La historia de la salvación
Ezequiel,
la gloria de Dios, el corazón nuevo y la esperanza de restauración
Índice del contenido
Introducción
La destrucción de Jerusalén fue una herida que alcanzó las raíces de la vida de Judá. La ciudad había sido el centro de su historia, el templo había ocupado un lugar fundamental en su adoración y la tierra estaba unida a las promesas recibidas de Dios. Cuando la amenaza babilónica se convirtió en destierro, muchos tuvieron que preguntarse qué quedaba de aquella relación. ¿Había abandonado el Señor a su pueblo? ¿Podían seguir buscándolo lejos del santuario? ¿Existía un futuro después de tanta infidelidad y destrucción?
Ezequiel recibió su llamamiento entre los deportados en Babilonia, antes de la caída definitiva de Jerusalén. Era sacerdote, y su ministerio quedó profundamente marcado por la santidad de Dios, la gravedad de la idolatría y la necesidad de una restauración que alcanzara tanto al pueblo como a su vida de adoración. Sus mensajes, visiones y acciones simbólicas acompañaron a una comunidad que debía comprender las causas de su situación y aprender a esperar de nuevo.
A lo largo del libro, la gloria de Dios aparece como el fundamento del juicio y de la esperanza. El Señor descubre el pecado que había corrompido Jerusalén, pero también anuncia que buscará a sus ovejas, limpiará a su pueblo y le dará un corazón nuevo. La restauración culmina en la promesa de su presencia, de la que brota una vida capaz de transformar incluso lo que parecía definitivamente perdido. Leído a la luz de Jesucristo, Ezequiel ayuda a comprender la profundidad de nuestra necesidad y la grandeza de la salvación que Dios prepara.
La gloria del Señor junto a los desterrados
Ezequiel 1:1 a 28.
El libro comienza lejos de Jerusalén, junto al río Quebar, en tierra de los caldeos. Allí se abren los cielos y Ezequiel contempla una visión de la gloria divina. El lugar del encuentro tiene una importancia profunda: los deportados podían haber perdido su libertad y su tierra, pero no habían quedado fuera del alcance del Señor. La presencia de Dios no estaba sometida a las fronteras de Judá ni había sido derrotada por los ejércitos babilónicos.
La visión reúne fuego, resplandor, seres vivientes, ruedas y un trono sobre el que aparece una figura de aspecto humano, rodeada de una luminosidad que el profeta apenas consigue describir. El lenguaje insiste en semejanzas y apariencias, expresando la dificultad de comunicar lo contemplado. Sus imágenes transmiten majestad, santidad y una libertad de movimiento que desborda las limitaciones humanas. Conviene recibirlas dentro de ese propósito, evitando convertirlas en una descripción de mecanismos o fenómenos ajenos al sentido del pasaje.
Ante aquella manifestación, Ezequiel cae rostro en tierra. El comienzo de su misión queda así determinado por el encuentro con el Dios vivo. Antes de hablar al pueblo, el profeta necesita reconocer ante quién se encuentra. Esta misma disposición reaparecerá en Apocalipsis, donde las visiones del trono utilizan imágenes relacionadas con Ezequiel para mostrar la gloria y el gobierno de Dios sobre la creación (Apocalipsis 4:1 a 11).
La palabra recibida y la responsabilidad del atalaya
Ezequiel 2:1 a 10; 3:1 a 27; 33:1 a 20.
El Señor llama a Ezequiel «hijo de hombre», recordándole su condición humana frente a la grandeza divina. Dentro de este libro, la expresión se dirige al profeta como criatura frágil; no debe identificarse automáticamente con la figura celestial de Daniel 7, aunque utilice palabras semejantes. Ezequiel recibe el encargo de hablar a un pueblo que ha mostrado una resistencia persistente y que puede seguir rechazando la voz de Dios.
Antes de comunicar el mensaje, debe comer un rollo. La imagen muestra que la palabra recibida tiene que ser acogida e incorporada a su propia vida. El rollo contiene lamentaciones y anuncios dolorosos, pero resulta dulce en su boca: procede del Señor, aunque su contenido anuncie acontecimientos amargos. Apocalipsis retomará una escena relacionada cuando Juan reciba un pequeño libro que será dulce al comerlo y amargo en sus entrañas (Apocalipsis 10:8 a 11).
