia que apenas encuentra fuerzas para hablar.
El arrepentimiento y la alegría del perdón
Salmos 32; 51; 130.
El dolor que aparece en los Salmos no procede siempre de enemigos o circunstancias adversas. En ocasiones nace de la conciencia del propio pecado. El Salmo 32 describe el peso de una culpa que se ha intentado callar y la libertad que llega al reconocerla delante de Dios. La confesión pone fin al esfuerzo de ocultarse y abre el corazón a la misericordia. El perdón se recibe con alegría porque restaura una comunión dañada por la desobediencia.
El encabezamiento del Salmo 51 lo relaciona con la confrontación de David por parte del profeta Natán, después de su pecado con Betsabé. A la luz de 2 Samuel 11 y 12, la oración debe leerse recordando también el abuso cometido y la muerte de Urías. Cuando David reconoce su pecado ante Dios, no desaparece el daño causado a otras personas. Su confesión sitúa toda aquella maldad ante el Señor, cuya santidad ha sido ofendida, y expresa la necesidad de una limpieza que el culpable no puede proporcionarse a sí mismo. Por eso pide: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Salmo 51:10).
El arrepentimiento se orienta así hacia una transformación interior. Los sacrificios no podían utilizarse como sustituto de un corazón quebrantado ni como medio para conservar una apariencia religiosa mientras se persistía en la injusticia. El Salmo 130 profundiza en esta esperanza al reconocer que nadie podría mantenerse en pie ante Dios si Él tomara en cuenta nuestras maldades para juzgarnos sin concedernos su perdón.
La misericordia recibida conduce a reverenciar a Dios y a vivir de otra manera. Pablo retomará el Salmo 32 al explicar la dicha de aquel a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras, mostrando la continuidad entre esta experiencia del perdón y la justificación por la fe anunciada en el evangelio (Romanos 4:5 a 8).
La confianza en el Pastor en medio del camino
Salmos 23; 46; 91; 121.
Entre las imágenes más entrañables del libro se encuentra la del Señor como Pastor. El Salmo 23 presenta a un creyente que recibe alimento, descanso y dirección, pero que también atraviesa un valle de profunda oscuridad. La presencia del Pastor sostiene su confianza allí donde el camino resulta amenazador. Al acercarse al peligro, la oración se vuelve especialmente personal: el salmista habla directamente con aquel que camina a su lado y encuentra consuelo en su cuidado.
La misma confianza aparece en el Salmo 46 ante un mundo que parece desmoronarse y en el Salmo 121 durante la mirada del peregrino hacia los montes. El auxilio procede del Creador, cuyo cuidado no se interrumpe por cansancio o distracción. Estas expresiones ofrecen seguridad en Dios, aunque no permiten calcular de antemano cómo actuará en cada dificultad. La protección divina debe comprenderse dentro del conjunto de las Escrituras, donde los fieles también conocen persecución, enfermedad y muerte.
El Salmo 91 requiere esa misma lectura. Sus promesas no autorizan a exponerse deliberadamente al peligro para exigir una intervención de Dios. Cuando el tentador utilizó palabras de este salmo para inducir a Jesús a arrojarse desde el templo, el Señor respondió que no debía tentar a Dios (Mateo 4:5 a 7). Confiar supone descansar en la fidelidad del Señor mientras obedecemos su voluntad. En el Nuevo Testamento, esta imagen alcanza una profundidad nueva cuando Jesús se presenta como el buen Pastor que entrega su vida por las ovejas y las conoce personalmente (Juan 10:11 a 15).
La justicia de Dios y el desconcierto ante el mal
Salmos 37; 73; 94.
La confianza se pone a prueba cuando quienes actúan injustamente parecen prosperar. El Salmo 73 describe con especial sinceridad esa crisis: el salmista observa la tranquilidad de los soberbios y llega a preguntarse si ha sido inútil procurar una vida recta. Su dificultad no nace de una curiosidad distante, sino de una herida moral. Le cuesta comprender cómo puede gobernar un Dios justo mientras el mal parece producir ventajas y la fidelidad va acompañada de sufrimiento.
