La creación, la caída y la promesa de redención

Índice del contenido

Los comienzos de la historia de la salvación

La historia de la salvación comienza con Dios dando la vida. Antes de que aparezcan la desobediencia, el sufrimiento y la muerte, la Biblia presenta un mundo que recibe de su Creador la existencia, el orden y la bondad. Este comienzo es fundamental para comprender todo lo que vendrá después: la salvación responde a la ruina introducida por el pecado, pero también conduce hacia el cumplimiento del propósito divino para una humanidad llamada a vivir en comunión con Él. Al recorrer las primeras páginas de Génesis, descubrimos de dónde procede nuestra dignidad, por qué nuestra experiencia está atravesada por el dolor y cómo comienza a abrirse, dentro de esa misma oscuridad, la esperanza de la redención.

Dios, origen de la vida y de todo lo creado

Génesis 1:1 a 25

La primera afirmación de la Biblia sitúa a Dios antes de cuanto existe. El cielo y la tierra tienen un comienzo; Él se presenta como Aquel de quien procede toda la realidad creada. El relato no se detiene a explicar Su origen, porque el Dios que va a darse a conocer no forma parte del mundo ni depende de él. Todo lo que después contemplaremos (la luz, los mares, la tierra, los astros y los seres vivos) recibe de Él su existencia. Desde esta primera página queda establecido que la vida es un don y la creación pertenece a Dios.

La narración avanza mediante la palabra divina. Dios habla, y lo que dispone comienza a existir y encuentra su lugar. La luz se distingue de las tinieblas, las aguas quedan delimitadas, aparece la tierra fértil y la vida se extiende por los espacios que han sido preparados para recibirla. El texto conduce al lector desde una tierra descrita inicialmente sin orden y vacía hacia un mundo habitable, lleno de criaturas. La repetición de que Dios ve la bondad de lo creado acompaña ese desarrollo y permite comprender que la realidad material no nace como un mal del que debamos escapar.

Los cielos y la tierra expresan una sabiduría que precede a nuestra comprensión. Los astros, que otros pueblos llegaron a adorar, aparecen aquí como criaturas al servicio del orden establecido por Dios. El sol y la luna no gobiernan sobre el Creador ni deciden el destino humano; cumplen la función que Él les asigna. También los animales, con toda su diversidad, reciben Su bendición y ocupan un lugar dentro de un mundo que no existe únicamente en función de la utilidad inmediata que pueda tener para nosotros.

Esta mirada invita a contemplar la creación con gratitud y reverencia. El salmista reconocerá que «los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1), descubriendo en lo visible un testimonio de la grandeza de Aquel que lo sostiene. La belleza del mundo puede despertar nuestra admiración, pero la fe bíblica conduce esa admiración hacia el Creador, cuya generosidad se manifiesta en la abundancia de la vida.

El Nuevo Testamento ampliará nuestra comprensión al revelar la participación del Hijo en la creación. Cuando Juan presenta al Verbo eterno, afirma que «todas las cosas por él fueron hechas» (Juan 1:3). Jesucristo, a quien conoceremos entrando en nuestra historia para salvarnos, es el Hijo por medio de quien todo llegó a existir. La relación entre creación y redención comienza así a iluminarse: Aquel que viene a restaurar nuestra vida conoce su origen y posee autoridad para renovarla.

El ser humano, imagen de Dios y responsable de Su creación

Génesis 1:26 a 31

Cuando el relato llega a la creación del ser humano, el lenguaje se detiene y adquiere una solemnidad particular. Dios declara Su propósito de crear a la humanidad a Su imagen y semejanza, y confía al hombre y a la mujer una responsabilidad dentro del mundo. Entre todas las criaturas, ambos reciben esta dignidad compartida, que antecede a cualquier diferencia de capacidad, edad, condición social o reconocimiento humano.