Ezequiel es establecido también como atalaya. Del mismo modo que un vigilante advierte de un peligro, él debe transmitir la advertencia divina con fidelidad. No puede controlar la respuesta del oyente, pero sí es responsable de comunicar lo que ha recibido. El anuncio del juicio busca despertar al pecador para que se vuelva y viva. Esta responsabilidad profética concreta no autoriza a utilizar el miedo para dominar las conciencias; muestra la seriedad de una palabra que llama al arrepentimiento y que debe comunicarse sin deformarla.
La idolatría que había herido Jerusalén
Ezequiel 4 a 8; 16:1 a 63; 20:1 a 44; 22:1 a 31.
Las primeras acciones simbólicas de Ezequiel anuncian el sitio y la devastación de Jerusalén. Mediante escenas que afectan a su cuerpo, su alimento y su vida cotidiana, el profeta hace visible un mensaje que muchos no desean escuchar. La ciudad se aproxima a una crisis cuya raíz no puede explicarse únicamente por la superioridad militar de Babilonia. El libro presenta la caída dentro de una larga historia de infidelidad.
Las visiones del templo descubren prácticas idolátricas introducidas en el lugar destinado a la adoración del Señor. Al mismo tiempo, otras denuncias muestran violencia, abuso de autoridad, corrupción y desprecio por el extranjero, el huérfano y la viuda. El pecado religioso y la injusticia social aparecen profundamente relacionados: al apartarse de Dios, el pueblo había deformado también su manera de tratar a las personas.
Las imágenes matrimoniales de Ezequiel 16 expresan esta ruptura con un lenguaje especialmente duro, propio de la denuncia profética. Deben leerse dentro de su función simbólica, sin utilizarlas para justificar violencia o humillación contra las mujeres. Su propósito es mostrar la gravedad de una fidelidad quebrantada después de haber recibido cuidado y generosidad. La relación con Dios había sido dañada por decisiones reales que exigían reconocimiento y arrepentimiento, no por una falta superficial que pudiera resolverse manteniendo las apariencias.
La gloria que se aparta y la esperanza que permanece
Ezequiel 9 a 11.
La visión del juicio sobre Jerusalén alcanza uno de sus momentos más dolorosos cuando la gloria del Señor se aparta del templo y de la ciudad. El movimiento se describe de manera progresiva, como si el lector debiera detenerse a contemplar la gravedad de lo que está sucediendo. El santuario permanecía allí, pero la comunidad había despreciado la presencia santa que le daba sentido.
Esta escena descubre la insuficiencia de una confianza basada únicamente en lugares, tradiciones o pertenencias. El pueblo no podía exigir protección mientras persistía en aquello que Dios había condenado. La presencia del templo no convertía en aceptable la violencia ni hacía irrelevante la idolatría. Jeremías había anunciado una advertencia semejante, y Ezequiel la presenta mediante una visión que hace visible el alcance de aquella ruptura.
Sin embargo, en medio de ese anuncio aparece una promesa para los dispersos: el Señor sería para ellos santuario en las tierras adonde habían llegado. También los reuniría y obraría en su interior para que caminaran en sus mandamientos. Dios seguía acercándose a su pueblo aun cuando este debía atravesar las consecuencias de su pecado. La esperanza comenzaba a desplazarse desde una seguridad exterior hacia una relación renovada, sostenida por la iniciativa divina.
Cada persona llamada a responder ante Dios
Ezequiel 14:12 a 23; 18:1 a 32; 33:10 a 20.
Entre los desterrados se repetía un proverbio según el cual los padres habían comido uvas agrias y los hijos sufrían la dentera. Su uso expresaba una experiencia real de consecuencias heredadas, pero podía convertirse en una manera de eludir la responsabilidad propia. Si todo quedaba explicado por el pasado, el presente parecía carecer de posibilidades y el arrepentimiento podía considerarse inútil.