Al entrar en la presencia de Dios, su mirada comienza a ensancharse. La prosperidad que contemplaba deja de parecerle una medida suficiente del destino humano, y reconoce que su propia amargura había oscurecido su juicio. Allí descubre también que, incluso durante su confusión, el Señor lo había sostenido. La comunión con Dios adquiere un valor que sobrepasa la seguridad material y le permite afrontar el futuro con otra esperanza.
Los Salmos enseñan asimismo a no responder al mal imitando sus caminos. Las súplicas más severas contra los enemigos deben leerse en su contexto de violencia y de petición de juicio, sin convertirlas en autorización para la venganza personal. A la luz de Jesucristo, los creyentes somos llamados a amar a nuestros enemigos y a encomendar la justicia definitiva al Señor (Mateo 5:44; Romanos 12:19 a 21). Entregar el juicio a Dios permite resistir la injusticia sin alimentar el odio, mientras procuramos proteger al vulnerable y hacer el bien.
La esperanza del Rey y del Mesías
Salmos 2; 22; 72; 89; 110.
A lo largo del salterio, la oración de Israel se abre hacia la esperanza de un rey cuyo gobierno traiga justicia y paz. El Salmo 72 describe a un soberano que defiende a los pobres, socorre a los necesitados y libra de la opresión. La grandeza de su reinado se expresa en el bienestar de quienes no pueden defenderse por sí mismos, y su horizonte llega hasta la bendición de las naciones. Esa esperanza recuerda la promesa hecha a Abraham y permite comprender que el propósito de Dios desborda las fronteras de un solo pueblo.
La experiencia histórica de la monarquía estuvo muy lejos de realizar plenamente ese ideal. El Salmo 89 conserva la tensión entre la promesa hecha a David y la humillación de su descendencia real. La oración pregunta por la fidelidad divina desde una situación en la que el cumplimiento parece haberse oscurecido. Sin embargo, la promesa permanece como fundamento de la espera. Los Salmos 2 y 110 adquirirán especial importancia en el Nuevo Testamento para expresar la identidad, la autoridad y la exaltación de Jesucristo (Hechos 13:32 a 33; Hebreos 1:13).
El camino del Mesías incluye también el sufrimiento. Jesús pronunció en la cruz las palabras iniciales del Salmo 22, entrando en la oración del justo afligido que clama a Dios. Los evangelios relacionan además escenas de la crucifixión con expresiones de este salmo (Mateo 27:35 a 46; Juan 19:23 a 24). Conviene respetar el carácter y el contexto de cada composición: algunos salmos son releídos apostólicamente como anuncios mesiánicos, mientras que otros ofrecen experiencias y figuras que alcanzan una plenitud nueva en Cristo. El Señor mismo enseñó a sus discípulos a reconocer lo escrito acerca de Él en los Salmos (Lucas 24:44 a 47).
De la oración de Israel a la alabanza de los creyentes
Salmos 95; 100; 145 a 150; Efesios 5:18 a 20; Colosenses 3:16.
Los Salmos acompañaban tanto la oración personal como la adoración del pueblo reunido. En ellos se invitaba a cantar, a recordar las obras de Dios y a recibir su enseñanza. La alegría comunitaria estaba unida a una llamada a escuchar: el Salmo 95 exhorta a no endurecer el corazón, recordando lo sucedido durante el desierto. La adoración perdía su sentido cuando las palabras de reconocimiento no iban acompañadas de una disposición a obedecer.
Los últimos salmos ensanchan progresivamente la invitación a la alabanza. Se convoca a Israel, a las naciones y a toda la creación a reconocer al Señor, cuya grandeza se manifiesta también en su cuidado de los humildes, los hambrientos y los oprimidos. El libro que había comenzado mostrando a una persona arraigada en la Palabra termina llamando a todo lo que respira a alabar a Dios. Entre ambos extremos han quedado recogidas las lágrimas, las confesiones y las esperanzas de quienes aprendieron a buscarlo.