Ser imagen de Dios significa que nuestra vida está llamada a representarlo dentro de la creación, viviendo bajo Su autoridad y reflejando, de manera propia de una criatura, Su bondad, Su justicia y Su cuidado. Incluye nuestra capacidad de relacionarnos, comprender, responder moralmente y asumir responsabilidades, aunque no puede reducirse a una sola facultad. La persona entera posee una dignidad recibida que permanece incluso cuando sus capacidades se ven limitadas por la enfermedad, la discapacidad o la fragilidad.

El texto afirma expresamente que Dios creó al ser humano varón y mujer. Ambos participan de la misma humanidad y de la misma condición de imagen divina; ambos reciben la bendición y el encargo de habitar la tierra y cuidarla. Ninguno aparece como dueño absoluto del otro, y la responsabilidad sobre el mundo debe ejercerse reconociendo que la autoridad última pertenece al Creador.

El dominio confiado a la humanidad necesita comprenderse desde esa relación. Quien representa a Dios no puede tratar Su obra como si careciera de valor. El jardín que aparecerá después deberá ser cultivado y guardado, de modo que la autoridad humana encuentra su sentido en un cuidado responsable. El trabajo, el conocimiento y el uso de los recursos forman parte de esa vocación, mientras permanecen sujetos al respeto por la vida y al bien de las demás personas.

Al terminar esta primera descripción, Dios contempla cuanto ha hecho y declara que es bueno en gran manera. El ser humano entra en un mundo preparado para recibirlo, y su primera experiencia está rodeada por una bendición que no ha tenido que conquistar. La bondad de Dios precede a la respuesta humana. Esta verdad ayudará a comprender más adelante la gravedad de la desobediencia, porque el pecado surgirá dentro de una relación sostenida desde el principio por la generosidad del Creador.

La vida recibida y el descanso delante de Dios

Génesis 2:1 a 17

La culminación de la creación introduce el descanso del séptimo día. Dios cesa de Su obra creadora y bendice ese tiempo, mostrando que la existencia no está destinada a un esfuerzo interminable. Su descanso expresa la obra concluida; no responde al agotamiento de quien ha consumido sus fuerzas. Para la humanidad, ese día abrirá una comprensión del tiempo en la que trabajar y descansar pueden vivirse reconociendo al Señor.

Desde el comienzo, la vida contiene una invitación a recibir. Antes de que el ser humano transforme la tierra mediante su trabajo, la tierra ya le ha sido dada; antes de que pueda producir alimento, Dios ha dispuesto lo necesario para sostenerlo. El descanso recuerda esa dependencia y ayuda a comprender que nuestro valor no procede exclusivamente de lo que conseguimos hacer.

Génesis 2 vuelve sobre la creación humana y concentra la mirada en su cercanía a Dios y a la tierra. El hombre es formado del polvo y recibe el aliento de vida. La imagen reúne humildad y dignidad: somos frágiles, pertenecemos al mundo creado y necesitamos alimento, cuidado y tiempo; al mismo tiempo, nuestra existencia procede de una acción personal del Creador. El pasaje presenta al ser humano llegando a ser un ser viviente por el don de Dios, sin exigir que entendamos el aliento como una porción de la esencia divina.

El jardín aparece como un lugar donde esa vida puede desarrollarse. Hay belleza, alimento y una tarea que realizar. Adán debe cultivarlo y guardarlo, por lo que el trabajo pertenece al propósito bueno de Dios antes de la caída. El cansancio doloroso, la frustración y la resistencia de la tierra aparecerán después, pero la actividad humana, en sí misma, ya forma parte de una existencia con sentido.

Dentro de esa abundancia, Dios establece un límite relacionado con el árbol del conocimiento del bien y del mal. La amplitud del permiso precede a la prohibición: el ser humano puede disfrutar de los árboles del jardín, pero no debe comer de aquel. El límite sitúa su libertad dentro de una relación de confianza. Adán recibe una vida que puede disfrutar plenamente reconociendo que no le corresponde ocupar el lugar del Creador.

