Fiódor Dostoievski
El sueño de un hombre ridículo
Resumen literario de la obra
Índice del contenido
Un hombre que ha perdido el sentido de la vida
El protagonista y narrador de la obra no revela su nombre. Se presenta simplemente como un hombre ridículo. Desde niño ha sentido que los demás perciben en él algo extraño y se burlan de su manera de ser. Con el paso de los años, esa conciencia se transforma en vergüenza, aislamiento y desprecio hacia sí mismo.
El hombre llega a convencerse de que nada posee verdadero valor. Considera que la existencia carece de sentido y que, en último término, todo resulta indiferente. Ya no siente interés por mejorar su vida, defender sus ideas ni relacionarse con los demás. Si nada importa, tampoco existe una razón para continuar viviendo.
Su indiferencia, sin embargo, no le concede paz. Es el resultado de una profunda desesperación. Cuando el ser humano afirma que nada tiene valor, termina descubriendo que tampoco puede encontrar valor en su propia existencia.
Ha comprado un revólver y decide suicidarse. Lleva varias semanas esperando el momento apropiado, hasta que una noche concluye que ha llegado la hora de hacerlo.
La niña que interrumpe su indiferencia
Mientras regresa a su habitación bajo un cielo oscuro, una niña pequeña se acerca corriendo y le pide ayuda. Está aterrorizada y trata de explicarle que algo grave le sucede a su madre. Tira de su ropa y suplica que la acompañe.
El protagonista se muestra impaciente. Intenta librarse de ella y termina gritándole para que lo deje en paz. La niña se aleja buscando a otra persona que quiera escucharla.
El encuentro parece breve, pero produce una grieta en la indiferencia del hombre. Cuando llega a su habitación y coloca el revólver sobre la mesa, no consigue olvidar el rostro angustiado de la pequeña.
Se pregunta por qué ha sentido compasión si verdaderamente nada importa. Si ha decidido morir y cree que dentro de unas horas dejará de existir, el sufrimiento de aquella niña debería resultarle completamente indiferente. Sin embargo, sabe que no es así.
La compasión desmiente su nihilismo. Su mente afirma que nada posee significado, pero su conciencia le revela que el dolor de una criatura indefensa continúa importándole. El simple clamor de la niña demuestra que todavía existe dentro de él una capacidad de amar y reconocer el bien.
La contradicción del nihilismo
El protagonista intenta razonar sobre lo sucedido. Si el mundo fuera absolutamente indiferente, no debería sentir vergüenza por haber rechazado a la niña. Tampoco debería experimentar culpa, inquietud o deseo de reparar su conducta.
Pero precisamente porque siente esas cosas, comprende que su negación del sentido no es completa. Aún distingue entre ayudar y abandonar, entre compasión y crueldad. Aunque haya dejado de creer conscientemente en la verdad, la verdad moral continúa hablando dentro de él.
Esta contradicción retrasa el suicidio. Sentado frente al revólver, comienza a pensar en otras cuestiones. Finalmente se queda dormido.
Dostoievski introduce así una paradoja decisiva: el hombre había decidido que nada tenía importancia, pero una petición de ayuda aparentemente insignificante impide su muerte. Una niña desconocida, débil y necesitada se convierte sin saberlo en el último vínculo que lo une a la vida.
El suicidio soñado
En su sueño, el protagonista toma el revólver y se dispara en el corazón. No siente dolor, pero percibe que todo se oscurece a su alrededor. Después descubre que está siendo colocado dentro de un ataúd y enterrado.
Permanece consciente en el sepulcro. Siente el frío y la humedad, mientras una gota de agua cae repetidamente sobre uno de sus ojos. La muerte no ha producido la desaparición absoluta que esperaba. Su conciencia continúa existiendo en una soledad todavía más profunda.
Entonces, por primera vez, pide ayuda a un ser superior. Aquel hombre que había afirmado que nada importaba dirige una súplica hacia una realidad desconocida. En la oscuridad de la tumba descubre que su deseo de dejar de existir no había logrado extinguir completamente su necesidad de Dios.