Ezequiel rechaza esa conclusión y llama a cada persona a responder por su camino. Un hijo no queda moralmente condenado a repetir la maldad de su padre, y la rectitud de una generación tampoco sirve como refugio para la injusticia de la siguiente. Esta enseñanza no niega que las decisiones humanas produzcan consecuencias colectivas; distingue esas consecuencias de la responsabilidad personal ante Dios.
La llamada al arrepentimiento permanece abierta. El Señor declara que no se complace en la muerte del impío, sino en que abandone su camino y viva. El pasado debe reconocerse, pero no puede utilizarse para negar la posibilidad de volver a Dios. Tampoco debemos aplicar estos capítulos como si permitieran explicar cada enfermedad, tragedia o pérdida mediante una culpa individual. El mensaje busca despertar una respuesta moral y espiritual, mientras el conjunto de la Escritura impide establecer semejante equivalencia automática entre sufrimiento y pecado personal (Juan 9:1 a 3).
Las naciones también están bajo el juicio del Señor
Ezequiel 25 a 32.
La mirada profética se extiende hacia los pueblos vecinos y hacia grandes potencias como Egipto. Las naciones son confrontadas por su arrogancia, su violencia y su manera de aprovecharse de la desgracia de Judá. El Dios que examina a su pueblo gobierna también sobre quienes parecen estar fuera de su historia. Ningún poder puede convertir su fuerza en una absolución moral.
Los anuncios contra Tiro muestran especialmente el peligro de una prosperidad que termina produciendo autosuficiencia. Su riqueza comercial y su posición privilegiada alimentaban una exaltación que olvidaba los límites humanos. La caída anunciada revela la fragilidad de aquello que parecía invulnerable. En Apocalipsis, el lamento por Babilonia utilizará imágenes comerciales y funerarias que recuerdan estas descripciones de Tiro (Ezequiel 27; Apocalipsis 18).
El lenguaje elevado de Ezequiel 28 ha recibido también interpretaciones relacionadas con la caída de Satanás. Sin embargo, el pasaje se presenta expresamente como una denuncia y una lamentación sobre el gobernante de Tiro. Cualquier lectura adicional debe respetar primero ese contexto y evitar construir a partir de él una biografía completa del diablo. La enseñanza inmediata confronta el orgullo de quien recibe bienes y llega a atribuirse una grandeza que pertenece solo a Dios.
El Señor busca a sus ovejas y promete un Pastor
Ezequiel 34:1 a 31.
Después del anuncio de la caída de Jerusalén, la esperanza de restauración adquiere una presencia creciente. Uno de sus pasajes más entrañables comienza denunciando a los pastores de Israel. Quienes debían cuidar al pueblo se habían alimentado a sí mismos, habían descuidado a las débiles y habían permitido la dispersión de las ovejas. La autoridad había sido utilizada en beneficio propio.
Frente a ese fracaso, el Señor anuncia que Él mismo buscará a su rebaño. Reunirá a las dispersas, vendará a las heridas y fortalecerá a las enfermas. Su cuidado incluye también hacer justicia dentro del rebaño, porque algunas ovejas fuertes habían perjudicado a las débiles. La restauración necesita tanto la búsqueda de quienes se han perdido como la corrección de los abusos que siguen dañando la comunidad.
La promesa culmina en un solo Pastor, llamado «mi siervo David». Dado que el rey David había muerto mucho antes, la expresión dirige la esperanza hacia el gobernante prometido de su linaje. Jesús recoge esta expectativa cuando declara que es el buen Pastor y entrega su vida por las ovejas (Juan 10:11 a 16). Su ejemplo orienta también a quienes sirven dentro de la iglesia, entendida como la comunidad de los creyentes: cuidar implica conocer, alimentar y proteger, sin dominar ni aprovecharse de las personas (1 Pedro 5:2 a 4).
La limpieza, el corazón nuevo y el don del Espíritu
Ezequiel 36:16 a 38.