La advertencia acerca de la muerte muestra que la desobediencia tendrá consecuencias reales. El bien y el mal no quedan sometidos al deseo de quien actúa, y la libertad humana necesita reconocer una verdad que no ha creado por sí misma. En ese punto se hace visible una cuestión que recorrerá toda la Biblia: si aceptaremos vivir confiando en la palabra de Dios o intentaremos asegurar nuestra existencia apartándonos de Su autoridad.

La comunión humana y el don de la compañía

Génesis 2:18 a 25

En medio de un mundo declarado bueno, Dios señala algo que todavía necesita ser atendido: la soledad del hombre. La vida humana está hecha para la relación, y ninguna de las demás criaturas puede responder plenamente a esa necesidad. El relato conduce hacia la creación de la mujer como alguien que comparte la misma naturaleza y puede encontrarse con el hombre en una comunión verdaderamente humana.

La expresión ayuda idónea describe una ayuda correspondiente, adecuada a él. No establece inferioridad ni reduce a la mujer a una función secundaria. En otros lugares de las Escrituras, Dios mismo es llamado ayuda de Su pueblo; por tanto, la palabra no lleva en sí una idea de menor dignidad. Aquí destaca que el hombre necesita a alguien que esté frente a él como su semejante, capaz de compartir la existencia y la responsabilidad recibidas.

La alegría con la que Adán reconoce a la mujer expresa esa cercanía. La ve como alguien de su propia carne y de sus propios huesos, y el relato conduce desde ese reconocimiento hacia la unión matrimonial. Hombre y mujer son llamados a una comunión que crea un vínculo nuevo, descrito como llegar a ser una sola carne. Jesús volverá a este comienzo al enseñar sobre el matrimonio, reconociendo en él una unión que debe recibirse con fidelidad y respeto (Mateo 19:4 a 6).

La desnudez sin vergüenza con la que termina la escena permite percibir la confianza de aquella relación. Todavía no necesitan esconderse ni proteger su vulnerabilidad frente al otro. Pueden estar juntos sin que el temor, la utilización o la sospecha hayan herido su encuentro. Esta imagen prepara al lector para reconocer la profundidad de la ruptura que llegará después: el pecado afectará la relación con Dios y alcanzará también la manera de mirarse, convivir y amarse.

La tentación y la desconfianza hacia la palabra de Dios

Génesis 3:1 a 5

La serpiente entra en la narración introduciendo una pregunta que altera la manera de escuchar a Dios. Su intervención lleva la atención desde la abundancia concedida hacia el límite establecido, como si la prohibición revelara una intención que debiera ponerse en duda. La tentación comienza a abrirse paso cuando la palabra del Creador deja de recibirse dentro de Su bondad y empieza a ser interpretada desde la sospecha.

El relato de Génesis presenta a la serpiente como una criatura astuta. Más adelante, Apocalipsis identificará a la serpiente antigua con el diablo y Satanás (Apocalipsis 12:9), iluminando esta escena dentro del conjunto de la revelación bíblica. Su acción introduce engaño y oposición a Dios, pero no convierte al ser humano en una víctima sin responsabilidad. La tentación buscará su consentimiento y lo invitará a actuar contra lo que ha recibido.

La mujer recuerda la prohibición, aunque al expresarla incorpora la referencia a no tocar el fruto, algo que no aparecía en el mandato narrado anteriormente. El texto no explica cómo surgió esa diferencia, por lo que conviene no construir sobre ella una historia que Génesis no cuenta. Lo decisivo es que la conversación avanza hasta una negación directa de la advertencia divina.

La serpiente asegura que no morirán y presenta a Dios como alguien que retiene una posibilidad deseable. Comer abriría sus ojos y los haría como Dios, conocedores del bien y del mal. La propuesta ofrece una plenitud que supuestamente exige desobedecer, y transforma el límite protector en un obstáculo para su realización.