De pronto, la sepultura se abre y una figura misteriosa lo toma y lo conduce a través del espacio. El viajero experimenta temor porque no sabe adónde es llevado, pero comienza a comprender que existe una realidad mucho mayor que sus razonamientos.
Una tierra semejante a la nuestra
Después de atravesar la inmensidad, llega a un mundo iluminado por un sol semejante al nuestro. Ante él aparece una tierra casi idéntica, pero todavía no contaminada por el pecado.
Sus habitantes viven en perfecta armonía entre sí y con la naturaleza. No intentan dominarla ni explotarla, sino que se relacionan con ella como parte de una misma creación llena de vida. Los animales no los temen y la tierra les proporciona cuanto necesitan.
Aquellas personas no poseen una ciencia organizada como la nuestra porque conocen la vida mediante una comunión inmediata con ella. Tampoco levantan templos ni elaboran complicados sistemas religiosos, aunque viven en una relación constante con el Creador. Perciben la muerte no como una destrucción terrible, sino como el tránsito sereno hacia una comunión todavía mayor.
No existen entre ellos la mentira, los celos, la propiedad egoísta ni el deseo de imponerse unos sobre otros. Aman sin sospechar y viven sin avergonzarse de su inocencia. Su felicidad no procede de poseer muchas cosas, sino de no vivir separados de Dios, de la creación ni de sus semejantes.
El protagonista queda maravillado. Comprende que aquel mundo representa la belleza original para la que el ser humano fue creado. Al contemplarlo, reconoce dolorosamente cuánto ha perdido la humanidad de su propia tierra.
La entrada de la mentira
Sin saber exactamente cómo, el protagonista introduce la mentira entre aquellas personas. Basta una pequeña falsedad para que comience la corrupción.
Al principio la mentira parece un juego. Después despierta el deseo de aparentar, ocultar y poseer. Donde antes existía confianza aparece la sospecha; donde reinaba el amor surge la comparación; donde cada persona se alegraba del bien ajeno nacen los celos.
La mentira no se limita a alterar unas palabras: rompe la comunión y crea una realidad falsa en la que cada persona comienza a esconderse de las demás.
De los celos nace la crueldad; de la crueldad, el derramamiento de sangre. Los seres humanos descubren la vergüenza y la convierten en virtud, como si la pérdida de la inocencia fuese una conquista. Comienzan a hablar de honor mientras luchan por demostrar su superioridad.
Aparece la propiedad privada entendida no como administración responsable, sino como afirmación egoísta: cada persona desea poseer aquello que los demás no tienen. Las comunidades se dividen, establecen fronteras y se enfrentan unas contra otras.
El conocimiento deja de estar unido al amor. Los habitantes desarrollan una ciencia destinada a explicar la vida, pero han perdido la comunión directa con ella. Después de abandonar la verdad, convierten el conocimiento en un sustituto de la sabiduría.
La corrupción de la sociedad
La mentira inicial continúa multiplicándose. Surgen disputas, divisiones y guerras. Los seres humanos llegan a valorar más sus ideas que a las personas y se muestran dispuestos a matar para defender aquello que consideran verdadero.
Después crean leyes y tribunales para controlar la violencia que ellos mismos han producido. Inventan castigos y levantan patíbulos en nombre de la justicia. Cuanto más intentan organizar externamente la convivencia, más evidente se hace la pérdida del amor que antes la sostenía.
Aparecen doctrinas que exaltan el sufrimiento y personas que buscan el dolor para sentirse superiores. Otras proclaman que la verdadera sabiduría consiste en desear la inexistencia. Algunos recuerdan vagamente la antigua armonía y comienzan a adorar aquella idea, pero persiguen a quienes no comparten su manera de entenderla.
La religión separada del amor también se corrompe y puede llegar a defender mediante la violencia aquello que afirma considerar sagrado.
Los habitantes ya no creen que puedan regresar a su estado anterior. Consideran que el conocimiento de las leyes de la felicidad es más importante que la felicidad misma. Prefieren hablar del amor, analizarlo y organizarlo antes que amar verdaderamente.
