El Cid

Fe, honor y victoria

Partió de Vivar llorando,
mas no vencido ni hundido;
llevaba el honor herido,
pero en Dios iba confiando.

Atrás quedaban su hogar,
su esposa y sus hijas queridas;
delante, tierras desconocidas
y un largo camino que andar.

El rey le cerró las puertas,
los hombres temieron ayudarlo;
pero Dios quiso acompañarlo
por sendas difíciles e inciertas.

En la noche, como consuelo,
Gabriel le habló en visión:
“Prosigue con decisión,
que Dios te ampara desde el cielo”.

No esperó sentado el favor,
ni confundió fe con pasividad;
unió oración y voluntad,
prudencia, esfuerzo y valor.

Antes de cada batalla
encomendaba a Dios su vida;
y cuando llegaba la partida,
con firmeza empuñaba la espada.

Ganó ciudades y fortalezas,
repartió con justicia lo conquistado;
no fue solamente un soldado,
sino un señor de nobleza.

Valencia contempló su victoria,
sus murallas vieron su honor;
pero el Cid atribuyó al Señor
el rumbo final de su historia.

Jamás olvidó a su rey,
aunque injusto lo desterrara;
con regalos buscó que restaurara
la honra conforme a la ley.

Venció primero su orgullo,
antes que al enemigo exterior;
pues mayor que el guerrero vencedor
es quien domina su propio murmullo.

Volvieron Jimena y sus hijas
al hogar que Dios había abierto;
y el hombre que marchó al desierto
vio florecer sus esperanzas marchitas.

Mas llegó la afrenta de Corpes,
la cobardía vestida de nobleza;
los infantes, sin honor ni grandeza,
dejaron dolor donde dieron sus golpes.

El Cid pudo buscar venganza,
pero escogió justicia y verdad;
no permitió que la crueldad
le robara la fe y la templanza.

Ante el rey presentó su razón,
y la verdad quedó esclarecida;
la honra de sus hijas fue restituida
y derrotada quedó la traición.

Así terminó engrandecido
quien comenzó pobre y desterrado;
el que fue injustamente humillado
acabó por todos reconocido.

No fue Valencia su mayor victoria,
ni sus riquezas ni su poder;
fue conservar intacto su ser
en los días oscuros de su historia.

Porque el verdadero campeón
no es quien jamás ha sufrido,
sino quien, aunque esté abatido,
no abandona a Dios ni su misión.

El Cid nos deja esta enseñanza
entre la leyenda y la realidad:
quien camina con fe y dignidad
puede atravesar la desgracia con esperanza.

Cuando el mundo nos cierre una puerta
y el camino parezca perdido,
Dios puede levantar al caído
y hacer que una nueva senda quede abierta.

No toda derrota es el final,
ni todo destierro significa abandono;
Dios puede convertir el deshonor en trono
y el dolor en victoria espiritual.

Avanza, pues, con fe y valor,
aunque el horizonte esté oscurecido;
que quien conserva el corazón rendido
hallará en Dios su fuerza y su honor.

Juan Cid