La tentación alcanza así el centro de la confianza. El ser humano, creado ya a imagen de Dios, es inducido a buscar su grandeza separándose de Él. La promesa del engañador despierta el deseo de alcanzar por apropiación lo que solo puede vivirse correctamente en dependencia del Creador. Esta dinámica reaparecerá muchas veces: sospechar de la bondad divina, restar importancia a Su advertencia y presentar la desobediencia como camino hacia la libertad.

La desobediencia y la primera experiencia de la ruptura

Génesis 3:6 a 13

La mujer contempla el árbol y encuentra en él alimento, belleza y una sabiduría deseable. El fruto llega a ocupar su atención de tal manera que la palabra de Dios queda desplazada. Entonces toma, come y da también a su marido, que come con ella. El relato atribuye la acción a ambos, y la enseñanza posterior de las Escrituras no permitirá que el hombre se presente como inocente de lo sucedido.

El pecado se concreta en un acto, pero nace de una alteración más profunda de la relación con Dios. Aquello que resulta atractivo pasa a decidir la conducta por encima de Su palabra. La humanidad intenta alcanzar una plenitud por un camino que rompe la confianza de la que dependía su vida.

Sus ojos se abren, aunque el resultado no tiene la grandeza prometida. Se descubren desnudos y buscan cubrirse. La vulnerabilidad que antes podía vivirse sin vergüenza se convierte ahora en una experiencia que necesita ocultamiento. La desobediencia ha introducido una distancia dentro de ellos mismos y entre ambos.

Cuando perciben la presencia de Dios, se esconden. La relación que debía sostener su seguridad despierta ahora temor, y el jardín se convierte en un lugar donde buscan evitar al Creador. La ruptura espiritual aparece en esa huida de Aquel de quien procede la vida, aunque el relato mostrará también las consecuencias corporales que terminarán en la muerte.

Dios llama al hombre y le pregunta dónde está. La pregunta abre un encuentro que ellos estaban evitando; no revela desconocimiento divino. Adán comienza a explicar su miedo, y las preguntas siguientes lo sitúan ante lo que ha hecho. En lugar de reconocer sencillamente su responsabilidad, señala a la mujer y alude a Dios como quien se la dio. Ella, a su vez, señala el engaño de la serpiente.

El mal ha herido también la solidaridad que los unía. Quienes habían sido dados el uno al otro comienzan a protegerse desplazando la culpa. El relato nos permite reconocer una experiencia todavía cercana: cuando el pecado no se confiesa, la defensa de la propia imagen puede terminar acusando al prójimo e incluso cuestionando a Dios. Por eso, el camino de regreso necesitará verdad y arrepentimiento, como expresará el salmista al reconocer: «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad» (Salmo 32:5).

El juicio de Dios y la promesa que abre la esperanza

Génesis 3:14 a 15

La respuesta divina comienza por la serpiente. El juicio muestra que el engaño no queda fuera de la autoridad de Dios y que el mal no podrá presentarse finalmente como vencedor. La humillación expresada en las palabras dirigidas a ella contrasta con la promesa de grandeza que había ofrecido a los seres humanos.

Dentro de ese juicio aparece el anuncio de una enemistad entre la serpiente y la mujer, y entre sus respectivas descendencias. La historia que comienza estará atravesada por un conflicto, pero Dios anuncia también una herida decisiva contra la cabeza de la serpiente, mientras la descendencia de la mujer será herida en el talón.

En su contexto inmediato, el versículo anuncia la hostilidad entre la serpiente y la descendencia humana. A la luz del conjunto de las Escrituras, la fe cristiana reconoce aquí la primera promesa de la victoria sobre el mal, razón por la que este pasaje suele llamarse protoevangelio, es decir, primer anuncio del evangelio. Génesis todavía no explica de qué manera se realizará esa victoria; será el desarrollo posterior de la revelación el que permita reconocer su cumplimiento culminante en Jesucristo.

