La Revelación de Jesucristo

(Inspirado en Apocalipsis 1)

La Revelación de Jesucristo,
tesoro eterno de celestial valor,
que Dios entregó a Su Hijo amado
para mostrarnos Su gloria y Su amor.

Bienaventurado quien lee y escucha,
quien guarda la Palabra del Señor,

porque el tiempo avanza silencioso
hacia el encuentro con el Salvador.

Juan contempló en la isla de Patmos
la luz que ninguna sombra apagó;
en medio de pruebas y destierro,
la voz del Maestro le habló.

Era voz de trompeta poderosa,
como aguas que rugen al pasar,
llamando a las iglesias de la tierra,
llamando a los hombres a despertar.

Y al volverse vio al Hijo del Hombre,
vestido de gloria y majestad,
ceñido de oro sobre Su pecho,
Rey eterno de toda potestad.

Blancos Sus cabellos como nieve,
como llama de fuego Su mirar,
ojos que penetran los secretos
que nadie puede ocultar.

Sus pies semejaban bronce ardiente,
purificados en el horno de Dios
,
y de Su boca salía la espada
de la verdad que juzga con Su voz.

Su rostro brillaba como el sol
cuando alcanza su máximo esplendor;
ante aquella inmensa hermosura,
Juan cayó rendido de temor.

Mas la diestra del Señor lo sostuvo:
«No temas, Yo soy el Primero y el Fin;
fui muerto, pero vivo para siempre,
y las llaves de la muerte están en Mí».

Él es Alfa y Omega glorioso,
Principio y Final de la creación,

el Testigo fiel y verdadero,
el Soberano de toda nación.

Camina entre los candeleros,
velando por los creyentes con amor;
conoce sus luchas y sus lágrimas,
y fortalece su fe en el dolor.

A Él sea la gloria por los siglos,
al que nos lavó con Su redención
,
al que hizo de nosotros un reino
para servir al Padre en adoración.

Y un día vendrá sobre las nubes,
como anunció la profecía fiel;
todo ojo verá Su gloria eterna,
y toda rodilla se doblará ante Él.

¡Oh Cristo, Revelación perfecta,
esplendor eterno del Dios inmortal
!
Luz que vence las sombras del mundo,
Verdad suprema, gloriosa y triunfal.

Que al leer tus santas Palabras
nuestro corazón se llene de adoración;
que cada página revele tu grandeza
y fortalezca nuestra fe
y nuestra esperanza de salvación.

Que aprendamos a vivir aguardando
el glorioso día de tu manifestación,
cuando los cielos proclamen tu victoria
y toda la creación contemple tu exaltación.

Entonces el Rey abrirá los cielos,
vestido de gloria, poder y majestad;

y el universo entero reconocerá por siempre
tu justicia, tu reino y tu autoridad.

Toda rodilla se doblará ante tu presencia,
toda lengua tu señorío confesará;
los ángeles cantarán tu victoria eterna
y tu pueblo redimido te adorará.

Porque Tú eres el Alfa y la Omega,
el Primero y el Último, el Principio y el Fin;
el Cordero que fue inmolado por nosotros
y el Rey glorioso que pronto ha de venir.

Y cuando desaparezcan los siglos,
cuando el tiempo mismo deje de existir,
tu gloria seguirá iluminando la eternidad
y los redimidos vivirán para siempre junto a Ti.

¡Ven, Señor Jesús!
Deseado de las naciones, Rey de los siglos,
Esperanza de los creyentes y Salvador del mundo;
porque tuyos son el reino, la gloria y el poder,
por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Cid