La antigua inocencia acaba pareciéndoles absurda. Se burlan de la posibilidad de una humanidad reconciliada y consideran que la crueldad, la división y el egoísmo forman parte inevitable de la naturaleza humana.
La culpa del hombre ridículo
El protagonista contempla horrorizado la transformación de aquel mundo. Comprende que él ha sido quien ha introducido la corrupción. Intenta explicar a sus habitantes cómo vivían antes, pero ya no lo recuerdan ni desean creerle.
Les ruega que lo castiguen e incluso les pide que lo crucifiquen, porque se siente responsable de su caída. Pero ellos se ríen, lo consideran loco y amenazan con encerrarlo si continúa perturbándolos.
El hombre experimenta entonces una culpa mucho más profunda que la vergüenza por haber rechazado a la niña. Ha contemplado la belleza de una humanidad reconciliada y también el poder destructor de una sola mentira.
La corrupción colectiva comenzó con una falsedad aparentemente pequeña. Dostoievski muestra que el mal no necesita presentarse inicialmente como una atrocidad. Puede entrar mediante un juego, una concesión o una palabra que parece insignificante, hasta transformar la manera en que las personas se relacionan.
El protagonista quisiera asumir sobre sí el sufrimiento de todos, pero no puede devolverles la inocencia perdida. Su dolor revela los límites del arrepentimiento humano: reconocer la culpa es necesario, pero no siempre permite reparar por completo el daño causado.
El despertar y la revelación
Cuando está a punto de ser llevado a un manicomio, el protagonista despierta. Se encuentra nuevamente en su habitación, sentado frente a la mesa, con el revólver preparado.
Entonces comprende que no se suicidará. El sueño ha revelado una verdad que transforma completamente su existencia: ha contemplado que el ser humano fue creado para amar y que la vida recupera su sentido cuando se entrega a los demás.
Aparta el revólver y decide buscar a la niña para ayudarla. La pequeña que había interrumpido su camino hacia la muerte se convierte ahora en la primera persona hacia la cual debe dirigir su nueva vida.
Su transformación no permanece encerrada en una experiencia interior. Si el sueño es verdadero, debe convertirse en acción. La autenticidad de una revelación espiritual se demuestra en la manera de tratar a la persona necesitada que se encuentra delante de nosotros.
Amar a los demás como a uno mismo
El protagonista decide dedicar su vida a anunciar la verdad contemplada. Sabe que los demás volverán a considerarlo ridículo y que probablemente se burlarán de él. Pero ya no siente vergüenza.
Antes sufría porque temía parecer absurdo ante los demás; ahora acepta ser considerado ridículo si eso le permite proclamar el amor. Ha dejado de construir su identidad sobre la opinión ajena.
La verdad que desea transmitir es sencilla: amar a los demás como a uno mismo permitiría que la humanidad comenzara a recuperar el paraíso perdido. No afirma que sea necesario conocer todos los detalles de una sociedad perfecta antes de empezar a vivir de otra manera. El amor debe comenzar ahora, en la relación concreta con el prójimo.
Su mensaje no consiste en esperar pasivamente una transformación futura. Cada persona puede comenzar rechazando la mentira, renunciando al egoísmo y respondiendo al sufrimiento ajeno.
Dostoievski no presenta una solución política ni un programa social minucioso. Sitúa la raíz del cambio en el corazón humano. Ninguna organización exterior puede crear fraternidad si las personas continúan dominadas interiormente por el orgullo, la mentira y el deseo de poseer.
El paraíso perdido y la condición humana
El mundo contemplado en el sueño recuerda el estado de inocencia anterior a la caída. La armonía con Dios, con la naturaleza y con los demás se rompe cuando entra la mentira. A partir de ella aparecen la vergüenza, la codicia, la violencia y la muerte.
Sin embargo, la obra no se limita a lamentar la pérdida del paraíso. El protagonista despierta convencido de que la verdad contemplada todavía puede cambiar la vida. Aunque no sabe explicar perfectamente lo sucedido, conoce su fruto: ha pasado de la desesperación al amor, del suicidio al servicio y de la indiferencia a la responsabilidad.