El Nuevo Testamento presenta al Hijo entrando en nuestra condición para vencer al enemigo que esclaviza a la humanidad. Hebreos explica que participó de carne y sangre para destruir mediante la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Hebreos 2:14). La victoria se alcanzará atravesando el sufrimiento: Cristo será herido, pero Su muerte y resurrección quebrantarán el dominio que el pecado y la muerte ejercen sobre quienes reciben Su salvación.

La esperanza comienza, por tanto, dentro de una escena de juicio. Dios no llama bueno a lo sucedido ni elimina sus consecuencias, pero tampoco abandona la historia al engañador. Antes de la salida del jardín, ya ha pronunciado una palabra que permite mirar más allá de la caída. La redención nace de la iniciativa divina, que abre un futuro cuando el ser humano todavía no sabe cómo regresar.

Una vida herida por el pecado

Génesis 3:16 a 19

Las palabras dirigidas a la mujer y al hombre describen una existencia alcanzada por el sufrimiento. La maternidad, la relación entre ambos, el trabajo y la propia tierra quedan bajo las consecuencias de la desobediencia. Aquello que debía vivirse dentro de una armonía confiada se desarrollará ahora entre dolor, resistencia y conflicto.

La referencia al dominio del marido sobre la mujer describe la relación herida que sigue al pecado. No debe convertirse en una autorización divina para el abuso ni en un ideal que los creyentes deban preservar. Cuando la fuerza se utiliza para someter, humillar o anular a otra persona, se profundiza la ruptura que el relato está mostrando. El propósito creador se comprende desde la dignidad compartida, mientras la obra de Cristo llama a relaciones transformadas por el amor y la entrega.

El trabajo también encuentra una dificultad nueva. Adán seguirá obteniendo alimento de la tierra, pero lo hará con esfuerzo doloroso, entre espinos y cardos. La actividad que había recibido como vocación queda acompañada por la frustración y la incertidumbre. El mundo continúa sosteniendo la vida, aunque la experiencia humana ya no puede descansar en la armonía del comienzo.

Finalmente, la advertencia de la muerte se hace explícita en el retorno al polvo. El ser humano no muere físicamente en el instante de comer, pero su relación con Dios queda quebrantada y su existencia queda marcada por la muerte, que culminará en el retorno al polvo. La Biblia desarrollará después la relación entre aquel comienzo y la condición de toda la humanidad: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte» (Romanos 5:12).

Esta visión general no permite atribuir cada enfermedad o desgracia a un pecado concreto de quien la sufre. Jesús rechazará esa explicación simplista cuando Sus discípulos pregunten por un hombre nacido ciego (Juan 9:1 a 3). Génesis muestra una creación herida y una humanidad necesitada de redención; no nos concede conocimiento para repartir culpas individuales ante cada dolor que encontramos.

El cuidado de Dios y la salida del jardín

Génesis 3:20 a 24

Después del juicio, Adán llama Eva a su mujer, relacionando su nombre con la vida. El relato conserva así una mirada hacia la continuidad de la humanidad, incluso cuando la muerte ha entrado en su horizonte. Habrá descendencia y la historia seguirá adelante bajo la palabra que Dios ha pronunciado.

El Creador hace túnicas de pieles y los viste. El gesto muestra un cuidado que atiende su vulnerabilidad aun después de la desobediencia. Dios no aprueba su pecado, pero tampoco deja de tratar con ellos como personas necesitadas. El juicio y la misericordia aparecen juntos, sin que uno elimine la realidad del otro.

Las túnicas han sido relacionadas con frecuencia con el tema bíblico de la cobertura y el sacrificio. Esa asociación puede servir como una reflexión a la luz de la revelación posterior, pero el texto no describe aquí una ceremonia sacrificial ni explica expresamente que se trate de una expiación. Lo que afirma con claridad es que Dios proporciona una vestidura para quienes habían intentado cubrirse por sí mismos.