La restauración prometida incluye el regreso a la tierra, pero su profundidad no se agota en un cambio de lugar. El pueblo había llevado consigo las inclinaciones que produjeron la ruptura, y necesitaba una renovación capaz de alcanzar su interior. Por eso el Señor anuncia que lo limpiará de sus impurezas y de sus ídolos, y que actuará por fidelidad a su santo nombre.
La imagen del agua limpia expresa purificación. A ella se une la promesa de un corazón nuevo y de un espíritu nuevo: el corazón de piedra será sustituido por uno de carne, sensible a la voz divina. El contraste no enfrenta aquí lo espiritual con un cuerpo malo, sino la dureza con una disposición viva y receptiva. Dios promete además poner su Espíritu dentro de su pueblo y conducirlo hacia la obediencia.
La gracia divina transforma la relación con Dios y hace posible una respuesta que nace desde dentro. La obediencia no compra esta renovación; crece como fruto de ella. Al hablar con Nicodemo sobre el nacimiento del agua y del Espíritu, Jesús utiliza un lenguaje que remite a este horizonte de limpieza y vida nueva (Juan 3:5 a 10). La enseñanza apostólica desarrollará esa misma esperanza al describir la salvación como obra de misericordia y renovación del Espíritu Santo (Tito 3:5 a 6).
El valle de los huesos secos y la esperanza recuperada
Ezequiel 37:1 a 14.
El Señor lleva al profeta, en visión, a un valle lleno de huesos. Están secos y dispersos, mostrando una condición en la que toda posibilidad humana parece extinguida. Ante la pregunta de si podrán vivir, Ezequiel reconoce que la respuesta pertenece a Dios. La escena invita al lector a situarse ante el límite de sus propios recursos.
Cuando el profeta anuncia la palabra recibida, los huesos se unen y aparecen tendones, carne y piel. Sin embargo, la formación de los cuerpos todavía no equivale a la vida. Es necesario que llegue el aliento, y entonces se levantan. El desarrollo muestra la dependencia absoluta de una acción divina que hace lo que ningún esfuerzo humano podría producir.
El propio Señor explica la visión: los huesos representan a la casa de Israel, que considera perdida su esperanza. El sentido inmediato es la restauración del pueblo, descrita mediante la apertura de sepulcros y el regreso a la tierra. La desesperación de los desterrados no puede limitar el poder vivificador de Dios. Leída dentro del conjunto bíblico, la visión armoniza también con la esperanza de resurrección, cuya plenitud se revela en Jesucristo; conviene mantener esa relación sin sustituir la explicación que ofrece el propio pasaje.
Un pueblo reunido bajo un solo Rey
Ezequiel 37:15 a 28.
La esperanza continúa mediante una acción simbólica. Ezequiel toma dos piezas de madera, relacionadas con Judá y con José, y las une en su mano. La imagen se dirige a una historia marcada por la división entre el reino del sur y el reino del norte. El Señor promete reunir a los dispersos y formar un pueblo que ya no viva bajo aquella fractura.
La unidad anunciada está vinculada a la limpieza de la idolatría y al gobierno de un solo Rey. La restauración de las relaciones requiere también una renovación de la fidelidad. El pueblo habitará bajo un pacto de paz, y la presencia del santuario expresará que Dios permanece en medio de los suyos.
La promesa une comunión con Dios, reconciliación y gobierno del Pastor davídico. Su destinatario original es Israel, y ese dato no debe borrarse al leerla cristianamente. Al mismo tiempo, el Nuevo Testamento muestra que Jesucristo reúne a creyentes judíos y gentiles en un solo cuerpo, haciendo la paz por medio de su cruz (Efesios 2:13 a 22). La participación de las naciones en la salvación invita a la gratitud y excluye cualquier actitud de superioridad frente al pueblo del que proceden las promesas.
Gog y la oposición final contra el pueblo de Dios
Ezequiel 38 a 39.
Los capítulos dedicados a Gog presentan una gran fuerza enemiga que se levanta contra el pueblo restaurado. El lenguaje reúne nombres, regiones y una amenaza de enormes proporciones. La escena muestra que la esperanza divina no ignora la persistencia de la oposición ni la capacidad destructiva de los poderes humanos.