La iglesia, entendida como la comunidad de los creyentes en Jesucristo, recibió estos cantos como parte de las Escrituras que alimentan su fe. Pablo anima a los creyentes a enseñarse y exhortarse con salmos, himnos y cánticos espirituales, dando gracias a Dios. Al orarlos a la luz de Cristo, reconocemos al Salvador que compartió nuestra aflicción, llevó nuestros pecados y resucitó. Las antiguas palabras siguen ayudándonos a presentar nuestra vida delante del Padre, sostenidos por la obra de su Hijo y por la presencia del Espíritu Santo.
Resumen teológico y espiritual
Los Salmos presentan al Dios Creador y soberano que se acerca a su pueblo, escucha su clamor y permanece fiel a sus promesas. Su santidad descubre el pecado, mientras que su misericordia ofrece perdón al arrepentido. La justicia divina sostiene la esperanza de quienes padecen opresión, y su cuidado permite atravesar circunstancias que el creyente no siempre consigue comprender. A través de la memoria de la salvación y de la esperanza mesiánica, el libro forma parte del camino que conduce hacia Jesucristo.
En ellos aprendemos a orar con una sinceridad que abarca la vida entera. Podemos agradecer sin olvidar de quién recibimos los dones, confesar sin buscar excusas y presentar nuestras preguntas sin fingir que conocemos todas las respuestas. La oración va formando nuestro corazón al llevarnos una y otra vez ante el Señor, donde nuestros deseos son examinados y nuestra confianza encuentra alimento.
Jesucristo ilumina la lectura de los Salmos porque en Él reconocemos al Rey prometido, al Justo que sufrió y al Pastor que entrega su vida. Unidos a Él, los creyentes seguimos utilizando estas palabras para adorar, pedir ayuda y perseverar. Así, el libro nos acompaña desde las inquietudes más personales hasta la esperanza de que toda la creación reconozca la gloria de Dios.
Concordancias principales
Salmo 62:8 «Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio».
La invitación a derramar el corazón reúne la confianza y la sinceridad que recorren el salterio. Podemos presentar ante Dios lo que realmente vivimos, reconociéndolo como nuestro refugio.
Salmo 34:18 «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu».
La aflicción no coloca a la persona fuera del alcance de Dios. Este versículo anuncia su cercanía a quienes llegan ante Él con el corazón herido y abatido.
Salmo 103:13 a 14 «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo».
La compasión del Señor tiene en cuenta nuestra fragilidad. Su conocimiento de nosotros permite acudir a Él con humildad y confianza.
Romanos 15:4 «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza».
Los Salmos siguen instruyendo a los creyentes porque forman parte de las Escrituras que Dios utiliza para sostener la perseverancia y alimentar la esperanza.
Hebreos 4:15 a 16 «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
La sinceridad con la que los salmistas acudían a Dios encuentra una seguridad más plena en Jesucristo. Nuestro Salvador conoce la debilidad humana y nos abre el acceso confiado a la gracia del Padre.
Santiago 5:13 «¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas».
La aflicción y la alegría pueden convertirse en ocasiones de comunión con Dios. Esta exhortación prolonga en la vida cristiana la variedad de experiencias que encontramos en los Salmos.
Fuente principal
La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Libro de los Salmos, leído en relación con los libros históricos del Antiguo Testamento y con su interpretación en los Evangelios y las cartas apostólicas.
Los textos bíblicos transcritos corresponden a esta versión. El comentario es una síntesis expositiva y devocional del contenido bíblico.
Bibliografía recomendada
Kidner, Derek. Salmos 1–72 y Salmos 73–150. Comentarios de orientación exegética que ayudan a comprender la estructura, las imágenes y el mensaje de los salmos.
Lewis, C. S. Reflexiones sobre los Salmos. Acercamiento literario y cristiano que puede enriquecer la lectura, distinguiendo las reflexiones del autor de la explicación directa del texto bíblico.
Spurgeon, Charles H. El tesoro de David. Exposición devocional de los Salmos, útil para ampliar la meditación y conocer comentarios procedentes de la tradición cristiana.
Henry, Matthew. Comentario bíblico, sección dedicada a los Salmos. Obra de consulta para profundizar en sus aplicaciones espirituales y en su relación con el conjunto de las Escrituras.
Juan Cid