La verdad no se le presenta solamente como una idea que debe comprender, sino como una vida que debe comenzar a practicar.
El hombre ridículo no despierta convertido en alguien superior a los demás. Continúa reconociendo su fragilidad y admite que puede equivocarse. La diferencia es que ahora posee una dirección: sabe que debe amar, buscar la verdad y no abandonar al que pide ayuda.
Del nihilismo a la esperanza
Al principio de la obra, el protagonista cree que nada importa. Al final comprende que cada persona importa y que incluso un encuentro breve puede decidir el rumbo de una vida.
La niña no pronuncia un gran discurso ni ofrece argumentos filosóficos contra el suicidio. Simplemente necesita ayuda. Su sufrimiento obliga al protagonista a reconocer que todavía posee conciencia y que no puede contemplar la angustia ajena como algo indiferente.
La respuesta al nihilismo no llega mediante una teoría más compleja, sino mediante el descubrimiento del prójimo. Mientras el hombre permanece encerrado en sí mismo, la existencia parece vacía; cuando escucha el clamor de otro ser humano, comienza a recuperar su propósito.
El protagonista descubre también que la felicidad no puede alcanzarse aisladamente. Una persona no puede vivir en plenitud mientras ignora deliberadamente el sufrimiento ajeno. La salvación de su desesperación comienza cuando comprende que su vida debe orientarse hacia el amor.
Sentido final de la obra
El sueño de un hombre ridículo narra el tránsito desde la indiferencia absoluta hasta la responsabilidad amorosa. Su protagonista desciende simbólicamente a la muerte, contempla la inocencia, presencia la entrada del pecado y despierta convencido de que todavía es posible vivir de otra manera.
La obra enseña que la mentira separa, el orgullo corrompe, la indiferencia destruye y el conocimiento sin amor no puede salvar a la humanidad. También muestra que una sociedad puede perfeccionar sus leyes, ciencias e instituciones y continuar espiritualmente enferma si no transforma el corazón.
Dostoievski no afirma que el ser humano pueda regresar por su propio esfuerzo a una inocencia perfecta. Su relato contiene una profunda nostalgia del paraíso y un intenso deseo de redención. Sin embargo, desde una perspectiva bíblica, será necesario completar posteriormente su visión: el amor humano es indispensable, pero no puede vencer por sí solo el poder del pecado ni restaurar plenamente la comunión p Si algunofindererdida con Dios.
El protagonista ha encontrado una verdad que desea anunciar, pero la redención definitiva necesita algo más que el recuerdo de la inocencia: necesita la intervención salvadora de Jesucristo.
La fuerza literaria de la obra reside en mostrar que una transformación inmensa puede comenzar con un acontecimiento aparentemente pequeño. Una niña pide ayuda; un hombre siente vergüenza; una conciencia despierta; una vida destinada a terminar esa noche encuentra una nueva razón para continuar.
El hombre que quería morir porque nada le importaba decide vivir porque ha comprendido que todos importan. Ya no busca demostrar su superioridad ni escapar del mundo, sino amar a quienes antes ignoraba.
El mensaje final puede resumirse así: el ser humano pierde el sentido cuando se encierra en sí mismo, pero comienza a recuperarlo cuando reconoce la verdad, escucha el sufrimiento del prójimo y convierte el amor en una responsabilidad concreta.
Resumen teológico y espiritual
El sueño de un hombre ridículo presenta la desesperación como consecuencia de una vida que ha perdido todo fundamento trascendente. Cuando el ser humano llega a creer que nada posee sentido, también puede dejar de encontrar valor en su propia existencia y en la de los demás. La Biblia, por el contrario, enseña que la vida no es un accidente absurdo, sino un don recibido de Dios: «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hechos 17:28).
El valor de una persona no depende de su utilidad, éxito, inteligencia ni reconocimiento social. Procede de haber sido creada a imagen de Dios (Génesis 1:26 a 27). Por eso ninguna vida debe considerarse insignificante, aunque esté marcada por el fracaso, la soledad o el sufrimiento. La pérdida del sentido no demuestra que la vida carezca de valor; revela que el ser humano se ha desconectado de la fuente que se lo concede.