La salida del jardín hace visible la gravedad de la ruptura. El acceso al árbol de la vida queda cerrado, y el ser humano debe continuar su existencia fuera de aquel lugar. La medida impide que tome del árbol y viva para siempre en su condición caída; al mismo tiempo, muestra que no puede recuperar la comunión perdida mediante una simple decisión de apropiarse de lo que desea.

Los querubines y la espada encendida señalan un acceso que la humanidad ya no puede abrir por sus propias fuerzas. El camino de la salvación tendrá que proceder de Dios. La historia bíblica irá mostrando cómo Su presencia vuelve a acercarse a un pueblo pecador, hasta que Jesucristo abra el camino de reconciliación mediante Su entrega.

Del primer Adán a Jesucristo, el Redentor

La salida del jardín podría parecer el final de la relación entre Dios y la humanidad, pero la Biblia continúa narrando Su acción dentro de nuestra historia. Entre la violencia, la idolatría y la infidelidad, el Señor conserva la vida, llama a personas concretas y hace avanzar Sus promesas. La elección de Abraham abrirá una etapa decisiva, porque la bendición prometida a su descendencia tendrá desde el comienzo un horizonte que alcanza a todas las familias de la tierra.

Cuando el Nuevo Testamento contempla la obra de Jesús, vuelve al principio para explicar su alcance. Pablo presenta a Adán y a Cristo en una relación que permite comprender tanto nuestra ruina como nuestra esperanza. La desobediencia del primero introduce una historia marcada por el pecado; la obediencia de Cristo abre el camino de la justificación y de la vida (Romanos 5:18 a 19).

Jesús entra verdaderamente en nuestra humanidad y afronta la tentación sin apartarse del Padre. Donde el ser humano había sospechado de la palabra divina, Él permanece confiado; donde habíamos buscado afirmarnos contra Dios, Él vive en obediencia. Esa fidelidad lo conduce hasta la cruz, donde carga con nuestros pecados y realiza la reconciliación que no podíamos conseguir por nosotros mismos.

Su resurrección anuncia que la muerte ha sido vencida y que la creación no está destinada a permanecer para siempre bajo la corrupción. La salvación alcanza el perdón, la transformación presente del creyente y la esperanza de una restauración definitiva. Por eso Pablo puede afirmar: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es» (2 Corintios 5:17). La vida nueva comienza ya en quienes pertenecen al Señor, mientras esperan la resurrección y la plenitud de lo prometido.

Al final de la Biblia vuelve a aparecer el árbol de la vida. Apocalipsis presenta una creación en la que la maldición ha desaparecido y los siervos de Dios viven en Su presencia (Apocalipsis 22:1 a 5). La historia iniciada en Génesis encuentra así su cumplimiento en una comunión restaurada por la gracia. El Dios que dio la vida al principio es también quien conduce a Su pueblo hacia la vida que ya no podrá ser destruida.

Resumen teológico y espiritual

Los primeros capítulos de Génesis nos enseñan a mirar nuestra existencia como un don recibido de Dios. Antes de que podamos trabajar, elegir o construir una historia propia, el Creador nos concede la vida y nos sitúa dentro de un mundo que lleva las señales de Su bondad. Nuestra dignidad nace de haber sido creados a Su imagen, y permanece más allá de la fuerza, la utilidad o el reconocimiento que otros puedan atribuirnos. Esta verdad nos llama a recibir con gratitud la propia vida y a tratar con respeto a cada persona, especialmente cuando su fragilidad hace más difícil que el mundo reconozca su valor.

Dentro de esa vida recibida, la libertad encuentra su lugar en una relación de confianza. El límite establecido en el jardín recuerda que el ser humano puede disfrutar de la creación sin convertirse en su dueño absoluto ni decidir por sí mismo la verdad última del bien y del mal. La tentación hiere precisamente esa confianza, presentando a Dios como un obstáculo para nuestra plenitud. Cuando la sospecha se convierte en desobediencia, la promesa de una libertad mayor desemboca en vergüenza, temor y distancia.