La intervención del Señor derrota al enemigo y manifiesta su santidad ante las naciones. El centro del relato está en su autoridad para proteger a su pueblo y poner fin a una agresión que parece abrumadora. La victoria no se atribuye a una superioridad humana capaz de garantizar por sí misma la seguridad.
Las identificaciones de Gog y de sus aliados con países actuales son discutidas y no deben presentarse como certezas bíblicas. Apocalipsis retoma los nombres de Gog y Magog para describir una rebelión final de alcance universal (Apocalipsis 20:7 a 10), y utiliza también imágenes del banquete de las aves procedentes de Ezequiel (Ezequiel 39:17 a 20; Apocalipsis 19:17 a 18). La correspondencia principal anuncia que ninguna coalición del mal podrá frustrar el propósito de Dios. Los detalles requieren atención a la manera en que cada libro emplea las imágenes.
Gog personifica la amenaza organizada contra el pueblo de Dios. Aunque algunos intérpretes lo relacionan con países o conflictos actuales, el texto no permite establecer esas identificaciones con certeza. La profecía centra nuestra esperanza en la victoria del Señor y anuncia que ninguna fuerza enemiga podrá frustrar su propósito».
El templo restaurado y el regreso de la gloria
Ezequiel 40 a 46.
Los últimos capítulos comienzan con una visión extensa de un templo cuidadosamente medido. El profeta contempla sus espacios, accesos y disposiciones, dentro de una descripción que concede gran importancia a la santidad. Después de las escenas de profanación y de la partida de la gloria, el lector entra en un horizonte de adoración restaurada.
El momento culminante llega cuando la gloria del Dios de Israel vuelve desde el oriente y llena el templo. El movimiento responde al alejamiento contemplado anteriormente: el Señor anuncia su presencia en medio del pueblo y reclama una vida que no vuelva a contaminar su nombre. La restauración del santuario está unida a la renovación de la comunidad.
Estos capítulos han recibido distintas interpretaciones. Algunos cristianos esperan una realización futura más literal; otros entienden la visión principalmente como una representación de la restauración y de la presencia divina que alcanza su plenitud en Cristo y en la nueva creación. La diversidad de interpretación debe reconocerse sin perder el mensaje central de santidad y comunión con Dios.
Los sacrificios descritos necesitan leerse, en cualquier interpretación cristiana, a la luz del sacrificio único y suficiente de Jesucristo (Hebreos 10:10 a 18). No pueden presentarse como una expiación que complete una supuesta insuficiencia de la cruz. El Nuevo Testamento identifica a Jesús como el verdadero templo y describe a los creyentes unidos a Él como morada de Dios por el Espíritu (Juan 2:19 a 21; Efesios 2:19 a 22).
El río de vida y la ciudad donde habita el Señor
Ezequiel 47 a 48.
Desde el santuario comienza a salir una corriente de agua que crece hasta convertirse en un río imposible de atravesar a pie. Su paso transforma el territorio y lleva vida a aguas que antes no podían sostenerla. A sus orillas crecen árboles cuyo fruto sirve de alimento y cuyas hojas se relacionan con la sanidad. La imagen expresa una restauración que procede de Dios y se extiende hacia lo que estaba estéril.
El movimiento del río ayuda a comprender que la presencia divina comunica vida. El pueblo restaurado recibe una tierra ordenada de nuevo, y el libro contempla incluso la incorporación de extranjeros residentes en el reparto de la herencia (Ezequiel 47:21 a 23). La esperanza posee una dimensión comunitaria en la que la pertenencia y el cuidado alcanzan a quienes habían vivido entre Israel.
Apocalipsis recoge estas imágenes al describir el río de agua de vida que sale del trono de Dios y del Cordero, junto al árbol cuyas hojas son para la sanidad de las naciones (Apocalipsis 22:1 a 2). A la vez, presenta una diferencia significativa: la nueva Jerusalén no tiene templo, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo (Apocalipsis 21:22). La comunión anunciada por Ezequiel alcanza allí una plenitud en la que la presencia de Dios llena la vida de los redimidos.