La obra presenta también la conciencia como testigo interior de la realidad moral. Aunque una persona afirme que nada importa, todavía puede sentirse interpelada por el dolor ajeno y reconocer la diferencia entre ayudar y abandonar. Pablo enseña que la obra de la ley está escrita en los corazones, «dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos» (Romanos 2:15).
La compasión demuestra que el ser humano no fue creado para vivir encerrado en sí mismo. El sufrimiento del prójimo rompe la ilusión de que nuestra existencia es completamente independiente. «Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí» (Romanos 14:7). Cada encuentro contiene una responsabilidad moral: podemos convertirnos en instrumentos de consuelo o aumentar la soledad de quien pide ayuda.
La armonía original contemplada en la obra recuerda la creación antes de la entrada del pecado. El ser humano fue formado para vivir en comunión con Dios, con sus semejantes y con la naturaleza. La caída quebrantó esas relaciones y produjo vergüenza, temor, acusación y muerte (Génesis 3:6 a 19). El pecado no altera únicamente la conducta individual; desordena toda la red de relaciones humanas.
Dostoievski sitúa la mentira en el origen de la corrupción. Esta intuición coincide con la enseñanza bíblica acerca del enemigo, a quien Jesús llama __«mentiroso, y padre de mentira»_ (Juan 8:44). La falsedad rompe la confianza, obliga a ocultarse y crea una realidad aparente en la que cada persona comienza a temer a las demás.
Una mentira aparentemente pequeña puede producir consecuencias inmensas. Por eso la Escritura exhorta: «Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros» (Efesios 4:25). Decir la verdad no es solamente una obligación individual; es una condición necesaria para conservar la comunión.
De la mentira nacen nuevas formas de separación: la comparación, los celos, el deseo de superioridad, la codicia y la violencia. Santiago explica esta progresión al preguntar: «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?» (Santiago 4:1). Las guerras exteriores comienzan en deseos interiores que no han sido sometidos a Dios.
La obra advierte asimismo que el conocimiento no equivale necesariamente a la sabiduría. Una sociedad puede desarrollar extraordinariamente su ciencia, sus leyes y sus instituciones mientras permanece espiritualmente dominada por el egoísmo. Pablo afirma: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica» (1 Corintios 8:1).
La Biblia no desprecia el conocimiento ni la investigación; invita a contemplar y comprender la creación de Dios. El peligro aparece cuando el conocimiento se separa de la verdad moral y se convierte en instrumento de orgullo, control o destrucción. La inteligencia puede explicar muchos aspectos de la vida, pero no puede transformar por sí misma el corazón humano.
La sabiduría que procede de Dios se reconoce por sus frutos: «Es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos» (Santiago 3:17). Por tanto, el progreso auténtico no debe medirse únicamente por lo que una sociedad sabe o puede hacer, sino también por su capacidad para proteger al débil, practicar la justicia y amar al prójimo.
La obra critica igualmente la religión cuando se separa del amor. Es posible defender doctrinas, levantar instituciones y proclamar grandes ideales mientras se persigue o desprecia a quienes piensan de otra manera. La religión exterior no sustituye la transformación interior. «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso» (1 Juan 4:20).
La Iglesia, entendida bíblicamente como el conjunto de los verdaderos creyentes en Cristo, no ha sido llamada a dominar mediante la violencia, sino a servir, anunciar el Evangelio y dar testimonio de la verdad. Jesús enseñó: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35).
El amor constituye el centro espiritual de la obra. Sin embargo, debe distinguirse entre el amor como ideal humano y el amor que procede de Dios. El mandamiento «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39) no es una simple invitación sentimental, sino una llamada a reconocer en el otro una dignidad semejante a la nuestra.
El amor verdadero se manifiesta en decisiones concretas: escuchar, acompañar, socorrer, perdonar y proteger. «No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:18). Amar a toda la humanidad de manera abstracta resulta inútil si permanecemos indiferentes ante la persona necesitada que Dios coloca a nuestro lado.