La caída permite comprender la profundidad de nuestra necesidad. El pecado alcanza la relación con Dios, altera la convivencia humana y deja sus consecuencias en la manera de trabajar, amar y afrontar la muerte. Al reconocernos dentro de esa historia, descubrimos que necesitamos algo más que mejorar algunas conductas. Necesitamos reconciliación, perdón y una renovación que alcance las disposiciones del corazón desde las que nacen nuestras decisiones.

Dios sale al encuentro de los seres humanos en medio de esa ruptura. Sus preguntas los llaman a la verdad, Su juicio muestra la gravedad del mal y Su cuidado atiende la vulnerabilidad que ellos mismos han contribuido a descubrir. La promesa dirigida contra la serpiente abre una esperanza que la humanidad no había sido capaz de formular. Desde ese momento, el futuro queda sostenido por la fidelidad de Dios, que hará avanzar Su propósito a través de una historia larga y difícil.

Esa promesa encuentra su cumplimiento decisivo en Jesucristo. Su obediencia, Su muerte y Su resurrección abren el camino de regreso al Padre y permiten recibir una vida nueva. El creyente sigue conociendo la fragilidad del mundo caído, pero ya puede vivir desde una relación restaurada, aprendiendo a confiar donde antes sospechaba y a obedecer donde antes buscaba afirmarse por su propia voluntad. La gracia comienza a renovar su manera de tratar al prójimo, de cuidar la creación y de ejercer las responsabilidades que le han sido confiadas.

La esperanza cristiana mira finalmente hacia la plenitud de esa restauración. El dolor y la muerte continúan presentes, pero han dejado de ser el horizonte definitivo de quienes pertenecen a Cristo. El árbol de la vida que reaparece al final de las Escrituras recuerda que Dios no ha abandonado Su propósito. La historia de la salvación conduce hacia una humanidad reconciliada que podrá vivir en Su presencia, recibiendo sin temor la vida que procede de Él.

Concordancias bíblicas principales

Salmo 8:4 a 6 «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies».

El salmista contempla la pequeñez humana y, al mismo tiempo, la dignidad que Dios le ha concedido. La responsabilidad sobre la creación debe ejercerse recordando que esa honra es recibida.

Santiago 3:9 «Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios».

La condición de imagen divina sigue fundamentando el respeto debido a las personas después de la caída. Santiago la utiliza para denunciar la contradicción de adorar a Dios mientras dañamos al prójimo con nuestras palabras.

Santiago 1:14 a 15 «Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte».

Este pasaje ayuda a comprender cómo el deseo desordenado puede convertirse en consentimiento y acción. La tentación necesita ser reconocida antes de que aquello que promete termine gobernando nuestra conducta.

Romanos 8:20 a 21 «Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios».

La esperanza de redención alcanza también a la creación. El mundo herido por la corrupción no queda fuera del propósito restaurador de Dios.

1 Corintios 15:21 a 22 «Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados».

Pablo relaciona el comienzo de la muerte humana con la victoria de Cristo. En el desarrollo del capítulo, la resurrección de quienes pertenecen al Señor aparece sostenida por Su propia resurrección.

Apocalipsis 21:4 «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».

La historia de la salvación culmina con la eliminación de aquello que desfigura nuestra existencia. La presencia de Dios sostiene una vida reconciliada en la que el sufrimiento y la muerte ya no tienen lugar.

Fuente bíblica y bibliografía recomendada

  1. Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Pasajes principales: Génesis 1 a 3; Romanos 5; 1 Corintios 15; Apocalipsis 21 a 22.
  2. Gordon J. Wenham, Genesis 1–15, en la serie Word Biblical Commentary.
  3. Derek Kidner, Genesis, en la serie Tyndale Old Testament Commentaries.
  4. Victor P. Hamilton, The Book of Genesis: Chapters 1–17, en la serie New International Commentary on the Old Testament.
  5. D. A. Carson, The God Who Is There.
  6. Graeme Goldsworthy, Gospel and Kingdom.

Juan Cid