El nombre final de la ciudad resume la esperanza del libro: el Señor está allí. Después del destierro, la culpa y la desolación, la última palabra dirige la mirada hacia una presencia recuperada.
Resumen teológico y espiritual
Ezequiel presenta al Dios santo que conoce la profundidad del pecado y no permite que las apariencias religiosas lo oculten. Su juicio alcanza la idolatría, la violencia y el abuso de poder, tanto dentro de su pueblo como entre las naciones. Cada persona es llamada a responder, reconocer su camino y volver al Señor, sin refugiarse en la culpa de generaciones anteriores ni en méritos ajenos.
La esperanza nace de la fidelidad divina. Dios promete buscar a sus ovejas, limpiar a su pueblo y darle un corazón nuevo. La restauración incluye el perdón, la acción del Espíritu y una obediencia que crece desde una relación renovada. El valle de los huesos secos muestra que ninguna desesperación humana puede agotar la capacidad del Señor para comunicar vida.
En Jesucristo reconocemos al buen Pastor, al verdadero templo y al Salvador que abre el camino hacia la comunión con Dios. Su muerte y su resurrección fundamentan nuestra esperanza, y su Espíritu transforma a quienes creen en Él. Mientras esperamos la nueva creación, Ezequiel nos invita a vivir con reverencia, cuidar a los débiles y confiar en que la presencia del Señor es el bien más profundo de su pueblo.
Concordancias principales
Salmo 51:10 a 12 «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente».
La oración del salmista expresa la necesidad de una renovación que solo Dios puede realizar. Su petición permite recibir personalmente la llamada a buscar limpieza y restauración delante del Señor.
Jeremías 31:33 «Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo».
La promesa del nuevo pacto complementa el anuncio del corazón nuevo. Ambas sitúan la esperanza en una acción divina que renueva la relación y transforma la vida interior.
Juan 7:37 a 39 «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado».
Jesús vincula el agua viva con el don del Espíritu. La imagen se integra en la amplia esperanza profética de una vida renovada que procede de Dios.
1 Pedro 2:24 a 25 «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas».
La búsqueda de las ovejas encuentra su profundidad salvadora en la entrega de Cristo. Su obra nos reconcilia con Dios y nos llama a vivir para la justicia.
2 Corintios 5:17 «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas».
La unión con Cristo inaugura una existencia renovada. Esta transformación comienza ahora y orienta al creyente hacia la plenitud futura de la salvación.
Apocalipsis 21:3 a 4 «Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».
La esperanza de la presencia divina culmina en una comunión sin la amenaza de la muerte. El propósito de Dios alcanza su plenitud cuando habita con los suyos y elimina definitivamente aquello que los afligía.
Fuente principal
La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Libro de Ezequiel, leído en relación con la historia del destierro de Judá, las promesas del nuevo pacto y su desarrollo en los Evangelios, las cartas apostólicas y Apocalipsis.
Los textos bíblicos transcritos corresponden a esta versión. El comentario es una síntesis expositiva y devocional del contenido bíblico. En las visiones cuya interpretación es discutida se han señalado las principales diferencias sin presentar una lectura particular como la única posible.
Bibliografía recomendada
Henry, Matthew. Comentario bíblico, sección dedicada a Ezequiel. Obra de consulta para ampliar la reflexión sobre la santidad de Dios, la responsabilidad humana y la esperanza de restauración.
Carson, D. A.; France, R. T.; Motyer, J. A.; y Wenham, G. J., editores. Nuevo comentario bíblico: siglo veintiuno, sección dedicada a Ezequiel. Recurso para estudiar su contexto histórico, su organización literaria y sus principales enseñanzas.
La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Como lecturas complementarias, 2 Reyes 24 a 25 y Jeremías 24 ayudan a situar el destierro; Juan 10 desarrolla la identidad de Jesús como buen Pastor; Hebreos 8 a 10 explica su obra sacerdotal y su sacrificio; Apocalipsis 21 a 22 presenta la plenitud de la presencia divina en la nueva creación.
Juan Cid