No obstante, el_el amor humano no puede restaurar por sí solo el paraíso perdido. Dostoievski expresa una hermosa aspiración cuando imagina que amar al prójimo permitiría transformar el mundo, pero la Biblia enseña que el problema del pecado es más profundo que la falta de buena voluntad. El corazón necesita ser regenerado: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ezequiel 36:26).
El ser humano no puede regresar a la inocencia mediante sus propios esfuerzos. Una vez conocida y practicada la maldad, necesita algo más que educación, leyes o buenos propósitos: necesita perdón, reconciliación y una naturaleza renovada. La restauración no consiste en regresar por nuestras fuerzas al Edén, sino en ser reconciliados con Dios mediante Jesucristo.
La Escritura presenta a Cristo como el postrer Adán, quien vino a restaurar aquello que el pecado introdujo en la humanidad. «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22). Donde la desobediencia produjo condenación, la obediencia de Cristo abre el camino de la justificación y la vida (Romanos 5:18 a 19).
La esperanza cristiana no descansa, por tanto, en que la humanidad alcance una perfección moral mediante el progreso. Se fundamenta en la muerte y resurrección de Jesucristo. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
La transformación espiritual comienza cuando el ser humano reconoce la mentira en la que ha vivido, se vuelve hacia Dios y recibe su gracia. El arrepentimiento no consiste solo en lamentar las consecuencias del pecado, sino en cambiar de dirección. «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» (Hechos 3:19).
Una verdadera experiencia con Dios debe producir frutos visibles. Si una supuesta revelación espiritual no conduce al amor, la verdad, la humildad y el servicio, debe ser examinada cuidadosamente. Jesús enseñó: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20). La autenticidad espiritual se demuestra principalmente en la vida transformada.
La obra recuerda también que un solo acto de compasión puede poseer una importancia mucho mayor de la que alcanzamos a comprender. Dios puede utilizar una palabra, una presencia o un gesto sencillo para impedir que otra persona se hunda completamente en la desesperación. «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gálatas 6:2).
El creyente no siempre podrá resolver el sufrimiento ajeno, pero puede negarse a permanecer indiferente. Acompañar, escuchar y dirigir hacia la esperanza son formas concretas de afirmar que una vida continúa teniendo valor. El prójimo no es una interrupción de nuestro camino; puede ser precisamente la persona a través de la cual Dios nos llama a salir de nosotros mismos.
En conclusión, El sueño de un hombre ridículo enseña que la pérdida de Dios conduce a la pérdida del sentido; la mentira destruye la comunión; el conocimiento sin amor no transforma; la religión sin misericordia se corrompe, y el egoísmo encierra al ser humano en la soledad.
Su aspiración a recuperar una humanidad reconciliada encuentra su cumplimiento bíblico en Jesucristo. No basta con recordar el paraíso perdido ni con decidir que seremos mejores. Necesitamos la gracia que perdona, el Espíritu Santo que transforma el corazón y la esperanza de una nueva creación.
La promesa definitiva no es que la humanidad reconstruirá por sí misma el Edén, sino que Dios hará «cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13). Mientras esperamos esa restauración, somos llamados a vivir anticipadamente sus valores: permanecer en la verdad, rechazar la indiferencia, servir al necesitado y amar al prójimo con el amor que hemos recibido de Cristo.
Fuentes y bibliografía
DOSTOIEVSKI, Fiódor. El sueño de un hombre ridículo y otros cuentos. Traducciones de Augusto Vidal, Luis Abollado y Lidia Kúper. Barcelona: Áltera, 1998.
FRANK, Joseph. Dostoevsky: A Writer in His Time. Princeton University Press, 2010.
WILLIAMS, Rowan. Dostoevsky: Language, Faith, and Fiction. Baylor University Press, 2008.
BAJTÍN, Mijaíl. Problemas de la poética de Dostoievski. Fondo de Cultura Económica.
SANTA BIBLIA. Versión Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizada para las concordancias y la valoración teológica y espiritual.
Juan Cid